La democracia y la porosidad

En el capitalismo financiero y global, el poder económico es independiente respecto del poder político y esto atenta contra el funcionamiento y sostenimiento del orden democrático. En la Argentina, esto se puede apreciar con claridad en todos y cada uno de los hechos que motorizan la oposición y sus aliados en contra de un gobierno soberano, elegido en las urnas, hace solo nueve meses.

Por @EstebanDipaola / Fotomontaje: @RamiroAbrevaya

La nueva normalidad resalta los conflictos de un capitalismo que ya no se contiene en las condiciones propias de la sociedad industrial y que multiplica sus porosidades y grietas institucionales. Las democracias de la globalización están en crisis hace medio siglo, y esto debido a que la concentración del capital, como bien demostró Piketty, ha avanzado tanto que el modelo de inclusión que reparaba en el ejercicio formalmente igualitario de las democracias occidentales no tiene capacidad de contención y legislación de las subjetividades, pero además es innecesario para el sostenimiento del poder del capital que se ha autonomizado de la política. Esto es un punto clave: el poder económico en el capitalismo financiero y global es independiente respecto al poder político y esto atenta no contra el funcionamiento del orden democrático, sino contra su sostenimiento. De ahí el carácter efectivamente poroso de las democracias actuales.

En Europa los gobiernos situados ideológicamente a la derecha están en avance hace varias décadas y resquebrajaron el esquema redistributivo que se concentraba en la fuerza de los Estados; en América Latina, la condición periférica en lo económico y político respecto a las decisiones centrales, se hace más grave ante avances desestabilizadores sobre los gobiernos de carácter popular que se fueron haciendo pronunciados en los últimos años (el caso de inhabilitación de la candidatura a vicepresidente de Ecuador del ex Presidente Correa es el último de los distintos hechos conocidos en el continente); finalmente en Argentina, la crisis económica, social, política y moral dejada por el gobierno de Cambiemos (2015-2019), empieza a enseñar su parte más compleja.

El drama moral heredado por el actual gobierno es lo que mayormente horada la estabilidad democrática, porque a la condición individualista de las sociedades globales se añade un proceso de desinstitucionalización, que en nuestro país se teje además sobre la condición de descrédito de cualquier garantía de ejercicio común de los derechos civiles. Puede apreciarse esto cuando los mismos que se manifiestan por las libertades individuales exigen cárcel y represión (sin legalidad y legitimidad alguna) para los que consideran sus diferentes.

Algunos apuntes de los sucesos de estos últimos días que pueden remarcarse: desde la declaración del ex Presidente Eduardo Duhalde asegurando que el año próximo no habría condiciones para la realización de elecciones en Argentina, se sucedieron distintos hechos que no tienen el carácter de aislados, y estos fueron: el intento de ingresar al Congreso de la Nación por un grupo minoritario pero no poco violento, las iniciativas de los legisladores nacionales de Juntos por el Cambio para impedir el funcionamiento del mismo espacio legislativo, las constantes declaraciones públicas que la oposición difunde aludiendo a indemostrables proyectos autoritarios del gobierno nacional, las aperturas indiscriminadas del aislamiento realizadas por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, incluso con crecimiento en los casos de contagios, el patético pronunciamiento del Intendente Lunghi de la ciudad de Tandil desprendiéndose de las regulaciones provinciales y finalmente el levantamiento de oficiales de la policía bonaerense.

Ningunas de estas cuestiones están ajenas a un programa que busca condicionar no a un gobierno sino a un orden democrático en su funcionamiento. Esto significa que lo que se pone en juego es una disputa por los significados materiales de aquello que debe entenderse por democracia, y esto tampoco es ajeno a los procesos globales de desinstitucionalización e individualización.

El individualismo contemporáneo es el efecto concreto de un capitalismo que no necesita más de las democracias inclusivas de antaño, y concretamente porque es innecesaria la inclusión y distribución para la acumulación de riqueza.

En su libro “El fin de las sociedades”, el sociólogo francés Alain Touraine argumenta acerca de la conformación de una “situación postsocial” que abre espacio a una doble transformación: por una parte, la propia de un capitalismo financiero, que destruye las instituciones sociales y que origina la figura de un sujeto emprendedor; y de otra parte, la idea de que no hay un modelo único de vida, lo que deriva en una crisis del fundamento occidental de la vida.

Esta doble transformación del capitalismo global, organiza un modelo de economía mundial despolitizado y desocializado.

La imagen de universo común que se conforma es la de una economía global que está por fuera de cualquier regulación del orden político. El capital financiero circula y nadie puede saber de qué se trata o en qué parte se encuentra. El fin de las sociedades es, entonces, la conclusión de una manera de articular las relaciones entre el cuerpo del individuo (fuerza de trabajo) y la producción (capital).

El capital financiero, al contrario, muestra que puede prescindir de la fuerza de trabajo y en ese evidente sentido es un capital descorporeizado y su inmaterialidad se constituye en valor. Si la fuerza de trabajo como uso del cuerpo del trabajador restituía condiciones de formación de la vida social, un complejo sistema de sustituciones provino a partir del modelo de acumulación especulativo de la etapa financiera del capital: ahora el individuo debe producir sus propias condiciones de trabajo, diseñar, crear, emprender su relación con un capital que le resulta además ajeno e ilocalizable, sin cuerpo, es decir, sin otro.

Las crisis de los modelos institucionales han corroído el campo de las disputas políticas, que ya no es realizable en el debate ideológico que confronta posiciones en procura de una constitución hegemónica. Este modelo moderno cede ante la omnipresencia de un capital que no entra en disputas, porque se ha vuelto ajeno a las formaciones sociales. Desde el momento que la acumulación de riqueza no es social, la democracia es apenas una imagen sin perspectiva y el individuo sin refugio promueve inmediatas referencias morales autónomas.

Por eso, la reflexión urgente de este tiempo debe enfocarse en los procesos de desinstitucionalización que obligan a revisar nuestras lógicas de comprensión de lo político y de lo social bajo el lema del orden, y analizar críticamente condiciones de un mundo por venir que no resistirá la violencia de su desigualdad.

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