Derechos humanos y cultura

“El Espacio para la Memoria no es para los kirchneristas, sino para toda la sociedad”

Eduardo Jozami es abogado y periodista. Fue secretario general del gremio de prensa en los sesenta. En Cuba tejió un vínculo con el Che. Ingresó al peronismo, vivió la vuelta de Perón y optó por la lucha armada. Estuvo preso durante toda la dictadura y se exilió en México. En los 90, con los indultos, abandonó el Partido Justicialista y más tarde participó de la formación del Frente Grande. Desde el 2008 dirige el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. Fundó junto a otros intelectuales el grupo Carta Abierta. Se trata de un hombre que milita por una patria justa hace más de cincuenta años.

Texto: Celeste Abrevaya. Fotos: Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.

En el despacho de Eduardo Jozami hay dos cuadros que se imponen con la misma fuerza que su pluma: Julio Cortázar y Haroldo Conti. También hay retratos de Néstor y Cristina Kirchner. Nos recibe con un café y se sienta a la cabecera de la mesa de reuniones. Tiene puesta una guayabera que le da un semblante juvenil, al igual que los rulos que le caen sobre la frente. En el escritorio hay desparramados algunos libros y los diarios del día. Detrás de la ventana se puede apreciar parte de la arboleda del Espacio para la Memoria.

Durante casi dos horas Eduardo hablará con pasión, y sin apuro, será riguroso en sus postulaciones y más de una vez usará el recurso del humor. Nos mirará directo a los ojos para subrayar una idea, se frotará las manos, e interpondrá varios silencios para encontrar las palabras justas.

Kranear: ¿En qué tipo de hogar creciste?
Jozami: Uno típico de clase media. Mis padres eran antiperonistas, como toda la clase media de Buenos Aires. Eran extranjeros, libaneses medio afrancesados. Había una gran valoración sobre la política. Yo seguí abogacía porque me gustaban la historia y la política, no porque quisiera hacer juicios.

K: ¿Cuándo empezaste a militar?
J: A finales de los años 50, en el movimiento estudiantil de la Facultad de Derecho, una universidad donde curiosamente existían todas las fuerzas políticas menos el peronismo. Seguramente por influencia de la Revolución Cubana me acerqué al Partido Comunista (PC). Estuve ahí tres años. No hubiera querido irme pero se encargaron de separarme.

A mediados de los 60 se armó un grupo que contaba con gente que se había ido del PC, del socialismo y también algunos sectores peronistas. La discusión central era si teníamos o no un mayor acercamiento con el peronismo. Estábamos en un sindicato de prensa, del que yo era Secretario General, y era imposible trabajar sin comprender que el peronismo era la fuerza política popular. Este espacio se llamó la Nueva Izquierda.

Después vino la lucha armada, y es curioso, porque yo era un militante de masas, me había acostumbrado al trabajo con la gente, a las asambleas, pero a partir de que el Che se fue de Cuba hubo una efervescencia por una revolución que se veía como posible. Se vivía un clima de lucha en todo Latinoamérica que se expresó en el ´66 y en el ´67 con las convocatorias a Cuba: jóvenes que fuimos a prepararnos. En ese contexto general, si bien todos hacíamos un esfuerzo para no renunciar a la dimensión política de la militancia, lo cierto es que esta se fue constituyendo como la preparación para una salida que tendría a la lucha armada como aspecto central.

K: Dijiste que fuiste Secretario General del sindicato de prensa. ¿Cómo llegaste ahí?
J: Yo ya era abogado y llegué porque empecé a trabajar en Clarín. A mí me gustaba escribir, no tanto como ahora, pero era orador en asambleas, y mi actividad era muy política. Era joven y ya tenía una vida muy armada. El periodismo era un oficio más bohemio. Fui secretario de la comisión interna del diario y cuando vino Onganía me despidieron.

El Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti fue inaugurado por Cristina Fernández de Kirchner.

K: ¿Cuándo nace tu vínculo con el Che?
J: Cuando estaba en el sindicato de prensa alcancé cierta notoriedad entre los sectores combativos de izquierda. Se generó un centro de reunión de intelectuales, activistas, gente de la cultura. En mayo del ´66 los cubanos me invitaron a visitar la isla por el Día del Trabajador. Ahí nació una relación que duró varios años y eso influyó bastante en el vuelco a la lucha armada de muchos que trabajábamos en el sindicato.

