“Me interesa saber qué le pasa al lector con estos personajes siniestros”

A través de su último libro, Ojos al ras, Juan Carrá aborda un asunto no muy explorado todavía desde la ficción: la complicidad civil con la dictadura genocida del 76, el hecho maldito e ineludible de la novela negra nacional. Su pasado como técnico eletrónico en Mar del Plata y su posterior carrera como periodista y escritor.

Por Mariano Abrevaya Dios. Foto: Mailén Albamonte (@mai.alba), por gentileza de Alto Pogo.

Un día hábil, por la mañana, Juan Carrá se conecta a un Zoom con Kranear, para conversar en particular sobre su último libro, de cuentos, que publicó la editorial independiente Alto Pogo, y el abordaje que realiza de la complicidad civil con la última dictadura del 76, pero también sobre la impunidad de los años 80 y 90, y cómo encontró en la cultura rock las primeras inquietudes y respuestas a una época de juventud marcada por un clima de antipolítica y anti Estado, su carrera como escritor y el género que lo obsesiona, y al que lo asocien, aunque no todo lo que produce se suscribe ahí: la novela negra.

¿Por qué el título <Ojos al ras>?

– Me costó mucho encontrarle un título al libro, y charlando con Miguel Molfino, el colega que escribió la contratapa, y a quien admiro profundamente no solo por su obra literaria sino también por su historia de vida y militancia, me sugirió ponerle , para de alguna manera graficar cómo estaba la sociedad ante ese poder, con la cara contra el piso, la bota encima, pero durante el tiempo que tardó el libro en salir –menciona el 2019- junto el editor –Marcos Almada, director de Alto Pogo- dijimos porque no solamente , ya que de esa manera conceptualmente estábamos hablando de que la mirada corte algo –y desde su pantalla surca el aire con su brazo de izquierda a derecha, como si fuese una cuchilla, muy filosa-. Una mirada trasversal. Lo que propone el libro es eso: una mirada a contrapelo del vínculo civil con el Terrorismo de Estado, un tema que no fue muy tocado todavía. Y no hablo solo de los actores civiles con poder, sino también de la sociedad en su conjunto, como facilitador de un gobierno genocida. Todos los relatos juegan con ese sentido.

En la Argentina, la dictadura del 76 pareciera ser el hecho ineludible de la novela negra, ¿no?

– Sí, de alguna manera, la dictadura siempre ingresa al género, como trama central, como tópico, pero también por otra vía, en textos que se centran en la actualidad y en los que aparecen secuestradores, la policía, los servicios de inteligencia, o represores que se reconvierten en el mundo del delito, porque en algún punto lo que trabaja la novela negra es la idea de la impunidad, del desequilibro entre verdad y justicia, y si hay algo que nos marcó como sociedad, y en especial a nuestra generación, es la imposibilidad de poder pensar en la justicia en un país en el que los mayores asesinos de nuestra historia estaban caminando por la calle. Un género como la novela negra, que se abona con esos tópicos, no puede, bajo ningún punto de vista, escaparle a estos asuntos. Es ineludible la referencia, en especial para autores de la generación que creció entre los ochenta y los noventa.

¿De qué año sos?

– Soy de 1978, y mi educación sentimental se forja en los 80 y los 90, en plena impunidad. No tengo ningún tipo de relación familiar con la dictadura. Lo mío es bien generacional. De adolescente, cuando tuve mis primeras inquietudes sobre la vida, me encontré que no sabía nada. Y es en la cultura del rock donde empiezo a encontrar algo de lo que me interpelaba, ya que la política no nos estaba hablando a nosotros, no solo acá sino en el mundo, a partir del “fin de la historia” y el triunfo del capitalismo.

Juan cuenta que fue por esa época que empezó a indagar en asuntos como la ciencia política, la historia, e incluso la filosofía, y puso un especial interés en la ebullición política de los sesenta y los setenta, y la posterior represión y genocidio que se produjo en el país con la implementación del Terrorismo de Estado. Se anotó en la carrera de Historia de la Universidad Nacional de Mar del Plata y poco tiempo después empezó a militar en la Federación Juvenil del Partido Comunista (PC).

En paralelo, y desde 1996, Juan se venía ganando la vida como técnico de computación en una empresa que le vendía servicios a la marca Epson. Su título del secundario lo habilitaba para realizar esa tarea: técnico electrónico. Fue en 2005 que el periodismo irrumpió en su vida, en principio para llenar el vacío que se le produjo luego de abandonar su militancia en el PC, aunque en seguida entendió que su formación política y militante le serviría y mucho para su nueva tarea profesional, que por otro lado, lo apasionaba. En 2010 le dijo adiós a su trabajo como técnico electrónico e ingresó primero en la redacción del diario La Capital y luego en la de El Atlántico. Fue durante ese período que escribió y publicó su primera novela, <Críminis Causa> (Letra sudaca, 2013). Luego llegaría el turno de <Lima, un sábado más> (Vestales, 2014).

