Los ojos de Alicia están abiertos

Los y las guionistas de la serie Monzón no delinearon un Monzón monstruoso, sino que juegan con un tenso y permanente vaivén entre el campeón y el femicida. De esta manera, plantean si se puede disociar al autor de su obra, abren la discusión y enriquecen el debate. La historia de éxito deportivo, fama y muerte que conmovió al país, hoy sirve también para preguntarse y posicionarse con respecto a los recursos que el Estado dispone, de cara a la sociedad, para combatir la violencia machista.

Por Celeste Abrevaya

(Esta nota contiene “spoilers”)

Los ojos de Alicia están abiertos, y húmedos. Miran a los ojos negros de Monzón. ¿Miran? Quedaron clavados ahí, sin parpadear. “Ya está mi amor, despertate”, le dice él.  La lleva al baño, le moja la cara. Se da cuenta de lo inevitable. Se sienta en la cama y se agarra la cabeza, solloza. Pero los varones no lloran, y menos aún los campeones. Agarra el teléfono y llama, suponemos, a la policía. Disca un número, y enseguida corta. Piensa unos segundos, recalcula. Esconde, limpia, guarda. Alza a Alicia y la tira por el balcón.

La serie no delineó un Monzón monstruoso. Y esa es su primera virtud. El vaivén entre el campeón y el femicida es una constante. El último capítulo en el que se desarrolla el femicidio de Alicia nos adentra en un vínculo con aristas, complejidades, pero nos adentra específicamente en una escena difícil de recrear sin que se cuelen ahí nuestras propias representaciones o imaginarios del sentido común sobre cómo es el momento en que un varón mata a una mujer en un contexto de violencia de género.

No hay un pasaje automático de machismo/maldad/violencia/muerte. Se logra problematizar esas dimensiones, no se pretende bajar un mensaje lineal ni unívoco, aunque sí se deja sentada una posición contundente de condena a los crímenes en razón del género.

Kill your idols. “Matá a tus ídolos”. Una consigna que en los últimos tiempos resonó con fuerza. Y la pregunta que siempre vuelve: ¿se puede disociar al autor de su obra? Es precisamente ese punto lo más interesante del planteo de la serie. Desafía una discusión porque no sella una única lectura posible y resuelta de antemano, sino que empuja a enriquecer los sentidos del debate.

En el blog de Eterna Cadencia, Martín Kohan escribió el artículo ¿Qué hacemos con Lolita? Sobre tachar, prohibir y perseguir libros, donde plantea que “nada de esto sucede, sin embargo, cuando se plantean lecturas cerradas, monolíticas, esquemáticas, dogmáticas; cuando se las enuncia desde la moral del juez y se las aplica desde la moral del verdugo; (…) cuando se esgrimen meras consignas, es decir, sentidos fijos, simples, elementales, cristalizados en fórmulas ya sabidas de antemano, listas para ser aplicadas mecánicamente en una lectura en la que nada surgirá, en la que nada acontecerá, puesto que todo viene ya decidido desde antes”.

Algunas de las y los protagonistas de la serie que fue emitida por la señal de cable Space.

¿Puede un femicida llorar a la mujer que acaba de asesinar? Quizás sea más sencillo pensar que no, que ahí hay un acto mecánico de sadismo. La escena en la que Monzón finalmente comprende que acaba de ahorcar a Alicia hasta matarla es desgarradora, y no sólo por la brutalidad que encierra, sino porque lo que vemos es un tipo que después de hacer un despliegue fenomenal de violencia física, sexual, y simbólica, se derrumba. Durante unos minutos. ¿Qué dimensiones del llanto se esconden ahí? ¿La violencia? ¿La muerte? ¿La culpa?

Los femicidas no son psicópatas fuera de control, ajenos a un orden social. Son padres, abuelos, primos, son amigos, vecinos, profesionales, laburantes, deportistas, o empresarios. Y tienen una historia. La serie nos muestra un Monzón con una infancia sumida en la precariedad más absoluta pero sin caer en apelar a eso como justificativo. Vemos que los episodios de violencia se suceden con todas sus parejas, y también nos muestran cómo la ambición y el dinero fueron dos de los ejes rectores que lo atravesaron desde la infancia hasta sus días preso en el penal bonaerense de Batán, en el partido de General Pueyerredón.

