La utopía del pueblo militante

Les autores ensayan sobre tres grandes aspectos de la militancia política que también son ejes ordenadores de la obra de Juan Perón: teoría, conducción y organización. Pasado, presente y futuro se funden en un libro de ochenta páginas elaborado con el noble objetivo de fortalecer el pensamiento y la práctica militante, para ser mejores.

Por Roberto Scolari

El objetivo de esta obra es, por un lado, retomar dos grandes tradiciones teórico-políticas que son parte fundamental en la historia de la militancia popular, el marxismo y el posestructuralismo, y al mismo tiempo producir una teoría superadora, que pudiera tanto desentrañar los motivos de la caída en desgracia de los populismos latinoamericanos de las últimas décadas como así también imbuir a las nuevas generaciones militantes de un programa político revolucionario, en donde el horizonte sea mucho más lejano que el del reformismo.

Les autores la denominaron “la teoría de la militancia” y a lo largo de cinco ensayos debatirán sobre tres grandes aspectos de la militancia política que han sido, además, tres aspectos ordenadores de la obra de Juan Perón: teoría, conducción y organización.

La posibilidad del siglo incluye además una fructuosa revisión sobre el pensamiento político nacional. Antes de leer a Selci, Kesselman, Fabian, Vilela y Saralegui, es recomendable hacerse con un ejemplar de La comunidad organizada, otro de Conducción Política y un tercero del Modelo argentino para el proyecto nacional, tres de las obras más importantes de Juan Perón, ya que son textos con los que los ensayos diálogos de manera permanente.

Conducción, verticalismo y organización

Dada la complejidad del libro, intentaremos agrupar los conceptos conducción y organización por un lado, y revisionismo y teoría por el otro.

Kesselman aborda la conducción proponiéndonos reivindicar el “verticalismo” en la organización política, que como bien señala la autora, es uno de los términos más estigmatizados por propios y ajenos. Habitualmente, la idea de verticalismo se asocia con un fenómeno violento de toma de decisiones, en el cual la militancia se encuentra subyugada a quien conduce y toda decisión se torna inmediatamente inquebrantable.

Esta es una muletilla clave de la antipolítica, que a través de una pesada carga simbólica logra asociar a la organización política vertical con el stalinismo o cualquier otro fenómeno totalitario, en pos de reivindicar al “horizontalismo”, que puede ocupar el lugar a veces del parlamentarismo, a veces de la asamblea barrial, y otras del centro de jubilados. El horizontalismo como una forma más acabada de la organización y de la democracia.

El problema reside en el hecho de que al disputar poder, territorio y conquista de derechos, la horizontalidad es débil y habitualmente acaba siendo servil a la construcción de la antipolítica.

En ese sentido, Violeta Kesselman utiliza un ejemplo clarificador, que por lo actual pudiera revelarse provocativo, pero en cuya efectividad reside su virtud: la asamblea feminista, que se reconoce a sí en algunas ocasiones como un poder horizontal, en el que nadie impone sus ideas al compañere y en donde todas las decisiones se toman de forma democrática.

Así, compañeres abolicionistas y regulacionistas, peronistas y marxistas, pueden conformar una asamblea respecto de una temática convocante, por ejemplo la interrupción voluntaria del embarazo, y expresarse de forma particularizada, individual y sin presiones.

Este tipo de articulación se suele presentar como una forma superior de organización, en donde cada une piensa por si misme y no necesita de alguien que le diga cómo votar o cómo militar.

Kesselman desarticula este discurso al apuntar que “cualquier movimiento que en apariencia carece de conducción cuenta en verdad con conducciones ocultas que le escapan al riesgo de tener que ser legitimadas (o no) por la militancia”

No existe tal idea de una organización sin conducción, entre otras cosas, porque el reconocimiento de las personas hacia une par a quien se atribuye la confianza de la toma de decisiones es propia de cualquier tipo de organización, sea política, social, cultural, en un medio de comunicación, en un sindicato o en un equipo de fútbol.

