Una olla popular y casi diez años de historia

Kranear compartió una jornada militante con los y las integrantes de la UB Néstor Vive, en Flores. El esquema de contención social durante la pandemia, la resistencia durante los cuatro años de Macri y la militancia política como elección de vida fueron algunos de los ejes del intercambio, mientras preparaban el guiso con la que asistirían a unas veinte personas y sus familias.

Por Mariano Abrevaya Dios. Fotos: La Cámpora Flores.

Son las 11.30 de la mañana y media docena de militantes acondicionan la unidad básica (UB) para encarar una nueva jornada de olla popular. Ya sanitizaron el piso, los elementos de cocina, la piletita empotrada en la pared. Ahora pican las verduras sobre un tablón, que en breve irán a parar, junto a las porciones de pata y muslo a las dos enormes ollas de aluminio que hierven a fuego lento. Trabajan en espacios muy reducidos, casi codo contra codo, porque el lugar es muy chico.

“Las ollas son los jueves y sábados. Sacamos entre treinta y cuarenta viandas por día. A partir de las 13.30, 13.45, los vecinos se empiezan a acomodar en la puerta, y a eso de las 14 les entregamos la comida en bandejas enfilmadas, aparte de pan y alguna fruta, si tenemos”, detalla Paloma Diciervo, una de las responsables políticas de la UB. Tiene 24 años, los ojos negros, vivaces, y un tapabocas verde de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

“Nos manejamos con grupos familiares”, suma Gonzalo Galasso, de 33, militante histórico de la UB, “les tomamos los nombres, el teléfono, para sumarlos a nuestras base de datos. Ahora bajó un poco la cantidad de gente que viene a comer, pero hace un par de meses atrás se armaba fila hasta la esquina”.

La charla se produce en la parte de atrás de la UB, un espacio de cuatro por dos en el que cabe solo una mesa y dos banquitos por lado, porque todo el resto del espacio está ocupado por una biblioteca colmada de libros, paquetes de alimentos y artículos de limpieza, bombos, impresoras, ropa, calzado y otros bártulos. Son casi diez años de historia los que se amontonan ahí, y no de una sino de dos unidades básicas.

“Varias organizaciones, a lo largo de la pandemia, abrieron merenderos o empezaron a ofrecer viandas, y aparte, algunas de las personas consiguieron trabajo o algún tipo de asistencia oficial y ya no necesitan venir dos veces por semana”, analiza Gonzalo en relación a la baja de la demanda de comida, mientras contesta mensajes de WhatsApp, va hasta la puerta, saluda un vecino que pasa por la calle (Varela al 200).

En muchas unidades básicas de La Cámpora, en la Ciudad de Buenos Aires, a partir de finales de 2016, se comenzó a realizar un trabajo de asistencia alimentaria para la gente que estaba siendo golpeada por las políticas económicas de Cambiemos. Se trató de un enorme desafío para la organización, que hasta aquel momento había crecido al calor de las conquistas de los gobiernos kirchneristas y que contaba, entre otras ventajas, con la posibilidad de articular con organismos del Estado para acercar el Estado al territorio. Con Macri se vino la noche, se sabe. En Flores hubo que poner el cuerpo para darle una mano a mucha gente.

 

En abril la UB cumple diez años de hiistoria.

En 2017, los y las integrantes de la Néstor Vive montaron un merendero debajo de la autopista, frente a la estación Varela de la línea E del subte. Al principio recibían personas en situación de calle, pero con el correr de los meses empezaron a aparecer, tímidamente, familias de sectores medios, del barrio, que necesitan un refuerzo de comida, algo de ropa. No faltaron ni un jueves, y en la mayoría de las jornadas contaron con la fuerza y el entusiasmo de un grupo de secundarios de la organización.

En un momento sumaron un ropero solidario, sostenido con donaciones de vecinos. También contaron con el aporte trabajo profesional de un par de trabajadores sociales, en articulación con la Mesa de Situación de Calle que la organización creó en el distrito.

“Ni bien estalló la pandemia, para no perder el vínculo con los vecinos y vecinas que se acercaban al merendero, lo que empezamos a hacer fue llevarles los bolsones de comida a sus casas, porque no sabíamos si podíamos abrir las básicas, o no. Después, hace ya un tiempo, empezamos a cocinar acá”, cuenta Paloma.

