El estilo es el hombre

Gustavo Abrevaya, el escritor y psicoanalista que ofició de editor y compilador del libro “Las 1001 noches peronistas”, habla de Horacio González con devoción y ofrece una muestra de su lucidez y humildad a través de un intercambio de correos que derivó en el aporte, del sociólogo y ex director de la Biblioteca Nacional, de un cuento que se publica en la nota, bautizado “Nell”, en honor a un militante peronista.

Por Gustavo Abrevaya. Foto portada: El cohete a la luna.

No tuve un trato cercano con Horacio. Lo conocí en Carta Abierta y cada vez que habló registré su decir de un modo indeleble. En mi ánimo, en mi ética, en mi inteligencia y en mis tripas. Horacio no era un orador de barricada ni, tampoco, un analista frío. Su voz parecía venir del fondo de un cuerpo involucrado, de un recorrido sinuoso, inspirado, difícil de seguir, que conmovía por lo que decía y por la nítida percepción del hombre detrás del concepto. Se escuchaba una historia meditada, el camino del que volvía de un viaje y contaba lo que había visto y sus conclusiones, que parecían formarse ahí mismo, un análisis en tiempo real donde el humor hacía pie junto a las inquietudes que desbrozaba. Cuando un viajero narra solo es bien oído si el que escucha se siente involucrado en esa narración. Lo que decía nunca te dejaba indiferente. Había un nosotros inamovible en sus intervenciones. Siempre. Horacio era un tipo serio y gracioso, gentil, respetuoso, de una inteligencia y una erudición inauditas, y tan humilde que uno se animaba a esbozarle alguna mínima idea a pesar de que acababa de escucharlo construir una catedral hecha de un pensamiento poderoso. El hombre brillaba con luz propia y te invitaba a arrimarte para ver mejor tus propias narraciones.

Lo que sigue es un intercambio de mails que tuve con él a raíz de la publicación de Las 1001 noches peronistas, esa compilación que hicimos con Leonardo Killian, que comenzó como una invitación a los amigos a ver qué podíamos hacer con esos relatos sobre el peronismo, y que terminó siendo un monumento literario por la calidad de los autores que fueron sumándose, de las ilustraciones y de la editorial que nos alojó.

Su humildad me apabulló entonces y vuelve a apabullarme ahora.

“Hola Horacio:
Te escribo porque junto con Leonardo Killian estamos terminando una antología de relatos peronistas. Están en esta colección Daniel Santoro, que para la portada donó una obra tremenda que abre un libro de textos muy emparentados, el prologuista será Luis Gusmán, quizás se sume Saborido, mi deseo es que Jorge Alemán aporte. El libro comienza con un poema de Alberto Szpunberg como epígrafe, y siguen Carlos Piñeiro Iñiguez, Vicente Battista, Juan Sasturain, Mario Goloboff, Carlos Dámaso Martinez, Virginia Feinnman. Son muchos relatos, pero la búsqueda sigue, y por esto te escribo: si querés participar en el plano que te parezca más acomodado nos vamos a sentir muy felices. Yo  pensé, como sugerencia, un cuento si así lo decidieras o alguna nota introductoria, un análisis de esta época, o de otras épocas, o del espacio cultural que ocupa el peronismo y que en este libro aparece de un modo potente, con robots peronistas, agentes secretos peronistas, platos voladores peronistas, tres bombardeos a la plaza de mayo, cuentos de los 70´, relatos feministas abordando el aborto con el trasfondo del renunciamiento de Evita, inclusivos con la voz de una famosa madre trans de muchos niños. Como dijo el general, mas allá de las ideas de cada uno todos somos peronistas, algo que se percibe fuerte en este libro. Si decidieras participar te haría llegar los relatos, y la forma en que te sumes estará bien.

