Memorias de una leyenda heroica

José Mármol tiene 83 años y una energía envidiable para contar una y otra vez los hechos que derivaron en la resistencia peronista, en Rosario, en las horas posteriores al golpe contra Perón, en septiembre de 1955. El hombre, que casi da la vida por Perón, hace unos días participó de un homenaje por los cien años de Evita, y jura emocionado que “volvió a brotar la mística del peronismo”.

Por Mariano Abrevaya Dios

Lo primero que nos cuenta José Mármol cuando nos sentamos en la mesa del bar es que “el homenaje cien evitas salió espectacular”. Junta las manos frente a su pecho, se muerde los labios y sonríe emocionado. Su entusiasmo es tan evidente como el agradecimiento que expresa por haber sido invitado a ser parte del agasajo. “En la calle, adentro del teatro, yo sentí que volvió a brotar la mística del peronismo”, advierte. “Fue una cosa de locos”.

José tiene 83 años y luce una vitalidad envidiable. Acá en Buenos Aires lo acompaña su ahijada, que a pesar de haber escuchado infinidad de veces su relato de la resistencia peronista, se apresta para escucharlo con atención, mientras manotea unos saladitos y le pega unos sorbos a la cerveza que trajo hace unos minutos el mozo. Sobre el final de la charla, nos contará que tiene tres hijos, y que está desocupada. Que vive cerca del Monumento a la Bandera y que desde hace ya unos cuantos meses viene notando que las movilizaciones son cada vez más masivas. “Como yo, hay miles y miles que no ven la hora de que Cristina vuelva a la Casa Rosada”, comparte con un gesto de urgencia en el rostro.

Mármol llegó al proyecto Cien Evitas por medio de una compañera de toda la vida, y también emblema de la resistencia peronista en Rosario, Berta Temporelli. Ambos aportaron sus experiencias de vida y militancia, que desde muchos años conforman parte de la heroica leyenda de la resistencia en Rosario, ciudad al que la militancia –en especial la de allá- y cierta prensa, bautizaron hace tiempo como la “Capital del Peronismo”.

José tuvo una participación destacada en el homenaje que la Colectiva Mixta de Culturas realizó en Rosario por el cien aniversario del nacimiento de Eva Perón.

José nos sitúa en el brutal 16 de junio de 1955, cuando la Marina de Guerra bombardeó la Plaza de Mayo para derrocar a Perón, y asesinó a más de 300 civiles. “En aquellos tiempos los medios de comunicación no eran lo que tenemos ahora. Lo único que había era la radio, pero no la tenía cualquiera. No sabíamos que estaba pasando acá en Buenos Aires, si Perón estaba vivo, preso o en el extranjero”, cuenta el hombre que por aquellos días era un laburante de menos de veinte años, que militaba en la unidad básica de su barrio, y que trabajaba en el área de Parques y Paseos de la Municipalidad de su ciudad.

“En aquel momento, como indicaba la carta orgánica del partido, en cada seccional había una básica, y yo estaba en la seccional 15, que ahora es la 13”, cuenta José, y resalta que su actividad militante comenzó “antes de que Perón asuma su primer gobierno”. Su padre era guardabarrera, y vivía en la zona que ahora se denomina La Siberia, que junto al barrio La Tablada, eran conocidas como La República de la Sexta.

¿Por qué empezaste a militar?

“Mi madre no sabía leer, y me pedía que le leyera del diario La Época, entre otras cosas, qué número había salido en la quiniela; en ese tiempo ella jugaba al 322”, subraya él, que como constataremos a lo largo de la charla, cuenta con una memoria prodigiosa. “De esa manera nos enteramos de la tarea que estaba realizando el entonces coronel Perón, en la Secretaria de Previsión, de la Revolución del 43 que puso fin a la década infame, del autogolpe de Farrel y la designación de Juan Perón a cargo de ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación, como así también de su primer decreto, el 2.869, en beneficio del peón rural, para de esa manera ir construyendo un cimiento con el obrero, anterior al 17 de octubre del 45”, explica.

