A darlo todo como hicieron ellos

El grupo fundador de La Cámpora Montserrat comenzó a militar en el barrio en 2010. En 2018 sacaron a la calle una olla popular, una definición política que sostienen desde el comienzo de la pandemia y a pesar de haber perdido dos compañeros por el Covid19. Crónica de una jornada de olla popular y asistencia integral, no solo alimentaria.

Por Mariano Abrevaya Dios

“En promedio preparamos unas cien raciones por jueves, abundantes, con pan y postre, si es posible”, cuenta Leo, militante de la Unidad Básica (UB) ‘La fuerza de un pueblo’, mientras revuelve con un cucharón la cebolla y el morrón que se rehaogan en una olla de aluminio de cien litros.

“El mechero es clave, de una, sin esto no podríamos preparar la olla”, apunta Cristian, compañero que se sumó hace poco a la militancia de la UB, mientras corta papa y zanahoria, de pie, frente a una mesita.

Ambos arribaron al Centro de Jubilados Siempre Juntos, en Tacuarí 745, a las 16.30. Ahora son las 17.15 y el guiso ya está encaminado. En un rato comenzará a armarse en la vereda una fila de vecinos y vecinas que viven en Montserrat, en la Comuna 1, un barrio de veredas estrechas, casas antiguas con techos altos, comercios a la calle y mucho hotel, inquilinato y conventillo.

La olla se realiza los jueves, y para garantizarla, por la pandemia, la militancia de la UB se divide en dos burbujas. Una semana media docena de compañeros y la siguiente, otra. Con ese esquema vienen trabajando hace meses, con todas las complicaciones que impone la peste y los cuidados sanitarios. A la gran mayoría de los vecinos ya los conocen. Tienen una relación que excede lo alimentario.

“A partir de la olla lo que nosotros hacemos es un abordaje transversal e integral, les fuimos facilitando el acceso a los servicios de Anses, Pami, Acceso a la Justicia, y también, dentro de nuestras posibilidades, algo de Ciudad, en especial subsidios habitacionales”, apunta Rubén Caram, responsable político de la UB.

¿Se nota la ausencia de políticas públicas locales?

“Totalmente. Acá el problema más grande es el habitacional, pero también el alimentario. Del gobierno porteño no bajan nada”.

¿Cuántas personas están recibiendo por jueves?

“Unas cuarenta. Se llevan la olla en porciones abundantes que se les sirve en un taper. Aparte, una vez por mes entregamos un bolsón de comida con artículos de la canasta básica, que significa comida para diez días”.

Llega otra compañera, saluda con el puño y enseguida se pone a armar una especie de mostrador, con un par de mesas, donde se recibirá a los vecinos y vecinas para servirles la comida. Será también quién le vaya tomando los datos personales a medida que ingresen al salón.

La comida para abastecer las ollas y los bolsones tiene tres orígenes. El principal proviene de la propia organización, pero también reciben donaciones de una red de vecinos y comerciantes, y por último, de parte de un grupo de adherentes.

“Ayer por ejemplo, estábamos cerrando la UB, se frena una piba y nos dice ustedes hacen una olla, ¿no? Sí, le decimos. Denme dos minutos, por favor, dice. Vuelve y nos entrega un bulto con ocho paquetes de fideos codito”, cuenta Rubén. “Saben que lo que le donen a nuestra organización, llega a donde tiene que llegar”.

Para repartir la olla a las 18 horas, los y las compañeras de la UB se juntan a las 16.30.

Historia de la olla

Los y las compañeras de ‘La fuerza de un pueblo’ comenzaron a organizar una olla popular en 2018, cuando el programa económico de Cambiemos lastimaba fuerte. Hacía poco habían tenido que desprenderse de la UB de Tacuarí 725 por no poder pagar el alquiler. Durante todo el año  organizaron una olla en la plazoleta Castelao, en Independencia y Bernardo de Yrigoyen.

“En la plaza le dábamos un plato de comida a gente que nunca había ido a una olla, aparte de muchos en situación de calle. Fue muy duro. Para nosotros también fue la primera vez, luego de la Década Ganada. Como organización política, nuestro objetivo es otro, pero si el pueblo la está pasando mal, nuestra obligación es estar junto a ellos, darles una mano, como todo el resto de los compañeros y compañeras de CABA”, sostiene Rubén, quien aparte de ser responsable de la UB es el jefe de la UDAI (oficina de Anses) en Montserrat.

