¿Ética de la convicción o de la responsabilidad?

A partir del texto 'La política como vocación', de Max Weber, el politólogo Gastón Fabián propone una serie de reflexiones sobre la práctica y ciencia política, la gestión de gobierno, y el asunto que lo desvela y obsesiona: la teoría de la militancia. Dice: “No se 'es' militante, sino que se deviene. En sentido estricto, la militancia no tiene 'ser'”.

Por Gastón Fabián

28 de enero de 1919, Múnich. El erudito y prestigioso profesor revisa sus apuntes y comienza a hablar. No sabe entonces que aquella conferencia pasará a la historia. Imaginamos un ambiente tenso, caldeado, inquietante. La ciudad, donde el célebre sociólogo acabaría por mudarse en medio de una aventura amorosa y el ofrecimiento de una cátedra en la Universidad, era epicentro de una espasmódica oleada revolucionaria. No podemos decir que se sintiera a gusto. Que él, un académico que había defendido el sine ira et studio que debe caracterizar toda investigación científica, fuera el indicado para disertar sobre el oficio del político, sin lugar a dudas le parecía una enorme incongruencia. Si aceptó la invitación de la Libre Unión de los Estudiantes de Baviera, fue porque el candidato a reemplazarlo no era otro que Kurt Eisner, el primer ministro socialdemócrata del Estado Popular de Baviera, a quien calificaba de “literato” e “inexperto”, más allá de su oratoria profética y sus dotes carismáticos. En una revolución, los días cuentan años. Eisner resultaría asesinado menos de un mes después por un extremista de derecha, así como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht habían sido masacrados en Berlín dos semanas antes.

La ocasión se insinuaba entre la aburrida rutina del expositor y la milagrosa apertura de los cielos. Sin certeza del desenlace (solo estaba convencido del desencantamiento del mundo y el triunfo irreversible de la burocracia), ya podía olfatearse la fundación de la efímera República Soviética de Baviera, igual que su violenta disolución. Para el profesor-político fracasado en su intento por crear una alternativa nacionalista y liberal para Alemania- se trataba de aprovechar la oportunidad. Tenía que medirse ante la desafiante mirada y los estridentes murmullos de los estudiantes que solicitaban su presencia y esperaban que se pronunciara sobre los avatares de una coyuntura dramática. Tenía, también, que controlar sus nervios frecuentes, sus repentinos ataques de ira, sus estallidos histriónicos.

Apuesta, por eso, a calmar los ánimos. El inicio del discurso, una precavida y diplomática advertencia, resulta decepcionante para un auditorio que masculla por la ansiedad. El profesor anuncia que no impartirá veredictos respecto a los sucesos de público conocimiento ni alumbrará orientaciones políticas salvo, de manera tangencial, hacia el final de su exposición. Un final que parece siempre postergarse. La mayor parte del coloquio transcurre sin emociones ni sobresaltos, con excepción de algunas frases icónicas que anticipan el clímax tan deseado.

Se pregunta, en primer lugar, qué es la política. Y de ahí irá desplegando, con pasos claros y analíticos, todo un desarrollo que tiende a caracterizar cómo la política se presenta en la modernidad y qué es lo que pone en juego, para volver luego sobre los dilemas e infortunios involucrados en toda política. Incluye esa argumentación, muy rápidamente, una célebre definición del Estado, cuyo nudo se ata con la articulación exitosa de cuatro conceptos pilares: monopolio, violencia, legitimidad y territorio. La política aparece entonces como una lucha por el poder del Estado. Pero interesa sobre todo, en medio de planteos y explicaciones que decidimos omitir, que la política puede ser una ocupación o una vocación. Hay quienes viven “de” la política y quienes viven “para” la política.

