Un Guasón parido en la tempestad neoliberal

A contramano de lo que podía esperarse de una película financiada por la Warner Bros, el largometraje protagonizado por Joaquin Phoenix es un crudo retrato del mundo actual, en el que las desigualdades sociales, la miseria y la violencia estatal son moneda corriente y las víctimas son presentadas como victimarios.

Por Franco Alinovi

Cuando en septiembre pasado Todd Phillips subió al escenario en Venecia para recibir el León de Oro por su Guasón, no anduvo con vueltas: “Quiero agradecer a Warner Bros y DC por salir de su zona de confort y por arriesgarse conmigo y con esta película”, manifestó el realizador estadounidense. En la misma dirección, la presidenta del Jurado del Festival, la argentina Lucrecia Martel, celebró la valentía de los responsables del filme. “Me parece remarcable que una industria que se preocupa por los negocios tomara el riesgo de hacer esta película, hecha para la taquilla pero que es una reflexión sobre los antihéroes y en donde el enemigo no es un hombre, es el sistema”, consideró la notable cineasta.

A los cinéfilos que esperaban ansiosos el estreno deGuasón, el agradecimiento de Phillips y la observación de Martel logró ponerlos en alerta. ¿Qué película estaban por ver? Mientras los adoradores del cine pochoclero, tan desacostumbrados a las propuestas fuera de norma, comenzaron a sospechar que la historia pensada por Phillips tal vez no cubra sus expectativas, y en el otro extremo, es decir, para los espectadores ávidos de películas sobre temas reconocibles que inviten a la reflexión, se encendió una luz de esperanza. Finalmente, Guasón llegó a los cines argentinos y rompió todo: la taquilla, el “inmaculado cine de superhéroes” y -ligado a lo anterior- la creencia de que en el universo mainstream solo pueden convivir filmes de fácil digestión.

Por si hay algún desprevenido, no está de más repetirlo: Guasón no es una película de superhéroes.

La historia que nos cuenta Phillips se centra en la trágica vida de Arthur, personaje interpretado por un magnífico Joaquin Phoenix. En el filme, el protagonista intenta ganarse la vida en una Ciudad Gótica salvaje, suciedad y ratas copando sus calles oscuras y mojadas, y una pobreza  que no para de crecer. Cada día, Arthur se disfraza de payaso y sale a ponerle el cuerpo a diversos trabajos, todos con un denominador común: la precariedad. Cobra poco y es maltratado, un combo que, tarde o temprano, puede ser explosivo.

Asimismo, Arthur es un paciente psiquiátrico, que toma religiosamente su medicación y asiste a sus encuentros semanales con la terapeuta. Sin embargo, un día Arthur recibe una noticia que terminará por sacarlo de esa gris rutina y lo conducirá por caminos insospechados: a raíz de un recorte presupuestario en Salud, ya no podrá atenderse más con la especialista ni recibir gratuitamente los medicamentos.

Guasón es una película que retrata, como pocas, la crueldad y el cinismo de estos tiempos neoliberales, donde la burla del poderoso (tanto en un sentido figurativo como literal) tiene como único destinario al oprimido, al outsider. Con notable lucidez, el filme de Phillips nos muestra que Arthur es una víctima del sistema por partida doble; en primer lugar, por ser un condenado desde chico a una vida en los márgenes, donde encontrar una puerta abierta a un mejor destino resulta imposible; y en segundo lugar, porque en plena vorágine de una vida medicada, el Estado le suelta abruptamente la mano al interrumpir la (mínima) asistencia que recibía.

Para entender por qué Arthur se convirtió en el  Guasón, es fundamental comprender, antes que nada, cómo opera el capital sobre las personas que no mandan, es decir, sobre aquellas que somete cotidianamente para mantener la lógica de dominación.

Cuando Arthur entiende que ya no puede esperar nada del sistema, que la única manera de salir a flote es abandonando la docilidad que lo tenía atenazado, su vida toma otro rumbo y, aún más importante, parece encontrar la felicidad, una sensación que hasta ese momento desconocía por completo. A veces, hacer un pequeño agujero en el cerco neoliberal alcanza para ser inmensamente feliz.

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