“Las vidas merecen ser lloradas”

Alicia Stolkiner, especialista en salud mental, fue una de las integrantes del comité de expertos que hace unos días se reunió con Alberto Fernández para asesorarlo en la lucha contra la pandemia del Covid-19. En esta entrevista, cuenta que hablaron del estrés del personal de salud, la muerte ante la imposibilidad de despedir al ser querido y la necesidad de instalar la noción de la responsabilidad colectiva para enfrentar la crisis.

Por Leda Martyniuk (*)

La Ley Nacional de Salud Mental Nº 26.657 (2010) define a la salud como “un proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”.

Es decir que la Salud Mental es un campo en el que se anuda el espacio psíquico, cultural y orgánico para la constitución de la subjetividad de cada quien; si se lo reduce, estamos en un gran problema a la hora de analizar el padecimiento que aqueja en la actualidad a la población, a partir de la irrupción de la pandemia del Covid-19.

Desde que comenzó el aislamiento preventivo, social y obligatorio, la Salud Mental es cuestionada, y los medios hegemónicos centran el foco de la discusión en “el encierro”, al que responsabilizan de las diferentes problemáticas subjetivas de una población melancolizada a nivel global, sin tener en cuenta a la pandemia como causa. Por supuesto que ya ha pasado un tiempo considerable como para poder analizar los efectos que derivan del encierro, pero es un error pensarlo sin los efectos producto de la pandemia.

Las problemáticas en Salud Mental nos atraviesan a todos a lo largo nuestra cotidianeidad, sin embargo no nos influye del mismo modo. Por ese motivo es que se insiste en la importancia de conservar y fortalecer ámbitos colectivos, espacios de elaboración personal así como también fomentar espacios solidarios.

Es un gran logro en materia de salud, entonces, que el gobierno de Alberto Fernández haya incorporado a profesionales de la salud mental a su equipo de asesores en su pelea contra la enfermedad del Covid-19. A mediados de agosto, el presidente recibió, en la quinta presidencial de Olivos, a un equipo compuesto por el psiquiatra Santiago Levin, el cientista social Juan Piovani, el infectólogo Javier Farina y la psicóloga Alicia Stolkiner.

Nos pusimos en contacto con Stolkiner, titular de la cátedra de Salud Pública y Salud Mental de la carrera de Psicología de la UBA, y colaboradora de manera voluntaria con la Dirección Nacional de Salud Mental del Ministerio de Salud de la Nación, por medio del apoyo a los servicios de salud y la realización de informes sobre la situación de emergencia.

¿Cuáles fueron las principales temáticas que se tocaron durante la reunión en Olivos?

La reunión fue convocada para pensar interdisciplinariamente cómo se va abordando este periodo de transición, esto que los europeos llaman la pospandemia o la nueva normalidad. Empezar a pensarlo desde ese punto de vista, pensando además que hasta que no se logre instrumentar una vacuna nosotros vamos a tener que tener cuidados especiales con la población en términos de la expansión que se produce del virus, que es exponencial.

La otra preocupación que se manifestó fue la federalización de la epidemia: en este momento, más allá de la situación de la CABA, que es muy crítica, están apareciendo dificultades en otras provincias. Ya es muy crítica la situación en la provincia de Jujuy. La primera exposición la hizo la viceministra de Salud, que fue sobre la situación general, y después cada uno de los que estaba ahí fue trayendo observaciones.

La pregunta hacia nosotros tuvo que ver sobre la salud mental de la población. Y creo que trabajamos sobre tres ejes centrales en nuestra intervención: el principal fue pensar la problemática del estrés que está atravesando el personal de salud, porque el equipamiento que se ha logrado con esta demora en llegar a los puntos más altos de la infección a partir de las medidas de aislamiento es bueno, pero el equipamiento no sirve si el personal no está en condiciones de trabajar.

Y estamos funcionando en dos registros: hay un sector de la sociedad que está sobre-trabajando en relación a esto, particularmente el personal de salud -en el cual incluyo a los médicos y todos los trabajadores, incluyendo al personal de limpieza-, y por otro lado hay gente que tolera mal una transformación de su vida cotidiana que implica algunas renuncias y algunas frustraciones en términos del cuidado colectivo. En estas tensiones, pensar en cómo logramos que la gente internalice las prácticas de cuidado como prácticas de cuidado hacia sí y hacia otros es una de las preguntas.

Y lo otro que se trajo como problema es la problemática de la muerte por COVID, que es una muerte que no admite duelo, que no admite acompañamiento. Nosotros tenemos una ley de muerte digna y creo que tenemos que encontrar la forma de que esa ley se aplique aun en estas difíciles circunstancias porque tenemos un sector de la población que está atravesando duelos sin tener ninguna posibilidad de un ritual de despedida.

La muerte de un ser querido, en tanto objeto investido libidinalmente mueve al yo a reconocer la pérdida, es decir, asumir la deuda simbólica con el pasado a la vez que lo impulsa a retirar las cargas libidinales que sobre él se habían depositado. La resolución del trabajo de duelo es la posibilidad de colocar esa energía sobre un objeto sustituto. Los rituales funerarios son fundamentales para que el proceso de duelo pueda darse sanamente. Antígona, se rebela contra las leyes divinas y elige su propia muerte antes de aceptar que a su hermano se le niegue el entierro.

