¿Quién dijo el otro?

En la nueva normalidad puede palparse una crisis de la subjetividad, experimentada por la angustia de reconocerse como parte de una otredad. Donde cada sujeto se asumía como centro, frente a la insoslayable realidad de su finitud, ahora vive su propio aparecerse como algo otro. Ninguno es imprescindible ni tampoco ombligo de nada.

Por Esteban Dipaola. Fotomontaje: Ramiro Abrevaya

La noción de el otro, la idea de que hay alguien que no es yo recorre todas las tradiciones del pensamiento. En general, el otro fue definido por contraposición a una identidad primaria y fundante que surge como modelo y se representa como Yo. Desde el célebre Cogito de Descartes, la supremacía del intelecto y del pensar como registro de la experiencia, la dimensión yoica fue el principio regulador de lo que llamamos orden.

Ciertamente la crisis del sujeto moderno, es decir, la figura de una identidad estable, consistente y rígida, trajo consigo también el debilitamiento de la otredad.

En la posmodernidad el otro son todos y por eso no hay otro, es decir, concretamente no hay condiciones válidas de reconocimiento que posibiliten la experiencia duradera del vínculo social. En semejante situación es importante reflexionar acerca de las formas de alojamiento de lo extraño, de lo que es extraño en uno mismo, de aquello que pone en cuestionamiento nuestra relación con el mundo. Desde Kierkegaard a Heidegger, filósofos que vieron en directo la debacle de lo moderno, ese momento de crisis entre el ser y el mundo se denominó “angustia”. Pero la angustia es un período de incertidumbres y de pérdidas de certezas que tiene la capacidad de evocar una reflexividad del sujeto. El ser ante la angustia de su finitud, puede hallar su única certeza: que efectivamente es.

En la nueva normalidad puede sentenciarse una crisis de la subjetividad pero experimentada por la angustia de reconocerse como algo otro. Esta puede ser una hipótesis de “nueva normalidad” para un capitalismo individualista: la modificación de una percepción en donde cada sujeto se asumía como centro, pero que frente a la realidad de su finitud, vale decir, la aceptación de que un virus, una catástrofe climática, etc., es la posibilidad de la muerte, se ve en la distancia de su condición de ser, y por eso vive su propio aparecerse como algo otro.

En estas circunstancias es necesario interrogar nuevamente la hospitalidad para una situación de pospandemia. ¿Cómo alojar la presencia hostil de alguien otro? Pero también, ¿cómo recibir la propia hostilidad ante lo que ahora cada uno es? La finitud de la otredad es la de lo propio, lo que significa que la nueva normalidad y la pospandemia nos confrontan con el conocimiento de que ninguno es imprescindible ni tampoco el centro de nada, y que en tanto apenas cada uno es algo otro podríamos incluso no ser bien recibidos. Esta me parece que es la clave de reflexión para la angustia en la pospandemia: haber dejado la obligación de cumplir el papel de anfitriones, pero entonces sostener la incertidumbre de ser una visita que quizás nadie está esperando.

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