Espero ansioso tu respuesta

Un fuerte abrazo

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Estimado  Gustavo, me gustó mucho tu proyecto y me puse a escribir un recuerdo que tengo de un hecho muy triste, el suicidio de José Luis Nell en las barrancas del Río de la Plata. En un tono algo ficcional aquí lo recreo. Queda a tu libre decisión considerarlo. Gracias por la invitación
hg

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Gracias Horacio. Maravilloso aporte
Un abrazo
G

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Gustavo, gracias por tu correo, releí el trabajo e hice un par de
correcciones, de modo que te pido que tomes esta última versión,
Gracias por todo, Horacio.

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Y este es su cuento:
Nell

Horacio González

El sol caía a plomo sobre la plaza de mayo; no, no era así, ahí no había sol y el plomo, quizás, estaba por aparecer, pero no estaba bien que dijera quizás, porque estaba decidido a hacerlo, y quizás, ese quizás, establece una duda, una vacilación, algo renuente y frágil que se inclina hacia un lado o hacia otro, como si no hubiera una voluntad firme, no apenas una brisa, un resoplido de un hombre dormido sino con más levedad aun, el apagado silbido de un globo aerostático que se va desinflando lentamente a la espera de estrellarse en la prado. Hay maestros del silbido, que imitan a los pájaros. Es raro que subsista en el hombre esa habilidad, pues parece que las palabras nacen de los silbidos admirativos que luego trabajosamente se vierten en frases que pueden traicionar a la belleza en nombre de la angustia. La voluntad es concreta y cuando se tiene una decisión firme, el resto del mundo se pone entre paréntesis. ¿Qué hace aquí esta tierra húmeda que me rodea, que cubre de barro mi silla de ruedas, que no se detendrá más que ante el desganado pajonal atrapado ya por las últimas ondas del Rio perezoso? No hay reflejos en las aguas porque ahora no había sol, y de los elementos de la naturaleza que mencionan los filósofos, yo solo percibía la tierra y el viento, aunque sabía que el río estaba ahí cerca, no en vano se llama barranca ese lugar, no llega a ser una hondonada, como se que es mi vida, que fue mi vida, una angostura infinita, de una manera u otra, agua, viento y barro, que siempre están en nuestros horizontes. Pero era de noche, sin sol y sin luna, con la estación abandonada ahí cerca, una estación abandonada de un ferrocarril abandonado, que poco a poco se oxida, como el puente que une los dos andenes y antes era rojizo y ahora está meramente descascarado. Y los leños que mantienen fijos los rieles se van carcomiendo, como se ha carcomido mi vida de militante. Su van socavando por dentro como una conciencia. A esos leños los llaman durmientes, a los que le debe costar dormir cuando pasan los trenes, pero si ahora no pasaban, ellos podían juntarse más cerca de su nombre, horizontales al suelo, tiesos y sin respirar. Duermen como yo dormiré en un momento más, pero para siempre, dormir así, sin que nada me interrumpa y sin saber si algo me interrumpe, porque el sueño que me espera es definitivo y nadie sabrá como llamarlo, y yo mismo me desharé de cualquier posibilidad de nombrarlo. Seré el sin nombre, alguien que llevaría mi nombre si yo pudiera dárselo, y si otro se lo dan, será para recordarme como un hombre en desgracia, sobre todo mis amigos que ahora empuñan mi silla de ruedas para que establezca en mi soledad íntegra, sin absolución, mi pacto con el sol que me cae en la sien como un plomo, que se inserta sin inmutarse ante el estropicio que crea. El sol con su negro brillo penetrante, inubicable en el cielo, pero sí en mi cabeza, donde cae a plomo, que viene directo a alojarse directo como partícula enérgica y erguido y sin tropiezos hacia donde corresponde. En esta noche quemada junto a la estación indefensa. La silla de ruedas tropieza con algunas irregularidades del terreno, deja huellas que luego se secan y adquieren formas de terrones obtusos, deformes. Los que manejan mi silla rodante, carromato fúnebre, ortopedia donde finalizan las cosas, son los conjurados con mi muerte, saben lo que hacen porque yo mismo creí que sabía lo que que hacía, al obligarlos a ser