Aparte de las ollas de los jueves y sábados, los lunes empezaron a repartir bolsones de comida seca y verduras frescas. Es el día que más gente reciben. En los meses más duros del aislamiento social y preventivo, la cola se extendía hasta la esquina, unos cuarenta metros. La mercadería la provee la organización, por medio de la cartera nacional de Desarrollo Social, y cuando no alcanza, se pone del propio bolsillo.

En la vereda, también estrecha, otros dos jóvenes de la UB disponen un par de mesas de plástico y una hilera de sillas en dirección al sur. Gonzalo abastece de agua hirviendo, con una pava eléctrica, las dos ollas de aluminio. Luego revuelve el guiso con un cucharón y una nube de vapor humedece el cielo raso. Néstor y Cristina emergen por todos los costados, en forma de pintada, póster, bandera, pines, remeras. Un póster de Maradona gana el centro de la pared principal de la UB. En la otra hay una gigantografía de Flores, un mapa estratégico cuando hay que salir a barrer las calles, las manzanas, con un puerta a puerta, por ejemplo.

Paloma retoma la palabra: “Tanto en el ex merendero como acá, aparte de comida y ropa, repartimos artículos de limpieza, kits higiénicos, productos de gestión menstrual y también algunos elementos de bijouterí, porque las compañeras trans nos pedían peines, perfume, un anillo, una colita. Nos dimos cuenta que tenían una necesidad de sentirse lindas. Eso estuvo canalizado por las consejería de género, que depende de nuestro Frente de Mujeres de la organización”.

Paloma tiene 24 años y es una de las responsables de la UB.

¿Cuándo empezaste a militar?

“El primer día que me invitaron a una reunión de la UB fue un 16 de noviembre de 2012”, recuerda ella, mientas se prepara un cigarrillo armado. “Iba a tercer año del secundario y se estaba dando la discusión sobre el Voto Joven. Como tenía una docente que nos hacía reflexionar sobre el tema, me sentí interpelada. Mi familia no estaba muy politizada, pero también ahí se habló del tema. Después de esa reunión con los compañeros y compañeras, nunca más aflojé. Hasta que llegó el macrismo, fueron años hermosos”, suspira, nostálgica, pero aclara: “lo que siguió después también nos sirvió como militantes”.

La Néstor Vive está a tres cuadras de la Plaza de Flores, un hormiguero intransitable en horas pico, aún con pandemia, ya que allí confluyen el tren Sarmiento, la cabecera del subte A, San Pedrito, y todas las líneas de colectivo que van y vienen por Rivadavia. Ahí también está la iglesia San José. En el barrio hay dos hospitales públicos (Piñeyro y Álvarez), un cuartel de bomberos, varios colegios públicos y privados, una comisaría, una zona de bares y boliches y un largo corredor comercial. Muchos edificios pueblan la zona, ruidosa, con poca luz natural, y mucho menos, espacios verdes.

Flores forma parte de la Comuna 7 junto a Parque Chacabuco y el Bajo Flores.

De Rivadavia para el norte está la zona más acomodada del barrio. Para el lado sur, hasta la avenida Eva Perón, por el contrario, se extiende una zona de sectores medios y bajos. Y más al sur aún, está el Barrio Castex, el Fonavi, la zona del hospital Piñeyro. Allí es donde la militancia de la UB tiene su trabajo territorial más fuerte. Allí es también donde suele ganar el campo nacional y popular.

En 2019, el Frente de Todos logró meter tres comuneros y comuneras en la junta comunal local. Uno de ellos, Julián Cappa, es un militante del barrio, de La Cámpora. Aparte, otros dos compañeros dirigen las oficinas de Anses y Pami locales. Eso les permite agilizar las demandas que reciben en la UB para tramitar distintos tipos de urgencias. “Hicimos una muy buena elección”, apunta Gonzalo. “Sacamos un poquito más que Lammens en toda la Ciudad”, agrega (cerca del 34 por ciento, una cifra muy alta si se la compara con 2017, por ejemplo, cuando alianza Unidad Porteña superó los 20 puntos). La militancia de la UB tiene su propia muestra del batacazo que el campo nacional y popular encabezó en la elección porteña del año pasado.

“En el colegio más gorila del barrio, acá en la esquina, el Instituto Ana María Janer, donde fiscalizamos todas las elecciones, ganamos una mesa. La ganó Ramona, una compañera migrante, que vive acá hace veinte años, y que esa jornmada fiscalizó la mesa; después hicimos una celebración con ella, muy linda, histórica”, repasa Gonzalo, sin dejar de revisar y revolver las ollas.

