Elecciones en Perú, un momento para pensar

El resultado de la segunda vuelta de las elecciones en Perú, el próximo 6 de junio, será fundamental para el tablero geopolítico de Nuestra América. Qué pasó en la primera vuela, a qué sectores y qué ideas representan el indígena Castillo y la hija del ex presidente Fujimori. Los desafíos del progresismo local ante una elección clave.

Por Emmanuel bonforti

Un lector desinformado se llenaría de asombro al ver los resultados de la primera vuelta de las elecciones en Perú. Al concluir el conteo el candidato con mayor cantidad de votos era Pedro Castillo (Perú Libre) con 19%, seguido por Keiko Fujimori 13%, (Fuerza Popular) y de esta manera, ambos accedían al balotaje a celebrarse el próximo 6 de junio. La paridad resultó tan extrema que la candidata sexta en cantidad de votos alcanzaba el 7.86%.

¿De dónde venimos?
Al liberalismo las explicaciones históricas suelen resultarles alérgicas. Sin embargo, una lectura liberal políticamente correcta desde un enfoque basado en la construcción de ciudadanía formal no dejaría de mencionar los resultados electorales a partir de la historia reciente del Perú. Así un politólogo de alguna consultora metropolitana indicaría que Perú atraviesa una crisis de partidos y de representación. Algo de esto debe ser cierto, el partido de Castillo fue fundado en 2007, y el de Keiko Fujimori en 2010.

Siguiendo con un análisis políticamente correcto, durante los últimos años existe una crisis en torno a la figura presidencial. En 2016 Pedro Kuczynski accede a la presidencia y tiempo después debió abandonar la primera magistratura luego de una supuesta acusación de corrupción que lo vinculaba al caso Odebrecht. Kuczynski fue reemplazado por Martín Vizcarra que en 2019 decidió disolver el parlamento y en 2020 en nuevo parlamento lo destituye, asumiendo Manuel Merino que luego debe abandonar la presidencia en cinco días, asumiendo finalmente Francisco Sagastti.

En este marco un politólogo metropolitano indicaría que la desconfianza en las instituciones y la inestabilidad política generarían las condiciones para el ascenso de un populismo criollo.

Keiko es Fujimori
Alguna vez Néstor Kirchner lanzó una frase de esas que quedan en la historia: “Mauricio es Macri”, para hacer referencia al desfalco de la familia Macri en el caso del Correo Argentino. En lo que refiere Keiko, sus apariciones confirma la tradición política de su apellido. Con experiencias en segundas vueltas, se posiciona desde una cosmovisión de derecha que rechaza la intervención del Estado en la economía, acusando a su oponente Pedro Castillo como la expresión del estatismo y el marxismo. Fujimori aspira a la construcción de un clivaje de opuestos marcados, y bajo el amparo de un aparato mediático conservador y ajeno a ideas progresistas, gobernar desde la costa y para la costa. Desde una cosmovisión liberal, Fujimori manifiesta su respeto por la democracia y la libertad, expresiones que llevaron a despertar el interés del escritor Mario Vargas Llosa en la candidatura de Keiko.

La candidata por Fuerza Popular considera que el 80% del electorado no votó por Castillo, lectura que es tan cierta como que el 87% del electorado no voto por su partido. Atravesada por una dialéctica anclada en el tiempo y que hubiera expresado el sentir de los defensores de la Doctrina de Seguridad Nacional, Fujimori vincula la figura de Castillo al comunismo, ideología que considera como un peligro para la nacionalidad peruana, su discurso aparece aggiornado cuando menciona que las consecuencias del comunismo es la realidad venezolana, y sostener incluso que “Chávez y Maduro son un cáncer que hizo metástasis y que está matando a los venezolanos. Nosotros no queremos que el Perú se convierta en Venezuela”.