En 2014 Juan se mudó a Buenos Aires, convocado por el periodista, escritor y actual director de la Revista Anfibia, Cristian Alarcón, para sumarse a un proyecto periodístico novedoso, inédito: una agencia estatal de noticias judiciales, dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. En muy poco tiempo, Infojus Noticias se instalaría en la agenda de medios como una fuente ineludible de consulta, no solo por su calidad profesional, sino también por su línea editorial y agenda de temas, que incluían entre otros asuntos, los juicios por delitos de lesa humanidad, la cuestión penitenciaria y el funcionamiento del propio poder judicial, blanco de fuertes críticas de parte del gobierno central, entonces a cargo de Cristina Fernández de Kirchner, pero también de una buena parte de la sociedad.

En paralelo, el ahora periodista de policiales y judiciales, decide fortalecer su formación literaria, entre otras experiencias, con el escritor Julián López. Su próxima novela sería (Vestales, 2016) y (Random House, 2018), y año siguiente llegaba el turno de los cuentos , aunque finalmente el libro sería publicado por Alto Pogo, en 2021.

¿Cómo se dio ese proceso?

– Marcos Almada tenía en la cabeza una colección de la nueva narrativa argentina, y para ese proyecto yo escribo el texto ‘El ablandador’, pero la idea se cae, y me dice que ese texto le interesa, pero que solo no funcionaba, y entonces me pongo con la escritura de otros cuentos o relatos que funcionasen como satélites para el primero. Y así nace el libro, puedo decir ahora que para Alto Pogo, con Marcos como mentor.

También puede suceder que uno decida publicar un tipo de texto en una editorial y otro en un sello diferente, ¿no?

– Sí, y en esto no voy a caretear. Yo quiero también publicar con una corporación, como sucedió con Random House, porque se trata de mi trabajo y necesito que me ingrese algo de dinero porque si no tengo que volver a la electrónica. Me interesa estar en los dos espacios, porque son canales distintos de circulación. De hecho, Esma, una historieta sobre la Escuela de Mecánica de la Armada que hicimos con Iñaki Echeverría, fue publicada con Evaristo, un sello independiente, y lo mismo con mi próxima novela, que sale con el sello Hojas del sur, otra editorial independiente.

¿Cómo se llama el texto?

– Agazapado, un texto que cierra la trilogía sobre la dictadura, junto a Esma y Ojos al ras. Se trata de la vida de un represor en su prisión domiciliaria, en un departamento, con la única compañía de una empleada doméstica, y durante la gestión de gobierno de la Alianza Cambiemos, cuando se intentó, por ejemplo, avanzar con el beneficio del 2×1 para los genocidas. De alguna manera, Ojos al ras fue un ensayo de esta novela.

¿Cómo es eso?

– Lo que hago en los dos libros es tratar el punto de vista del genocida. Me interesa la idea de romper la lógica del monstruo, no para construir un concepto positivo, sino para entender que la dictadura, el genocidio, en detrimento en definitiva de los trabajadores, están anclados en determinados conceptos ideológicos, netamente humanos. No hay monstruos sino sujetos pensantes de un modelo ideológico.

Seis cuentos componen el libro de la Colección Cuento de Alto Pogo.

El cuento largo El ablandador condensa uno de los costados más brutales y estremecedores del genocidio argentino, a través de un personaje muy sólido, verosímil, que en apariencia no tiene otro destino que el que le otorga el narrador, pero que se rebela y da un zarpazo. ¿Qué pasó ahí?

– Esto de que se rebela es una lectura posible, sí. Yo creo que es un personaje que está derrotado en una derrota, porque si no estaríamos ante la construcción de un héroe, y no, porque hablamos de un torturador. Como dice Molfino, el libro habla del desencanto sobre la condición humana. Y el texto interpela desde ahí. En la ficción estamos acostumbrados a giros en los que ese tipo, que es un sorete, en un momento va a mostrame algo que me hará pensar que lo que hizo tiene justificación, y ojo, que si eso sucede, no está mal, sino que habla de la moral del lector. A mí me interesa mucho saber qué le pasa al lector con estos personajes siniestros. En algún punto es lo que nos pasa en la vida real. A estos tipos quizá los vemos como monstruos y por ahí son nuestros vecinos. Ahí está la cuestión para pensar acerca de los civiles y la dictadura. No todo se ve tan claro cuando la vida está en movimiento.

Entre los seis textos hay uno que aborda la cuestión gremial, en el ámbito rural, con un patrón temible, y otro que apunta a la interna entre las facciones internas del peronismo y el surgimiento de la Triple A, por medio de la presentación de personajes inclementes, feroces. ¿Esos universos también sirven para tratar de narrar el horror del período 76-83?

