Flores de Bach y otros métodos alternativos

Una joven decide seguir su instinto en lugar de someterse a un mandato familiar que muy probablemente la lleve al fracaso. Eso sí: deberá enfrentar la inseguridad de su madre y la peligrosa frustración de su padre. Va a avanzar, aún cuando sospeche que las consecuencias pueden ser irremediables.

Texto: Matías Palacio. Ilustración: Gustavo Cimadoro.

Después de la clase iría a visitar su mamá y le llevaría los frascos que le había pedido: uno de flores y uno con globulitos de Apis. Esta vez lo había anotado para no confundirse y llevarle cualquier cosa. El problema es que ella odiaba esos remedios alternativos, creía que la mayoría no servía para nada, que no producían efectos reales, y los que sí, terminaban siendo peligrosos. Pero su mamá se enojaba cuando le llevaba una cosa por otra. Y quizá tenía razón; después de lo que había hecho por ella, ¿no podía hacer algo tan sencillo como llevarle Apis si pedía Apis, árnica si pedía árnica o Pulsatilla si pedía Pulsatilla? Le debía eso y más. Volvió a leer los nombres que había anotado y corroboró que fueran los correctos. Después guardó los frasquitos en el bolso junto con las zapatillas de danza y salió apurada.

A su mamá la visitaba dos veces por semana, que era el máximo permitido, y cada vez sentía una culpa terrible verla ahí —le daba la sensación de que ella debería estar allí encerrada y no su madre—. Pero no, era su mamá la que tenía que cumplir los veinte años. Aunque la sentencia no estaba firme y ya habían iniciado el proceso de apelación, la cosa iba para largo; la carátula era asesinato agravado por el vínculo y se había declarado culpable. La única estrategia posible era alegar que lo había hecho para defender a su hija. Pero para nadie estaba claro cómo había sucedido todo, ni para Mariela. Ni siquiera estaba segura de que su madre lo hubiera matado, y eso era lo que más culpa le daba. Sabía que, cualquiera fuera la verdad, la única intención de su mamá había sido la de protegerla, de su padre o de ella misma. Su papá había sido una persona difícil, un déspota, un tirano y las dos le tenían miedo. Su mamá siempre había tenido maneras poco convencionales de cuidarla, pero nunca tanto como eso.

En aquel tiempo, Mariela había encontrado su vocación en la danza. Por fin había empezado a sentir que la cosa iba por ahí y que ese mundo tenía mucho más que ver con ella que el de los abogados, los estudios jurídicos y tribunales. Su papá no sabía nada de nada: de su nueva pasión y mucho menos que había abandonado abogacía. Y eso la tenía muy angustiada. En algún momento tendría que contarle todo; hacía ya tres meses que había dejado la facultad pero aún no podía hablarlo. El segundo semestre estaba por iniciar y le sería muy difícil seguir ocultándoselo. A su papá le gustaba saber qué materias cursaba y sobre todos quiénes las daban. “Uy, ese Olguín… si habremos hecho tribunales juntos. Habla mucho pero de penal no sabe un cuerno”, había dicho su papá cuando se enteró quién daba Derecho Penal I. Antes de empezar el semestre iba a tener que enfrentarlo; no era tan disparatado que su papá se encontrase con Olguín en algún juzgado y le preguntara cómo le iba a su hija. En aquel momento, pensaba que una situación como esa sería su fin, así que decidió que se lo contaría.

Cuando le dijo a su mamá que abandonaría la carrera, le había dado algunos de esos remedio para calmarle los nervios: flores de Bach, globulitos, unos palos santos y un polvito marrón que no le dijo que era, sólo que si se sentía muy fuera de sí, tomara una pizca diluida en agua tibia. Le había llamado mucho la atención ese polvo. ¿Qué sería? Tenía un olor bastante intenso. ¿Sería ayahuasca o algo de eso? ¿De dónde habría sacado su mamá algo así? A veces sentía no conocerla, que detrás de esa mujer tranquila, medio sumisa, escondía una vida paralela exótica, que solo cada tanto se dejaba ver.