El ascenso en su carrera deportiva, los flashes, la conmoción que genera en el país su coronación como campeón mundial, la relación con su entrenador, su promotor y su hijo e hija del primer matrimonio, son también parte de una historia filmada con muy buenas actuaciones y que aparte ofrece mucho material de época, tanto gráfico como televisivo. La causa judicial tiene un lugar central en la serie, en especial a través de la de la investigación que realiza la fiscalía y la defensa a cargo de un prestigioso estudio de abogados y abogadas. La cobertura que realizó la prensa también es puesta bajo la lupa, ya que la sociedad se conmovió -y dividió- por el caso policial. La muerte de Alberto Olmedo, días después del femicidio de Muñiz, sirve para narrar el entramado de la noche marplatense, el consumo y comercialización de drogas y hasta cierta complicidad policial en el negocio y en el silencio sobre la responsabilidad del “Campeón” en la muerte de su última pareja.

En el capítulo final somos testigxs de cómo Alicia se nos escapa, y caemos en la tentación de pensar qué hubiera pasado si decidía no ir a Mar del Plata a visitar a su hijo, si decidía no intentar recomponer la relación con Monzón, o incluso no salir con él esa noche, no haber dicho tal o cual cosa que disparara su violencia. Caemos en esa tentación porque seguimos configurado/as para poner el foco en el accionar de la víctima. Es un ejercicio permanente e incansable el de correr el eje de la perspectiva y ubicar las responsabilidades donde van.

El juicio que encabezaron los dos jueces y la jueza de la Sala II de la Cámara Penal se transmitió en vivo por radio y tuvo en vilo al país. El lunes 3 de julio de 1989 leyeron la sentencia.

Durante toda la noche previa a que se desencadene el femicidio de Alicia Muñiz, la vemos conteniendo estallidos de violencia que están por desatarse ante distintas situaciones: una escena de celos, el anillo que falta, un comentario al aire, unas pastillas. Ahí aparece ella, frenando un caldo que se venía cocinando hacía tiempo. Apela a la estrategia de no contradecirlo, darle la razón, hacerlo sentir único y poderoso, porque sabe que sólo así evitará un cachetazo, una costilla rota, un moretón en el ojo.

Ahí están, entonces, los dos. Franelean en el sillón, toman unos tragos, fantasean con un futuro familiar en una casa nueva. “Entre nosotros es difícil, podemos estar así de bien, y en veinte minutos se pudre todo”, dice él. Todo el capítulo final se sostiene sobre una tensión permanente que por momentos es intolerable.

La actriz Carla Quevedo, que interpreta a Alicia, logra transmitir, hasta impactar en el propio cuerpo del espectador o la espectadora, la sensación de que en cualquier momento se puede desatar una discusión, un grito, una golpiza. La impresión de que la autocensura es el salvoconducto. ¿Acaso así transitan sus vidas las mujeres víctimas de violencia de género?

Cuando hablamos de sobrevivientes de la violencia machista, hablamos de mujeres que despliegan sus propios recursos para mantenerse vivas. Cabe ahí una pregunta para reflexionar acerca de cuáles son los recursos que brinda el Estado a las mujeres en situación de violencia. La ausencia o el retiro del Estado de estas funciones arrojan como consecuencia la soledad de esas mujeres, libradas a sus propias estrategias de supervivencia y las redes con las que cuenten.

Hoy lunes 25/11, en el Día de Lucha contra la Violencia hacia las Mujeres, y en las puertas del comienzo de un nuevo gobierno, más que nunca urge reivindicar a todas esas mariposas que nos sobrevuelan, exigiendo que el Estado intervenga activamente, entendiendo que no es un actor neutral, ni pasivo, ni ajeno, sino un engranaje fundamental en la prevención y erradicación de las distintas formas de violencia contra las mujeres.

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