– Los delitos de lesa humanidad, por ley, comprenden también lo hecho por la Triple A y la CNU (Concertación Nacional Universitaria), efectivamente. Y eso está presente en el libro, sí, por ejemplo en el primer cuento, Brujería, y la figura ficcional de López Rega; en el segundo cuento, Bajo del médano, pongo el foco en la agrupación estudiantil, que también terminaría formando parte de la Triple A, a través de un relato inspirado en el secuestro y asesinato de María del Carmen ‘Coca’ Maggi, una dirigente de la Universidad Católica de Mar del Plata. Por eso vuelvo a remarcar lo que dije antes: me interesa remarcar la idea de civiles y terrorismo de Estado, más que civiles y dictadura, que arranca el 24/3 del 76, y te queda afuera el Operativo Independencia, por ejemplo. En ese sentido, y volviendo al libro, en el cuento El familiar, que transcurre en Tucumán, está presente la atmósfera del Apagón de Ledesma.

En octubre de 2015, ocho civiles y un militar que pertenecían a la CNU, fueron juzgados por delitos de lesa humanidad cometidos en Mar del Plata, en el primer tramo de una causa que volvería a ser retomada en 2019, con una segunda parte. Fueron varias las condenas a prisión perpetua en cárcel común, como exigieron siempre los organismos de derechos humanos.

¿Y el cuento El monstruo del lago?

– Es el más lineal de todos y tiene que ver pensar a la sociedad y aquel mensaje del ‘No te metás’. Hay un juego simbólico, permanente, con la idea del monstruo que no se ve, y una familia tipo que en el contexto del genocidio está en su mambo, que cuando le dicen que existen monstruos, lo primero que dicen que es no, ‘esas son pelotudeces’. Se trata entonces de la recreación de una situación familiar, para así discutir qué grado de responsabilidad que tiene la sociedad en su conjunto en este tipo de momentos, ¿no?

Le dedicás el libro a quienes padecieron el Terrorismo de Estado, a quienes lucharon en las calles cuando las bestias estaban libres, y también a quienes terminaron con la impunidad. ¿Qué sería hoy de la Argentina sin el movimiento de los Derechos Humanos y el proceso de Memoria, Verdad y Justicia que impulsó el kirchnerismo?

– El movimiento de derechos humanos fue en los 80 y 90 significó la posibilidad real de que exista justicia y memoria en la Argentina. Sin ellos seríamos un país absolutamente miserable, sin dignidad. Y el proceso de reapertura de los juicios con la inconstitucionalidad de las leyes de impunidad a partir de la asunción de Néstor, más el momento simbólico en el que descolgó el cuadro de Videla, creo que configuraron un gesto histórico, de envergadura, para terminar con la lógica de la impunidad, que no solo tenía que ver con el pasado sino también con la construcción de un país hacia adelante. Creo que esto lo tenemos que agradecer de por vida.

Y sigue: “Por otro lado, creo que en ese gesto, afloró la posibilidad de que un sector de la juventud vuelva a creer en la política como un espacio posible de participación, luego del 2001 y el que ‘se vayan todos’. Se trató de un gesto fundante, y el peronismo reestañó un vínculo con la juventud y con determinadas banderas históricas. Los juicios continuaron y el Poder Ejecutivo apoyó mucho a los familiares de las víctimas, y aún más todavía luego del caso de Julio López.

¿Creés que la novela negra argentina goza de buen estado de salud?

– Siento que a cada momento se expande más el concepto de novela negra. Un montón de textos que hace un tiempo no hubiesen sido incluidos en el género, ahora sí, inclusive parte de lo que hago yo. Hay una elasticidad en el concepto del género que por un lado está muy bien, pero por el otro, desdibuja la idea. En el marco de esa elasticidad, creo que está repleto de muy buenos exponentes de la literatura argentina y latinoamericana, incluidas las mujeres, a las que no se visualizaba como ahora. En este momento, de hecho, se está realizando en Gijón, España, el festival considerado como la meca del género -se refiere a la 34 edición de la Semana Negra de Gijón-, en el que hay por lo menos tres autoras argentinas que tienen sus libros en competencia para los distintos premios del certamen. Dolores Reyes con Cometierra, Claudia Piñeiro con Catedrales -en las últimas horas ganaría el premio mayor, y aparte, desde un avión, o habitación de hotel, publicó un tuit recomendando la lectura de – y Causas urgentes de Paula Rodríguez, tres textos con contenidos sociales muy de época, y eso también me parece muy interesante de un género que siempre gozará de buena salud, en tanto y en cuanto dialogue con su época.

Desde hace un par de años, Juan ejerce la docencia tanto en la carrera Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes, como en TEA. Como dijo, espera no tener que volver a trabajar con la electrónica.

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