El robot argentino

Por haber nacido en 1952, el autor lleva al peronismo en la sangre. Y en su narrativa. En sus relatos, el fenómeno justicialista irrumpe como eje central de una historia, y EN otras es solo un color, un textura, una mención aparentemente desinteresada. Hasta que alguien una vez le dijo: el peronismo es un género literario. Este cuento es la prueba de que aquella afirmación no cae en saco roto.

Por Leonardo Killian

Estaba en el diario escribiendo. Hacía tiempo que recopilaba material para un artículo, o tal vez un ensayo, sobre El Discurso Paranoico en la Música Popular Argentina. Ya tenía unas cincuenta letras entre tangos, milongas, zambas y otros ritmos locales con el tema recurrente de la persecuta al autor o al cantor “yo sé que en el pago me tienen idea; yo sé que los de arriba me la tienen bien jurada; en el barrio tengo fama porque a más de uno.” Etcétera.

Suelo ir a escribir al diario porque en casa cuando no es el teléfono con una que te ofrece una pre-paga, es el timbre con los bomberos voluntarios o el gato que insiste en jugar cuando trabajo.

La llamada entró por el directo de la redacción. Me pareció la voz de un anciano con un marcado acento centroeuropeo y se presentó como el Ingeniero Seipel. Nos citamos en la Munich de Constitución y allí me estaba esperando cuando llegué.

Se paró para saludarme. Era un tipo alto con cara de desconfiado y le calculé unos ochenta años mal llevados. Lo invité con una cerveza. Me asombró cómo tomaba. Los largos vasos de la Munich se los despachaba de un trago. No sé si era o no ingeniero pero bebía como un galeote. Había llegado al país a fines de los cuarenta ya que en la Europa de posguerra “un ingeniero ganaba lo mismo que un peón”. Se decidió por la Argentina porque había noticias que lo entusiasmaron: Perón tenía serias intenciones de desarrollar áreas como la energía atómica y su amigo Richter le había prometido alcanzar la fusión en frío con su proyecto de la Isla Huemul. Otro conocido estaba relacionado con el avión Pulqui y le había hablado de un proyecto secreto (aquí bajó la voz como si aún lo estuvieran espiando): el subte que uniría la Casa Rosada con Parque Chas.

Desplegó sobre la mesa algunas revistas de los años 50: Mundo Peronista, Mecánica Popular, Leoplán y dos libros de su autoría: Hacia la Automatización y El Desafío del Futuro. Los dos estaban editados por el gobierno y eran de 1952 y 1955 respectivamente. Mientras hojeaba el material escuchaba atentamente la historia que, con lujo de detalles, me narraba Seipel.

En una época donde el mundo industrializado se planteaba la reconstrucción pos bélica, él, el Ingeniero Seipel, le proponía a Perón la construcción de un Robot. En realidad, lo más difícil, arduo y desgastante fue llegar a Perón. La larga cadena de burócratas, coimeros y oportunistas de todo tipo, “todos ignorantes”, con los que tuvo que tratar llenaban un tomo de la guía. Y luego, cuando por fin obtuvo el apoyo oficial llegaron “las polémicas medievales”. Así llamaba Seipel a las críticas de las iglesias. Los rabinos lo acusaron de querer construir un Golem, una abominación monstruosa. Los católicos lo acusaron de blasfemo por pretender imitar a Dios, el “único creador de criaturas humanas”. No eran los únicos. La CGT se preguntaba desde La Prensa, recientemente expropiada, si los robots no les quitarían en el futuro el empleo a los trabajadores. Los contreras aseguraban que era un nazi y su proyecto, parte del plan del Führer que vivía escondido en la Patagonia. Lo que quería Seipel era simplemente una reivindicación histórica.