Una organización política verticalista no es un ejército en el que el cabo obedece al sargento sin más, sino un modo de construcción basado en la confianza en la conducción y confianza en les compañeres.

En primer lugar, la conducción política no es única y tampoco se encarga de iluminar todos los senderos que la militancia debe desandar. La conducción es fuerte, y son fuertes las conducciones intermedias en la medida en que son delegadas del poder de la conducción estratégica”, señala Kesselman. 

La conducción ejecuta en momentos en los que es preciso tomar decisiones y allí es donde la militancia tiene el deber de bancar la decisión y materializarla. Dirá Perón que la correa entre la militancia, la organización política y la conducción, es la doctrina, de manera que la conducción no es la depositaria del conocimiento sino quien ejecuta en el momento necesario y quien se encarga de verificarla en las conducciones menores. Pero también por un motivo más simple, más pequeño, más evidente: la conducción se elige.

El segundo pivote, señala la autora, es la confianza en les compañeres. En la organización política verticalista no se necesita votar individualmente todo lo que acontece, porque yo sé que mi compañere tiene los mismos objetivos que yo y en elle confío.

¿Qué pasa cuando existen premisas comunes, líneas de avance claras y conducción estratégica definida?, sucede entonces que están dadas las condiciones para que aparezca un fantástico instrumento de poder y construcción política: la organización vertical”, señala Kesselman.

De este modo abordamos la segunda cuestión –íntimamente- ligada a la conducción, que es la organización política. Aquí Gastón Fabian nos propone un diálogo con el reconocido militante español Inaki Errejón y desenvuelve un poco más el concepto de la “militancia”.

Iñaki Errejón, uno de los líderes de Podemos, tuvo un ascenso meteórico en la política española. Rápidamente fue reconocido y valorado en el universo progresista, tanto por su retórica y su capacidad discursiva, como por la articulación que expuso entre la social-democracia europea y el populismo. Podríamos decir que desde allí se acercó al peronismo, pero es justamente el debate que plantea aquí Fabián lo que lo alejó de nuestra doctrina.

Una vez alcanzado el reconocimiento popular y liderado a Podemos, Errejón se encontró con la dura realidad que significa ejercer el poder, por más relativo que fuera. Cuando la política deja de ser declamativa, porque une tiene la responsabilidad de tomar decisiones, se exponen fácilmente las contradicciones internas, la incapacidad para resolver todas las demandas y los errores que naturalmente comete toda persona. Errejón caracterizó el escollo principal en lo que él denomina la “forma-partido”, es decir, el modelo de organización política vertical. A partir de allí, el título del ensayo de Fabian, “Por qué permanecer en la organización vertical”.

El autor señala una interesante cuestión de orden individual: el ego. Todo militante que emprende el camino de la política, que comienza a formarse, a leer textos e interpretar la realidad, puede caer fácilmente en el egocentrismo, que lo empuja a creer que trae consigo la solución a todos los problemas. Esta es sin dudas la posición más fácil para cualquier ser humano; lo difícil es comprender el punto de vista de le otre, debatirlo y muchas veces aceptar que une no está en lo cierto.

Sin embargo, expone Fabian, un partido no es una sustancia, sino una relación: una relación entre militantes y una relación con la conducción, a la que se elige y cuyas decisiones se respetan. En este punto Fabián es tajante: “La particularidad jamás tiene que ponerse por encima de la universalidad, porque el militante no es militante por su opinión subjetiva, la cual carece de toda potencia política (es irrelevante) si no está organizada. El militante sólo es en la organización”.

Sin embargo, el problema es mucho más profundo que el ego del militante, y tal vez resida en la confianza de Errejón hacia las formas representativas, en las que les dirigentes llevan a las instituciones parlamentarias la voz de “la gente”. Sucede en realidad que la verdadera expresión política del pueblo yace en la militancia, hecho que Errejón ignora por completo. Si Podemos no alcanzó a absorber todas las demandas de “la gente” y se fracturó a sí mismo, es justamente porque, como dirá Fabián, “la gente” quiere lo mismo que la oligarquía; porque, “la gente”, no es pueblo.

