Invisible hasta hoy

Carolina Muzzilli fue una hija de inmigrantes y obrera que en el albor del siglo XX, en soledad, se puso al frente de la lucha por los derechos de las mujeres. Hoy, a la distancia, y con el movimiento de mujeres en estado de alerta y movilización, su aporte toma dimensiones épicas. Repaso de una vida tan corta como corajuda.

Por Bety Chisleanchi

En el barrio porteño de Mataderos, en realidad República de Mataderos, hay una calle de sólo seis cuadras de extensión que se llama Carolina Muzzilli; nace en Avenida Larrazabal y se extiende hasta Araujo, entre dos avenidas importantes, Juan Bautista Alberdi y Emilio Castro.

Como suele pasar con los nombres de las calles, muchas veces creemos que solo son eso, calles, sin embargo esos nombres precisamente nombran a seres humanos, y algunos, o algunas, cargan con importantes luchas en su haber, como es el caso de Carolina Muzzilli.

Carolina nació el 17 de noviembre de 1889 en Buenos Aires.

Recordemos que hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, Argentina había dejado de ser sólo una enorme extensión de tierra. Sus principales ciudades comenzaron a recibir oleadas enteras de obreros y obreras que llegaban del otro lado del Atlántico para apostar a un futuro prometido en el nuevo continente. El país protagonizó un rápido desarrollo económico que en principio giró en torno a la producción agro-industrial; esta veloz expansión impactó en la población, cambiando muchas veces por la fuerza, el estilo de vida al que acostumbraba.

La clase obrera argentina fue formándose con manos nativas y extranjeras; su crecimiento, en esta época, tendrá como correlato dar los primeros pasos hacia la organización de un movimiento obrero que se nucleó en mutuales y sindicatos por oficio. El gran número de inmigrantes facilitó la rápida irrupción del anarquismo y el socialismo, corrientes ideológicas que venían extendiéndose desde los grandes centros industriales. Los hombres y mujeres del proletariado europeo aportaron, además, su mayor experiencia en la lucha de clases, vivida en países que vieron prosperar el capitalismo antes que Argentina.

El nuevo siglo trajo consigo una agudización de las luchas obreras, y enseguida tuvo lugar la primera huelga general, en 1902. Entre 1910 y 1920 se produjeron cambios en la producción, que llevaron a nuevas formas de lucha: los trabajadores comenzaron a organizarse en sindicatos por rama de industria, y a utilizar métodos como los piquetes y la ocupación de fábricas.

Todo este proceso de surgimiento, consolidación y cambio en la clase obrera en Argentina estuvo cruzado por un elemento que pocas veces es tenido en cuenta por los historiadores: la irrupción de las mujeres en el mundo del trabajo, y en consecuencia fuera del hogar.

Previamente, si las mujeres trabajaban en tareas que no tuvieran que ver con el cuidado de sus hijos o el hogar, lo hacían desde sus casas (por ejemplo, como costureras o tejedoras); esta modalidad de trabajo fue ampliamente utilizada antes de la aparición de los grandes establecimientos fabriles. Pero, a partir de este momento, su presencia se hará sentir también en fábricas y talleres.

Esta irrupción fue un cimbronazo en la vida obrera, todo había cambiado. ¿Qué tenían que hacer las esposas, madres o novias trabajando a la par de cualquier obrero, fuera de sus casas?

Carolina Muzzilli formó parte de esta generación y como tal, entendió que la lucha por la equidad de género implicaba una doble opresión la que sufrían las mujeres sólo por el hecho de serlo y como trabajadoras.

Falleció tempranamente, pero a pesar de su corta vida, Muzzilli se destacó por ser una notable militante feminista, investigadora de la industria y activista social argentina. Fue la primera mujer nombrada funcionaria del Departamento Nacional del Empleo, en Argentina.

Carolina nació en un hogar obrero de inmigrantes italianos. Vivía en un conventillo de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires. Convivía en una misma habitación con varios hermanos y tías. Su nombre fue en honor a la escritora italiana Carolina Invernizzio.

