Capitalismo y patriarcado

Las desigualdades de género constituyen un factor fundante del capitalismo. ¿Cuál es el estado de situación actual en cuanto a las múltiples y diversas desigualdades de género existentes en el ámbito económico y productivo? Cifras y definiciones.

Por Juan Manuel Roma

Desde el surgimiento de las ciencias sociales como disciplinas académicas en el siglo XIX, y hasta hace poco tiempo, las mujeres han sido excluidas de los espacios centrales de debate y la creación de teorías. La economía no está exenta. No es casualidad que los grandes clásicos que enseñan en las universidades sean todos hombres: Adam Smith, David Ricardo, Marx, Keynes, y un largo etcétera. Quizás es por esta razón que se ha dejado pasar durante tanto tiempo el factor fundamental (y fundante) que ocupan las desigualdades de género en el funcionamiento económico del capitalismo y su evolución en el tiempo.

Si bien el patriarcado puede existir sin capitalismo, la misma relación no se da de forma inversa. Desde el surgimiento del capitalismo como tal, el rol de las mujeres en las tareas de cuidado ha sido fundamental para posibilitar la reproducción de la mano de obra necesaria en los procesos productivos. A su vez, su carácter no remunerado ha facilitado una parte importante en la acumulación originaria de capital (en conjunto con los procesos de colonización). Si bien con la expansión del capitalismo las mujeres han podido introducirse en los mercados de trabajo (en parte gracias al contexto introducido por las dos guerras mundiales), su inserción también ha sido obstaculizada y sectorizada, manteniendo las profundas desigualdades de género en materia económica.

Gracias al impulso que tomó la agenda de género en diversas áreas, a partir de la fuerte movilización de los feminismos, hoy en día contamos con mucha más información que hace algunos años para analizar con datos la problemática.

Proponemos, entonces, un repaso del estado de situación actual (*).

La división sexual del trabajo impone una desigual carga horaria en las tareas de cuidado según el género. Según recientes estimaciones, las mujeres dedican en promedio 41 horas semanales a este tipo de tareas, a la vez que los hombres 24,5. Esto impacta fuertemente en la cantidad de horas que las mujeres pueden destinar a trabajos remunerados: mientras los hombres destinan en promedio casi 43hs semanales al trabajo remunerado, las mujeres destinan 33,1 horas.

Las desigualdades de género, en cifras.

A su vez esto desincentiva en muchos casos la inserción laboral de las mujeres, o al menos la dificulta. Si analizamos la tasa de actividad observamos que mientras el 58% de los hombres en edad de trabajar se encuentra actualmente ocupado o buscando un empleo, tan solo el 41,2% de las mujeres se encuentra en esta situación.

Partiendo de esta base, no es de extrañar que exista una brecha de ingresos entre hombres y mujeres de más del 20% (agravándose en trabajadores informales, donde la brecha asciende a 33,5%). Este cuadro se agrava si consideramos que el 25,4% de las mujeres se encuentra en esta situación, frente a un 22,6% en el caso de los hombres. Esto se vincula fuertemente con la “segregación horizontal”, es decir, una sobre representación de las mujeres en actividades vinculadas con tareas de cuidado y reproducción (trabajo doméstico, educación, salud), con mayor incidencia de trabajo informal, mientras que en las actividades con mayor formalidad se encuentran sub representadas.

Otra característica de la desigualdad en las tareas de cuidado es la dificultad extra que implica en el desarrollo profesional de las mujeres frente a los hombres. Un dato que refleja esta situación es que solo el 4,6% de las mujeres empleadas alcanza cargos jerárquicos, frente a un 7,7% de los hombres empleados que si lo alcanza. A este fenómeno se lo conoce como “techo de cristal”.

Por último, de las personas que accedieron a jubilaciones por medio de moratorias (debido a no contar con los aportes por no haber trabajado o haber trabajado en la informalidad), el 73% son mujeres. A su vez, sólo un 10,7% de las mujeres de entre 55 y 59 años cuentan con los aportes necesarios que le permitirían acceder a una jubilación sin moratoria de por medio. Otra política pública del Estado que nos permite tomar dimensión de esta situación es que el 96% de quienes perciben Asignación Universal por Hijo (AUH) son mujeres.

Todo lo detallado hasta ahora desemboca en lo que se conoce como “feminización de la pobreza”, es decir, que dentro de la población más pobre predominan mujeres, mientras que en los sectores más altos hay una mayor preponderancia de hombres. Así, mientras en el decil más pobre de la población las mujeres representan un 60% de dicha población frente a un 40% los hombres, en el decil de mayores recursos los hombres representan un 64% frente a las mujeres un 36%.

La feminización de la pobreza son evidentes al repasar los números.

(*) Los datos informados fueron obtenidos de “Moure, J.; Serpa, D.; Shokida, N “La desigualdad de género se puede medir. 2do trimestre 2020”. Economía Femini(s)ta. Recuperado de acá, salvo los vinculados a horas destinadas a trabajo remunerado y no remunerado según el género, obtenidos de “Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo” EPH – INDEC; 3er trimestre 2013.

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