Enseguida había empezado a tomar las flores de Bach y a encender algún palo santo —siempre antes del mediodía para que no quedara olor a la noche que llegaba su papá—. Lo hacía sin ver resultados demasiado concretos, aunque al tiempo empezó a notar que estaba menos paranoica. Quizás esa serenidad la había ayudado a tomar coraje y enfrentar a su padre. Pero en el mismo instante en el que tomó la decisión, se le cerró la garganta y casi no podía respirar. Se metió varias dosis de flores y pero no pasaba nada. La espera hasta el momento de la cena fue una tortura, ya no encontraba manera de tranquilizarse. Entonces, recordó que tenía aquel polvito marrón y decidió probarlo. Preparó la mezcla y la tomó. Pasaban los minutos y seguía igual de acelerada. A la media hora decidió tomar otro poco y ahí sí, empezó sentir que las pulsaciones se le normalizaban y podía respirar de manera pausada.

A eso de las nueve llegó su papá —como siempre con el tiempo justo como para quitarse el saco, lavarse las manos y sentarse a comer—. Ella estaba echada en el sillón del living. Lo saludó con una sonrisa amable, como si tal cosa. O al menos eso creía recordar ahora. Era muy conciente de lo que sucedería, pero aun así no estaba preocupada; sentía una tranquilidad tal como si el problema fuera de otro. Se sentaron los tres a la mesa y su papá empezó a hablar sobre el caso de un tipo al que estaba defendiendo. Tenía todas las pruebas en su contra —igual se declaraba inocente—, y su papá ya tenía planificada una estrategia de defensa para hacer que toda la evidencia se le declarara en nulidad (o algo así, ya no se acordaba los términos precisos). Mientras, su mamá cortaba la pizza. (Le gustaba traerla entera a la mesa y cortarla con una cuchilla enorme; la hoja era casi del mismo largo que la pizza.) Mariela no había hablado y tuvo la vista en cualquier lado. Aunque podría haber parecido distraída, se sentía extrañamente alerta y conciente de todo lo que sucedía, como si tuviera un poder especial. Como aquel superhéroe que era ciego pero igual veía todo porque tiene superdesarrollada la audición. Quizá por eso entonces ya no podía soportar seguir escuchando a su padre. Todo la exasperaba, aunque hablara de cosas que a ella ni le importaban. Era esa arrogancia.

Aunque en el recuerdo todo permanece borroso, por alguna razón pensó que quizá aquel era buen momento para contarle, se sentía segura para hacerlo. Sólo esperó a que le diera el pie y lo hizo:
— ¿O no, Marie? En el juzgado se van a caer de culo —le dijo buscando esa complicidad que ya no toleraba.
— No… bah, qué sé yo… la realidad es que no me importa nada de eso. Dejé la facultad —dijo y, de pronto, fue como si la escena se hubiera detenido.
Su mamá dejó de cortar de golpe y la miró. Su papá también se había quedado helado sin quitarle la vista. Ella empezó a escuchar el segundero del reloj de la cocina —nunca antes lo había oído— y hasta el gas del horno que su mamá había olvidado encendido.
— ¿Qué? —había su papá, como dándole una oportunidad a que ella se desdijera.
— Que… bueno… eso, que dejé la facultad —sus palabras ya no sonaban tan convincentes y empezó a dudar si decir toda la verdad de golpe sería la mejor idea—, porque no estoy tan segura de que esa facultad sea tan buena y tenía ganas de no seguir yendo. No sé, tomarme un tiempo para ver otras opciones.
Recordó la cara de su papá; parecía confundido. Su mamá, que sabía toda la verdad, los observaba sin emitir sonido. Él le había preguntado a qué se refería con ver otras opciones. ¿Otras universidades?, preguntó. Ella dijo que sí, que otras universidades y otras cosas también, que se quería tomar el semestre para ver qué onda.
Eso no le gustó nada a su papá y se le empezó a transformar la cara.
— ¿Vos querés quedarte seis meses haciendo huevo todo el día, viendo qué onda? Mirá que los estudios serios no toman a los vagos que se reciben en la UBA con cuarenta años porque les pintó ver…. qué onda.
No había sido la mejor elección de palabras la suya y su padre se lo hacía pagar.
— No, bueno. No es mi idea estar todo el día sin hacer nada. Me anoté en unas clases de danza.— Otra vez había errado el timming para sacar ese tema.
— ¿Y pensás estar todo el día bailando? ¿Esa es tu idea?
No le respondió con palabras pero retorció los labios, como diciendo ¿por qué no? Él tomó aire y le dijo que el baile como hobby era una cosa pero que como profesión era absurdo, que había que pensar un poco más las cosas en la vida.