José nació el 25 de mayo de 1936, “el mismo día que se inaugura el Obelisco”, aporta. “Tengo 83 años y todavía sigo militando”, dice con orgullo. “El peronismo para mi es una vocación, una pasión y una convicción, manejado a través del sentimiento y la humildad, con la que se hace la lealtad. Para mí, Perón y Evita fueron mi dios terrenal”, jura.

Mientras José habla sin parar con un movimiento de manos permanente, en una enorme pantalla de tevé empotrada en la pared, Cristina Krichner posa junto a la dirigencia del PJ Nacional. El zócalo de C5N informa que la ex presidenta no pisaba la sede nacional desde 2003.

Le proponemos a José, que lleva un saco de seda anudado al cuello, volver a los días del golpe contra Perón, y la falta de información, allá en los barrios obreros del sur de Rosario. La revuelta se armó pocos días después de que la autodenominada “Revolución Libertadora” derrocase al gobierno constitucional del presidente Juan Domingo Perón. Ya gobernaba el general Eduardo Lonardi, que en su discurso de asunción había prometido que no habría “vencedores ni vencidos”.

“Como nuestros referentes no nos aportaban información de lo que estaba pasando, el 23 de septiembre salimos a la calle y nos juntamos en 27 y Lagos (se refiere al cruce del boulevard 27 de Febrero y la avenida Ovidio Lagos) y comenzamos a gritar ‘La vida por Perón’, relata. Lo mismo estaba sucediendo en otros barrios obreros del sur de la ciudad, como Villa Manuelita, un pobrerío que se ganó un lugar en la historia grande del peronismo por una anécdota tan digna como pintoresca (*). En seguida llegó la orden de reprimir, y José subraya que “el regimiento 11 de Rosario se negó a tirar contra sus propios hermanos”. Entonces desde Buenos Aires ordenaron el avance de tropas desde Corrientes y Córdoba.

“Para mí, Perón y Evita fueron mi dios terrenal”.

“Nosotros estábamos atrincherados en las vías de la trocha ancha del Mitre, y las tapamos con palos, piedras y durmientes”, retoma José, al que sus amigos, compañeros y familia apodan Roque, o El zurdo-, “y a partir de las 11 de la mañana del día 24, unos helicópteros nos comenzaron a arrojar bombas de estruendo que nosotros los agarrábamos antes de que exploten y los metíamos en baldes con agua”. En la esquina se habían juntado unos quinientos obreros del cordón industrial que había crecido al calor del desarrollo que había inyectado el gobierno peronista, ahora derrocado. El ejército ya los atacaba a balazo limpio. Crónicas de diarios extranjeros de la época, hablaron de decenas de muertos, heridos y detenidos.

“En un momento conseguí una escalera de unos cinco metros, la pongo en el medio de la calle, para colgar dos estandartes de Perón y Evita en los cables del tranvía, me tiran un balazo en el hombro y caigo herido; en el suelo, un oficial me da acá con el fusil”, recuerda José, y se levanta de la silla para mostrar el lugar de la herida, sobre su cintura. “Me reventó el riñón”, explica, y agrega que en ese momento “un montón de compañeros se escondieron en el gimnasio municipal que había en la esquina”. Lo levantaron como una bolsa de papas y lo arrojaron arriba de un camión del ejército. Ese mediodía llevaba una bandera argentina atada del cuello.

¿Cuánto tiempo estuviste detenido?

“Mirá”, nos dice, y luego de abrir una carpeta, nos muestra unos papeles. Se trata del trámite que el mismo Roque comenzó a gestionar en julio de 2015, en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, para acceder a los beneficios de la ley 26.564, promulgada en 2009, para ampliar los beneficios de las leyes 24.043 y 24.411, sancionadas para indemnizar a familiares de víctimas de desaparición forzada o asesinato por el accionar del terrorismo, o como así también a los y las detenidas por razones políticas (este es el caso de José). “Todavía no logré que me incluyan”, confía.