¿Viste que cuando te enamoras se habla de mariposas en la panza? Pues Carolina las sintió en forma de rebeldía contra las injusticias. Así fue como mostró desde su adolescencia su espíritu contestatario. Casi la expulsan del colegio por sus permanentes sus reclamos, especialmente a favor de los niños y las mujeres.

Carolina provenía de una familia de muy escasos recursos. Fue costurera y trabajó en una fábrica. Como socialista autodidacta, militó toda su corta vida para mejorar las condiciones de trabajo en las fábricas.

Pensaba Carolina Muzzilli sobre el feminismo: “La mujer aristocrática y la mujer proletaria son igualmente víctimas. Llegó la hora de que la mujer argentina reconozca que no es inferior al varón, y que incluso si tiene una misión diferente, se le deben restaurar sus derechos civiles y naturales”. Se opuso fervientemente al feminismo que ella llamaba «deportivo», una práctica elitista con enfoque conservador hacia el feminismo, meramente reformista.

“Yo llamo feminismo de diletantes a aquel que solo se interesa por la preocupación y el brillo de las mujeres intelectuales. […] Es hora de que ese feminismo deportivo deje paso al verdadero, que debe encuadrarse en la lucha de clases. De lo contrario será un movimiento elitista, llamado a proteger solo a aquellas mujeres que hacen de la sumisión una renuncia a su derecho a una vida mejor. Abomino de la humildad por el simple motivo de mi apoyo a quienes exigen bienes que les corresponden simplemente por vivir en un país donde se recita que «todos son iguales ante la ley”, afirmaba.

Una coherencia histórica
En el año 1906, Muzzilli fue fundamental en la promulgación de leyes para proteger a los/as trabajadores mediante la participación activa en la Sociedad de Beneficencia. El informe que ella generó sobre la situación de las mujeres en las fábricas, fue el soporte de la defensa de la mujer que emprendió Alfredo Palacios ante el Congreso Nacional.

En 1907, cuando en Uruguay se legalizó el divorcio, Muzzilli exigió que se promulgara una ley de divorcio también en Argentina. Llegó incluso a elaborar un proyecto de ley de divorcio en el Centro Socialista Femenino, junto con Fenia Chertkoff (una intelectual y activista política y feminista de origen ruso, nacionalizada argentina). En 1909, a los 19 años de edad, se afilió al Partido Socialista y comenzó a actuar en la Agrupación Femenina del partido.

Ese mismo año representó al Centro Femenino Socialista en la Liga Internacional de Empleadas Domésticas, y luego intervino en el Primer Congreso Feminista. Por entonces, publicó sus obras: “La madre y el menor obrero” y “El trabajo de la mujer y los niños”. Luego publicó “El trabajo femenino”, “El divorcio” y por último, ya habiendo fallecido, se publicó “Por la salud de la raza”.

En 1910 participó en el Congreso de Universitarias Argentinas donde sobresalió por sus discursos combativos, y de esta manera, se integró al grupo de pioneras de esa avanzada feminista que formaban, entre otras, Raquel Camaña, Adelina Di Carlo, Alicia Moreau, Elvira Rawson y Alfonsina Storni.

Entre el 19 y el 22 de mayo de 1910 se celebró en Buenos Aires el Primer Congreso Femenino Internacional ―organizado principalmente por el Centro Socialista Femenino, en el que militaba Muzzilli―. Como representantes de Argentina participaron las primeras médicas y educadoras, pioneras y luchadoras por la igualdad de derechos, como Cecilia Grierson, Julieta Lanteri, Elvira Rawson, Alicia Moreau, Petrona Eyle, Sara Justo y Fenia Chertkoff de Repetto. No se permitió la presencia de varones.

En 1912, Muzzilli tomó la causa de las mujeres que trabajaban en la lavandería La Higiénica en pésimas condiciones de salud. Y al respecto, escribió: “Al hablar de lavaderos mecánicos, donde ―indistintamente, en todos― las condiciones de labor son desesperantes, no es posible callar ante la forma inhumana en que trabajan las obreras del lavadero La Higiénica”.