El pueblo no es una esencia sino una construcción en constante movimiento, que se organiza a través de la militancia y no delega en las instituciones del parlamentarismo su facultad humana por excelencia, que es la de organizarse políticamente.

En este sentido es que Fabián invita a Errejón a repensar su posición frente a la organización: no fue la organización política lo que hirió gravemente a Podemos, sino más bien la ausencia de ella.

Fabián retorna al primer concepto y sostiene que “el partido es lo que los militantes ponen en él. Romper con la organización por diferencias políticas que no son irreconciliables, para crear otra agrupación donde yo sea capaz de establecer la línea oficial es permanecer dentro del punto de vista del ego”

Es la militancia política la verdadera forma de organización del pueblo. Y es a su vez el debate político, dentro del partido, el que permite al militante deshacerse de la compleja situación del ego, aceptando las decisiones de la conducción política y sometiendo a revisión sus puntos de vista frente a les compañeres.

La libertad lo encuentra al pueblo en pleno ejercicio de la militancia, construyendo su destino a través de las organizaciones, presentándose y no siendo representado y la imposibilidad de organizarse solo aumenta el peso de las cadenas que lo enajenan. Concluye Fabian: “¿Por qué, en definitiva, debemos permanecer en la organización? Porque sólo somos libres en ella, perseverando”.

La teoría de la militancia

Intentaremos aquí exponer las reflexiones teóricas expuestas por Damián Selci y Manuel Saralegui sobre la teoría de la militancia. Ya hemos desarrollado una parte, que es aquella que más se vincula con la praxis, es decir, la conducción y la organización y abordaremos ahora la conceptualización teórica sobre la que se cimenta esa praxis, revisada a la luz del pensamiento histórico nacional, tarea que desarrolla Vilela. Todo ello conformará, finalmente, la “teoría de la militancia”.

Celsi nos propone un debate con el posestructuralismo de izquierda, más conocido como “la teoría populista”. Como bien señala, resulta antiguo debatir con el marxismo ortodoxo, puesto que de esa tarea ya se ha encargado el posestructuralismo. El desafío es en realidad articular las ideas propuestas por Laclau y Mouffe a la militancia política, con un programa que pudiera ofrecer un horizonte revolucionario como el que ofreció alguna vez el marxismo. Cómo encontrarnos con ese universo en el que se funden la filosofía y la militancia política y se lucha para alcanzar las utopías.

Para ahondar en el debate teórico, Saralegui nos propone cinco ejes que pueden ponerse en tensión entre el marxismo y el populismo y sobre los que debe constituirse la teoría de la militancia: la sociedad, el proceso, la política, la agencia y el pueblo.

La teoría populista intentó confrontar con la mirada del marxismo ortodoxo, sin por ello dejar de valerse de las herramientas teóricas ofrecidas al mundo por el marxismo, como la “hegemonía”.

Para el posestructurialismo la sociedad no es objetiva sino que está mediada por construcciones discursivas en donde los antagonismos no están dados de antemano sino que son producto de la articulación de esas subjetividades. Esto quiere decir, en primer lugar, que ni la sociedad es objetiva ni el proletariado industrial debe ser, necesariamente, el sujeto alrededor del cual construir el proceso revolucionario.

Sucede en realidad que todas aquellas demandas pueden llenar un significante vacío y producir lo que Laclau denominó una “cadena de equivalencias”, es decir, una articulación de demandas insatisfechas que se conjugan en un momento histórico para cumplir ser saciadas.

Esto explica mucho mejor a los populismos del siglo XXI y a los movimientos populares latinoamericanos pero al mismo tiempo propone un horizonte que, a un pueblo revolucionario, debiera saberle a poco: ¿qué sucede una vez que se accede al gobierno y se logran satisfacer algunas de esas demandas? En la teoría populista el antagonismo es externo puesto que toda construcción identitaria supone una exclusión y por ello mismo el proceso histórico es contingente.

