Un perfil no apto para comunicadores perezosos

El maestro rural Pedro Castillo da cuenta de un fenómeno inacabado, inasible, y su triunfo pareciera ser la expresión de la impureza peruana, que arrastra barro, piedra y metal noble, y que aparte complejiza el tipo ideal del progresismo latinoamericano, ya que en su base se laten contradicciones y convivencias entre potencialidades revolucionarias y reaccionarias.

Por Emmanuel Bonforti

“La Patria es una sola y es de todos”
Juan Velasco Alvarado

A pocas horas de la finalización del escrutinio en Perú, los resultados indican que Perú Libre, representado por Pedro Castillo, obtuvo 50.1% de los votos frente al 49.8% de la representante de Fuerza Popular de Keiko Fujimori. Con el 99.8% de los sufragios escrutados, y una diferencia irreversible, todavía circulan rumores que intentan deslegitimar los resultados, y que van desde la anulación de todo el proceso electoral o una parcial revisión en el ámbito de la justicia electoral. En definitiva, evasivas impulsadas por agentes meritocráticos ofendidos con la voluntad popular.

Asistimos a un proceso electoral en cuanto a números y porcentajes de muchísima disputa, que se expresa desde la primera vuelta, cuando Castillo obtuvo 15.38% de los votos y Fujimori 10.9%, a lo que hay que sumar el 12% de los votos en blanco.

La primera pregunta que surge es; ¿esta particular paridad es novedosa en la tradición electoral peruana? Acudimos a la cita de una nota publicada en el diario El Día de México, el 16 de junio de 1962, con firma de Rodolfo Puiggros: “El caos político a que está llegando rápidamente el Perú no depende tanto del hecho inmediato de decidir quién será el presidente de la República, sino principalmente de las bases a encontrar para tener un gobierno estable”. Se trata de una pequeña muestra para demostrar que el problema peruano excede la cuestión electoral, sino de una inestabilidad que se refuerza cuando advertimos que en los últimos cuatro años Perú tuvo cuatro presidentes.

“Cuando alguien señala la luna los tontos miran el dedo, les pido que no miremos más el dedo”
La cita le pertenece a la actual vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner (la compartió en un acto de la campaña electoral en 2011). Sin ánimos de caer en provocaciones, durante la última semana las noticias vinculadas al proceso electoral peruano centraron sus análisis en la cuestión meramente electoral, en las motivaciones del voto, las alianzas. Y algunas noticias con algún atisbo por complejizar el análisis se atrevieron a discutir los clivajes (palabra tan de moda por la ciencia política) tradicionales sobre izquierdas y derechas. De esta manera, la coyuntura tendría la respuesta sobre el drama de un país cuya tercera parte de la población no puede cubrir las necesidades básicas de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística e Informática del Perú.
Alguna vez el primer ministro imperialista británico Wiston Churchill sostuvo que “es muy difícil conocer la política de su propio país, pero es totalmente imposible conocer la política de otro país”, motivo por el cual las próximas líneas son un bosquejo y una mera aproximación de una realidad que se presenta como inabarcable para la extensión de este artículo.

En numerosos portales de noticias por primera vez el Perú apareció como foco de atención, en parte por lo reñido del resultado electoral, pero también por la caracterización personalista e individualista que los medios realizaron de los candidatos.

Keiko llevará marcado a fuego su apellido, lo que alimenta el morbo de los medios de comunicación que agitan fantasmas ideológicos. Si Keiko es Fujimori, no lo es por una explicación biologicista, sino precisamente por su programa de gobierno, por los sectores que confluyen detrás de ella y las alianzas interclases que determinan un frente antinacional.

Pedro Castillo, el maestro Tacabamba, sufrió un proceso de denostación sobre su figura, no solo en las asociaciones ideológicas que esgrimieron los medios de comunicación, sino también sobre su procedencia y lugar de origen, asociándolo con rasgos incivilizados. En el mejor de los casos la prensa progresista que ve a Castillo como esperanza, se cansó de publicar artículos titulados ¿Quién es Pedro Castillo? ¿De dónde viene Pedro Castillo? ¿A quién representa Castillo?

Lo que nos pone en alerta acerca de la expresión de un logos particular que atraviesa a gran parte el arco mediático y con esto a cosmovisiones que dicen resultar antagónicas. Utilizando el ambiguo esquema de izquierdas y derechas para analizar el comportamiento de los medios en relación a las elecciones peruanas, al logos lo asociamos con los portadores del saber, con la modernidad y hoy sus implicancias posmodernas, con las novedades y las modas. El logos aparece como la sensibilidad que se separa de lo popular pero que a su vez realiza un esfuerzo manifiesto y frívolo por comprenderlo, pero sin abandonar el logos como punto de partida. Así, desde un esquema civilizatorio se lanzaron a analizar de forma exótica y coyuntural de la figura de Castillo.

Asimismo, los medios trabajaron otros dos grandes temas coyunturales en relación a las elecciones: las alianzas electorales y la hipotética agenda de gobierno de Castillo.

Con respecto a lo primero insistieron en la necesidad de trabajar en una agenda compartida con Verónika Mendoza, la gran esperanza del progresismo latinoamericano, y Pedro Castillo. Recordemos que Mendoza desplomó su candidatura durante los últimos días previos a la primera vuelta cuando no logró sortear la presión mediática y caducó distanciándose del presidente Nicolás Maduro a través de declaraciones que condenaban la política interna venezolana.

