Sin pan no hay democracia

En su primer discurso como presidente, Alberto Fernández llamó a ciudadanizar la democracia, para de esa manera garantizar un piso de derechos irrenunciables para los cuarenta y dos millones de compatriotas. Un análisis de los puntos más destacados del nuevo pacto social que pregona el peronismo para dejar atrás la catástrofe de Cambiemos.

Por Kranear. Fotos: Emiliano Palacios

Luego de manejar su propio coche y saludar a la gente por la ventanilla con los dedos en V en lo alto, calzarse la banda presidencial y maniobrar con el bastón de mando, Alberto Fernández tomó asiento junto a su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, la presidenta provisional del Senado, Claudia Abdala, y el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, y en su primer discurso como presidente electo, frente a la Asamblea Legislativa, delineó los objetivos políticos de su gobierno. De allí se desprende un objetivo que debe atravesar de manera transversal todas las áreas de la gestión: ciudadanizar la democracia.

Esto significa fortalecer el Estado de Derecho, en los hechos, y no de manera declamativa. Mucho menos llevarse puesto el Estado de Derecho, como hizo el gobierno de Macri. Se trata de materializar un modelo de sociedad organizada estatalmente a partir de instituciones dinámicas que garanticen y amplíen derechos, que condenen y combatan las desigualdades y destierren privilegios, muchos de los cuales vienen en forma de sobres o se manipulan en las sombras con los fondos reservados.

Un Estado activo contra la injusticia y la desigualdad es un Estado que no toma a la igualdad como un punto de partida meramente formal, sino como el resultado de una construcción política y un proceso de transformación social. Lo más simbólico de este Estado que nacería con el nuevo contrato social –del Estado secreto al Estado de Derecho- pasa por el hecho no solo de hacer públicos los fondos reservados, sino destinarlos a combatir el hambre que produjeron las políticas neoliberales de Cambiemos.

Fue la primera vez, por otro lado, que en un discurso presidencial se enunciaron hermanados los conceptos o banderas de juventud, feminismo y ambientalismo.

Ciudadanizar la democracia es institucionalizar el acceso a una ciudadanía efectiva, cada vez más compleja, cada vez más asediada, y bastardeada con saña durante los últimos cuatro años. Es la integración en la diferencia, son las instituciones construidas en base a la diversidad, es un Estado que acompaña la pluralidad de las trayectorias vitales. Se trata del nuevo pacto social.

Pero esa institucionalidad no puede ser efectiva sin un correlato en la vida material de esos ciudadanos y ciudadanas. “Sin pan no hay democracia”, dijo Alberto. Y tampoco libertad. El nuevo pacto social y ciudadano y democrático sólo es posible si no hay hambre entre los argentinos y argentinas. La definición no es casual: más del 40% de los argentinos y argentinas son pobres. Según el último informe de la Universidad Católica Argentina (UCA), el 59,5% de los niños, niñas y adolescentes viven en hogares que se encuentran por debajo de la línea de la pobreza.

Alberto definió como inmoral el país heredado de Cambiemos. En tres momentos de su discurso llamó a “comenzar por los últimos para llegar a todos”. El nuevo pacto social y democrático implica una nueva distribución, con el criterio justicialista de la justicia social. Los únicos privilegiados serán los niñxs, dijo El General. “Los únicos privilegiados serán quienes han quedado atrapados en el pozo de la pobreza y la marginación”, sostuvo Fernández. Por eso la primera medida anunciada fue el Plan Integral contra el Hambre.

Alberto encabezó un discurso en el que llamó a refundar la idea de la democracia.

Hacia el final de su discurso, Alberto citó a Alfonsín y su resonada frase “con la democracia se come, se cura y se educa”. Pero luego de casi cuarenta años de continuidad democrática en nuestro país, queda claro que la rutina electoral no se traduce en justicia distributiva. Por eso, Alberto subvierte los términos de esa afirmación, y señala que para que haya democracia hay que poder comer, tiene que haber un acceso universal a la salud pública y la educación debe ser una política integral del Estado.

Durante su discurso frente a la asamblea, Alberto se muestra firme y decido. Se emociona. Se acomoda varias veces los lentes de marco redondo que le caían hasta la punta de su nariz y que bien podrían ser de de un roquero veterano. Agradece más de una vez los gestos de cariño que bajan desde los balcones de la cámara de diputados –volvieron a estar vestidos de fiesta-, y hasta se permite una anécdota para compartir una decisión que parece haber tomado antes llegar al parlamento, en relación a la colaboración con el gobierno chileno en la búsqueda de un avión perdido.

Alberto se endurece al enunciar Nunca Más un poder judicial intoxicado por los intereses espurios, o los fondos reservados para un grupo de privilegiados. Pero hacia el final su voz se serena y propone un interrogante: ¿Seremos capaces como Argentina unida de atrevernos a construir esta serena y posible utopía a la cual nos llama hoy la historia? Un pacto necesita de quienes estén de acuerdo. Y la utopía deja de ser un horizonte para ser una posibilidad, que involucre a todxs. Es una decisión política. Pero, fundamentalmente, es un proyecto de sociedad.

Algunas horas después, frente al millón de ciudadanos y ciudadanas, y de pie sobre el enorme escenario, Alberto sería interpelado por su vice, la gran estratega del armado político que venció a la alianza conservadora e inquisitoria de Cambiemos, y pondría en el gobierno, una vez más, a hombres y mujeres provenientes del campo nacional, popular, democrático y feminista. En una especie de pieza teatral de dimensiones extraordinarias, ella, sin tutearlo, le “presenta” al pueblo, y en una confidencia pública, le dice que la mejor manera de ganarse su lealtad, su amor, es a través de políticas activas que velen y amplíen sus derechos. Alberto lo sabe, y sonríe. En ese escenario, en esa Plaza, se está escribiendo una página de la historia grande de la Argentina. Pero de eso se hablará en otra nota.

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