Una de las primeras personas a las que le escribió Gonzalo, al saberse que habían ganado una mesa, fue a Laura Alonso, “la buena”, remarca, compañera de la organización y fundadora de la UB, ex diputada nacional, ex secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación y actual secretaria de Inclusión Social del Ministerio de Desarrollo Social. Se sabe: los primeros amores nunca se olvidan. En abril de 2021 la Néstor Vive cumplirá diez años.

Todos los fines de semana La Cámpora aprovecha el despliegue de ollas en la Ciudad para difundir un mensaje o consigna ligada a la coyuntura.

En un rato se reparte la comida. Afuera está todo listo (incluida la pizarra en la que hoy se despliega un afiche verde con el posicionamiento a favor del aborto legal, seguro y gratuito de parte de la organización). Ya hay dos hombres sentados sobre las sillas negras. Una unidad del 132 pasa por la puerta, mete un ruido infernal y arrastra papeles, una botella de plástico.

“Dejamos de ser kelpers en nuestro propio barrio”, retoma Gonzalo, y cuenta la historia de la otra UB que abrió en 2013 el grupo de compañeros y compañeras de la Néstor Vive. “Estaba en la rotonda de Virreyes, se llamaba Los soldados de Perón y en abril de 2016 la tuvimos que cerrar porque la inmobiliaria con la que alquilábamos el inmueble, que era enorme, no nos renovó el contrato. Nos lo comunicaron después del llamado a indagatoria de Bonadío a Cristina, en Comodoro Py. El dueño tiene miedo que les tiren una bomba, nos dijo la inmobiliaria. Nosotros le rogamos con los ojos llenos de lágrimas que nos renovasen. No hubo forma”.

La demonización que había lanzado el gobierno de Macri en alianza con los grandes medios de comunicación y la justicia federal con base en los tribunales de Comodoro Py, empezaba a generar efectos penales no solo la dirigencia kirchnerista, sino que también tenía efectos en el territorio, sobre las bases.

Hoy, con un gobierno popular otra vez en la Casa Rosada, aparte de hacerle frente a la pandemia, ern la UB hay espacios de Género, Juventud, Adultos Mayores y Formación, de los que participan los y las militantes de la casa, junto a adherentes y vecinos. Cuenta que “los orgánicos” son unos treinta compañeros y compañeras, y que aparte cuentan con el acompañamiento de unos cincuenta adherentes.

En la UB reparten entre cuarenta y cincuenta viandas en cada jornada de olla popular.

¿Qué expectativas tienen para el 2021?

Dice Paloma “Yo estoy muy cebada con el eje medio ambiente, pensando distintas iniciativas para abordar desde ese lugar, como armar una huerta urbana o armar talleres sobre separación de residuos. Nos falta un lugar físico, pero no es nada que no podamos generar o construir. Por supuesto también la vacuna y el espacio de género con el proyecto de la IVE ya sancionado”.

Gonzalo, por su parte, sigue pegado al período de resistencia al régimen de Cambiemos. Muestra una foto de la Peña de la Victoria que organizaron en el barrio en 2019, de cara a las elecciones de 2019, con el objetivo de sacar a Macri. Decenas de personas colman la imagen, todos con los dedos en V, entusiastas. Corrían días en los que en la Plaza Flores, ponían una decena de mesas, y no dos o tres, como hasta ese momento. Fueron días en los que se acercó mucha gente a participar de las actividades. “La presión por volver era mucho más fuerte que mantenerse en el poder. Fueron años muy difíciles pero también de mucha fuerza y articulación”, señala.

Puntea Gonzalo, vestido con remera, bermudas, zapatillas: “los lunes organizábamos charlas de género para las mujeres en situación de calle y situaciones de vulnerabilidad, los martes, los adultos mayores de la UB le daban una merienda a sus pares del barrio, los miércoles preparábamos todo para el merendero del jueves, el viernes formación política, el sábado distintas acciones en el barrio, y los domingos, en tiempo de campaña, también en la calle”. Recuerda el aporte que hacía un grupo de abogados populares que sostenían una mesa de asesoría jurídica gratuita (hasta la pandemia), y menciona un dato sustancial para su generación política: “teníamos una ventaja en comparación a los compañeros y compañeras de los 70:, y era que nuestra líder estaba a un viajecito en subte de distancia, en el Senado. Eso significaba una motivación única”.

“Soy hijo de la 125”, contó Gonzalo, motoquero y militante histórico de la UB.

¿Por qué y cuándo te sumaste a la militancia?