Esta distinción, igual que otras que vendrán, se atiene a lo que en la metodología de las ciencias sociales solemos denominar “tipos-ideales”. No se dan de manera pura en la realidad, sin matices, pero digamos que a alguien que “trabaja” de político (un “cazador de puestos”) no se le va la vida en ello ni se juega lo más íntimo de su “ser”. Podría con facilidad reciclarse en el sector privado si le depara mejores ingresos u oportunidades o si le permite influir sin tener que exponerse en la primera línea de fuego. Quien vive “para” la política, en cambio, es el “político de raza”, el verdadero y auténtico zoon politikón. El profesor analiza las condiciones sociológicas indispensables para que un espécimen así pueda tener lugar en las circunstancias capitalistas modernas: debe ser económicamente independiente (disponer de una fortuna personal) y gozar de cierta disponibilidad (la que disfruta el rentista mas no el empresario), lo que explica que, por lo general, la mayoría de los políticos sean también abogados (profesión que acostumbra al arte retórico y a la disputa).

Después de un examen minucioso de las causales históricas que llevan a la aparición del fenómeno recién mencionado (y donde no faltan eruditas referencias a la burocracia, la empresa privada o los partidos políticos), se enuncia otra discriminación relevante, la que separa a funcionarios y políticos. Mientras el funcionario “no debe hacer política” y “justamente en virtud de su profesión, debe ‘administrar’ y, ante todo, de modo imparcial”, característico del político es combatir, luchar por una idea, “tomar una posición, ser apasionado” (ira et stadium), hallarse expuesto al fragor de la batalla. Al funcionario le corresponder obedecer las órdenes de las autoridades superiores, de acuerdo a un estatuto públicamente reconocido, como si estuviera convencido de ello. Allí descansa su sentido del honor y la disciplina, que es lo que hace funcionar la maquinaria estatal. Por el contrario, “el honor del líder político, del estadista, reside precisamente en una responsabilidad exclusivamente personal por lo que él hace”. El político es la expresión viva, hecha carne, del politeísmo de los valores, de la guerra interminable entre los dioses.

Se abre paso entonces para la distinción crucial, que llegará bastante más adelante, luego de nuevos y largos rodeos que permiten desembocar en la situación política de Alemania. El profesor, quien se desempeñó también como un brillante y agudo periodista político, le cuestionaba a Bismarck que su genio y su mano de hierro no habían logrado legar una herencia, una tradición política o, como diríamos nosotros, un transvasamiento generacional (en su correspondencia con Cooke, Perón se consideró a sí mismo el primer promotor del “peronismo sin Perón”). Bajo el Segundo Reich, Alemania se convirtió en el reino de los funcionarios y, eventualmente, de “políticos profesionales sin vocación”, es decir, politiqueros mediocres, literatos entusiastas y diletantes, arribistas de oficina, tribuneros y agitadores de palacio, fundamentalistas de la astucia y el radiopasillo, amantes de las intrigas entre bastidores o conspiradores de manual sin aires de grandeza, que se ahogaban en sus propias “borracheras de poder” y sentenciaban al país a un destino insignificante, sin trascendencia ni gloria.

Un político con carácter, alguien con “la conciencia de tener en las manos una fibra nerviosa de acontecimientos históricamente importantes”, precisa de otras cualidades. El expositor señala tres: la pasión (la devoción por una causa, el demonio o el dios que lo mueve e impulsa), el sentido de la proporción (la mesura o el saber tomar distancia, “la cualidad psicológica decisiva del político”) y el sentido de la responsabilidad (la prudencia o phronesis aristotélica, el discernimiento frente a las posibilidades que apremian y exigen la decisión, haciéndose cargo de las consecuencias de sus actos). Solo esta “triple alianza” libera al político de los engaños y tentaciones con las que lo seduce su ego (el profesor emplea la palabra “vanidad”) y que podrían descarriarlo hacia los únicos dos pecados mortales de la política: la “falta de objetividad” (el creer que siempre se tiene la razón ante la caprichosa y veleidosa realidad) y la “irresponsabilidad” (cuando, por querer impresionar a los otros o a sí mismo con lo que es capaz, el político desatiende o no mide los efectos de su iniciativa). El político responsable, oficialista u opositor, escéptico respecto a las posibilidades de la naturaleza humana (conoce más bien sus invariantes), preocupado por el orden público, la estabilidad macroeconómica y la gobernabilidad, no se compromete con acciones alocadas y sin retorno. Reniega de la audacia de Alcibíades al lanzarse a la conquista de Sicilia. Piensa todo dos veces. O al menos eso aparenta.

