Cine

Guapis, la película francesa que desató un escándalo en las redes

Unas semanas antes de su estreno, Netflix promocionó el film con un afiche que despertó la ira de muchísimos usuarios. ¿Campaña de marketing o pifie? Más allá de la controversia, la cinta de Maïmouna Doucouré es un retrato íntimo de una niña que debe lidiar con un conflictivo entorno familiar y social.

Por Franco Alinovi

Antes de su estreno en Netflix, Guapis, ópera prima de la realizadora franco-senegalesa Maïmouna Doucouré, se vio envuelta en una gran polémica. ¿El motivo? El gigante del streaming promocionó la película con un póster en el que se veía a un grupo de chicas con vestimentas ajustadas y en poses sugerentes, una imagen muy distinta a la del afiche original del film.

Inmediatamente, arreciaron las críticas en las redes sociales (cuándo no), acusando a Doucouré de hipersexualizar a menores de edad y exigiendo la cancelación del estreno de Guapis. Ni lerdo ni perezoso, Netflix pidió disculpas públicas, cambió el polémico afiche y la película salió al ruedo.

¿Todo solucionado? Creemos que no, porque más allá de la buena o mala fe de la campaña publicitaria de la compañía estadounidense, resulta desconcertante (también podría decir doloroso) el ensañamiento de los usuarios con una película que aún no habían visto. Una práctica recurrente en estos tiempos a la que no debemos acostumbrarnos, porque para criticar, primero hay que ver. Así de básico.

Precisamente, Guapis condena todo lo que sus apresurados detractores le endilgaban. La película narra la historia de Amy (notable trabajo de Fathia Youssouf), una chica de 11 años que vive con su mamá y sus dos pequeños hermanos en un suburbio parisino. El papá, en cambio, está en Senegal, donde acaba de contraer matrimonio con una segunda esposa. Toda la familia profesa la religión musulmana y esos comportamientos patriarcales están permitidos. Es más, el papá de Amy llegará pronto a París para vivir con ambas mujeres y sus hijos.

Mientras esperan al flamante matrimonio, la niña ayuda con los quehaceres domésticos y asimila los estrictos mandatos musulmanes. Sin embargo, un día en el colegio observa con curiosidad a un grupo de chicas de su misma edad, quienes suelen reunirse para ensayar con vistas a un concurso de baile. Las cuatro compañeras, que no paran de reírse y moverse al ritmo de la música de sus celulares, se hacen llamar las Guapis.

Amy, fascinada por ese mundo tandistinto al de su familia, no lo duda: se  acercará a las chicas para poder vivir sus experiencias. Cueste lo que cueste. Pero como pertenecer tiene sus privilegios (al menos eso predicaba un viejo latiguillo publicitario), el camino de Amy para lograr la aceptación de las Guapis será bastante empinado. Tras mostrar una rebeldía y un desparpajo inusitados para alguien de su edad, la protagonista es bienvenida en el grupo.

Guapis es una película incómoda, porque aborda con suma sensatez un tema actual y complejo como lo es la influencia de las redes sociales en la conducta de niñas, niños y adolescentes; cómo la mirada del otro determina el comportamiento propio.

En este sentido, el celular ocupa un rol central en la película: la cantidad de likes que recibe Amy crece al compás de los límites que va quebrantando. Quizás es acá donde reside el mayor mérito de Guapis, es decir, cuando nos revela el daño que pueden ocasionarlas redes en los menores de edad. Y de aquí se desprende otro acierto: Doucouré no juzga a Amy, solo trata de entender su rumbo. Por eso muestra a las chicas haciendo twerking (movimiento parecido al perreo del reguetón) e imitandolos gestos sugerentes de los videos musicales que pueblan Internet, para advertirnos hasta dónde puede llegar la confusión infantil cuando su mundo está regulado por la popularidad virtual.

Más allá de su abordaje, hay que decir que Guapis no es una gran película. En su afán por mostrar los abruptos cambios de comportamiento de Amy, Doucouré apela a escenas un poco burdas, casi de telenovela, que no parecen hacerle honor a la propuesta del film.

Finalmente, ojalá que Guapis haga su propio camino y no quede eclipsada por una polémica marketinera. Que el árbol no nos tape el bosque.

 

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