Un no lugar

Una profesional de la salud escribe una crónica en primera persona de su paso por River para darse la primera dosis de la SputnikV, luego de tener la fortuna de anotarse en una turnera que el gobierno porteño recién hizo pública para los mayores de 80 años, aunque el servicio se cayó un rato después.

Por Norma Kisel, psicoanalista.

Hoy es 18 de febrero, y gracias a que unos colegas me pasaron la información al teléfono, estoy en el club River Plate a punto de darme la primera dosis contra el Covid 19.

Nunca como hoy los colores rojo y blanco lucen tan luminosos, y nunca como hoy el estadio se impuso ante nosotros de una manera tan imponente. Se trata del club de los amores de muchos de mis amores de mi familia.

La institución me acoge junto a muchos otros que, encolumnados de manera obediente, comenzamos el viaje hacia el pinchazo que trae la tan esperada inmunidad.

Un clima de película de ciencia ficción se hace sentir al entrar al enorme recinto, que en tiempos prepandémicos es un moderno y amplio estadio de básquet.

En el centro del salón una cuadrilla de enfermeras vestidas con sus trajes de astronautas preparan las inyecciones, cada una parada dentro de su compartimento, esperando a los futuros vacunados.

También hay un numeroso grupo de hombres y mujeres del Ejército Argentino, que ordenan la circulación, te invitan a ubicarte en las sillas para esperar ser llamados. Sentirse cuidado por personal del Ejército Argentino es una experiencia muy especial. Claro, el ministro de Defensa, del gobierno popular, es Agustín Rossi.

En los laterales de la cancha, el personal administrativo chequea documentación, verifica turnos y luego del pinchazo, nos otorgará el carnet de vacunado, con fecha para la segunda dosis. Todos pertenecemos al personal de Salud, y entonces me encuentro con algunos colegas. Con el resto cruzamos miradas de complicidad.

Mientras esperaba mi turno, mi cabeza se transformó en un torbellino. Todo era muy real, y estábamos allí porque una pandemia atraviesa el planeta y en nuestro país perdimos 50.000 vidas, que no debemos olvidar.

Me acordé del encargado de mi edificio, Hector Espíndola, a quien conocía desde hace mas de treinta años y que hace unos meses murió de COVID; también de vecinos, conocidos, amigos de amigos, artistas queridos, me acordé de todas las noticias que leí, los seminarios a los que asistí, lo mucho que aprendí, me acorde de mi familia, que no deja de dar pelea cuidando, atendiendo, trabajando, enseñando, produciendo hermosas canciones, escribiendo novelas, poemas, militando ayudando a los que necesitan ser ayudados.

Me acordé de mis amigos a los que vi muy poco, me acordé de mi amigo Miguel al que no pude despedir en el cementerio. El miedo a morir, el miedo a enfermar, el miedo a no poder recuperar mi vida.

Las noches de insomnio, las cientos de series, los veinte libros que leí.

De tanto en tanto sacaba fotos con mi celular, para que atesorar un registro de un día tan importante.

La enfermera y la cronista se abrazaron en una V de esperanza.

Me acorde del Eternauta, el héroe colectivo, la batalla en la cancha de River, y también de algunas escenas del Elogio sobre la ceguera, del portugués Saramago. Me acordé de los exilios internos y externos.

Una atmósfera irreal o demasiado real se respiraba en ese gran espacio de vacunación. Un no lugar, éramos anónimos para los otros y al mismo tiempo todos estábamos para lo mismo, solos pero acompañados.

Hago una mención especial de la enfermera que me vacunó, con quien nos sacamos una foto con los dedos en V: la V de la Victoria, la de Nestor y de Cristina, la de Axel y la de Alberto.

La lucha continúa, los cuidado también. Apostemos siempre al amor y a la vida.

Ya pasó un día y ahora transcurre el cálido y ventoso viernes 19. Otra vez circulan rumores sobre una nueva inscripción para el personal de salud que todavía no pudo vacunarse. Arden las cadenas de WhatsApp. Es realmente penoso el modo con el que la Ciudad está organizando la inscripción para vacunarse. Recién hoy, anunciaron un registro para los mayores de ochenta años, y al rato tanto el sitio web como la línea 147, colapsaron. Es irresponsable y perverso someter a la gente a semejante estrés.

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1 Comentario en "Un no lugar"

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Irene
Lector

Un relato muy sentido y real, dentro de la cancha la esperanza, afuera la lucha por lograr ser parte de los que están adentro, la nación con su quilombo que lo libera al pelado botón de su propio quilombo. Y la vida continúa, para algunes ya con un poco menos de miedo, para otres con expectativas y para muchísimos observando desde afuera

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