La política no depende de la determinación económica sino de alcanzar la hegemonía mediante la construcción discursiva de la identidad. Por ello el sujeto o la agencia en el populismo es un significante vacío; porque debe ser completado a través de demandas que son históricas y que pueden configurarse en cualquier momento.

Esto no quiere decir que no deban contemplarse condiciones históricas para explicar a los populismos sino que estos no están objetivamente determinados por tales condiciones históricas. Aquí, contrariamente al marxismo, el pueblo siempre tiene razón porque, como el mozo en un bar, el gobierno populista toma las demandas a la carta y las devuelve materializadas a la mesa.

Entonces, ¿puede equivocarse, o el pueblo siempre tiene la razón?, se pregunta Saralegui. Si el gobierno populista debe satisfacer todas las demandas, ¿hay demandas que son propias del pueblo y demandas que no lo son? ¿Cómo distinguir la legitimidad de los reclamos? Aquí nos adentramos verdaderamente en la teoría de la militancia.

Sostiene Celsi que para superar el escollo que significó en el populismo la imposibilidad de satisfacer las demandas de “la gente” es necesario construir pueblo. Abandonar la lógica de la representación, presente en el marxismo (el partido representa a la clase) y también en el populismo y presentarse el pueblo militante; hacerse cargo de su propio destino, ya que la lógica de la representación permite al individuo (o a la “gente”) abandonar la responsabilidad de tomar el futuro con sus manos.

Dice Celsi: “Con la vida no-individual vuelve a ganar relieve la concepción de la militancia como la responsabilidad por la responsabilidad del otro, y por lo tanto como organización. Esto es: para que mi vida sea no-individual, debe serlo la del otro”

Esto quiere decir que la concepción del sujeto militante debe abandonar necesariamente al ego, para que hacerse cargo de su propio destino signifique también hacerse cargo del destino de todo el pueblo. Un pueblo militando para crear su propio destino ya no se enfrenta con la incapacidad de satisfacer demandas de otro ni de sentarse a evaluar cuáles son las buenas y cuáles son las malas demandas.

Por esto les autores proponen la teoría de la militancia, una teoría políticamente movilizante y teóricamente sofisticada, que busca entusiasmar a la militancia con un horizonte mucho más amplio que el reformismo. “La utopía es más militancia, y la revolución consumada sería que todos militen. La militancia no constituye ninguna imposición, es la posibilidad del siglo”concluye Celsi.

Retomamos entonces los cinco puntos sobre los que hace foco Saralegui, en el marxismo y el posestructuralismo, y los pensamos a la luz de la teoría de la militancia.

Si los antagonismos en el marxismo son objetivos y en la teoría populista son externos, la teoría de la militancia propone que se interiorizan, porque los antagonismos se producen en el seno mismo del pueblo y no solo frente a una exterioridad que lo constituye.

Lo trascendente de la teoría reside en que un pueblo militante, no ya “la gente” representada, debe resolver los antagonismos mediante la organización, que es la forma acabada de la militancia. Cuando los objetivos son claros, cuando se confía en la conducción, todo aquello que se debate en la militancia se resuelve en forma positiva.

La política es la militancia organizando al pueblo, asumiendo las responsabilidades de construir el destino de la patria; política, dice Saralegui, es sinónimo de militancia. De modo que ya no hay sujeto que transforme la realidad, sino una lógica, que es la lógica militante.

La teoría de la militancia dispone en el pueblo la confianza; pero no la confianza en un otre, que milita por mí y me representa, sino en un otre que es igual que yo, que milita y asume la responsabilidad de construir el destino de un pueblo, bajo una conducción y a través de la organización política.

