Alberto presidenta

Los festejos en Chacarita, y no en el centro porteño, fueron amasados sin descanso en la conciencia de millones durante los cuatro años de gobierno de Macri, con una angustia y ansiedad no conocida en tiempos democráticos. Y el futuro llegó, y se celebró a puro abrazo, salto y alegría colectiva. Crónica y fotos.

Por Mariano Abrevaya Dios

Los resultados de las elecciones del domingo dejan un medio vaso lleno y otro, vacío. Pero en esta nota nos vamos a quedar con la victoria del Frente de Todos y, en particular, con los festejos que se realizaron en el barrio de Chacarita hasta la madrugada del lunes, porque nos sabemos parte de un pueblo que esperó ese acontecimiento colectivo, sudoroso y conmovedor, desde el mismo 9 de diciembre de 2015, cuando en un rincón de la Plaza de las Madres, ya finalizado el acto de despedida de Cristina, comenzó a sonar el himno que marcaría una época atravesada por la pérdida de derechos, la infamia, la persecución, la impotencia y la tristeza, pero también por la resistencia y la organización. Todos la conocen: “Oh, vamos a volver” (más tarde la idea sería reconfigurada, en ámbitos de discusión política, con la propuesta de “volver mejores”).

El acto por el triunfo electoral del Frente de Todos ya terminó, pero la fiesta en la calle, no. En el parque Los Andes, a un costado del escenario, un grupo de percusión y trompetistas de una agrupación del Mercado Central gana el centro de un cantero. Los muchachos no cantan consignas. Solo le dan al parche, mientras varios trompetistas interpretan la melodía de una canción de tribuna. Son unos treinta, todos morochos, grandotes. A su alrededor, cincuenta pibes y pibas, en cueros, con las remeras en las manos, gorros, flameadoras, bailan, saltan, cantan, agitan. De lejos la escena parece parte de un ritual, en el que todo el mundo grita y agradece cada vez que en el cielo encapotado, estallan los colores del fuego de artificio que lanza uno de los muchachos matanceros.

En otro cantero, más cercano a la avenida Corrientes –en la que empiezan a desconcentrarse las diez cuadras de gente que colmaron la zona en dirección al centro porteño-, unos treinta pibes y pibas de La Cámpora de San Fernando agitan el cancionero de la organización, que salvo por una o dos novedades nacidas en la resistencia al gobierno de Cambiemos, es el mismo que se coreaba durante los gobiernos de Cristina. Una mezcla de emoción y orgullo domina por completo los saltos, gritos, barro en las zapatillas y lágrimas en las mejillas de los y las militantes. Son los mismos de aquellos años, más otros que se sumaron para resistir la infamia de Cambiemos y acompañar a los y las agredidas por su programa económico.

Vista aérea, desde un dron, del cruce de las avenidas Corrientes y Dorrego, en el barrio porteño de Chacarita.

En el parque hay poca luz. Solo se ve gente que va y viene en todas las direcciones. El barro, la humedad, las copas de los árboles, le dan a la zona un aspecto recitalesco. Podría ser la desconcentración de un recital de El Indio. Las remeras con los rostros de Cristina, Néstor, los nombres de distintas agrupaciones, se distinguen entre los cuerpos que se mueven por las sombras, que levantan los brazos, cantan, gritan. Son todos jóvenes. Son todos partes del futuro.

La avenida Corrientes, frente al escenario ya vacío, también está plagada de jóvenes. Se puede reconocer a los que vinieron con su espacio político porque son los que forman una ronda, con redoblantes, y entonan un cancionero que todos saben de memoria. Muchos se enganchan con ellos porque ahí se está para celebrar. No hay temores. Solo alegría. El resto canta las consignas centrales y más populares de la noche, como “Alberto Presideeente”, el famoso “Mauricio Macri LPQTP” o “Cristina, Cristina, acá tenés los pibes para la liberación” o el que nace en la boca del estómago y que llena de lágrimas los ojos: “Oh, vamos a volver”. Aparte, todos y todas bailan al ritmo de las cumbias y los temas de rock nacional que hacen sonar desde la consola de la organización del acto (que tuvo una impronta gráfica preciosa, cuidada, muy arriba, al igual que en toda la campaña).

En la esquina con Dorrego, centro neurálgico de los festejos, un gran número de pibas muy jóvenes, en su gran mayoría con el pañuelo verde en la mochila, la muñeca o como vincha, entona a los saltos la consigna de la noche, pero resignificada por la revolución feminista, y en honor a la gran estratega que pergeñó la unidad del peronismo y a elección de Alberto Fernández como candidato. Se trata de una síntesis fenomenal: “Alberto presideeeenta, Alberto presideeeeenta, Alberto presideeeenta, presideeeenta…”.