Mariela recordó el odio que sintió en ese momento. Él era así, siempre hablaba como si él fuera el único inteligente, el único que siempre tomaba las decisiones correctas y que todos tenían que hacer lo que él decía. Cómo lo odiaba. Entonces retomó el coraje que había extraviado y le dijo que tenía dieciocho y no cuarenta, y que bailar la hacía feliz y que si quería que le dijera la verdad, la verdad era que no le interesaban una mierda los grandes estudios de abogados, ni el suyo ni cualquier otro, y que no quería estudiar esa carrera de mierda porque los abogados le daban asco, as-co. Del primero al último.

Ahí sí que su papá se transformó como no lo había visto antes. Le gritó que qué mierda, que todo el mundo sabía las cosas que hacían las bailarinas para conseguir trabajo, que él no le había pagado los mejores colegios para eso, que no iba a permitir que su hija tirara su futuro a la basura por un caprichito, que ella iba a seguir estudiando, que se iba a recibir y trabajar de abogada en un estudio grande, mediano o en cualquier sucucho de mierda de Talcahuano y Tucumán, pero que iba a ser abogada como que había Dios. Entonces, su mamá le había servido otra porción de pizza y lo interrumpió: “Tranquilo, Alberto, que te va a hacer mal ponerte así. Comé este pedazo antes de que se enfríe el queso”, le había dicho.

En ese momento, odió a su mamá por decir esa pelotudez, por no defenderla y ¡encima preocuparse por la salud de su papá! Algún tiempo después, escuchó que decirle a un violento que no se enoje porque le va a hacer mal era la mejor forma de frenarlo. Pero en aquel momento sintió ganas de matarla. A los dos. Y así no más, de repente y como una aparición divina (o más bien todo lo contrario), había visto el destello del mango plateado de la cuchilla que su mamá había dejado sobre la mesa. Sintió un impulso que la hizo levantarse de la silla y la tomó. La empuñó con bronca y los miró, primero a ella, después a él. Levantó el brazo en el aire empuñando con fuerza, cerró los ojos y bajó la cuchilla sin importarle dónde caería. Su mamá pegó un grito corto, agudo y poco digno. Ella sintió un dolor tremendo en su muñeca, todo el impacto del cuchillo había repercutido allí. Se quedó un rato con el puño apretado, sin soltar. Había cerado los ojos y cuando los abrió veía todo borroso. Abrió la mano. La cuchilla había quedado ahí, clavada firme en la mesa.

— Ay, qué susto me diste, Mariela, por un segundo pensé… —había dicho su mamá sin animarse a completar la frase y acercó su mano a la cuchilla con la intención de sacarla.
— ¡No la toques! —la frenó su papá—. No la toques, que la va a sacar ella.

