Duelo y amor

Ante la muerte, y más aún en durante la pandemia, hay algo de lo propio que queda en otro lugar. Las pérdidas traen también preguntas sobre lo que ya no podemos volver. En un año de miles de partidas, la de Maradona produce una herida colectiva de una profundidad excepcional, a tono con su carrera y su legado.

Por @EstebanDipaola / Fotomontaje: @RamiroAbrevaya

En tiempos de crisis se presenta la vivencia del duelo, pues el cambio y la conversión que una crisis significa, abre ese lugar de revisión e introspección a lo que un duelo remite. La pregunta del duelo señala algo que se deja atrás, y que tiene que ver con uno mismo: ¿cómo dejar aquello que fuimos? es la interrogante fundamental en tales circunstancias, lo que además hace referencia a que hay algo de lo propio que queda en otro lugar, incluso entre recuerdos y registros de la memoria. Los duelos saldados tienen la consecuencia de la risa, del recuerdo alegre por aquella vivencia.

La nueva normalidad es principalmente una instancia de duelos, generalizados, comunes, conjuntos y por eso también conflictivos, pues se trata de todos y todas participando de ese sacrificio de lo que ya no volverá a ser de la manera que se vivía y experimentaba. Se trata de dejar en el pasado algunas maneras de actuar y de presentarse ante las cosas: modales, gestos, encuentros que no pueden vivirse de las mismas formas; rituales, acciones, prácticas comunes que reconvertirán sus posiciones. Mirar hacia atrás y notar que ya no podemos ser quienes fuimos, repreguntarnos sobre lo que queremos y anhelamos, retomar actividades y proyectos con otras inquietudes y posibilidades. Sentir ideas diferentes acerca de lo que nos pasa.

Los duelos vienen llenos de preguntas y de dudas y confusiones, y por eso mismo nos sofocan con su angustia que expulsa aquello sobre lo que ya no podemos volver. Los duelos nos capturan en el instante de una pérdida de certezas que parece absoluta y que nos arroja a una zona brumosa donde no es posible mirar lo que queda detrás y se desconoce lo que se hallará por delante. Sin embargo, por ello también los duelos ayudan a vivir, porque nadie pretende ni desea permanecer entre la bruma inmóvil, perdido y sin ver nada. El duelo es una forma de volver a mirar cuando el mundo que se vivía (y no uno mismo) se encegueció.

La pospandemia será una profusión de todos los duelos sobre lo que ya no volverá a ser igual. Pero la pandemia también se convierte en reposiciones de los duelos, porque afrontar las pérdidas de seres queridos en esta situación significa evitar el ritual de la despedida, porque los familiares que no pueden verse duelen, porque los amores que perdimos y volvimos a perder y alguna vez ganamos, también duelen y, como siempre en el amor, nos dejan sin ninguna certeza. ¿Cómo hacer un duelo sin despedida?

Antígona hace muchísimos años exclamó esa peculiar queja en su duelo imposible ante un padre que fue a morir en el extranjero. ¿Cómo afrontar el duelo ante esos múltiples padres que no podemos ir a despedir y con quienes se va nuestra infancia y nuestras elecciones para crecer?

Porque decir que un mundo y sus modos de habitarlo y de vivirlo ya no serán iguales es referir además a aquellos que ya no estarán y con quienes el mundo se parecía un poco mejor: Horacio Fontova, Quino, Hugo Arana, Pino Solanas, Rosario Bléfari, Gabo Ferro y varios más con quienes ya no podremos compartir.

Por supuesto, el Diego, quien también se nos fue a morir en el extranjero, en un pequeño cuarto aislado de todos y todas los que lo aman, fuera de esa inmensa pequeña patria de cobijo que es el pueblo. El Diego lejos. “¡Por qué te fuiste, de este modo, sin mí!”, reprocha, desbordada en sus lágrimas, Antígona. Y es casi lo que resuena con Maradona y con los duelos que la pandemia nos obliga a hacer algo rápido, sin cerrar, sin entenderlos.

En la pandemia y la pospandemia que alguna vez llegará, los duelos se parecen bastante a aquel viaje de Edipo huyendo a morir en el extranjero luego de arrancarse los ojos. Porque el mundo un poco se ha enceguecido y nos ha dejado sin lugar, sin lazo estable, sin saber qué hacer, como en cualquier duelo, donde casi nada es posible de hacer más que hacer nada y ponerse a mirar qué viene allí adelante donde ya no queda tanta bruma y donde nunca más seremos lo que fuimos o, al menos, aquello que creíamos ser.

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