Arribamos así al problema fundamental, el del ethos de la política. Comparecen dos visiones idealmente en las antípodas. Primero, la ética de la convicción o de los fines últimos, también llamada moral del Evangelio o del “todo o nada”. El profesor, que ya confronta con su inquieto auditorio, piensa en los pacifistas (que defienden la tesis de la responsabilidad alemana en el conflicto bélico y, en pos de terminar con la guerra, abren la caja de Pandora de la guerra civil y las imposiciones extranjeras) y en los revolucionarios (quienes, en su afán por realizar la verdad absoluta, se desligan del precio que es necesario pagar para que la revolución triunfe, es decir, un feroz derramamiento de sangre y sin que ello garantice una sociedad mejor o más pacífica; se trata de una moneda al aire, que bien podría equipararse con un misil). Es viable resumir esta posición con un célebre adagio latino: Fiat iustitia, et pereat mundus, o “hágase justicia, aunque el mundo perezca”.

Del otro lado, la ética de la responsabilidad, para la que el fin no justifica los medios. “Hay una oposición abismal entre la conducta que sigue la máxima de una ética de fines últimos-esto es, en términos religiosos: ‘el cristianismo hace el bien y deja al Señor los resultados’- y la conducta de quien actúa siguiendo una ética de la responsabilidad que dice: ‘debemos responder por las consecuencias previsibles de nuestros actos’”. A ojos del profesor, se enfrentan políticos serios (que no le esquivan a la violencia, que es la hechura de la política, pero sí a darle rienda suelta y a desencadenar secuelas inmanejables) y fanáticos sin escrúpulos, sectarios inclementes o hombres y mujeres con buenas intenciones que sacrifican su vida por un dogma inefable.

El dilema no es otro que el de Maquiavelo: ¿salvar el alma o salvar la ciudad? Quien hace política sabe que, como Fausto, tiene que pactar con fuerzas diabólicas, meterse en el barro, tomar decisiones moralmente dudosas o reprochables. No saldrá “puro” de la empresa ni tendrá acceso privilegiado al reino de los cielos. Pero los revolucionarios tampoco. El profesor les adelanta su estertor: “No debemos olvidar que a la revolución plena de entusiasmo le sucederá siempre la rutina tradicional de la vida y que en dicho momento el líder de la fe abdicará y la fe misma se desvanecerá o se convertirá-lo que sería su destino más cruel- en un elemento de la fraseología convencional de los filisteos y de los técnicos de la política”.

Y sin embargo, al final de su contradictorio y encendido discurso, el profesor no puede más que ofrecer una concesión asombrosa a los partidarios de la ética de los fines últimos, al admitir que la política no se hace solo con la cabeza. “Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”, dijo Hegel, y el profesor lo reafirma. Simplemente solicita a sus oyentes que no se intoxiquen, que maduren, que sepan cuándo detenerse. Él, que tanto protestaba contra las actuaciones proféticas en las aulas, se pone el traje de oráculo y anuncia aciagos presagios. Una “noche polar de helada oscuridad y dureza” se avecina. Y en la hora de la verdad, urge que emerja un líder capaz de saltar al abismo y asumir el riesgo de lo político: atreverse a perder elecciones y, en especial, lidiar con el peligro de la muerte violenta, el ostracismo o incluso la infamia (en otras palabras, que el profesor alguna vez dijo: un jefe con la autoridad para, luego del plebiscito, decir “ahora callen y obedezcan” y que, al mismo tiempo, conviva con la posibilidad latente de ser “colgado” por las masas ante cualquier paso en falso). ¿Irrumpirá el líder carismático capaz de contrarrestar la asfixia de la jaula de hierro burocrática? ¿Alguien iluminado por una “chispa sagrada”, ungido con el “oleo sagrado de Samuel” o “bañado en aguas del Jordán” y que, aun así, tenga plena conciencia de su responsabilidad? La historia, irónica e impiadosa, quiso que ese demagogo fuera Hitler. Nadie es profeta en su tierra.