El pensamiento argentino

Vilela nos propone revisar algunos puntos del pensamiento nacional con el objetivo de ofrecer a la militancia una mirada fresca, desprejuiciada. En primer lugar, sobre un “descentramiento disciplinar” y la “construcción de conceptos”. Nos sugiere repensar el rol de la historia como condicionante del análisis político contemporáneo. Dice: “Saber que “los que ahora se niegan a pagar el impuesto a la riqueza son los mismos que hicieron negocios con el Estado en la dictadura” (…) aunque destacamos sus méritos secundarios, no produce un avance en la construcción de poder político para el pueblo”.

En segundo lugar, Vilela sugiere una “apertura desprejuiciada al pensamiento universal”, valorizando saberes que muchas veces parecen vetados del pensamiento nacional. Propone seis abordajes que deberían complementar los estudios del pensamiento nacional: 1) psicoanálisis; 2) literatura; 3) feminismo; 4) posfundacionalismo; 5) epistemología narrativista y pensamiento poscolonial; 6) lingüística cognitiva.

En tercer lugar, el autor habla de un “cambio de tono”. Detecta cierta “propensión dramática del pensamiento nacional” y propone subvertirla para estimular la convocatoria para la acción política. Sugiere incorporar comedia, parodias históricas, mensajes alentadores. El pensamiento revolucionario no puede ser otra cosa que un canto de alegría y de esperanza.

Por último, Vilela propone una “reconsideración de la idea de Tiempo”. A la equívoca noción del tiempo que ocupó gran parte del pensamiento moderno y del positivismo en particular, aquella que expone que hay un progreso lineal de la técnica que desarrolla la humanidad hacia el punto máximo de la evolución humana (que bajo la misma premisa puede ser el socialismo o la civilización), la suplantó una noción circular del tiempo en donde parece volverse siempre a un mismo lugar. Permanentemente, cuando analizamos la relación histórica entre los gobiernos nacionales y populares y los gobiernos cipayos, sentimos que avanzamos un poco para volver siempre al punto de partida.

Vilela propone incluir nociones como la de “Acontecimiento” de Alain Badiou, para pensar lo nuevo, lo que puede suceder en un tiempo determinado y torcer la historia, como sin dudas fue el gobierno de Néstor Kirchner.

Conclusiones

La posibilidad del siglo es una herramienta imprescindible de la actualidad para tode militante nacional y popular. Comprender la importancia que tiene sostener una organización, construir en ella a pesar de no estar de acuerdo en muchas oportunidades, confiar en les compañeres y en la conducción, asumir la responsabilidad de construir el futuro y asumirse a sí como un otre es de vital importancia para la militancia.

La teoría de la militancia nos ofrece un debate de altura filosófico-política y a su vez la posibilidad de construir un futuro en donde ya no impere el egoísmo, el individualismo. El futuro que construya el pueblo en pleno ejercicio de su humanización, es decir, en pleno ejercicio político.

Si pudieramos hacer una contribución a esta auspiciosa teoría, sería la de ampliar el espectro de la organización y por ello mismo, de la propia militancia. La organización política es el instrumento más acabado para transformar la realidad, para inyectar conciencia revolucionaria al pueblo y dar la batalla en la arena política. Pero no alcanza a contener a todas las subjetividades que contiene el pueblo ni es la única herramienta (muchas veces tampoco la más adecuada) para la construcción comunitaria. La militancia debe contemplar a las organizaciones sindicales, a las organizaciones militantes por la disidencia sexual, a los movimientos sociales, a la militancia religiosa popular y las organizaciones libres del pueblo.

El club de barrio, que fundan les vecines para contener la situación de cientas de pibas y pibes que hacen deporte y actividades culturales, cuyas comisiones directivas están conformadas por las propias familias que erigen el club, es una de las formas más importantes de construcción comunitaria que tiene el pueblo argentino.

Nada de lo sostenido en La posibilidad del siglo debe escaparle al club de barrio: igual de fundamental es la conducción, la organización, la confianza, la responsabilidad y la militancia. Pero son tan diversas las pasiones que conmueven a un pueblo, que una teoría de la militancia tiene que reconocerse también en todas las formas de organización que brotan de las entrañas de la cultura nacional.

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