La sororidad como práctica política y militante

Ana Coca Cicchitti, responsable del Frente de Mujeres, Diversidades y Disidencias de La Cámpora Jujuy, propone una lúcida y sentida reflexión sobre el concepto de sororidad en la actualidad e indaga en los desafíos más urgentes que debe afrontar el feminismo para contrarrestar la violencia machista de la sociedad.

Por Ana Coca Cicchitti (*). Foto: Cámaras Disidentes – Lara Bulacios

La sororidad es un pacto político, social y emocional construido entre mujeres. Es saber, ante todo, que juntas somos más fuertes que por separado, que el empoderamiento solo es posible si creamos fuertes alianzas entre nosotras, tratándonos como hermanas y no como enemigas. Una relación fundamentada con la intención de generar cambio en nuestra sociedad, de manera colectiva. Siempre colectiva. Para ello la organización, lucha y la apropiación de las calles, del espacio público ha sido y es aún vital para armar la agenda social y política. Nuestra agenda.

Pero no se trata solo de generar lazos de amistad pues el concepto de sororidad es mucho más amplio. Se trata de construir una mentalidad trasformadora, de un compromiso social y político que no se limite solo a alzar un cartel en una manifestación.

La conquista actual implica re-pensar la sororidad como categoría política desde la necesidad de una construcción social colectiva que resista y luche contra los “PRIVILEGIOS POLÍTICOS PARTIDARIOS MASCULINOS, LA OBTENCIÓN EQUITATIVA DE LUGARES DE PODER Y LA REPRESENTACIÓN DE MAYORÍAS POR PARTE DE LAS MUJERES QUE DEDICAN SU VIDA A LA MILITANCIA POLÍTICA. Por lo tanto, no se trata de la anulación de las diferencias, (…) sino de la visibilización de la violencia machista; sabiendo que el género es lo que nos une.”¹

Es por ello que la sororidad es una revolución que va de dentro hacia fuera. Nuestra primera militancia feminista tiene que ser con nosotras mismxs, primero tomando conciencia de lo que una es, de lo que hace, de lo que merece y de cómo es tratada en esta sociedad patriarcal. En este punto es vital exigirnos procesos de auto-crítica constante ya que nosotras mismas podemos llevar a cabo conductas que lejos están de la sororidad y de feminismo.

En segundo lugar, esa conciencia tenemos que materializarla en militancia. Una militancia que logre interpelar a cada mujer que nos encontramos día a día, apoyándola y generando los mecanismos idóneos para contribuir a su empoderamiento. Esos mecanismos implican el tejido de redes con diversas organizaciones, organismos estatales y profesionales especializadas en la perspectiva de género. Es fundamental poder reconocer en este proceso, que quizás no tenemos todas las herramientas técnicas para dar respuestas eficientes… y lo cierto es que no tenemos porque… por ello la importancia de tejer estas redes sororas.

Este tejido nos conlleva a tomar conciencia de qué es lo que podemos aportar en cada situación, de nuestros alcances y limitaciones: acompañamiento, escucha, derivaciones y gestiones, entre otras… Pero siempre de una manera colectiva. Ni el feminismo ni la sororidad pretenden capitalizar la “ayuda” a una niña, joven, mujer o disidencia que está atravesando una situación de violencia o abuso.

Por último, esa hermandad pasará de lo emocional a lo social para impulsar la transformación de nuestra sociedad, porque lo personal es político. Y la política es la herramienta de transformación social, por ende puede concebirse a la sororidad como esta herramienta militante para lograr las transformaciones que el movimiento de mujeres y feminista pretende generar.

De esta forma, el feminismo propone que este concepto vaya más allá de la solidaridad. La sororidad tiene implícita la modificación de las relaciones entre mujeres y cómo esas nuevas formas de relacionarnos las plasmamos en acciones militantes concretas.

Ahora bien, ¿es posible la construcción e implementación de la sororidad entre mujeres y diversidades?

“Las relaciones de género entre varones, mujeres y disidencias están fundadas por una violencia estructural, social, cultural, política y económica. La sororidad es una forma de pactar con nuestro propio género, y “un pacto implica apoyarse mutuamente ante esta violencia estructural cotidiana”² que nos permitirá constituirnos en sujetas políticas capaces de producir nuevas alianzas y discursos a favor de una misma y por medio de la militancia, al ser una experiencia colectiva, a favor de muchas. A favor de todxs.

Alude entonces a un proceso de toma de conciencia individual y colectiva de las mujeres, que nos permita aumentar nuestra participación en la toma de decisiones, en el acceso al ejercicio de poder y a la capacidad de influir en el cambio social, tanto a nivel individual como colectivo.

¿Cómo?

Empatizando con las dificultades que debió y debe enfrentar cada una, sin juzgar, con paciencia y comprensión, porque todas las mujeres y diversidades manifestamos de una u otra forma en nuestra cotidianeidad, las consecuencias que el patriarcado nos dejó: en nuestros cuerpos, pensamientos, emociones y acciones. Porque en definitiva todas somos o fuimos víctimas de una o varias violencias machistas y en uno o múltiples espacios a la vez.

Estas consecuencias desencadenan en traumas, en niveles de inestabilidad emocional, en problemas psiquiátricos, problemas alimenticios, depresiones crónicas, dificultad de construir vínculos sanos, intentos de suicidio, entre otros que pocas veces o difícilmente son analizados desde la lógica feminista sorora y lastimosamente son analizados con la mirada patriarcal.