José estuvo más de dos meses internado y con custodia policial. Durante todo ese tiempo muchos de sus conocidos creyeron que estaba muerto. Pasó por Asistencia Pública, “desbordada de heridos y muertos”, agrega él, y los hospitales Centenario y Español, donde le extirparon el riñón derecho. Volvió a la calle el 23 de diciembre de 1955. “Una vez que me recuperé físicamente, porque parecía un pescado descamado, me costó muchísimo volver a encontrar trabajo”, advierte. Su madre murió por aquellos meses, producto de un ACV, y su padre, entonces, entre uno y otro drama, quedó muy afectado; aparte, tenía otros tres hijos de los que ocuparse.

“Yo a pesar de todo aquello, jamás me arrepentí de nada”, reafirma José, casi con las mismas palabras con las que acompañó la firma de los papeles del Ministerio, en los que estampó, debajo de su garabato, “Por el legado de Perón y Evita”. Se casó en 1958, y fue gracias a su cuñado que consiguió el trabajo que le daría de comer durante los siguientes once años, en Acinfer, un anexo de la pujante Industria Argentina de Aceros SA (Acindar), en Villa Constitución (donde todavía vive). “Allí estoy hasta el 29 de mayo de 1969, el día que matan a Aramburu”, dice, con una mirada cómplice.

¿Se celebró entre la militancia aquel juicio revolucionario?

“Sí, mucho”, confiesa.

Antes tuvo que pasar por los años de la militancia clandestina de la oscura noche del decreto desperonizador y los fusilamientos de José León Suárez que Rodolfo Walsh inmortalizaría con su trabajo Operación Masacre, la democracia de baja intensidad de Frondizi, que asumió con los votos de Perón, y el llamado Rosariazo, ocurrido durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, quien encabezaba otra autodenominada Revolución, en este caso “Argentina”.

El Zurdo también participó de la caravana que cien evitas realizaron en puntos emblemáticos de la memoria peronista de Rosario.

El asesinato de un estudiante, en Corrientes, en el marco de una protesta, y otro más, ahora en Rosario, derivó en enormes movilizaciones y protestas de estudiantes universitarios y secundarios, como así también de parte de los sindicatos de la entonces CGT de los Argentinos que conducía el gráfico Raymundo Ongaro. El gobierno declaró el Estado de Sitio, la represión recrudeció y hubo otro muerto, un estudiante secundario de 15 años, que fue despedido por una multitud en la calle y en el cementerio. El Correntinazo, el Rosariazo, y tal como sucedería un tiempo después, durante la pueblada más conocida de todas, el Cordobazo, marcaron un clima de época, en el que la juventud y los sindicatos combativos expresaron con una enorme capacidad de movilización, un descontento social que también tenía que ver con la proscripción de Perón.

Dos años después de casarse, la esposa de “El zurdo” tuvo un accidente de tránsito y perdió un embarazo. “El 31 de octubre de 1963, la madre del hijo de mi hermano, antes de morir por cáncer de mama, me dijo ‘ciudamelo a Pinocho’, que tenía ocho años y medía 30 centímetros”, cuenta, por un problema de crecimiento. A lo largo de los años, lo llevarían al Hospital Gutiérrez, en Capital Federal, muchas veces, para que le inyectaran hormonas. “Él también militó en el peronismo. Fue un gran militante”, subraya, con un leve pero perceptible quiebre en la voz, que lo obliga a realizar una pausa. Su ahijada le indica que toma un sorbo de la lágrima que pidió unos minutos atrás. El hombre, a pesar de que muy probablemente sea muy testarudo en la intimidad del hogar, le hace caso. Pero enseguida dice, en relación a su hijo del corazón: “Desgraciadamente lo perdí el 6 de septiembre del año pasado”.