K: ¿Cómo se produjo tu ingreso a Montoneros?
J: En el ´65 el peronismo subsistió por la lucha obrera pero esa situación fue cambiando a partir de un proceso de radicalización de las clases medias. Hubo un sector que se identificó con el peronismo. La discusión fundamental giraba en torno a si la lucha había que darla en nombre de Perón o si era una lucha del socialismo. El peronismo revolucionario decía que Perón iba a volver producto de la lucha del pueblo. El Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) creía que Perón venía a paralizar la lucha de clases. Yo pertenecía a un grupo relativamente pequeño, el Comando Popular de Liberación (CPL), que planteaba la necesidad de la acción conjunta de peronistas y no peronistas. Nosotros vimos, en ese clima político, con la vuelta de Perón en el ´72, que debíamos sumarnos a Montoneros, que se había convertido en el gran paraguas para todos los grupos peronistas. También había otra discusión, que tiene un nexo con la actualidad, que tiene que ver con cómo se construye una unidad política, cuál es el margen de discusión interna, de autonomía.

Miles de estudiantes secundarios recorrieron el Conti durante 2014.

K: ¿Cómo viviste el período entre 1973 y el comienzo de la última dictadura?
J: El ´73 fue tiempo de triunfo popular como pocas veces se vio en la historia argentina. Gran momento de movilización. ¡Había vuelto Perón! Tomando a Ernesto Laclau, el significante retorno se llenó de los sentidos más diversos. Los trabajadores que siempre habían luchado, los burócratas que negociaban con la dictadura, los empresarios nacionales, los no tan nacionales que sabían que Perón iba a volver de cualquier manera, los sectores de izquierda que no lo habían apoyado: todos formaron parte del consenso nacional popular para que volviera. Había un gran sector que lo apoyaba, pero al mismo tiempo había una enorme diversidad de opinión dentro de ese universo. Una universalidad un poco perversa. Es bueno que haya diversidad, pero siempre y cuando haya una hegemonía clara. Cuando en un espacio hay contradicciones tan profundas en su interior, hay un problema. Frente a esto, no estuvo muy definida la necesidad de preservar la unidad del movimiento popular. En nuestro caso, nos equivocamos en la caracterización del momento. Montoneros no comprendió que se iniciaba un nuevo momento político y sobreestimaron la influencia que tenían sobre las masas. Recuerdo la movilización a Ezeiza. Vi una gigantesca bandera de la Columna Norte de Montoneros, y detrás, miles de personas. Entonces pensé: esto es extraordinario. La gente marchaba con nosotros. Sin embargo, después entendí que marchaban detrás de la bandera pero lo que hacían era ir a recibir a Perón. Y con la muerte de Perón, dos meses después, volvimos a la lucha armada y fuimos reduciendo la adhesión organizada que teníamos de la gente.

Derechos Humanos y Cultura, el eje de la propuesta del Conti.

En 1975 caí preso. Lila (Pastoriza) siempre me corrige cuando digo que “me fui” de tal cárcel a otra. En realidad no me fui, me llevaron. Vi mucha gente del interior, yo era muy porteño, el más versado a la izquierda (incluso daba cursos sobre Revolución China). Ahí me encontré con muchos compañeros que habían tenido militancia cristiana. También se estableció un espacio de discusión sobre la tradición popular argentina. Por eso, en la cárcel me hice más peronista.

K: ¿Cómo atravesaste políticamente los ´90?
J: Cuando salí de la cárcel fui a México, donde estaba Lila. Volvimos a la Argentina para la época del juicio a las Juntas. Ahí comencé a militar en la Renovación Peronista, que tenía un sector que se organizó en torno a dos figuras: Germán Abdala y Chacho Álvarez. El movimiento se llamaba Renovador Peronista. Este era el mejor reflejo de cómo había cambiado la situación en la Argentina. Los revolucionarios se habían hecho renovadores. En el año ´90, con los Indultos, renunciamos al Partido Justicialista y en el ´93 se armó el Frente Grande, donde tuve una actuación importante, no sólo por los cargos que ocupé, sino por lo que puse de mí. En ese momento de desesperación en que el peronismo -en su 95%- había permanecido junto a Menem, en que la izquierda estaba en crisis absoluta, de pronto nos juntamos algunos que creíamos que había que rescatar una idea de la política y pensar en algún tipo de transformación. Cuando llegó La Alianza preferí no entrar al gobierno nacional. Me incorporé al gobierno de la Ciudad con Ibarra, al frente de la Comisión Municipal de la Vivienda. Esta experiencia, sobre todo la del Frente Grande, fue decisiva para mi incorporación al kirchnerismo.