el cortejo al que le prohibí la culpa, pero no el lamento. Para poner convencerlos de que estén ahí atrás, pisando charcos, enfundados en camperas oscuras, hundidas en la oscuridad ambiente, cuestión a pensar de esa prolongación nocturnal en las vestimentas, tuve que ser enérgico, rabioso y escatológico. ¿Cómo convencer a los amigos que ya no se puede más? ¿Hay un límite o siempre es posible un paso más? No en mi caso, inválido, sin poder moverme, sin ayuda, perseguido, sin refugio, sin el hogar que me parecía que era una palabra o un concepto que le podía dar a la militancia un sentido y ella dárselo a él, en el sentido de la situación del clandestino, un hogar errante. El hogar del nómade, pero siquiera esa errancia estaba más, con el agregado de que se trataba de armas, la única forma de hacerse sentir, de equiparar el tamaño de las expectativas a la dimensión del peligro. O a la inversa. La decisión estaba tomada, el sol caía a plomo, pero era noche, yo no podía seguir, aunque se me dijo, en un color de voces múltiple, que era posible seguir porque siempre es posible hacerlo. No es verdad. Los vínculos se fueron cerrando, la ciudad era hostil, yo era una carga para quienes más me importaban, y no digo esto por la molestia que me causa haber dicho antes la palabra plomo, de tantas significaciones, para alguno podrá ser una aleación magnífica, es noble la profesión del plomero, pero para mí ingresa de manera oscura, trenzadas en muchas cuerdas confusa, en mi voz, la voz con que escucho decirme esta palabra, este concepto, esta notable alusión a una bala y al sol. No había sol, los amigos de esa noche, séquito que maldecía su misión, repudiaba el grisáceo sonido que ahí cerca ofrecía el rio de la Plata, nombre mineral del agua. Divisábamos áreas diferenciadas entre un cielo sombrío y la línea de juncos fundidos a siluetas azabaches que se mueven al compás del clima proceloso, amenazantes. Los amigos atónitos que empujaban mi viaje final resbalaban en ese limo caprichoso, hacía frío, se hundían y se manchaban sus abrigos, pero se levantaban como autómatas regidos por una fuerza inapelable, se sacudían la ropa como autómatas y seguían. Me llevaban; como títeres sin cabeza. Quería ese borde, quería ese Río. Supe de las cárceles, de las columnas que se engrosaban de cánticos y banderas, fui un hombre armado, no sé si algunos pudieron decir que no les tembló al dedo al apretar el disparador, pero a mí sí. A mí sí me tembló el dedo, un insignificante dedo que al temblar advertía de algo, de que un disparo no es una decisión de la historia sino puede ser también la contingencia de una mano temblorosa, que conoce poco de sí. Todo impide moverme, los que empujaron mi silla de inválido no hubieran querido hacerlo, ya lo dije, pero somos seres raciones, yo creo también que la revolución tiene sus vacilaciones, esperas y desvíos, pero es un acto racional. A veces la Razón indica que no hay más caminos y se extingue para algunos su fervor dialéctico. Este es mi caso. Llevo a mi sien la pistola que unos años antes incautamos de un agente del estado, eran acciones ingenuas y fáciles. Quizás sea mi homenaje luctuoso a ese hecho. Mi dedo, presumo, esta vez no va a temblar. La bala que tengo en la espina dorsal y me inmoviliza, no es la misma que saldrá del oscuro caño que apoyaré en mi cabeza, pero sin que sepa explicarlo bien y sin que tenga ya el tiempo necesario para reflexionar, oprimo ya el percusor y siento que sale la bala, casi igual a aquellas otras, que retornan a mí por mi propia mano. La noche se hace aún más hosca, el postrero oleaje del río, que parece calmo pero es agitado, en el último instante rompe con inesperada reciedumbre sobre la barranca, y las huellas que dejó el rodado se irán secando y se integrarán en poco tiempo más, al barro original.

José Luis Nell fue militante armado del peronismo; inválido por una herida de bala recibida en Ezeiza el día del regreso de Perón, llegó un momento en que quedó sin asistencia y decidió su suicidio al borde del Río de la Plata, a la altura de donde entonces había una estación abandonada de Ferrocarril, hoy convertida en un tren turístico.

Publicó Ediciones Granica en 2019.

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