Un país incómodo para los dirigentes

El movimiento obrero por fin bramó por un paro general, a pesar de su dirigencia, que se retiró del acto rodeada de custodios. Por las calles del centro porteño retumbó una sola frase: “Paro general, paro general”. El gobierno, más aislado que nunca.

Por Kranear

El axioma “La realidad se puede tapar con una tapa” pierde fuerza y vigencia a medida que transcurre la revolución de la alegría. No importa que el ministro de Producción, Francisco Cabrera, jure que es falso que el Gobierno nacional esté impulsando la importación indiscriminada de bienes y servicios, que estén cerrando fábricas y que se estén perdiendo miles de fuentes de trabajo. No importa, tampoco, que el jefe de Gabinete dispare una catarata de mensajes desde su cuenta de Twitter, mientras la CGT realizaba su acto en el centro porteño, para sostener a los gritos que la economía se está recuperando.

La realidad se corporizó el pasado 7 de marzo entre la avenida Belgrano y la Diagonal Norte, entre la 9 de Julio y la Plaza de Mayo, cuando decenas de miles y miles de trabajadores y trabajadoras de las distintas actividades industriales, nucleados en sus sindicatos, más otros tantos de gente a pie, la llenaron con la exigencia de ponerle una fecha a un paro general y lanzar un plan de lucha. Esa misma realidad que sacudió, el día anterior, la zona del Congreso nacional y la aristocrática avenida Callao, por la presencia de cientos de miles de docentes de todos los niveles educativos y de todo el país, que no están dispuestos a dejarse prepotear y hambrear por los gerentes y patrones de un gobierno que pierde consenso a una velocidad abrumadora.

Los que también se dieron la cabeza contra la realidad fueron los hombres que componen el triunvirato que conduce de modo provisorio la famosa GGT: el líder del gremio de la sanidad y diputado nacional del Frente Renovador (FR), Héctor Daer; el legislador bonaerense –también por el FR- y referente del personal de las estaciones de servicio, Carlos Acuña; y el moyanista Juan Carlos Schmid, del sindicato de Dragado y Balizamientono. Ninguno de los tres parecía estar a la altura de las exigencias de este nuevo tiempo histórico, y tuvieron que retirarse del acto rodeados por los brazos inflados de sus custodios, ya que los sectores que se movilizaron al acto le dijeron basta a la falsa moderación. O, para ser más claros: basta de entrega y traición. Muchos nos acordamos de otra de las consignas políticas del acervo nacional: con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes. O de una de las definiciones que Cristina compartió ante la plaza llena, el último día de su gobierno: “dejo un país cómodo para la gente, no para los dirigentes”.

El gran perdedor del 6, 7 y 8 de marzo, sin dudas, es Mauricio Macri. El gran negador de realidad. El número uno. El que habla de oportunismo y extorsión. El hijo de Franco desbocado de cinismo que corta la cinta de un ciclo de clases que no inicia, nada menos que en Jujuy, junto al criminal y misógino de Gerardo Morales. El mismo que ayer, mientras el movimiento obrero pedía su cabeza, se juntaba con un referente regional de la política de importar bienes y servicios como el ex presidente chileno Sebastián Piñera, o el que justificó el recorte de 700 millones de pesos a las políticas para combatir la violencia de género, unas horas antes de que las mujeres se manifiesten, masivamente, por sus derechos pero también por los retrocesos que están sufriendo en la actualidad ante la insensibilidad de un gobierno para pocos.

Señores, la realidad indica que habló la calle. Habló el movimiento obrero organizado. Despuntó y bramó con claridad la exigencia de materializar una medida de fuerza. El destinatario del mensaje: la dirigencia. Los mismos que vienen dilatando decisiones que hasta un nene de cinco años entiende que hay que tomar. Llamaron a una movilización, a la que de modo masivo adhirieron otras organizaciones gremiales, sociales y políticas. No importó que el acto no se hiciese frente a nuestra Plaza de Mayo, de cara a la Casa Rosada, sino en un embudo, inaccesible, que terminó desbordado. No se trató de un reclamo sectorial a un ministro o ministerio, sino contra un modelo económico. Por las calles del centro porteño retumbó una sola frase: “Paro general, paro general”.

¿Podrá más el clamor popular que la presión del gobierno de gerentes y patrones? ¿Quiénes serán capaces de asumir esa representación?

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