Castillo, un hecho maldito para la caja de herramientas teóricas del progresismo
Pedro Castillo nace en el distrito de Tacabamba región norte y serrana en 1969, el año en que el presidente patriota Velasco Alvarado oficializaba la reforma agraria en el Perú. Comparte profesión docente con su compañera Lilia Paredes, con quien tuvo tres hijos. Algunos periodistas que empezaron a interesarse por Castillo lo consideran apegado a tradiciones religiosas, con vínculo comunitario con los vecinos. Asimismo, tiene la particularidad de ser un político herético en sus interpretaciones y posicionamientos. A diferencia de otros dirigentes del arco progresista de países andinos no hará referencia a la filosofía del Buen Vivir o la descolonialidad, sino que su registro político pasa por la experiencia vinculada con una austeridad que le otorga un manto ético a su construcción política.

Conocedor que una de las preocupaciones más importantes del pueblo peruano es la corrupción, considera que un Estado fuerte es la única posibilidad de solucionar tal problema. En ese sentido, manifestó revisar los contratos de las privatizaciones de bienes, servicios y empresas, un nicho que generó históricamente suspicacias de corrupción desde la época de Alberto Fujimori.

Castillo propone una agenda de renegociación de contratos y concesiones, pero lo que llamó más la atención es su convocatoria a renacionalizar empresas que manejan núcleos centrales del aparato económico peruano, en paralelo propuso la creación de empresas públicas vinculadas a la producción económica con perfil nacional. En su concepción ética de la política sostuvo que va renunciar a su salario en el caso de que resulte electo presidente ya que mantendrá su sueldo docente.

Sin embargo, el candidato por Perú Libre no goza de toda la simpatía del arco progresista regional. Sus declaraciones en relación al matrimonio igualitario y política de género derivaron en que algunos miembros del arco político local lo igualen con Keiko Fujimori, situación que si uno la proyectara al escenario electoral de segunda vuelta despierta dudas en relación a un eventual apoyo del resto de las fuerzas progresistas a la candidatura de Castillo.

Para crear una nueva alianza plebeya primero hay que comprenderla
El resultado de la segunda vuelta de las elecciones en Perú se torna fundamental para el tablero geopolítico de Nuestra América. En ese sentido y producto de los últimos procesos electorales en el continente la experiencia indica que no hay que confiarse en las encuestas y en los climas triunfalistas. Comprender los procesos de forma situada y no subestimar el poder mediático y judicial del adversario.

El caso peruano también nos remite a reflexionar sobre la complejidad de las fuerzas que integran la alianza plebeya y más aún, al ser un caso donde una variable a tener en cuenta es la cuestión del indigenismo. En primer lugar, aconsejamos abandonar los ropajes teóricos eurocéntricos, pero también el indigenismo abstracto, ambas forman parte de ceguera intelectual que durante año imposibilitó una verdadera compresión de la América mestiza.

Los éxitos populares en política latinoamericana implicaron un permanente grado de creación y reacomodamiento a situaciones que no siempre son las deseadas por las estructuras puras del pensamiento teórico. El filósofo Leopoldo Zea consideraba que América fue pensada e imaginada por otros, y que los procesos de descolonización significaron momentos en que el continente se comenzó a pensar por sí mismo.

La historia del Perú implicó la tensión entre la costa y la sierra, ésta última fue caracterizada por Rodolfo Kusch como el espacio donde se desarrolla el estar, el hombre frente a la naturaleza, su compromiso con el aquí y el ahora, la incapacidad por apropiarse de las cosas ante el asombro de los hechos. La cultura de la costa para el mismo Kusch se caracterizó por desarrollarse en la paradoja del ser, en el exceso de las formas, la búsqueda permanente de estímulos exteriores en la forma de objetos.

Hay momentos en que el progresismo se confunde por acción u omisión con el liberalismo, y decisiones urgentes que ameritan la resolución tareas nacionales como en el caso del Perú pueden ser criticadas sobre las formas, que nadie duda que en un contexto ideal y con tareas resueltas se deberían tener en cuenta.

El arco progresista se encuentra en una paradoja con la emergencia de Castillo en el tablero político peruano, la tendencia de este espacio del arco político a priorizar derechos individuales sobre la lógica comunitaria lo puede llevar a un callejón sin salida en términos ideológicos, y en ese caso un atisbo de duda en relación a la candidatura de Castillo implicaría un daño colateral no solamente para Perú, sino para toda Nuestra América.

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