Hay que resistir y tu cuerpo lo sabe

Tres psicólogas abren una serie de interrogantes sobre la construcción de los cuerpos y sus vínculos con los feminismos y la salud, partiendo de la base de que un cuerpo está atravesado por estereotipos, cargas sociales y normas, y en el que se puede percibir las marcas de opresiones y obediencias, pero también de rebeliones y resistencias tanto a la la normalidad como a la moralidad, a veces devenidas en políticas del orgullo.

Texto: Ana Hasson, Jesica Kamer y Carola Tache (*). Tatuadora: Sonia Martínez.

“La Iglesia dice: El cuerpo es una culpa.
La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta”.
Eduardo Galeano

¿Cómo entendemos al cuerpo? ¿Es posible delimitar las exigencias sociales de una necesidad propia del cuerpo? ¿Qué sería un cuerpo saludable? ¿Cómo podemos pensar la soberanía de un cuerpo? ¿Podemos hacerlo sin referenciar al cuerpo con otro cuerpo?

Un tema que nos ocupó durante la pandemia es cómo fuimos transitando los cuerpos. Muches preocupades por los kilos en aumento, otres por los kilos en menos. Pudimos sentir lo que vive un cuerpo “aislado” con el mismo tiempo disponible pero con un espacio reducido, con el cuerpo adentro. Aún cuando no están los cuerpos en presencialidad, necesitamos de otres para vivir, para sobrevivir. Necesitamos el cuerpo a cuerpo, el afuera.

Si buscamos la definición de la palabra nos encontramos con: “Conjunto de las partes que forman un ser vivo”, o “La palabra cuerpo es de origen latín corpus refiriéndose a la figura que está formada por cabeza, tronco y extremidades”. Según ésta última definición, el cuerpo no sería mucho más que la sumatoria de sus partes, o en todo caso un conjunto pero dado de antemano.

Un cuerpo está atravesado por estereotipos, cargas sociales y normas. No hay un cuerpo, hay cuerpos. Hay diversidad de formas, sentires y maneras de habitarlo. Desde un lugar terapéutico le damos la bienvenida a la incomodidad para acompañar la construcción de un cuerpo en el cual las personas se sientan cómodas, porque tenemos sólo un cuerpo que nos acompaña toda la vida.

Habitar los feminismos implica entre otras cosas ir atravesando diversas preguntas en relación al cuerpo, al “propio”, al de les otres, al cuerpo colectivo. Las narrativas normativas que circulan aún antes de que alguien nace es que hay cuerpos que importan y otros que pueden ser tomados como objetos; hay cuerpos capaces y otros incapaces; hay cuerpos productivos y otros improductivos; cuerpos sanos y enfermos; cuerpos que se ajustan a los cánones de belleza y otros que son monstruosos. Todas estas categorías se cruzan, se cruzan los cuerpos y las subjetividades que los habitan.

Nosotras entendemos que el cuerpo es una construcción en permanente movimiento y se va haciendo en cada gesto, en cada acción. En cada afectación del cuerpo, hay otro cuerpo.

Nos encontramos en el consultorio con mujeres, que si bien responden a “la categoría habilitada” (por ejemplo mujeres cis, blancas, altas, delgadas, etc) tampoco se sienten “cómodas” ya que son ubicadas como objeto de deseo (del deseo sexual, erótico de los varones cis).

De un tiempo a esta parte se vienen realizando toda una serie de transformaciones en los discursos con respecto al cuerpo. Frente a las presiones de los estereotipos los feminismos llaman a “quererse a unx mismx”, aceptarse, reapropiarse del cuerpo como acto político.

Como puede suceder con movimientos de intenciones emancipatorias (esos que invitan a diversos modos de libertad) es muy fácil que se interpreten o se conciban con las mismas modalidades que se intentan desterrar: lo que puede ser tomado como un llamado a sacarnos de encima los pesos sociales, toma el tinte de “bajada de línea”. Entonces se empieza a sentir que para liberarse hay que obedecer a ese otro modo, y ¡qué complicado pensar en la libertad desde la obediencia!