Mendoza mostraba un programa de gobierno abierto a la despenalización del aborto apoyándose fundamentalmente en una base urbana de clase media letrada. A pesar de marcar diferencias con Castillo durante la primera vuelta, Karina Mendoza manifestó su respaldo al Maestro durante el balotaje. Y hoy la gran prensa progresista se anima a soñar la unidad en el gobierno entre Mendoza y Castillo.

En esa línea los portales informativos y en el afán por abocarse a las formas más allá del contenido celebraron el juramento de la Proclama Ciudadana y a la democracia de los dos candidatos. Las preocupaciones en relación a un eventual gobierno de Castillo se vincularon con la necesidad de ampliar su base social a través de la creación de nuevas alianzas. Así también, involucrar demandas de la sociedad civil que durante el último tiempo fue un sujeto activo en la realidad peruana por fuera de los partidos políticos, con una agenda que condenatoria de la corrupción y en menor medida con una reprobación a la política minera de los gobiernos de turno.

Hacia una comprensión nacional de los sucesos en el Perú
Acudiendo a la caja de herramientas conceptuales marxista en relación a la lucha de clases, uno podría identificar que el proceso que se abrió el domingo pasado en el Perú se puede explicar por una serie variables. En primer lugar, las clases opresoras no logran desde el plano electoral mantener sus mecanismo de dominio, por otro lado las penurias del pueblo peruano se acrecentaron junto a la crisis sanitaria, y en tercer lugar asistimos al ingreso en la política de grandes sectores populares silenciados. La emergencia de Castillo se deriva en parte por estos tres elementos.

La vocación de un abordaje exótico en los medios de comunicación sobre el perfil de Castillo se explica fundamentalmente por perspectivas epistemológicas que generan marcos de interpretación estrechos, entre los que aparece de manera lineal la inferencia ideal de que una fuerza de política progresista en la región debe cumplir con una serie de requisitos.

Así, en el caso que estén tildados los casilleros de la distribución progresiva de la riqueza, del respeto a las instituciones democráticas, la sintonía con expresiones ecologistas, las lecturas inteligentes y universitarias de la realidad, por ejemplo, esa fuerza representa al progresismo.

Alguna vez Carlos Marx sostuvo en sus estudios sobre la Revolución en España que las guerras de la independencia tenían el sello de la mezcla de la regeneración y la reacción. Castillo expresa en su base también un fenómeno de clases contrapuestas lo que descoloca al más erudito comunicador y politólogo. Y el eventual triunfo de Castillo viene a complejizar el tipo ideal del progresismo latinoamericano, ya que en su base se encuentran contradicciones y convivencias entre potencialidades revolucionarias y reaccionarias.

Es que esta tensión y convivencia entre la reacción y la regeneración es propia de los espacios que albergan diferentes expresiones y resultan incomodos para el análisis mediático. Con lo cual esto podría darnos una señal acerca de un nuevo ordenamiento en la vida política del Perú el cual se derive de un programa de transición. Éste deberá tomar como punto de partida la reconstrucción de la estructura económica de Perú, repensar un mundo del trabajo representado en un 80% de informalidad, pero sobre todo deberá proceder en la nacionalización de la economía y sus recursos naturales. La pretendida reforma de la Constitución que impulsaría Castillo sería el prólogo del programa de transición, reforma y programa que los medios temen mencionar.

Los sucesos del Perú obligan a cientistas sociales perezosos a repensar sus formulaciones teóricas, una experiencia protéica y novedosa como la de Castillo exige un repensarnos. El gran problema de los barcos que llegaban desde Europa durante siglo XIX no tuvo que ver únicamente con la dominación económica, sino con la dependencia cultural. Y las interpretaciones sobre las elecciones del Perú dejan traslucir esa dependencia, inclinada a constituciones liberales, a esquemas de construcción de ciudadanía eurocéntricos, a marxismo en estado puro, elementos que al cruzar el Atlántico no se ajustaban a la realidad latinoamericana y muchos menos al llegar al Pacifico, como en el caso de Perú.

Las últimas elecciones en Perú vienen a demostrar que debemos aceptar nuevos desafíos y repensar nuevamente nuestros procesos emancipatorios. Como decía Jorge Abelardo Ramos, encontrarnos a nosotros mismos, y si somos nosotros mismos encontraremos la manera de vincularnos con occidente. La experiencia de Castillo da cuenta de un fenómeno inacabado, inasible, y como proceso singular y latinoamericano nos demuestra que el curso de nuestra historia no siempre viene en estado puro, así el triunfo de Castillo es la expresión de la impureza peruana, arrastra barro, piedra y metal noble.

Todo indica que las elecciones peruanas abrieron una nueva página en el proceso de lucha emancipatoria de Perú, lo que no implica que el panorama político esté aclarado. El pueblo peruano comienza a construir su destino de acuerdo a las posibilidades que se le ofrece y acompañará en la medida que Castillo pase de la expectativa a la realidad efectiva. El propio Federico Engels sostenía que los hombres hacen la historia no en las condiciones que ellos eligen, los sucesos del Perú reflejan este axioma. El último domingo los resultados electorales posibilitaron la emergencia de la voz de los silenciados, y éstos ya echaron andar, y ya no quieren sufrir la historia como objetos sino ser protagonistas de su porvenir.

Ante tanto temeroso y fundamentalista de las formas que teme un desenlace incierto del gobierno de Castillo, le respodemos con una cita de Velasco Alvarado: “y que no se diga que estamos rompiendo la armonía entre todos los peruanos. Ella nunca ha existido en realidad. (…). No puede haber armonía entre la revolución y la anti revolución”

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