Le prometí hacer lo posible. Hablé con Barreiro, un peronista histórico muy vinculado al General, que me aseguró que lo del subte era cierto y que los planos me los podía mostrar cuando quisiera. Lo llamé a Capanna que me confirmó los datos del Ingeniero y Carletti, que es un fanático de la robótica, me confesó que alguien le había contado la historia pero que siempre consideró que se trataba de una leyenda urbana. Se sorprendió cuando le dije que el tipo existía. El tema de su apellido también era un misterio. En las publicaciones que me alcanzó aparecía como Seipel, Zeipel, Seippell y alguna variante más o menos simpática como Von Séiper. En cuanto a su origen, aparecía como austríaco pero otras versiones lo hacían húngaro, polaco, ruso o checo. Los gorilas lo acusaron de nazi y La Alianza de judío mentiroso. Según Cafiero, había una cantidad enorme de personajes raros que rodeaban al General por esos días y aunque creía recordar algo del mentado robot lo atribuyó a malévolos chismes de gorilas. Rumores, nada concreto.

El dato apareció con un viejo conocido de mi juventud militante. El turco Abud, una leyenda de la Resistencia, me aseguró que sí, que la historia era cierta y que él mismo había estado en el Luna Park la noche de la presentación.

Eran días difíciles. Perón se había peleado con los curas y se veía venir el golpe. Tal vez por esto, algunos sectores del Partido y la CGT organizaron la presentación del AA1, el robot peronista. El turco había ido con el gremio metalúrgico y recordaba con su memoria fotográfica hasta los mínimos detalles. Los burócratas del partido en las primeras filas, entre ellos George Devol, el norteamericano creador del brazo articulado especialmente invitado por el gobierno que quería impresionar a los yanquis. Los chupamedias y empleados públicos, de riguroso luto; un poco más arriba y en la popular ellos, la negrada, a los gritos contra los oligarcas y los curas “leña compañeros, viva Perón”. El Luna era una caldera.

Penumbra y luego las luces que se fueron encendiendo. En el ring estaba el robot. Nunca habíamos visto una cosa así. Era como un muñeco de fierro, con lucecitas y una antena que le salía de la cabeza. Como tenía una especie de visera un vivo gritó: ¡Pochito!, en referencia a la mítica gorra del Hombre. El Luna se venía abajo. ¡Pocho si otro no, Pocho si otro no! Un potente haz de luz siguió la llegada de “el ingeniero Dr. Seipel”. Se hizo silencio. En el ring sólo estaban Seipel, que irradiaba satisfacción y ansiedad en iguales proporciones, dos ayudantes de overall y el AA1, el Androide Argentino 1, como lo presentó. El ingeniero tenía una especie de cajita con botones con una antena idéntica a la del robot. Explicó muy solemne que era un “control remoto” y que, a través de éste, manejaría al doble A1.

Hubo un aplauso discreto. Las luces de las gradas se apagaron y el ring quedó iluminado como para una pelea. Con una voz profunda, Seipel anunció que, aunque aún se hallaba en período de experimentación, se brindaría una pequeña demostración del uso del robot “totalmente ensamblado en nuestro país” remarcó. Hubo aplausos. Agradeció la colaboración de la Secretaría de Industrias (aplausos), a los “compañeros de la CGT” (más aplausos) y por último al hombre sin el cual todo esto no sería más que un sueño: El Presidente Juan Domingo Perón (aplausos atronadores). Alguien empezó a cantar la Marchita pero no prosperó.