Desde el psicoanálisis podemos decir que se trata de esa forma tan neurótica que tenemos de reducir el deseo a la demanda, es decir, de pasar por alto la importancia de la propia elección, la subjetiva, para simplemente hacer lo que se espera de nosotrxs, perdernos con tal de satisfacer a lxs demás. Y siempre habrá otrxs a quienes satisfacer, entonces volvemos a la pregunta, ¿en qué lugar queda parado el cuerpo? ¿Cuál es el punto en el que el cuerpo se desacomoda del deber y se reacomoda desde otro lugar?

Nos enfrentamos a la demanda del sistema capitalista patriarcal que nos quiere a la venta y con determinadas características, que nos pueden llevar mucha vida tratar de cumplir, y siempre será un intento, porque por más que tratemos, nunca va a alcanzar para llenar por completo la expectativa.

La demanda del estereotipo social muchas veces genera confusión porque está encarnada en personas cercanas también, amigxs, familia que con sus comentarios naturalizan una forma muchas veces invasiva, pero que viene envuelta en la “buena intención”. Sería interesante poner en práctica no sólo abstenerse de emitir opiniones sobre los cuerpos sino también que esto se empiece a cuestionar socialmente.

Viñeta de La Cope.

 

Existen frecuentes comentarios que se hacen pasar como preocupaciones por la salud, que son importantes de problematizar porque no necesariamente los cambios en el cuerpo refieren a problemas de salud, aunque existen casos en lo que esto puede estar relacionado. Entendemos que pensar la salud en términos feministas implica valorar los propios parámetros, lo que cada cuerpo define para sí.

El cuerpo y la clínica

Dicen lxs consultantes: “me siento incomodx, no me gusta mi cuerpo, se que está mal decir eso porque cada cuerpo es diferente y no me hace ser unx buenx feminista, pero no me siento bien”.

Como psicólogas, trabajadoras de salud mental, no tenemos respuesta a esto (ni tendríamos que tenerlas). Esa incomodidad nos atraviesa, en nuestros cuerpos, y también como terapeutas de lxs consultantes. Porque entendemos que gran parte de esa incomodidad está relacionada por vivir en una sociedad patriarcal, donde los únicos cuerpos deseados y deseantes (en todos los planos de esa palabra) son aquellos que responden a la norma hegemónica y cualquiera que no se adapte a ella queda en el margen.

Nuestro trabajo es armar un mapa donde se entrecruzan las violencias recibidas como parte de una trama social, y los atravesamientos singulares de lo que implica, por ejemplo, que una dolencia tome al cuerpo como principal espacio de disputa.

Se trata de uno de esos momentos, cruciales, en los que podemos apelar al arte de resignificar. Historizar por qué el cuerpo se venía significando de un modo, para abrir la posibilidad de que otros sentidos puedan pasar por allí, y dicho sea de paso, que también pueda circular el disfrute, el placer, el descanso.

Lograr el registro de lo sentido es una gran labor de por sí, en un mundo que nos quiere autómatas, en el que se sigue tomando la valoración occidental de considerar a la mente por sobre el cuerpo, entonces no podemos dejar de pensar, pero … ¿cuándo nos permitimos sentir? ¿Se puede habitar y conjugar un cuerpo que siente y piensa?

En un cuerpo es posible percibir las marcas de una tradición de las opresiones, las obediencias, los padecimientos, los dolores, pero también de toda una historia de rebeliones, de resistencias a la normalidad y a la moralidad, a veces devenidas en políticas del orgullo. Un cuerpo tiene derecho a identificarse y a desidentificarse.

¿Es posible delimitar las exigencias sociales de una necesidad propia del cuerpo?

Para el cierre, proponemos: resistir al cuerpo que cree ciegamente en los ideales, resistir a la idea de cuerpo molde y resistir al cuerpo como reproductor de obediencias.

(*) Licenciadas en Psicología y feministas.

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