Su mamá se detuvo y recogió lento su brazo. Ella volvió a sentarse en su silla y los tres se quedaron quietos. No quería sacarla, pero su papá la había condenado, y si no lo hacía, él era capaz de dejarla ahí durante meses, años. Cenarían noche tras noche con la cuchilla ahí clavada. Pasarían navidades con la familia, cenas de año nuevo, cumpleaños… y seguiría allí, atormentándola. Sabía que tarde o temprano tendría que quitarla, pero decidió que al menos no lo haría en ese momento. Tendría mucho tiempo para dar el brazo a torcer, pensó entonces y ese fue su primer error que terminaría en tragedia. No hay día en que no se arrepienta de no haber quitado esa cuchilla, porque no hacerlo la había convertido un poco en él. Si no hubiera sido orgullosa como él no habría pasado lo que pasó y su madre no estaría donde está.
Pero no lo hizo. Sin decir nada, se había levantado. Subió a su pieza, cerró la puerta y empezó a temblar. Le costaba respirar, se le apretaba el pecho y el aire no le alcanzaba. Vio que sobre la mesa de luz, junto a las flores de Bach estaba la bolsita con el polvo marrón. La tomó, fue al baño, cargó un vaso con agua y le echó bastante más que una pizquita, como una cucharada tal vez. Se lo tomó y se metió en la cama. Después de eso, todo se le hace difuso; le cuesta reconstruir qué pasó exactamente.

El primer recuerdo es el de estar en el comedor parada junto a su madre. La veía muy agitada, intentaba abrazarla, pero no se dejaba. Ella estaba muy alterada, respiraba rápido y corto, entre llanto y llanto.
— ¿Qué pasa, mamá? —había preguntado.— ¿Qué pasa, por qué estás así? ¿Decime qué pasó?
Su madre no respondía. Se había alejado unos pasos y le había cambiado el gesto. De asustada pasó a estar sorprendida. Desencajada por las preguntas que ella le hacía. Pero realmente no sabía lo que estaba sucediendo. Volvió a preguntar, y su mamá miró hacia un costado sin responder. Ella también giró la vista y notó que la cuchilla ya no estaba clavada sobre la mesa. De pronto, su madre se agachó y desapareció detrás de las sillas. Ella se acercó y la vio arrodillada arrodillada sobre su padre, que estaba tirado en el piso lleno de sangre. Le estaba clavando una y otra vez la cuchilla en el medio del pecho. Aunque Mariela no estaba del todo segura, creía recordar haber tenido la sensación de que su mamá acuchillaba a un cuerpo que ya estaba muerto, que no tenía ningún tipo de reacción a las estocadas. Pero estaba muy nerviosa y los recuerdos se le mezclan.

Recuerda, sí, que su mamá había dejado el cuchillo en el piso y la había mirado. Le dijo que se quedara tranquila, que no iba a dejar que nada malo le pasara. Fue hacia ella y la tomó de las dos manos. En aquel momento, Mariela había bajado la vista y por un segundo tuvo la impresión de haber visto que sus manos ya estaban manchadas con sangre, pero enseguida se habían entremezclado con las de su mamá y ya todo fue confuso y sangriento. Su mamá la abrazó y le dijo que todo iba a estar bien.

Cuando llegó la policía, cuando fue el momento de aclarar todo frente a un fiscal, la versión de su mamá había sido que al poco tiempo del incidente del cuchillo, Mariela volvió y empezó a discutir con el padre; que él se puso como loco, empezó a gritarle hasta que la tiró de un empujón al piso. Entonces ella se levantó para ayudarla, él le gritó que no se metiera y él la empujó en la cara. Ella cayó sobre la mesa, ahí tomó el cuchillo. Vio que él iba hacia su hija con intención de volver a pegarle y se lo clavó en la espalda y lo quitó. Cuando él giró para defenderse, volvió a clavárselo en el estómago. Entonces cayó al piso y ella se abrazó con Mariela hasta que vio que se quiso levantar y ahí fue que lo apuñaló una y otra vez.

Mariela no recuerda nada de todo eso pero tiene el sueño recurrente de que es ella quien mata a su padre. En su declaración dijo eso, que después del incidente se puso muy nerviosa, que subió y tomó aquel polvo y que a partir de allí no recuerda más nada. Su mamá declaró que nunca le había dado ningún polvo marrón, sólo flores de Bach y otros métodos alternativos. Nadie encontró rastros de algún polvo marrón.

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1 Comentario en "Flores de Bach y otros métodos alternativos"

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Marisa Flores
Lector

Excelente cuento.
Muy bien estructurado en cuanto a registros y contextualizaciones.
Mis felicitaciones al autor

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