Editorial

Economía mata corrupción

El oficialismo cayó a la lona en el ring que montaron para echar a Julio De Vido de la Cámara de Diputados. Se trató de un nuevo montaje de alto contenido de marketing político. Los grandes medios, echaron combustible y son también un gran perdedor. Triunfó la sensatez y la calidad institucional. También se impuso la agenda de problemas económicos que afecta a la gran mayoría de los argentinos.

Por Kranear

El sistema de medios de comunicación que durante las veinticuatro horas ejerce periodismo de guerra en contra del kirchnerismo, se quedó con las ganas de imprimir una de las tapas más anheladas de los últimos años. Julio De Vido representa no solamente la inversión en obra pública más colosal de la historia nacional, sino también, la posibilidad ahora frustrada de avanzar un casillero más en la madre de todas sus batallas, que es acorralar y someter a Cristina Fernández de Kirchner. Se trata, entonces, de una derrota política y mediática.

La alianza entre el PRO y los radicales que hoy gobiernan el país también mordieron el polvo. Los Negri, los Tonelli y los Carrió cayeron de cara a la lona de un ring que durante más diez horas estuvo alumbrado con los gigantescos focos de una mal intencionada cadena nacional, en la que hubo que hacerle lugar al homenaje a Eva Perón por los 65 años de su muerte, y a distintas voces opositoras que no solo denunciaron que con la persecución a De Vido se estaba -una vez más- lesionando la Constitución y la institucionalidad democrática, sino que también exigieron el tratamiento de proyectos de ley para amortiguar los dramas que hoy vive nuestro país: una emergencia alimentaria y laboral y limitar el endeudamiento externo, por ejemplo. También le enviaron un mensaje al oficialismo: Cuando quieran discutimos corrupción.

Pero no. El oficialismo, terco, bruto, cínico, encabezó un montaje electoral compuesto por palabras efectistas y gestos rimbombantes, para expulsar a un diputado nacional elegido hace un año y medio atrás por millones de bonaerenses, no por una reciente condena del Poder Judicial, en el marco de alguna de las causas que se abrieron en su contra, sino por el pedido del fiscal Carlos Stornelli, de comprobadas relaciones carnales con funcionarios macristas, que de la noche a la mañana tiró un centro al área para ver si el juez Luis Rodríguez, a cargo de la causa Río Turbio, cabeceaba la pelota la red y detenía a De Vido. Pero no. La utilización de los muertos de la tragedia de Once, de parte de la diputada Silvia Lospennato, muestra con claridad que nos gobierna una dirigencia hipócrita y miserable.

237 diputados dijeron presente en la cámara baja del Congreso de la Nación, y el oficialismo logró juntar 130 voluntades con el apoyo, en especial, del massismo, tan adepto al marketing político -no habría que olvidarse jamás del papelón del pedido de desafuero que encabezaron Massa y Stolbizer-. O sea: 20 votos menos de los que necesitaba para llegar a los dos tercios del cuerpo. Marcos Peña y Rogelio Frigerio apretaron gobernadores para que a su vez ejerciesen presión sobre los diputados de sus provincias, y hasta Mauricio Macri hizo declaraciones en relación a la sesión en las horas previas, desde Tucumán, con el desparpajo y la irresponsabilidad de siempre.

¿Qué hicieron hoy jueves 27 de julio Clarín y La Nación? Publicaron la lista de diputados que votaron en contra de expulsar a De Vido. Eso incluye a los legisladores del PJ y la izquierda, espacios políticos a los que dejaron de sobarle el lomo desde el momento que encontraron algunas coincidencias con el kirchnerismo, en su estrategia para enfrentar al Gobierno. Aparte, publicaron en tapa la imagen de una lancha que la ministra Patricia Bullrich hizo plotear -se la confiscaron al ex secretario de Transportes Ricardo Jaime- con la frase “Embarcación recuperada de la corrupción”. Otra canallada del circo electoral que montan para los convencidos, los ingenuos y los distraídos.

Aunque la única verdad no es la realidad, porque los grandes medios de comunicación tienen los fierros suficientes para imponer agenda, generar e influir en el sentido común, millones de compatriotas, en sus hogares, lugares de trabajo, universidades, colegios y jardines, en el transporte público, en la calle, tienen muy claro que se está viviendo peor que antes. Bastante peor. Mucho peor. Y lo que también se supone que es casi una certeza: Macri no va a dar un volantazo en su política económica, y entonces todo puede empeorar más aún. El desempleo roza los dos dígitos. Sigue bajando el consumo y creciendo el nivel de endeudamiento externo. Todos los días cierran fábricas y crece la cantidad de despedidos. Estuvieron seis meses para solucionar el conflicto docente. A la policía le soltaron la soga. Se terminó el fútbol gratuito. Se metieron con las personas con discapacidad, los jubilados y hasta los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo. Eso sí: subió el déficit comercial y también el fiscal y se inauguraron un par de Metrobús.

El macrismo estafó a parte del electorado con falsas promesas como la diálogo y el consenso entre los argentinos, pero para refutar ese enunciado alcanza con mencionar dos o tres hechos: aquella salvajada del ex ministro de Economía Adolfo Prat Gay acerca de la grasa militante, la embestida contra Gils Carbó o el secretario general de SUTEBA, Roberto Baradel, o la última, bien fresquita, en relación al director del Banco Central Pedro Biscay, al que echaron por decreto por pertenecer a la gestión anterior. Nosotros no vivimos ni sufrimos el odio gorila posterior a la “Revolución Fusiladora” de 1955, pero el comportamiento de los funcionarios del macrismo y los radicales, se asemeja bastante. O mejor aún: Profetas del odio les queda chico.

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