Este pifie trágico no quita que, cuando el “Marx de la burguesía” se presta a bajar el telón, nos conmueva con un cierre apoteótico e inolvidable, que relativiza su escepticismo, sus precauciones y sus errores de cálculo. Se trata de un súbito y efímero (pero inmortal y egregio) viraje militante. Si Marx (el del proletariado) escribió al comienzo de El 18 Brumario de Luis Bonaparte que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos”, podemos coincidir con la corrección hecha por Aron (un profundo admirador y apologista de la obra del profesor), para quien “la historia es la tragedia de una humanidad que hace su historia, pero no sabe la historia que hace”. Debemos agradecerle al profesor este cierre que abre, esta inconciencia que, en su emocional arrebato, olvida (mientras confiesa) lo que venía predicando; que, al decir de Saint-Just, “la fuerza de las cosas nos conduce tal vez a resultados en los cuales no habíamos pensado”. Enhorabuena:

“La política consiste en un esfuerzo tenaz y enérgico por taladrar tablas de madera dura. Este esfuerzo requiere pasión y perspectiva. Puede afirmarse, y toda la experiencia histórica lo confirma, que el hombre jamás habría podido alcanzar lo posible si no se hubiera lanzado siempre e incesantemente a conquistar lo imposible. Pero el hombre capaz de realizar tal esfuerzo debe ser un jefe, y no solamente un jefe, sino también un héroe en el sentido más simple de la palabra. Y aun aquellos que no son ni una ni otra cosa están obligados a armarse de presencia de ánimo que les permita resistir el desmoronamiento de todas sus esperanzas. Pero es preciso que lo hagan hoy mismo pues de lo contrario no podrán alcanzar ni siquiera lo que hoy es posible. Sólo aquel que esté convencido de que no se desintegrará aunque el mundo, desde su punto de vista, sea demasiado estúpido o demasiado mezquino para merecer lo que él pretende ofrecerle, sólo aquel que sea capaz de decir: ‘¡A pesar de todo!’, tiene ‘vocación’ política”.

El hombre del que venimos hablando, el profesor, se habrá adivinado ya, es Max Weber y su notable discurso nos llegó con el nombre de “La política como vocación”, texto que hoy se enseña en cualquier Facultad de Ciencias Sociales y que supo alimentar la voracidad intelectual de numerosos políticos. Por ejemplo, Theodor Heuss, el primer presidente de la República Federal de Alemania, instruyó a los miembros de su gabinete para que leyeran, al menos una vez al año, el librito de Weber. No discutiremos sus ostensibles pergaminos. Pero sí es necesario decir que la clásica distinción entre las dos éticas forma parte del repertorio habitual de aquellos-profesores universitarios, periodistas o políticos profesionales- que pretenden infantilizar a la militancia y descartar la mayoría de sus virtudes.

Con seguridad se habrá escuchado a grupos dirigenciales moderados achacar a la militancia, surgida al calor de experiencias populistas y procesos de politización social, su falta de templanza y racionalidad, su idealismo exagerado, sus pasiones alocadas y su corazón caliente. Por el contrario, los “profesionales” de vasta trayectoria, expertos en los arcana imperii de la política, se atribuyen (con jerga que les gusta repetir a los periodistas) la responsabilidad weberiana que a un militante de base le estaría vedada por pobreza de itinerario en la gestión o en esos lugares recónditos (que habituamos llamar “cocina”) donde se dirime la “verdad de la milanesa”.

