Vinieron

La conmemoración de un nuevo 24 de marzo, inédito por el aislamiento social y obligatorio, fue el disparador que la autora utilizó para escribir sobre una de las tantas historias que dejó la larga noche genocida, y que hoy, afectados por la pandemia, tiene puntos de contacto con la realidad.

Por Elena Nicoleti (Psicoanalista)

A Elsa y Bernardo que supieron callar.

 

Recuerdo perfectamente el día en que se me desmoronó el mundo.

Esa mañana, en el laburo, contesté el teléfono distraído. A la noche jugaba River, tenía entradas y nos íbamos de vacaciones el fin de semana.

-Vinieron, dijo mi viejo.

Me quedé perplejo.

La frase, dicha en voz muy baja, casi para no ser escuchada, retumbó con el estruendo de un tsunami que arrastraba y devoraba en su espiral los proyectos, las ilusiones tejidas en los resquicios de eso que aun no lográbamos dimensionar.

El Golpe había implicado acentuar las medidas de seguridad a las que ya estábamos un poco acostumbrados. Pero esto que sabíamos que podía pasar y esperábamos que no, había ocurrido.

-Hay que rajarse, dijo Luis, el compañero de la agrupación al que le conté.

No entendí si el imperativo lo incluía a él. Él buscado era yo. ¿Tendría miedo que me agarraran y lo cantara?

Antes que lograra responderme, me llamó Eugenia.

– Flaca, vení a buscarme para almorzar, atiné a decir.

Ella que siempre fue muy sagaz, pescó que algo pasaba y no preguntó.

No quise ir al café de la esquina, cuando pasamos había un tipo con anteojos oscuros, de los servicios, seguro. No sé si lo había visto antes, pero me cayó la ficha. Me estaban vigilando y ya tenían el lugar donde trabajaba.

Nos tomamos el primer bondi que pasó. Con nosotros subió sólo una señora con dos chicos. Bajamos en un barrio que no conocía; mi mujer insistía en que habíamos ido varias veces a la casa de no sé quien por allí, pero no, era un lugar desconocido.

– ¿Qué hacemos? pregunté.

Con su habitual sentido práctico dijo:

– Nos vamos.

– Si, claro. Ya tenemos alquilada la casa en Santa Teresita.

– No, Rubén, nos vamos a la mierda. ¡Nos están buscando!

Algo se me revolvió en la cabeza. El hijo de puta del cadete nuevo. ¡Él me batió! Hablando de futbol entramos rápido en confianza y me fue sacando datos.

Pero yo nunca le conté que era de Rosario. ¿Cómo tenían la dirección de mis viejos? “Los servicios saben todo, hay que cuidarse” decía siempre el Gordo Juan antes que lo agarraran del modo más tonto cuando fue hacer la verificación del coche.

Volviendo a casa vimos un Falcón estacionado a treinta metros. Euge insistió en que era el del verdulero, comprado hace cinco años, pero yo me dí cuenta que tenía la patente medio borrada.

– Nos están esperando

Vimos el partido en un telo, River perdió y esa noche dormimos muy mal. Yo no podía parar la cabeza. Se me armó de golpe todo el cuadro. Tres semanas atrás, cuando fui a

comprar, el panadero me preguntó si nos íbamos de vacaciones. Yo, como un boludo, le conté todo. Nunca me gustó ese tipo, siempre de tan buen humor, siempre amable, seguro que la faja a la mujer.

No regresamos a nuestra casa. Unos amigos nos alcanzaron lo mínimo que necesitábamos para irnos.

Llegamos a Concordia a las doce de la noche. La prima de Eugenia no entendía nada, pero compró enseguida el cuento de que nos íbamos a Florianópolis, y nos atendió de maravillas. Hablamos mucho y nos contó que pasaban cosas muy raras, hasta se decía en el pueblo que la gente desparecía.

Del que no me fiaba era del marido. Preguntaba demasiado, que dónde se van a alojar, en qué compañía viajábamos, hasta se ofreció a llevarnos hasta la frontera. Es cierto que la gente en el interior es más gaucha pero a mi ni me conocía. ¡Bah! eso creía yo antes de escucharlo hablar con el comisario para arreglar dónde “jugaban” al póker esa noche.

Era clarísimo. Nos estaba batiendo.

La flaca se enojó mucho cuando nos rajamos sin despedirnos.

Cruzamos el río en balsa por algún lugar de Misiones. Logramos sortear Migraciones y ya en Brasil pedimos asilo político en la embajada sueca.

Llegamos a Suecia en verano. Yo no estaba muy bien, tenía la cabeza un poco perdida, creo que era por la fiebre. Me internaron unos días y me dieron unas pastillas.

Al tiempo, me convencí que allí no nos vigilaban. ¡Lo que no pude soportar nunca fue tener por todos lados ese azul y amarillo de la bandera!

Fue allá donde nos enteramos. De los desaparecidos, de los campos de concentración, del ocultamiento…

No sé porqué volvimos, si los chicos no querían y teníamos buen trabajo. ¿Será que la tierra tira?

Al final, ya no me caían tan bien esos rubiecitos insulsos, siempre tan correctos que me miraban mal cuando yo hablaba fuerte o puteaba a los milicos.

Y además estaba esa historia con el guacho del compañero de trabajo de mi mujer. Cuando habló así de los exiliados sudacas lo tuve que fajar. Justo ese día me había olvidado de tomar la pastilla.

Nos acomodamos. Habíamos estudiado en la universidad allá y no fue tan difícil instalarnos nuevamente en Buenos Aires.

Nos va bastante bien, estamos tranquilos

Aunque aun me sobresalto cuando suena el celular a la noche tarde.

Mi mujer no entiende por qué tengo el chumbo en el armario. Ella piensa que estoy loco.

Pero hay que estar preparado, por si vienen…

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