“Soy un hijo de la 125”, tira. “Yo estaba en la joda y al escuchar a Néstor que en sus discursos decía estos son los que nos duermen -por las patronales del agro-, fue como un despertar. Terminé el secundario, y en 2011, cuando ganó Cristina, me acerqué a la UB y me recibieron Laura Alonso y otro compañero, Lucho. Y ahí me metí en una vorágine que no terminó más, un cambio de vida”, detalla.

Adelante, los compañeros y compañeras ya están sirviendo guiso en las bandejas de plástico. Sobre una mesa tienen listo una bolsa de pan para sumar a la vianda. También hay cubiertos, servilletas. Afuera se juntó gente.

“La mejor manera que encontramos para enfrentar la brutalidad del gobierno de Macri fue con organización y militancia. Eso fue lo que nos salvó. Militábamos todo el sábado y seguíamos de largo para comer un asado o una pizzas porque era la manera que teníamos para hacerle frente a todo lo que pasaba”, plantea Gonzalo y cita el poema “Instrucciones para capear el mal tiempo”, de Alejandro Robino (adjudicado de manera errónea a Paco Urondo). “Nos guardamos, nos preparamos y de a poco salimos a comernos la cancha”, cierra.

Afuera, alrededor de una mesa de plástico, y mientras los militantes entregan las viandas, de a tres, cuatro o hasta cinco porciones, Mariano Medina, el otro responsable político de la UB, recién llegado, cuenta del operativo de timbreo contra el dengue:

“Flores es una de las zonas de la Ciudad más afectadas por la enfermedad. Fuimos unos quince compañeros, de varias organizaciones.. La recepción fue buena, los vecinos están preocupados y la idea no es meterles miedo sino concientización. Se trata de una tarea del gobierno porteño, que no están cumpliendo. La actividad nos sirve también para generar un contacto directo con la comunidad. Armamos una red, con unos cuarenta vecinos, cada uno de ellos referente de su manzana, para expandir y organizar la conciencia sobre este asunto”.

Con un cigarrillo en la mano, el gesto cansado de haber caminado mucho, el calor de un sábado cargado de humedad, Mariano remarca lo difícil que fue el año para la militancia: “siempre tuvimos trabajo social, pero en los últimos meses la demanda se nos multiplicó por cuatro. Muchos casos de gente que quedó en la lona, a que la de alguna manera pudimos ayudar por medio de la articulación con organismos oficiales, aparte de las ollas y la entrega de vianda, todo por medio de un esquema de contención que tenemos sistematizado en una base de datos. Fue un año de mucho remo, esfuerzo, de pensar cómo juntar guita para ayudar a la gente. Le metimos mucho, mucho“, dice, y pita su cigarro rubio.

Mariano es el otro responsable de la UB, Dedicó gran parte de la jornada en un operativo de concientización sobre el dengue.

Mariano llegó a Flores en 2013, luego de militar varios años en Comunarte, un espacio político de la comuna 5 que luego se sumaría a La Cámpora. Tiene 41 años y le gusta la política desde el secundario, en el Mariano Acosta. En los noventa formó parte de la resistencia, junto a los organismos de derechos humanos, el sindicato de lo motoqueros, Simeca. Después de la crisis del 2001, los cinco presidentes en una semana, los asesinatos de Kosteli y Santillán, en Avellaneda, legó Néstor.

Unos quince hombres y una mujer ya se retiraron con sus viandas, para ellos y sus familias. Con todos hubo saludos, intercambio de palabras (uno de ellos contó que había conseguido trabajo en una herrería, sobre la avenida Nazca), pedido de que se pongan los tapabocas, y antes y después de entregar la comida, limpieza permanente de manos con alcohol en gel.

Ahora es el turno de que almuercen los compañeros y compañeras. Son más de las tres de la tarde. Alguien compró un par de jugos. Durante unos minutos, solo se escucha el ruido ambiente, que por alguna razón desconocida, por un momento parece haber amainado, pero al rato nomás, las conversaciones vuelven a su curso normal, uno enciende un cigarrillo, otra de las chicas habla de la votación en el senado del proyecto de la IVE.

Antes de cerrar la jornada, con una nueva limpieza de pisos, ollas, cubiertos y otros elementos, todos y todas se disponen para una foto, en la puerta de la UB, con una bandera que lleva el nombre del merendero que sostuvieron durante una buena parte del gobierno de Cambiemos: Eva Perón.

La imagen del cierre de una nueva jornada militante, como hace ya casi diez años.

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