La olla se sostuvo durante los primeros tres meses del 2020 y luego llegó la pandemia. Al estar prohibida la circulación, lo que hacían los militantes era cocinar en sus casas y juntar las ollas humeantes en la UB, para luego repartir las raciones a pie, o en un coche. Así fueron generando un vínculo con las familias.

“Hoy por ejemplo sabemos qué vecino necesita qué talle de camisa o zapatilla”, suma Jorge un compañero histórico de la UB.

Leo y Cristian echan a la olla el puré de tomate de un latón de veinte litros, las verduras y los trozos de pollo. También disponen unos tapers y cubiertos de plástico sobre el mostrador. Una pila de barbijos descartables. Alcohol en gel. Afuera ya hay gente.

¿Cuál es la problemática principal de los vecinos y vecinas del barrio?

“Sin dudas, la falta de acceso a una vivienda digna. Esta es una zona olvidada, entre Casa Rosada y San Telmo, con gente indocumentada y con muchas dificultades para acceder a las políticas públicas, en especial, un subsidio habitacional de la Ciudad”, cuenta Rubén.

¿Articulan el trabajo militante con otras organizaciones del Frente de Todos?

“Sí, aparte de nuestra olla, los jueves, hay una olla de Peronismo Militante, otra de Buenos Aires 3D, la agrupación de Delfina Rossi, y una última que organizan compañeros y compañeras de El Galeano, que están dentro de la agrupación El Hormiguero. Estamos articulados entre todos, y de esa manera los vecinos tienen una ración de comida garantizada por lo menos cuatro días de la semana”, detalla Rubén.

Las agrupaciones vienen trabajando en conjunto desde que Alberto y Cristina asumieron el gobierno. Conforman una red de contención. El 25 de Mayo del 2020 organizaron un locro para cien personas, también hicieron una jornada de entrega de frazadas y ropa, y a fin de año armaron una jornada de merienda y ropero solidario. También son las organizaciones quienes acompañan en el barrio los operativos de Renaper (documentos) y Migraciones.

Los primeros militantes de La Cámpora Montserrat comenzaron a militar el barrio en 2010.

La historia de la UB

Fue en septiembre de 2010 que La Cámpora inauguró su sede central en Piedras 610, Montserrat. En aquel local de dos pisos no solo se centralizaba la logística de la organización, sino que también se realizaban reuniones, actos y encuentros de formación política. Pablo Bermudez, responsable de la sede, comenzó a hacer trabajo territorial en el barrio junto a un grupo de compañeros y compañeras. Ese sería el grupo fundador de la UB ‘La fuerza de un pueblo’.

Jorge es uno de esos compañeros, y ahora va y viene por el salón del centro de jubilados, ultimando los preparativos para servir la olla. Afuera, la cola de vecinos y vecinas ya se extiende unos veinte metros. Salvo un par, todos traen su bolsita con el taper.

La sede central se cerró a finales de 2015. Pocos meses después, los compañeros y compañeras inauguraron su propia UB. Un local amplio, con un entrepiso, que alquilaban junto a un grupo de militancia que encabezaba  la ex legisladora porteña y compañera Gabriela Alegre. En 2019, el grupo se fracturó por diferencias internas. Unos se fueron a militar a San Nicolás, a pocas cuadras, y el resto se quedó en Montserrat. En octubre de ese mismo año, inaugurarían una nueva UB, en Tacuarí 494, en la que hoy centralizan su trabajo territorial.

El evento se realizó la noche primaveral del 5 de octubre de 2019. Hubo música, choripanes, discursos y muchos compañeros y compañeras de varias comunas, aparte de un buen número de vecinos y vecinas del barrio. El Frente de Todos ya había ganado las PASO y el clima de expectativa y euforia se palpaba en cada abrazo y emoción compartida, luego de cuatro años de mucha angustia e impotencia.

“Alquilamos el garage de la esquina porque sabíamos que vendría mucha gente. Fue una noche muy emotiva, muy peronista, por sabernos fuertes ante la adversidad y derrotar a un monstruo”, recuerda Rubén.

Son unos veinticinco compañeros y compañeras las que sostienen el trabajo territorial de UB. “La virtualidad nos quita algo de volumen militante porque tenemos varios compañeros y compañeras adultas mayores”, apunta Jorge.