La luz se posó sobre el androide que, luego de un minuto de gran expectativa, comenzó a deslizarse sobre el ring. Al llegar al centro tomó el micrófono y con una voz metálica pero clara y potente dijo “buenas noches”. Hubo un cerrado aplauso y murmullos de admiración. Seipel, en una discreta penumbra tocaba botones y giraba perillas. El doble A hizo un leve movimiento con la cabeza y continuó “bienvenidos” (más aplausos). Después de mostrar algunas habilidades como alcanzarle el periódico a Seipel o recordar la temperatura ambiente, AA1 comenzó a descontrolarse. Algunos movimientos y frases incoherentes indicaban que algo andaba mal. Seipel hacía señas cada vez más ostensibles a los ayudantes que lo miraban sin entender. Algo no estaba saliendo como se había programado. En un movimiento brusco, AA1 se situó en el centro nuevamente y alzando sus brazos como el jefe, lanzó un “compañeros” que dejó a todos pasmados. Seipel se tomaba la cabeza y, evidentemente nervioso, tocaba botones y perillas. Los de las primeras filas se pararon y empezaron a retirarse. Arriba los negros deliraban: “Otra, otra”. “Que hable, que hable”. AA1 alzó un brazo como pidiendo atención y ahí nomás empezó: “Compañeros. Los gorilas y vendepatrias nos quieren voltear”. “Ustedes no lo van a permitir”. “Por cada uno de los nuestros que caiga caerán cinco de los contreras”. Un rugido de miles de voces acompañó las últimas palabras. Las filas del medio estaban casi despobladas y muchos se apuraban por llegar a la salida. Parado junto al ring el temible Apold lo fulminó con la mirada mientras lo puteaba con la fría precisión del desprecio. El horizonte se cargaba de venganza. Seipel desenchufaba cables, loco de rabia. A los ayudantes los insultó y los amenazó con los puños y sólo se calmó cuando su criatura se fue apagando hasta quedar muda e inmóvil. Un locutor improvisado pidió disculpas y le rogó al público que abandonaran el estadio en forma pacífica. Lo que sucedió después le llegó al turco unos días más tarde cuando se encontró en el sindicato con unos muchachos que habían participado de la organización. Estos asombrados testigos vieron como Seipel, superado por los hechos, daba explicaciones a todo el que se acercara. Sinceramente no sabía como podía haber pasado lo que pasó. Cuando volvió a conectar a AA1 se escuchó claramente la metálica voz que le gritaba “ruso puto”, “contrera”, “ruso puto”.

Seipel, rojo de ira, les pidió a sus ayudantes un martillo que estos le negaron. Él mismo buscó entre las herramientas, hecho una furia, hasta encontrar una llave inglesa de tamaño considerable con la que comenzó a golpear al robot. Fue una escena tremenda; cuanto más intentaban contenerlo más furioso golpeaba e insultaba. El monstruo no cesaba de repetir la letanía “ruso puto, ruso puto” hasta que un fierrazo certero le arrancó parte de la cabeza. Luego de un chisporroteo, se escuchó un largo zumbido y todo terminó.

En los diarios del día siguiente no se publicó una palabra. Desde ese día y hasta la caída del gobierno nadie volvió a saber nada de Seipel y de su robot.

Al poco tiempo el país se estremeció con el levantamiento militar en Córdoba y el hecho pasó al olvido. Instalada la Libertadora, Seipel desapareció.

Silenciado por propios y gorilas, unos por provocador y otros por funcionario del Tirano Prófugo, terminó emigrando a Formosa donde malvivió arreglando heladeras y vendiendo repuestos para Siam. Los negros del Luna lo olvidaron. Tenían otras cosas para preocuparse y durante años mirarían al cielo esperando ver el ansiado avión negro que traería al Pocho a la Patria para hacerlos felices. Sería una mañana de sol y habría música de Antonio Tormo.

Junté los documentos, la charla con el turco, incluí las fotos borrosas y armé la nota.

Lo llamé al viejo y nos volvimos a ver en la Munich. La leyó con atención. Todo su cuerpo, su expresión lo delataban, estaba de nuevo en el pasado. Al finalizar, con una amargura infinita me imploró: “no lo publique, olvídese de todo esto, por favor”. Se levantó y salió sin saludarme. Me fui para el diario y le mostré la nota al gordo. Me costó convencerlo de que era cierto. De mala gana me prometió que la incluiría en un número especial sobre Sesenta Años de Peronismo que estaba preparando.

Algunas semanas más tarde, pizza de por medio, alquilé para ver con mis hijos 2001 Odisea del Espacio. Recordé la versión criolla de nuestro primer robot peronista cuando al final Hal se rebela contra el astronauta y lo traiciona. Les conté la historia de Seipel, del avión Pulqui, la isla Huemul y el subte a Parque Chas; del Avión Negro seguramente guardado en algún hangar del tiempo feliz, de Pochito el robot malogrado.

Fue como si les hablara de Santa Claus o los Reyes Magos. Ninguno me creyó.

Kraneá tu comentario

Comentá primero

avatar
wpDiscuz