Todo resuelto

La operación del tiempo en el capitalismo es la de su uso definido, controlado, administrado, y de una manera suficiente como para que no se tenga tiempo. La nueva normalidad, en especial durante la etapa más rígida de confinamiento, puso en debate este comportamiento individual y también social. Aportes para reflexionar sobre lo que sigue.

Por @EstebanDipaola. Fotomontaje: @RamiroAbrevaya

La nueva normalidad que se vivencia en los tiempos presentes, se caracteriza por asociarse con el fin del mundo: las catástrofes están a la orden del día y asistimos, evidentemente, a un efecto de conciencia de que algo definitiva y sustancialmente se modifica. Una característica y condición de los finales es la voluntad de los individuos que ante esto se enfrentan para cerrar cuestiones pendientes, sentenciar algo que se considera abierto y dejar todo resuelto.

Durante el período en el que -al menos en la zona del AMBA- la cuarentena pareció mantener algo de rigidez y se convirtió en el modo a partir de lo cual se organizaban las prácticas cotidianas, esa voluntad de resolución se transmitió constantemente bajo distintas prescripciones fundamentales: aprovechar para leer, terminar algún trabajo postergado, estudiar para exámenes atrasados, aprender algo nuevo o diferente, etc. Fue la formalización de que el tiempo es para hacer cosas sin importar cuáles, que el tiempo debe llenarse, cerrarse, resolverse, limitarse.

Una cuestión actual es la atención a lo que puede ocurrir ante nuevas aperturas, frente a una normalidad que retorna, más nueva o más semejante a lo que era no es lo relevante, sino su retorno como algo que otra vez nos interrumpe el tiempo disponible. Lo distinto no necesariamente es novedoso, y es claro que lo que viene será diferente porque proviene de un momento de interrupción.

Es decir, provenimos de un momento, más o menos extendido, que significó llenar el tiempo: cocinar, aprender cosas nuevas, clases por Zoom, gimnasia por Youtube, jugar con los hijos más de lo frecuente, retomar lecturas viejas, reconocer subrayados de otras épocas. Ese tiempo que se llenó de motivaciones inesperadas comprendía también la evidencia de que no sabemos qué hacer con el tiempo, y que las rutinas que administramos como normales de nuestra vida, y que se circunscriben a trabajar, comer, dormir, asistir a familiares, etc. convierten en lógico y lineal un orden que nos posibilita no enfrentar lo caótico de que el tiempo se abra y no tenga horarios y tampoco frecuencias.

Si en la normalidad nunca se tiene tiempo, la cuarentena propuso que el tiempo nos enfrente cara a cara y la primera conclusión obtenida es que no se supo qué hacer con eso más que rellenarlo; por eso hubieron personas que se dispusieron a trabajar incluso fuera de su horario habitual para ello, quienes miraron series televisivas que jamás hubieran visto, los que probaron con incursiones por otras redes sociales distintas a las usuales.

Administrar resolutivamente el tiempo, pretender que esté completamente controlado es el refugio ante el caos que significa que algo inesperado ocurra, sea esto lo que fuere, desde algo fatal hasta un amor (que también es una fatalidad en el mejor de los casos y si sale bien).

Entonces, las aperturas y otras posibilidades y oportunidades provistas por una cuarentena que ya es demasiado floja como para sostener la condición del aislamiento, generan otras incertidumbres sobre la administración del tiempo, que son igualmente similares a las anteriores a la pandemia, pero con el tenor de que ahora se las puede percibir.

Una organización precisa de los horarios de la vida cotidiana, una diagramación de los días acorde a las referencias externas a partir de las cuales sujetamos nuestros principios vitales: asistencia al trabajo, realizaciones de compras y comprensión general del pulso social de la vida urbana, calcular la llegada a la parada del colectivo como fundamento del buen comienzo del día.

El tiempo otra vez se acaba, ya no se lo tiene, lo que significa que se llena solo y que no es necesario que rellenemos con pan de masamadre y clases de guitarra por Youtube eso que nuevamente no alcanza. El tiempo está, otra vez, todo resuelto, pero, por eso mismo, vuelve a ser una queja permanente, una sensación de cansancio, el agotamiento generalizado que invita a prometerse: “cuando tenga tiempo voy a hacer esto y esto otro y aquello”, es decir, el listado de pendientes que servirán para rellenar la catástrofe de otros tiempos muertos que puedan venir.

El tiempo por venir está significado en la espera y en el arribo, porque la espera para que no sea angustiante, inhóspita, debe cumplir con la promesa efectiva del arribo. Sin embargo, ello también define concretamente ese utilitarismo y funcionalismo con el que se vivencia y experimenta el tiempo: nada en éste puede quedar abierto, imprevisto, ausente, vacío, relegado.

En el mundo moral que habitamos y que se ha encargado de condenar la vagancia, es decir, el vagar, andar y desplazarse sin tiempo, no está bien considerado no tener ganas de hacer las cosas, es decir, no usar el tiempo para algo que implique una producción de relleno, de anulación del tiempo, de generar que el tiempo pase, es decir, se vaya y deje de estar, de acechar. La operación del tiempo en el capitalismo es la de su uso definido, controlado, administrado, y de una manera suficiente como para que no se tenga tiempo. La eficiencia con el tiempo es poseer la capacidad para quitárselo de encima.

La nueva normalidad, en definitiva, es la puesta en visión de esta circunstancia hiperreal del tiempo controlado; y eso no tiene nada de nuevo, pero sí de evidencia social y cotidiana. El signo del tiempo de la nueva normalidad es la claridad y la distinción de que no hay tiempo para darnos el lujo de tener tiempo, porque hemos aprendido muy bien a dejar todo resuelto.

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