Las paredes se limpian, las pibas no vuelven más

El femicidio de la militante popular Micaela García en Entre Ríos convocó a miles de personas a manifestarse en la Plaza de mayo. El rol de los jueces, la estigmatización de los medios de comunicación, el gesto del Indio Solari y la palabra de dos referentes en materia de género. Más el color y las voces de una plaza colmada por la bronca y la lucha.

Por Celeste Abrevaya

Una vez más en las calles, aunadas en un único grito de rabia y lucha, el pasado martes distintas organizaciones políticas y la comunidad en general, exigieron justicia por Micaela y velaron por transformar una cultura patriarcal que está produciendo un femicidio cada 18 horas. En Plaza de Mayo, KRANEAR conversó con Marina Mariasch, escritora e integrante del Colectivo Ni Una Menos, y con Victoria Montenegro, dirigente kirchnerista y Secretaria General de Derechos Humanos de Kolina.

En paralelo, Araceli Fulles permanece desaparecida, mientras se erige como el contrapunto siniestro y el paradigma de la estigmatización que impone la sociedad sobre aquellas jóvenes que elige invisibilizar.

Una, dos, cientos de Micaelas en Plaza de Mayo. Las máscaras con la foto de su cara, como recurso creativo para sacudir la memoria, fueron de una intensidad inusitada. Asambleas en distintos rincones, megáfonos, carteles y muchas banderas. Sobre Hirigoyen una batucada de mujeres. Más temprano, un grupo de evangelistas desplegando una larga bandera de Argentina frente al Cabildo. Rostros enojados, dolidos. Muchos grafitis, “las paredes se limpian, las pibas no vuelven más”, una consigna tan cierta como dura y categórica, a propósito de los que se escandalizaron después del último Encuentro Nacional de Mujeres.

Mujeres y varones reunidos para enfrentar algo que pareciera estar recrudeciéndose. “No se puede más” es una de las frases que resuenan en diálogos ajenos. No se puede más y no dejamos de llorar pero tampoco nos detenemos ante lo que se nos revela como una tarea titánica: terminar con los privilegios de los varones y transformar una matriz cultural patriarcal que lleva miles de años surcando el imaginario colectivo.

En la Plaza nos encontramos con Marina Mariasch, que me dice: “esto no se reduce a un problema de jueces garantistas o no, más allá de que el Juez Rossi se pueda haber equivocado en su decisión, esto es un problema cultural y social que hay que atacarlo desde la educación, desde la implementación de la Ley de Educación Sexual Integral. En estos momentos en que se produce tanta empatía por un hecho como este, creo que lo importante es salir más que nunca a frenar esta ola de punitivismo que se extiende a partir de asesinatos tan indignantes”.

Llega mensaje de una compañera “no puedo parar de llorar por lo de Micaela”. Es que evidentemente, su muerte tocó una fibra, especialmente en determinados sectores que encontraron en ella una fuerte identificación. La foto con el puño en alto, la remera con el dibujo de Liniers y la inscripción de “Ni una menos”, la muestra combativa y alegre.

Durante el velatorio de Micaela, el Indio Solari tuvo una comunicación telefónica abierta con la familia y precisamente remarcó que Micaela “era una bella piba, solidaria, que tenía una gran carga compasiva y de piedad, que es algo que en estos días no abunda. Era un ejemplo de piba”. Su mamá le pidió que cantara unas estrofas de “Juguetes Perdidos”, y todos rompimos en llanto. Porque sí, porque la muerte violenta de una militante de las causas justas nos duele. En un contexto de neolibearlismo profundo y de retroceso de algunas conquistas que se creían saldadas, el femicidio de una militante atraviesa la garganta como un caramelo ácido, como una patada en el centro del estómago.

Así lo dice Victoria Montengro: “venimos de la despedida de Mica, en donde pasaban fotos y se la veía con tanta fuerza, y lo que una siente, aparte de lo terrible del asesinato, es que se llevaron una compañera nuestra, aunque claramente no hay duda de que todas las vidas son únicas y valiosas. Esa fuerza y esa capacidad de liderazgo que tenía Mica no se construye de un día para el otro, lleva tiempo, esfuerzo. Mica tenía 21 años, y es también consecuencia de los últimos doce años, Mica y tantísimas Micas que están hoy en esta plaza. Ese es el desafío que hoy tenemos. Nosotras no queremos retroceder y decirles que no pueden salir solas, que se vistan de tal manera para que no les pase algo. Luchamos para que se nos respete siempre y que nadie nos agreda por el simple hecho de ser mujeres.”