“En el año 1912 se reunía en el salón de la Federación Gráfica Bonaerense un grupo numeroso de mujeres trabajadoras de este establecimiento, declaradas en huelga. Pobres y escuálidas mujeres todas, marcadas con el estigma de las privaciones y del trabajo excesivo. Variaba la edad de ellas entre los doce y los cincuenta años. Nombraron para asesorarlas ante la gerencia del establecimiento a la doctora Julieta Lanteri Renshaw, a Enrique Barca y a la que escribe estas líneas”.

“Oímos de labios de las huelguistas la narración de las condiciones en que realizan su trabajo… siendo realmente horribles. Y no es que ellas mintieran, por cuanto hemos podido comprobarlo. Obligadas a trabajar, las de la sección lavado, en pisos húmedos, en invierno tiritando de frío y en verano haciéndoseles insoportable la atmósfera debido al vapor de agua que se desprende de los cilindros, son constantemente azuzadas por los inspectores, recibiendo frecuentemente empellones, y soportan una jornada de labor de ¡9 a 11 horas! No gozan de las dos horas reglamentarias que determina la ley para el almuerzo”.

“Pero hay aún más: las de la sección planchado, debido a la alta temperatura, en verano se desmayan con frecuencia, pero ―lejos de auxiliarlas―, el inspector, reloj en mano, comprueba la duración del síncope a fin de que la obrera complete la jornada de labor. Los comentarios huelgan, máxime si tenemos en cuenta que entre los miembros del directorio que más se opusieran a las justas reclamaciones de las obreras la mayoría son militantes católicos, acostumbrados a llevar el palio en las procesiones”.

Como vemos en este texto su involucramiento con las condiciones de insalubridad en la que trabajaban las obreras era total y absoluta.

En 1915 fue contratada ― sin sueldo― como inspectora del Departamento Nacional de Higiene y Trabajo. En sus inspecciones defendió sin claudicación los derechos de la mujer y del niño obrero. Fue la primera mujer funcionaria de ese departamento federal. Trabajó en el desarrollo de programas de salud pública para combatir la tuberculosis. Recorría talleres y fábricas, y entrevistaba a las obreras acerca de su salario, el número de horas que trabajaban, las condiciones de trabajo, la contaminación del ambiente. En los lugares donde no le permitían entrar en contacto con las obreras, se empleaba ella misma, sometiéndose a rigores que terminaron enfermándola de tuberculosis.

En 1916 trabajó en la campaña para el Partido Socialista. Aparte, fundó y dirigió el periódico Tribuna Femenina, que mantenía mediante su trabajo como costurera industrial. En la revista publicaba sus ensayos y monografías sobre la protección de la mujer. La Revista la dirigió bajo el seudónimo “Soledad Navarro”. Asimismo, dio conferencias y publicó artículos periodísticos sobre estos temas, siendo premiados trabajos suyos en la exposición de San Francisco.

Para profundizar sus conocimientos sobre minoridad y derechos femeninos se desempeñó honorariamente en el Departamento Nacional del Trabajo. Cuenta el historiador Norberto Galasso que el narrador y ensayista, Manuel Gálvez, destaca en sus memorias que la información aportada por Carolina le fue utilísima para sus novelas “La maestra normal” y “Nacha Regules”, en las cuales reivindica a una madre soltera, y a una prostituta, respectivamente.

Sus escritos fueron enviados a congresos internacionales y además, de sus libros publicó una serie de folletos.

Carolina Muzzilli trabajó intensamente entregando su juventud a esa causa. La misma enfermedad que tanto combatió, la Tuberculosis, terminó con su vida. Residía en Córdoba, Bialet Massé, a donde se había trasladado para su cura. La muerte la alcanzó el 23 de marzo de 1917 con solo 28 años de edad, mientras seguía con atención el desarrollo de la Revolución Rusa, a la que no vio triunfar.

Carolina Muzzilli, la invisible. Hasta hoy.

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