Una sociedad humana tiene que tener rituales de duelo. Las vidas merecen ser lloradas, como diría Judith Butler.

El 17 de agosto pasado, con un pico de contagios, desde Juntos por el Cambio y con el apoyo de los medios masivos de comunicación, se convocó a una concentración en el Obelisco y otos puntos del país.

Por otra parte, mucho se habla de los efectos de la cuarentena pero se pierde de vista que no se pueden pensar sus efectos sin antes analizar los efectos de la pandemia en sí.

Eso es muy notable. Un texto que yo utilicé mucho y que he utilizado mucho en otras circunstancias, porque no es la primera vez que trabajo en situaciones totalmente traumáticas colectivas, pero es la primera vez que trabajo en una de esta magnitud: a nivel mundial, primero, o sea que no te podés ir de acá a otro lado; y segundo, que implica los cuerpos, la imposibilidad del contacto de los cuerpos.

Y entonces estuve revisando un libro de Anna Freud sobre los niños y la guerra, que lo hemos trabajado previamente, reconstruyendo un poco ese momento en el cual en Inglaterra los hombres están en la guerra, las mujeres trabajan en la ciudad de Londres y bombardean la ciudad todas las noches, deciden sacar a los niños de la ciudad, los separan de los padres y los mandan a vivir al campo, en una especie de albergues colectivos donde estaba Anna Freud. Y escribe cosas muy interesantes sobre el diálogo, cómo sucede esto, etc.

Todo esto en otra cultura, en otro momento histórico. Y sin embargo a nadie se le ocurrió en ese momento decir “entreguémonos, los niños están sufriendo, digámosle a Hitler que Inglaterra se anexa a Alemania”. ¿Por qué? Porque en ese caso era una guerra y había un enemigo con el cual se estaba luchando y una épica de lucha contra un enemigo. Pero esto no es una guerra y el virus no es una sustancia, no es un actor consciente que tiene una intencionalidad. Es, por decirlo de alguna manera, una sustancia que va a estar ahí y su circulación depende de nuestro comportamiento, no de que le tiremos más bombas.

Entonces hay algo de la canalización del enojo, porque todo duelo tiene una etapa de enojo, que no tiene destinatario reconocido. Eso tampoco es bueno desde el punto de vista de la subjetividad de cada uno, porque puede terminar descargando contra la gente con la cual se convive, por ejemplo. Una cierta tensión permanente. La construcción permanente de discursos odiosos.

Sobre la cuestión del odio, en las marchas anticuarentena no pareciera haber una consigna clara dentro de un colectivo, sino más bien un conjunto de individualidades en contra del gobierno.

Hay una parte de esas marchas que yo creo que son características globales, gente que tiene un determinado pensamiento político o quiere expresar algo y lo hace. Pero estas marchas están sucediendo en varios países. En Alemania fue la de Berlin “por la libertad y contra la dictadura de Angela Merkel” llamada por los neonazis, en España fue “contra el barbijo”.

¿Cuál es el enemigo? ¿El barbijo? Entonces hay una parte de eso que es una canalización que hace un sector de la población. En situaciones catastróficas siempre aparecen movimientos raros. No son marchas multitudinarias, pero en este momento, donde no se organizan manifestaciones, ocupan mucho espacio público. Lo que vi es lo que muestran los medios y por supuesto hay medios que resaltan gente que tiene discursos muy desordenados, desorganizados, y otros resaltan discursos políticos.

A mí lo que me parece muy impresionante es lo que pasó en el municipio de Avellaneda, en Santa Fe, que el intendente, que es la persona responsable de la salud de la población, haya estado infectado abrazándose con personas de riesgo me parece muy peligroso. Hay una responsabilidad que se tiene que tener por encima de cualquier posicionamiento o interés político que es la responsabilidad por la vida.

Entonces una persona que es una figura pública no puede tomarse un litro de un líquido tóxico porque dice que es curativo y un intendente que está cuidando la salud de una población tampoco puede pensar que es invulnerable al virus, porque si el hisopado le dio positivo al día siguiente de la marcha es porque en la marcha ya estaba infectado. Hay que transmitir información veraz y hay que responsabilizarse por la salud de la población. Ambas cosas debiéramos pensarlas desde el punto de vista de acciones que son públicas.

A propósito de la marcha del 17 de agosto, el gobernador Axel Kicillof hizo una declaración poco feliz aludiendo a que los manifestantes eran “un aluvión psiquiátrico”.

No lo escuché. Personalmente no uso esa categoría porque denigra a las personas que tienen padecimientos psíquicos, pero reconozcamos que está instalada, que todo el mundo dice “son unos locos”.

