Un detective suelto en el geriátrico

Desde hace más de un mes se puede ver en Netflix El Agente Topo, una notable y controversial película chilena que indaga sobre la vida en un hogar de ancianos. Dirigida por Maite Alberdi, competirá en el rubro Mejor largometraje documental en la próxima edición de los Oscar.

Por Franco Alinovi

La reciente confirmación de El Agente Topo como uno de los cinco documentales que pelearán por ser el mejor de la categoría en los próximos premios Oscar, es, desde el vamos, motivo de celebración. Acostumbrados a ver cómo la Academia de Cine de Hollywood ignora sistemáticamente los films audaces, mucho más si son latinoamericanos, sentimos que en esta oportunidad la nominación tiene aroma a justicia. En tiempos de pobreza creativa, el documental El Agente Topo, de la chilena Maite Alberdi, ostenta una originalidad conmovedora.

Todo comenzó con un aviso clasificado en el diario trasandino El Mercurio: “Se necesita adulto mayor hombre: jubilado entre 80 a 90 años. Autovalente, de buena salud, discreto y con manejo de la tecnología”, rezaba el anuncio. Días después, varias personas de edad avanzada responden a la búsqueda y se presentan en la oficina de un detective privado. La primera escena del documental nos muestra algunos fragmentos de las entrevistas realizadas a los postulantes, que a fuerza del misterio que envuelve a la convocatoria y la impericia tecnológica de los interesados, resultan verdaderamente desopilantes.

Ya en esa instancia inicial, el desconcierto juega a dos puntas; mientras en la pantalla los entrevistados se esfuerzan por entender de qué se trata el trabajo, del otro lado, los espectadores empezamos a dudar si lo que vemos forma parte de una ficción o de la realidad. A medida que el film avance, ambas disyuntivas se irán disipando, aunque con profundos y cuestionables matices. Enseguida volveremos sobre este punto.

Tras la maratón de entrevistas, el detective privado encuentra a su hombre; se llama Sergio Chamy, es viudo y tiene 83 años. Y sin dilaciones, le explica su misión: infiltrarse en una residencia geriátrica para averiguar cómo el personal del establecimiento trata a la madre de una clienta del investigador. Chamy llega al hogar y simula ser un residente más. Va de aquí para allá sin respiro, habla con varias mujeres que viven ahí hace años, recolecta información y envía reportes a su jefe. Sin embargo, mientras lo vemos lidiar con las tareas propias de un topo, surgen algunos interrogantes: ¿Cuánto sabe realmente Chamy de esta historia? ¿Las autoridades y el personal del geriátrico están al tanto de los propósitos testimoniales de la realizadora? Llegado el caso, ¿deberían estarlo? ¿Resulta honesto filmar a los y las residentes interactuando con alguien que simula ser su par?

Sin entrar a revelar detalles decisivos de la historia, digamos que en El Agente Topo nada parece estar librado al azar. Y si por momentos sí parece estarlo, es por obra y gracia de Alberdi, quien astutamente optó por un camino narrativo que desafía los límites entre la ficción y la realidad. Aquí es válido aclarar que la realizadora chilena obtuvo el consentimiento de las autoridades, el personal y los residentes del geriátrico (en algunos casos, a través de sus tutores legales) para ser filmados. Por lo tanto, queda claro que la controversia no está ahí. En cambio, sí advertimos que es la misma puja entre lo que parece real y lo que no, la que termina sembrando dudemos sobre la ética del documental. ¿Es posible hacer un documental como El Agente Topo sin esconderles algunas verdades a sus protagonistas? Otra pregunta que tal vez no tenga respuesta.

En este sentido, de lo que no hay dudas es de la suerte que corre el espectador; escena tras escena, los intrigantes (y a veces humorísticos) acontecimientos terminan por cautivarlo. Esta fascinación por lo que cuenta Alberdi alcanza su punto máximo en la última media hora del documental. Porque más allá de sus métodos, ahí siente que El Agente Topo destila una abrumadora humanidad.

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