Por eso es fundamental la empatía a la hora de construir sororidad. Porque la sororidad es un proceso que se incorpora conceptualmente pero que debe ser materializado.

Por otra parte, para que existiese como algo efectivo, también tendría que acabarse con el individualismo, el egoísmo, la hipocresía como cuando se habla mal o se burla de otras pares y otras acciones violentas que lo único que hacen es evidenciar que somos reproductoras del sistema al cual cuestionamos.

En este sentido y citando a Dora Barrancos, “el narcisismo es el peor enemigo de la sororidad.”

Sin dudas es un proceso de deconstrucción complejo y que lleva tiempo, pues la matriz de tal sistema violento desigual y opresor como el patriarcal lo tenemos internalizado y naturalizado, pero también es fundamental romper con lógicas capitalistas y modelos neoliberales aliados al sistema patriarcal históricamente. Es decir, a través de ambos sistemas, se promueven estereotipos prefijados y se consigna a las mujeres en el seno doméstico con roles impuestos, siendo las primeras en sufrir las consecuencias de este tipo de políticas excluyentes pero que además promueven simbólicamente el individualismo y la competitividad por sobre la construcción colectiva.

En la vida cotidiana, socialmente, construir y unirse a las redes de sororidad implica generar un análisis de los problemas y consecuencias del sistema patriarcal enfrentando y desechando conscientemente los mecanismos aprendidos por el patriarcado. Implica comprender que la sororidad es “liberarse de lógicas, de creencias aprendidas y de las interpretaciones patriarcales aprendidas”, y ubicarse en un nuevo lugar: en aquel donde nacen las emociones promoviendo procesos empáticos y de inteligencia emocional.

Como sostiene Marcela Lagarde, feminista y antropóloga, “la alianza de las mujeres en el compromiso es tan importante como la lucha contra otros fenómenos de la opresión y por crear espacios en que las mujeres puedan desplegar nuevas posibilidades de vida”. En este contexto surge el concepto de sororidad, el cual se refiere a una nueva experiencia práctica intelectual y política entre mujeres que pretende materializarse en acciones específicas.

La palabra sororidad se deriva de la hermandad entre mujeres, el percibirse como iguales que pueden aliarse, compartir y, sobre todo, cambiar su realidad debido a que todas, de diversas maneras, hemos experimentado la opresión. Se refiere a la “amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo, para vivir la vida con un sentido profundamente libertario”, según palabras de Lagarde.

Asimismo, explica que la sororidad comprende la amistad entre quienes han sido creadas en el mundo patriarcal como enemigas, es decir las mujeres, y entendiendo como mundo patriarcal el dominio de lo masculino, de los hombres y de las instituciones que reproducen dicho orden. Agrega que la sororidad está basada en una relación de amistad, pues en las amigas las mujeres encontramos a una mujer de la cual aprendemos y a la que también podemos enseñar, es decir, a una persona a quien se acompaña y con quien se construye. Habla también de que en esta relación, unas son el espejo de las otras, lo que permite a las mujeres reconocerse “a través de la mirada y la escucha, de la crítica y el afecto, de la creación, de la experiencia” de otras mujeres. Por ello, afirma que en la sororidad se encuentra la posibilidad de eliminar la idea de enemistad histórica entre mujeres.

Pero tampoco seamos ingenuas, no debemos caer en el romanticismo de la sororidad, citando nuevamente a Dora Barranco, “ha resultado muy difícil tejer lazos de sororidad en el interior de los feminismos”.

Entonces el desafío es doble: que el concepto no lo limitemos a un uso masivo semántico, sino que podamos construir acciones consecuentes, problematizándolo, teniendo presente su historicidad, insertarlo en análisis estructurales más amplios y aplicarlos en hechos simples cotidianos, concretos y en nuestra militancia.

En segundo lugar, la transversalización del feminismo y sororidad en todas las estructuras societales, más aún en aquellas donde se disputa poder y en aquellos ámbitos que nos han sido negados históricamente. El desafío en este punto es entonces no solo con los varones patriarcales sino con aquellas mujeres que aún son cómplices de este sistema.

En resumidas cuentas, la sororidad se traduce en hermandad, confianza, fidelidad, apoyo, motivación e incentivo, es dar palabras de ánimo en momentos críticos o de extrema vulnerabilidad. Es el reconocimiento entre mujeres para construir un mundo diferente; es levantar a la compañera, visibilizarla, recordando que históricamente fuimos invisibilizadas. Visibilizarnos entre nosotras es un acto de amor que puede ejecutarse en todos los ámbitos y estructuras de la sociedad: políticas, partidarias, sociales, sindicales, entre otras, recordando siempre que todas somos diversas y diferentes.

En este sentido, la activista boliviana Julieta Paredes, en su libro “Hilando Fino desde el Feminismo Comunitario”, habla sobre la posibilidad de crear en comunidad y lograr la cooperación entre grupos de mujeres, mientras se respetan las diferencias individuales como una forma de visibilizar todos los tipos de mujeres con sus particularidades.

Pero teniendo siempre presente que lo que nos une es la lucha por una sociedad feminista, por ende una sociedad con justicia social.

 

¹ Mariana Olivetto. Sororidad como categoría política.

² Paula Lepe. ¿Es la sororidad una utopía?

 

(*) Responsable del Frente de Mujeres, Diversidades y Disidencias de La Cámpora Jujuy.

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