A mí me parece que ahí hay gente que tiene, en este momento y estas circunstancias, una respuesta extraña, digamos, a la situación. Pero no sé si los homologaría con pacientes psiquiátricos porque por otro lado conozco a personas que son pacientes psiquiátricos y que atraviesan estas circunstancias con más soltura que personas que no han estado en internaciones. Una de ellas me decía “bueno, yo ya estuve encerrada. La diferencia es que ahora decido a qué hora como y a qué hora duermo y qué es lo que hago”. Pero, así como tenemos que aprender a usar un lenguaje no sexista, y nos cuesta un montón, tenemos que empezar a trabajar sobre estos usos del lenguaje que tenemos permanentemente.

“Se avecina una pandemia de enfermedad mental que necesita respuesta urgente”, enunció un reconocido neurólogo.

Yo creo que la calidad científica de cada uno tiene que ver con su especialidad. Entonces ser un neurocientista no es ser un epidemiólogo en salud mental. Son estudios poblacionales. Pero si me preguntas creo que estamos en una situación que obviamente va a dejar huella en los jóvenes, en los niños, en los adultos, en todo. Porque siempre estos episodios -llamémoslos traumáticos colectivos- dejan una huella, que en este caso no puede ser leída en clave de psicopatología individual. Porque si hacemos eso dentro de un mes vamos a estar pidiendo consultorios privados en todas las esquinas y en realidad lo que necesitamos es crear programas donde la gente pueda ser escuchada y asistida en una serie de sufrimientos y dolores que se producen en estos momentos, por ejemplo los duelos y la muerte, o por poner otro ejemplo el estrés del personal de salud, la situación de las familias que ahora conviven diariamente con los niños y necesitan algún tipo de orientación para ello, en lugar de hacer lo que se necesita hacer vamos a estar pensando en términos de medicación, psicofarmacología y psicoterapia, que algunos deben necesitar todas esas cosas, pero no toda la población que va a estar procesando la situación de acuerdo a su historia, su singularidad y las circunstancias. Pero que no necesariamente va a enfermar por eso.

¿Cuáles son los pasos a seguir de ahora en más?

Lo que yo saco de la experiencia de la primera pandemia que vino a inaugurar una serie de pandemias cada vez más aceleradas que tenemos en el mundo, que es la del SIDA, fue un punto de inflexión cuando se dejó de hablar de temor a la muerte y se introdujo el famoso “póntelo, pónselo” (campaña de concientización difundida en España a principios de los ’90) de los españoles para hablar del cuidado amoroso del otro y de uno mismo y, en ese caso, la
erotización del uso del preservativo.

Porque es muy difícil cambiar prácticas consuetudinarias de la población. Yo me olvido de ponerme el barbijo. Llego a la puerta de mi casa, salgo, hago unos metros y con la primera persona que me mira me doy cuenta y vuelvo corriendo.

Hay muchas prácticas en la historia que se instalaron con distintas epidemias y después se olvidaron porque llegaron los antibióticos, llegaron las vacunas, y nos olvidamos de esto. Por ejemplo, el lavado de manos constante.

Cuando yo era estudiante de primaria entre una clase y otra se ventilaban las aulas aunque hicieran dos grados bajo cero porque era la forma de prevenir la transmisión de enfermedades respiratorias, que así nacieron también las vacaciones de julio, por el pico más importante de epidemias de enfermedades respiratorias.

Ahora, nosotros el año pasado tuvimos una epidemia de bronquiolitis y a nadie se le ocurrió sugerir que paremos las clases quince días. Seguimos circulando y mandando a los chicos al colegio mientras se saturaron todos los servicios pediátricos de emergencia. Entonces esperábamos solo la respuesta médica, que los médicos aguanten. Hay una tesis de doctorado en Lanús sobre el estrés médico por la epidemia de bronquiolitis.

Tenemos que empezar a pensar con qué prácticas adecuamos nuestras vidas cotidianas a esta situación sabiendo que no se trata de mi riesgo individual que yo decido si lo corro, porque si a una persona se le ocurre subir al Everest nadie le impide que lo haga aunque corra riesgo su vida. No se trata de riesgo individual, eso es una decisión que yo tomo. En este caso mi riesgo individual pone en riesgo a otros. Es cierto que si un chico joven se lo agarra puede incluso no tener grandes síntomas, pero entonces sigue en funcionamiento y contacta a otra persona que contacta a otra y esa persona contacta a otra. Y en el medio contacta a una que trabaja en un hogar para adultos mayores y ahí se producen siete muertes. Y esta persona, que dice que no corrió ningún riesgo, corrió el peor riesgo que es ser responsable de la muerte de otros.

(*) Licenciada en psicología, integrante del Equipo Interdisciplinario de Intervención en Cárceles del Ministerio Público de la Defensa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Co-autora de los libros “consumos problemáticos. Del fenómeno social a la operación singular” publicado por la editorial Letra Viva. Y “formas de intimidad. Lo digital en psicoanálisis” de Ricardo Vergara ediciones. Algunos de sus artículos publicados son “La erosión del Otro en la era digital”, “Intimidades de cristal ¿un síntoma de la época?”, “La mujer y la escritura”, “el cuerpo perdido”, entre otros.

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