Los pibes fueron los grandes protagonistas de la noche.

Se trató de una de las síntesis más lúcidas de la noche. La otra la compartió CFK desde el escenario, en el cierre de su intervención, al pedir que el peronismo no tenía que volver a romperse (porque te comen los de afuera).

Mientras hablaron Axel, Cristina y Alberto, la multitud escuchó atenta y expectante. No se movían ni las columnas de humo de las pymes de venta de comida ambulante que se movilizaron temprano a la zona. Cientos de familias formaban parte de las columnas que colmaron calles y avenidas. Había gente subida a las ramas de los árboles, los kioscos de diarios y también el Punto Saludable del gobierno porteño –cuenta con una especie de terraza, en la que se armó un trencito memorable-. También en los balcones de casas y departamentos. Grandes y chicos con remeras, banderas, gorros, cuadros descolgados de la pared, tatuajes, perros enfundados con la liturgia de la Década Ganada.

Las ovaciones y consignas coreadas desde la calle se parían cuando se hacía referencia, desde el escenario, a la democracia, la construcción colectiva de sueños, a los ejes de la salud y educación, a un gobierno de las mayorías, Néstor, la Unidad, el peronismo, la igualdad, los más necesitados. Cristina fue la más aplaudida y vitoreada. La multitud enloquecía y ella ponía el micrófono en dirección al mar de gargantas y cuerpos desbordados por la alegría. Máximo y Florencia también recibieron su reconocimiento. Axel y Alberto también fueron muy festejados.

Boleta completa y choripanes.

En un balcón de Dorrego y Corrientes, más de una docena de jóvenes disfrutan de una imagen privilegiada. De un lado, a cincuenta metros, el escenario. Del otro, el mar de pueblo argentino que se acercó a la zona para celebrar el fin del macrismo y la victoria de un gobierno para las mayorías. Con los cuerpos apoyados contra la baranda, los vecinos y amigos entonan las consignas que se corean abajo, saltan, se pasan las botellas de cerveza y vino, y saludan gente, sean conocidos o no. Parte de la barra de Atlanta participaba de la fiesta, sobre el pavimento, y frente al parque, con una batucada que incluía media docena de bombos y trompetas.

La sensación de estar entre iguales, entre argentinos y argentinas y otras nacionalidades de la Patria Grande que aspiran a construir un país en el que quepan todos, flota en el aire, en las sonrisas, los saltos, las canciones, la bebida, la marihuana, y entonces el abrazo es el símbolo inequívoco de la celebración. Al hacer puntas de pie y apreciar el horizonte, para los cuatros costados, se aprecia el mismo clima festivo: banderas argentinas y kirchneristas recortando la noche, brazos levantados, baile, sonrisas, llanto por la emoción.

A tres cuadras del escenario, cerca de la una de la mañana, y con un festival de latigazos eléctricos que surcan el cielo, unos cien militantes, con tres flameadoras, dos bombos, un redoblante y piernas y gargantas para celebrar una semana entera, dedican su ritual festivo a cantar consignas contra el gobierno de Macri. Se canta fuerte, a fondo. Se debe escuchar hasta Almagro. Desde el escenario, los candidatos y candidatas pidieron que no se agreda a los adversarios, y está bien, pero en la calle sí se puede hacer, porque se sabe: hay mucha bronca acumulada. Fueron muchas las agresiones, las mentiras, las operaciones y persecuciones. Hay compañeros presos por ser kirchneristas. Y ahí se cantó y saltó fuerte, hasta hacer sangrar todas las lágrimas e impotencias acumuladas, porque “a dónde están, que no se ven, los que decían que no íbamos a volver”.

Decenas de familias se acercaron a la zona de los festejos.

De aquella noche de despedida de Cristina, en diciembre de 2015, frente al Cabildo, cuando no había manera de contener el dolor por la derrota, a lo sucedido ayer en Chacarita –y no en el centro porteño, dentro o en la puerta de un hotel cinco estrellas, eso también vale la pena ser rescatado-, pasaron casi cuatro años, y un suceso interminable de golpes demoledores, pero no es por casualidad, que desde las entrañas del campo nacional y popular, hace ya unos cuantos años, se entona con fuerza, bronca y orgullo aquello que de “no nos han vencido”.

Comienza una nueva etapa en la Argentina, y de la mano de la mayor parte de un pueblo que le dijo que no al neoliberalismo de Macri, porque no está dispuesto a seguir perdiendo derechos, y porque entiende que se puede vivir en un país mucho más grande y justo. La experiencia de los doce años de gobierno popular está muy fresca. Sucedió ayer nomás.

Los abrazos fueron el corazón de la noche. Crédito: Emiliano Palacios.

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