Por otra parte, agrega Marina: “en algún momento pensamos que la mujer que militaba y que se organizaba estaba más protegida, y este caso muestra que hay un nivel de desprotección mucho más grande. La sensación es que estamos en un contexto de precarización laboral, económica, educativa, de salud, de todos los frentes, y eso por supuesto que nos afecta sobre todo a las mujeres por estar en un sector más vulnerable de la sociedad que de por sí ya tiene desventajas. Ahora lo importante es levantar un saldo organizativo de lo que pasó”.

En simultáneo a esta situación, existe una operación mediática violenta para que las mujeres ocupen de nuevo los roles que tradicionalmente tenían asignados, para que vuelvan a sus hogares, a replegarse dentro del ámbito privado (¿privado?). Ejemplos de ellos son una de las últimas tapas de la Revista Gente, en la que se puede ver a Paula Chaves vestida como si estuviera dentro de la serie Mad Men mientras sostiene una aspiradora, o la nota del sábado pasado en el diario La Nación “Amas de casa no desesperadas”, http://www.lanacion.com.ar/2006516-amas-de-casa-no-desesperadas, que relata cómo cada vez más mujeres eligen resignar su autonomía económica y su carrera profesional para criar a sus hijos, poniendo incluso, perversamente, el acento sobre el contexto en que esto se da: “el pleno empoderamiento femenino”.

Asimismo, los medios de comunicación siguen estigmatizando y caracterizando a las víctimas de femicidio. Y en relación a eso, agrega Mariasch: “tenemos la desgracia de que aparte Micaela era una militante, una persona muy valiosa, pero no importa si es buena piba o si es mala piba, si es putita o si es mojigata, a cualquier mujer la queremos viva y disfrutando de una vida digna.”

Y eso nos lleva directamente a la desaparición de tantas otras chicas que pasan desapercibidas para el humor social y para la comunicación hegemónica. Un ejemplo claro es el caso de Araceli Fulles, que permanece desaparecida desde la misma noche del asesinato de Micaela, pero nadie pareciera estremecerse ante esto. Casi como si hubiera víctimas de primera, y víctimas de segunda que no merecerían la misma atención. Hay un texto de Samay García, ejemplificador de esto, circulando en redes sociales, que dice: “Al igual que Micaela a Araceli le gustaba el Indio. Y al igual que Micaela tenía una sonrisa encantadora. Pero a diferencia de Micaela, Araceli había dejado el colegio, se drogaba, le gustaba usar ropa ajustada, en sus fotos siempre estaba maquillada, y era una piba humilde, de barrio(…) Les cuento que cuando pedimos, cuando gritamos #NiUnaMenos, involucramos a todas, la blanca, la negra, la flaca, la gorda, la pobre y la rica. Araceli merece aparecer en los medios. Araceli también tiene que colmar las redes sociales. (…)”.

¿Cómo se sale de esto? ¿Cómo se transforma un imaginario tan direccionado y permeado por el capitalismo, por el patriarcado? Intuyo que la salida es por exigir políticas públicas inclusivas, democráticas, pero también, ante un Estado que hoy se muestra ausente, es necesario dar la batalla cultural en cada nicho y rincón, capacitar (nos), construir comunicación popular y subterránea, crear redes de contención y cuidado.

En esa línea, Victoria Montenegro, quien formó parte del Consejo Nacional de las Mujeres durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, dice: “La Argentina tuvo un cambio que es dramático para el pueblo, pero hay que entenderlo en función de lo que está pasando en el mundo. El nivel de violencia y de desprecio por la vida que transita hoy la humanidad es catastrófico. Hay que tener mucha conciencia de este momento histórico y muy clara la necesidad de trabajar en la unidad, que no es una opción, es un mecanismo de defensa, para que no logren hacernos retroceder en políticas que nos costaron muchísimos año construir. No se trata sólo de nuestro presente, sino de las futuras generaciones, de las niñas que hoy están naciendo, y de un país que las está excluyendo. Es un momento de crisis, porque el Estado está en crisis, pero también es un momento de gran desafío, de buscar la forma de trabajar y penetrar muy fuerte en los territorios para frenar la embestida que hoy lleva adelante el Estado nacional”.

Por Micaela, por Araceli, por todas, el grito es uno: ¡Ni una menos, vivas nos queremos!

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