K: En su primer discurso, Néstor Kirchner enuncia su pertenencia a una generación diezmada, en 2004 pide perdón en nombre del Estado en las puertas de la ESMA, y baja los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar, ¿qué implicó la llegada de un compañero a la Casa Rosada?
J: Cuando Néstor descolgó el cuadro de Videla fue el segundo día más lindo de mi vida después del 25 de Mayo del ´73. Me pareció importantísima su llegada, y corroboré que comenzaba un nuevo proceso. Me di cuenta que lo tenía que apoyar. Tenía dudas porque Néstor tenía atrás al aparato justicialista, que venía diezmado, pero supe el lugar que nosotros debíamos ocupar.

Entre otras ofertas, el Conti cuenta con una preciosa librería.

K: ¿Cómo fue el pasaje de entrar como un funcionario a la ESMA?
J: Nunca me sentí demasiado funcionario pero estando todo el día acá es distinto. A veces salgo a caminar por el predio. Un día de sol me di cuenta lo lindo que es este lugar, los árboles, los pájaros y dejé de pensar que era un lugar oscuro. Me gustó estar acá desde el primer momento, por lo que significaba políticamente y por el desafío que representaba a nivel intelectual. Cada vez siento menos el peso del lugar en el que estoy. Pero creo que tampoco uno debe proponerse, y este es un tema polémico, eliminar ese pasado, porque es bueno que siga presente. Resignificar un lugar no es borrarlo. Esto va a ser siempre la casa de la vida, de los derechos humanos, pero también el lugar de la muerte. El desafío es encontrar el equilibrio para respetar este espacio de memoria y que la sociedad se apodere de la participación.

K: ¿Qué criterio definiste como rector para implementar las políticas del centro cultural?
J: Desde el primer día dijimos que había que afirmar el compromiso con la historia de los compañeros y con los derechos humanos, que tenía que ser un espacio donde uno pudiera integrar el más fuerte compromiso político con el espíritu más abierto de la creación artística y el debate.

Como centro cultural tenemos que trabajar el tema de la memoria, discutir qué pasó desde el ´76 al ´83. En el terreno del arte o la fotografía hay que ser rigurosos, no debe mostrarse cualquier cosa. Al mismo tiempo eso no es contradictorio con que haya que convocar mucha gente porque ahí reside una mayor posibilidad de que la sociedad se apropie de esta historia. En los´90, para protegerse los grupos de derechos humanos se cerraban sobre si mismos. Para que nosotros rompamos esa segregación, muchas veces autoimpuesta, este debe ser un espacio que salga a convocar a todos. No es que hay que hacer cualquier cosa para que venga mucha gente, pero tampoco transformarlo en un centro de elite que no esté en condiciones de dialogar con la comunidad. El kirchnerismo tiene el mérito histórico de haberse hecho cargo de las demandas de los organismos de derechos humanos y haber llevado adelante la política de recuperación. Este lugar no es para nosotros, para los kirchneristas, sino para toda la sociedad.

El espacio cuenta con muestras permanentes.

K: ¿Hay algún momento en el transcurso de estos años que te haya marcado y que tenga como escenario el Conti?
J: Muchos. Uno fue La Noche de los Museos (a finales de 2014). Había muchísima gente que se me acercaba a preguntar distintas cosas y que reaccionaban con una sorpresa extraordinaria. Uno ahí se da cuenta cuanto más se puede hacer para difundir. Mucha gente, con los con espectáculos gratuitos, dice “usted no sabe cómo ha cambiado mi vida, tengo un lugar los fines de semana donde puedo venir con mi familia”. Yo particularmente he peleado como un loco por no arancelar los espectáculos. Nosotros dijimos que iba a ser gratuito, que sea gratuito. Acá nadie no va a entrar porque no tenga plata para pagar la entrada.

Números
Durante 2014 120 mil personas visitaron el Conti. Se ofrecieron ciclos de cine, muestras de artes visuales, fotografía, recitales, obras de teatro, talleres, seminarios y encuentros. Además, el área de Educación para la Memoria realizó visitas guiadas a adolescentes y jóvenes de escuelas secundarias y terciarias.

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