No por casualidad la ciencia política contemporánea acostumbra situar a los militantes del lado del extremismo, mientras reconoce el espíritu mesurado del votante promedio. De ahí que, para los politólogos, los militantes románticos y soñadores no ganen elecciones sino los políticos que giran hacia el “centro” y le dicen a la “gente” lo que quiere escuchar.

Pero esto no es más que una pantomima, que oculta el interés por dejar todo más o menos como está. La militancia no dice: “o me dan la razón o que arda Roma”. Quiere transformar las cosas, sí, aunque por el camino de la organización, no por el del caos. Weber podía mostrar sus credenciales de burgués asustado porque estaba siendo testigo de una revolución y ley de cualquier revolución es que si el tren no acelera, aun a riesgo de estrellarse, caerá bruscamente, porque sus rieles no se hallan dispuestos sobre una llanura, sino que cruzan terreno montañoso y escabroso. En la actualidad, la militancia, por mucha admiración que le despierten, no hace profesión de fe de las revoluciones del siglo XX. Sostiene, como teorizó Damián Selci, que antes de derrotar al enemigo, en una batalla final de proporciones bíblicas y escatológicas, debemos derrotarnos a nosotros mismos.

Si la militancia se define por la responsabilidad absoluta, de todas formas y en cualquier caso está en la obligación de responder. No puede excusarse. He ahí su prometeica condena, que será también su libertad. No hay convicción por un lado y responsabilidad por el otro. La convicción de la militancia es la responsabilidad. Solo que frente a la responsabilidad militante, la responsabilidad weberiana mantiene la estatura de un pigmeo. Porque propio del militante es ocuparse de lo impropio (la responsabilidad del otro) y no apenas de las consecuencias medianamente previsibles de sus actos. La militancia es la locura de la sociología y de amigos suyos como la ciencia política y el derecho. Justamente porque quieren imputarle “personalidad” al militante (que es, al menos, dos) es que no lo comprenden.

No se “es” militante, sino que se deviene. En sentido estricto, la militancia no tiene “ser”. La militancia es un proceso que se reanuda o se reinventa cada vez. Lo que no implica un comienzo “desde cero”, abstracto, desimplicado de la historia. En verdad, la historia, con toda su carga dramática, se le revela al militante en la postulación retroactiva de sus propias presuposiciones, de aquellas líneas causales que, por caminos sinuosos y disputados, conducen hacia él, bajo la figura sin figura de una herencia que nos compromete. La militancia siempre se hace cargo: de sus precursores militantes, de las futuras generaciones militantes y del ahora indeterminado donde ella misma se prueba. En rigor, no importa a qué tiempo nos refiramos: siempre hay un militante que está por llegar y que espera nuestro reconocimiento, que no es más que nuestra responsabilidad.

No soy “yo” el militante, sino el “otro”. Equívoco inevitable del lenguaje el que no nos permite desterrar de nuestro reino a la imaginaria primera persona del singular, aunque la “cosa” sobre la que hablamos lo exija. Solo se “es” militante en tanto respondemos el llamado de otro militante y solo lo respondemos en tanto llamamos, también nosotros, a otro militante. Desde Badiou, conocemos este proceso subjetivo, de despliegue y creación de una verdad política, como fidelidad al Acontecimiento. Fidelidad que nunca se encuentra garantizada, que se pone en juego en cada ocasión. Hay que tener la entereza suficiente para soportar los golpes de la fortuna. Porque fracaso, para el militante, es ceder, claudicar, traicionar. Quien navega en las aguas turbias de la política no sabe nunca si tocará buen puerto. Un dominio completo de la contingencia es imposible: es el abecé del “negocio”. Por eso la militancia se arma de ingente fuerza de voluntad (su optimismo ontológico) y apuesta a la organización, que con los grandes principios (¿aunque no es la organización nuestra idea máxima?) es lo único que vence al tiempo. De ahí su incurable y apasionante utopía: el devenir-militante de todo el mundo.

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