Jorge se sumó a la militancia durante el primer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. Algo había quedado rebotando en su cabeza, en su cuerpo, luego del conflicto por Resolución 125, quizá por haber crecido en Cañuelas, provincia de Buenos Aires, y haber tenido más roce con la actividad agropecuaria. “Me puso loco el derrame de la leche y también ver que se debilitaba el gobierno de Cristina”, cuenta ahora. Entonces dio el paso, respondió por correo una convocatoria que invitaba a sumarse a la organización, tuvo una reunión en la sede de Piedras, y ahí nomás empezó a militar. Nunca paró. Hoy es el responsable de organización de la UB y uno de los pilares del trabajo que realiza el grupo de militantes. Vive en el barrio.

Llega otra compañera, Cristina, saluda y enseguida se va para la calle. Será la encargada de recibir a los vecinos y vecinas en la vereda, y  habilitarles el ingreso luego de rociarles las manos con alcohol.

Con la olla, por semana, entregan unas cien raciones de comida caliente.

Dos mazazos

En los últimos seis meses, los militantes de la UB perdieron a dos compañeros, en ambos casos, por el Covid. Oscar ‘Mono’ Escalante, un viejo militante y luchador de los 70, representante de esa generación política que volvió a militar la causa nacional con los gobiernos de Néstor y Cristina, e Iván, un muchacho que trabajaba en el gobierno porteño y que había empezado a militar hacía poco tiempo atrás.

“Eran dos compañeros muy importantes para la dinámica del grupo. Hay ausencias que se notan más que otras. Para nosotros el Mono era un faro. Lo decimos siempre entre nosotros: tenemos que aspirar a ser como él. A donde iba, recibía un reconocimiento por su entrega y militancia a favor del proyecto nacional. Hicimos una banderón que dice ‘Tu militancia, nuestra bandera’”, cuenta Rubén.

Los y las compañeras de la UB ya dijeron rebautizar su casa política como Mono Escalante, una de las maneras que encontraron para mantenerlo vivo.

Iván se llamaba el otro pibe. Se había sumado al trabajo de la UB en octubre del 2019, luego de la inauguración. Trabajaba en el programa BAP (Buenos Aires Presente) del Gobierno de la Ciudad, con el que se asiste a personas en situación de calle. “Se sensibilizó mucho con los efectos que produjeron las políticas económicas del macrismo a nivel nacional, la malaria que veía en la calle. Yo lo conocía hace mucho años –era su cuñado- y nunca le había molestado tanto la desigualdad”, cuenta Rubén.

Iván se hizo cargo de la logística y preparación de la olla. En el BAP trabajaba los fines de semana, de noche, y en la semana seguía de cerca los casos para que organismo emitiese el informe social que se requiere para que las personas accediesen a subsidio habitacional.  O les llevaba pañales, leche, comida. Arrastraba un problema respiratorio, y se lo llevó el Covid, pero para su corazón debe haber sido difícil soportar tanta entrega en poco tiempo.

“Fueron dos mazazos”, grafica Rubén. “Pensando en lo que sigue, si ellos dieron todo, nosotros también. Ese es el legado”.

La olla la preparan en el Centro de Jubilados Siempre Juntos, a dos cuadras de la UB.

Leo y Cristian ya reciben al primer vecino, un hombre de pelo gris y camperón verde, que solicita dos porciones de guiso. En la puerta, Cristina, quien aparte es responsable de Comunicación de la UB, conversa con una señora que tiene recogido el pelo con un pañuelo. Ingresa, saluda, pide tres porciones. Los muchachos le sirven la comida. Le ofrecen pan -acaba de llegar- y flan -que preparó una vecina-. Antes de irse, la señora le pasa sus datos a la compañera que anota todo en una agenda.

En quince minutos, y con una efectividad notable, el grupo de compañeros y compañeras termina de atender a las veintipico de personas que se acercaron al centro de jubilados para llevarse un plato de comida. Ahora conversan animados en el salón, Cristina chequea si viene algún rezagado. En pocos minutos se pondrán a desarmar la olla y a limpiar todo.

A un costado, los dos Rubén, el responsable de la UB, y el dueño del centro de jubilados, también militante del proyecto nacional, que viene arrastrando serias dificultades para sobrevivir a la pandemia, hacen una pausa en su conversación para sonreír con emoción frente a la pantalla del celular del primero: una vecina que suele acercarse a la olla, le acaba de enviar la foto de su libreta de vacunación; le dieron la Sputnik V.

Kraneá tu comentario

Comentá primero

avatar
wpDiscuz