Somos animales políticos

Acostumbrados a escuchar repetidamente durante cuatro años que “la política es mala palabra” y que “la culpa la tiene la grieta” (y "La Yegua"), sucesos de lo más cotidianos nos obligan a repensarnos, ahora más que nunca, como sujetos políticos. Un relato en primera persona que invita no solo a reflexionar, sino también a participar.

Por Laura Fuhrmann

Desde que mi hijo era chico le vengo explicando, de distintas maneras, que la política atraviesa la vida de todos los seres humanos y que esto, lejos de ser un problema, es algo de lo que tenemos que estar orgullosos, e incluso más: tenemos que hacernos cargo de que todo hecho cotidiano, por pequeño que parezca, es un hecho político.

La semana pasada, en la sala de profesores de una escuela secundaria de gestión estatal, sucedió algo maravilloso. En una simple charla entre tres docentes, una de ellas, haciendo alarde de sus dotes pedagógicas, contó que una actividad con sus alumnos en la que abordaron el asunto del veganismo y del vegetarianismo, derivó en una discusión política. Al parecer, a esta profesora modelo le molestó que mi otra colega le dijera que le parecía muy bien que se defendieran los derechos de los animales (en sus más variadas formas) pero, siempre y cuando se hiciera lo mismo respecto de los derechos humanos.

Yo, por supuesto, adherí a esto último agregando que estaba harta de leer posteos de gente que se conmueve cuando ve un perrito abandonado en una esquina pero que no dice nada (y mucho menos retrata con su cámara del celular) a gente en situación de calle, por ejemplo.

Y claro, ahí se armó un tole tole bárbaro porque esta docente empezó con que estaba cansada de que la gente hablara de política y quisiera imponerle sus ideas (?), que “yo vengo acá para distraerme y no para hablar de política”, y que “todos los políticos son iguales” ya que “roban estos pero también robaron los anteriores”; la frutilla del postre fue la mención a los bolsos de López y “las causas del kirchnerismo”.

Por supuesto que esto no terminó ahí porque después entraron otros docentes que, sin tener la menor idea del origen del enardecido debate, soltaban frases magistrales y tan originales como “la gente no quiere trabajar, solo quiere que le den planes” y otras genialidades parecidas, robadas impunemente de los zócalos de TN.

Y sí, que somos seres políticos es un hecho insoslayable, y esta certeza, sin dudas, es hoy más visible gracias a los doce años de una gestión gubernamental que nos demostró, a todas y a todos, que militar, desde el trabajo, desde la escuela, desde el barrio o la organización social, y que elegir (y no “caer” en) la escuela pública, por ejemplo, son hechos políticos, hermosamente políticos. Y este año, cuando mi hijo -que empezó la secundaria- me contó, exultante, que estaba formando parte de una agrupación estudiantil y que había sido elegido delegado del curso, me volví a sentir orgullosa de saberme un animal político.

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