“Lo mejor que me pudo haber pasado es haber cumplido con lo que me pidió la madre, a la que no le dije ni sí ni no. Con mi señora lo cuidamos y nunca le faltó nada. Manejaba computadoras, nadaba, hasta que fue perdiendo la fuerza, porque a lo largo de los años desarrolló la parte la muscular, pero no los huesos”, detalla. “A pesar de que los médicos nos dijeron que los chicos no llegan a vivir muchos años con esa patología, el nuestro vivió hasta los 63 años”, cuenta orgulloso.

Luego, por primera vez, José se toma un minuto para tomar su café. La ahijada aprovecha para retomar el asunto del homenaje Cien Evitas. Los recuerdos la emocionan. “Fue una fiesta”, afirma.

El homenaje, a cargo de la Colectiva Mixta de Culturas, tuvo dos partes. La primera, callejero, de la mano de cien mujeres y militantes populares, caracterizadas como Evita, que recorrieron varios puntos de la ciudad, icónicos de la memoria histórica del peronismo, arriba de tranvías, colectivos y coches. Luego colmaron el aristocrático teatro El Círculo, donde se realizaron más de treinta escenas teatrales, escritas por dramaturgos y dramaturgas de la Ciudad, en el que tocó el pianista Miguel Ángel Estrella y una banda de puank, feminista. Fue ahí también que José tuvo su noche de gloria.

El paquete teatro El Círculo fue copado por los y las peronistas que homenajearon a Eva y a Perón, y que pidieron la candidatura de Cristina.

Armando Durá, uno de los dramaturgos y armadores del homenaje, en una de las escenas, relató en primera persona los detalles de la jornada de lucha y resistencia en la que José Mármol, con un bandera argentina atada al cuello, enfrentaba a los soldados, allá en el centro de Rosario, al grito de “La vida por Perón”, para luego caer herido al suelo y ser arrojado a la caja de un camión. El relato era acompañado por la melodía de la Marcha Peronista que punteaba un guitarrista desde las sombras del escenario. “Qué voy a estar muerto”, gritó el interprete de Mármol, en el cierre del relato. “Acá estoy, vivito y coleando”, y fue ahí que ahora sí apareció el legítimo José, quien luego de un aplauso tan cerrado como atronador, cantó el tango -con la bandera argentina atada al cuello-, Carnaval de mi barrio.

El teatro que suele utilizar la oligarquía local para sus veladas, ahora atestado por los y las peronistas de la ciudad y los alrededores, más la dirigencia peronista que se estaba dirimiendo una elección por medio de una interna abierta, se vino abajo con un atronador aplauso que en seguida fue acompañado por las estrofas de la marcha, con todo el mundo de pie, los brazos en alto y los dedos en V. José no sabe cómo hizo para resistir semejante demostración de afecto y cariño, pero una vez más, venció al tiempo.

Para el cierre, con Cristina una vez más en la centralidad de la política nacional, y en la pantalla de la pared del bar, José anota un último poroto en relación a las elecciones de octubre: Macri está haciendo de modo premeditado todo lo que no pudo hacer la oligarquía con nosotros, “y no tengo dudas que después de Perón y de Evita, Néstor y Cristina fueron los que más hicieron por nuestro pueblo”.

El abrazo del final de la entrevista fue puro agradecimiento. De ambos lados.

(*) Cuenta la historia que por aquellos días de resistencia peronista, en el barrio Villa Manuelita, los y las vecinas, todas humildes, trabajadoras, agradecidas de la obra de gobierno de Perón y Evita, colgaron en la vía pública un cartel hecho a mano que decía: “Los Estados Unidos reconocen a Lonardi, Villa Manuelita, no”, y que los soldados, al recibir la orden de bajar semejante atrevimiento, tuvieron que ir por lo menos tres veces, porque los propios vecinos y vecinas, se lo impedían, con la fuerza de la mirada y las convicciones.

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