Apuntes sobre el bicentenario de la UBA

Con la excusa del aniversario doscientos de la Universidad de Buenos Aires, el politólogo Fabián plantea como fundamental que la universidad nunca deje de repensarse y transformarse. Desde su fundación a la actualidad, pasando por la gratuidad otorgada por Perón, balance y reflexión sobre el devenir y el futuro de la casa de estudios más centralista y europeísta del país.

Por Fabián Gastón

La Universidad de Buenos Aires (UBA), casa de estudios en la que muchos nos formamos y que cumple 200 años por estas horas, se encuentra atravesada desde su mismísimo acto de fundación bajo el impulso de Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia, por una contradicción fundamental: pretende ser la universidad nacional por excelencia, el lugar donde la nación se piensa a sí misma, pero su emplazamiento en Buenos Aires la coloca en una posición difícil para cumplir con semejante responsabilidad.

Es cierto que la UBA no está sola y que en los últimos años, para lamento de Macri y Vidal, se han proliferado las universidades públicas a lo largo y a lo ancho del país. Nada de lo cual quita que por los recursos de los que disfruta y por la tradición que carga en sus espaldas la UBA se eleva por sobre todas ellas y, obligada a lidiar con sus propias tendencias elitistas y aislacionistas (así como con los poderosos intereses corporativos que ya empezaron a colonizarla hace varias décadas), desempeña un papel crucial en la contención de las universidades privadas y sus institutos de investigación, es decir, en la defensa de lo público, siempre amenazado por la voracidad y las necesidades del capital.

Aquí escribimos desde un indudable sentimiento afectivo, desde una innegable vocación de agradecimiento. Porque transitamos sus pasillos y conocimos sus aulas. Porque en ella aprendimos de excelentes profesores y profesoras y construimos amistades y lazos que todavía duran. Y porque, conscientes del compromiso que allí late en favor del pensamiento crítico y emancipatorio, que en no pocas Facultades se predica y se respira, se torna necesario aprovechar la fecha para insistir en que es fundamental que la universidad nunca deje de repensarse y transformarse, porque alta y exigente es la tarea que tiene por delante.

En una conferencia que pronunció en la solemne hora del centenario de la UBA, Ricardo Rojas (quien pocos años más tarde sería nombrado rector), realizó una especie de autocrítica al declarar que si el Derecho, la Medicina o la Ingeniería se habían vuelto para el país fenómenos eminentemente universitarios, no sucedía lo mismo con disciplinas como la Filosofía, las Letras o la Historia, cuyos principales propulsores eran más bien talentosos autodidactas, ignorados por la Universidad (la legitimación de la Facultad de Filosofía frente a las denominadas Facultades superiores- Teología, Derecho y Medicina-, con el pedido expreso de que debe dejársele a sus integrantes libertad para razonar y criticar, es el objetivo básico de aquel famoso opúsculo de Kant titulado El conflicto de las Facultades). Alentando su expansión, Rojas venía desde hace un tiempo proponiendo la idea de que le correspondía a la universidad, como fuerza de ilustración y dirección del espíritu (o, en la línea que va de Renan a Gramsci, de reforma intelectual y moral), hacerse cargo de toda la educación primaria y secundaria de la nación. Llegado el bicentenario, la pregunta rectora que se hiciera Rojas continúa siendo válida: ¿Cuál es la misión de la universidad pública? ¿Qué se espera de sus graduados?

De una Biblioteca Nacional es fácil decir que es la institución responsable de custodiar la memoria de una nación a través de sus textos (al fin y al cabo, su etimología procedente del griego refiere a ella como el “lugar donde se guardan los libros”). Pero con la Universidad la cuestión es más complicada, porque del latín universitas no podemos desprender más que una evidente asociación con lo “universal”. En principio, la Universidad, corporación de origen medieval, es el establecimiento donde se forman los doctores (los doctos, los sabios, y aquellos con la tarea de docere, enseñar) y se cultiva el conocimiento. Hoy por hoy, la ciencia reclama ser el conocimiento más válido de todos y el inglés ha sustituido al latín como lengua universal y universitaria. Un turista debe saber hablar inglés, igual que los asistentes de un congreso, aunque estos con seguridad dispondrán de un vasto repertorio de términos especializados. Porque de las universidades ya no salen eruditos (entiéndase por erudito la persona culta: en la Edad Media, las primeras escuelas en reunir todo el saber de la época y que tiempo después recibirían el nombre de “universidades”, eran llamadas “estudio general”, sinónimo de “cultura general”). Salen especialistas.

Cuando la Universidad de Buenos Aires fue fundada en 1821, el proyecto venía madurando, no sin las resistencias de otras sedes, desde la época del Virreinato. Los hombres que dirigieron la Revolución, como es sabido, estudiaron afuera de Buenos Aires: Moreno en Chuquisaca, Belgrano en Salamanca y Valladolid, Castelli pasó de Córdoba a Chuquisaca. Los hombres que luego organizaron institucionalmente el país, en cambio, migraban desde sus provincias para insertarse en el nuevo dispositivo, sobre todo en el Colegio de Ciencias Morales. El sanjuanino Sarmiento siempre se lamentó por no haber recibido la beca que le permitiera ir a formarse a Buenos Aires. Beca a la que sí accedió el tucumano Alberdi, quien escribió uno de los textos fundantes de la nación, el Fragmento Preliminar al estudio del Derecho, desde el embrionario ambiente de la Universidad.

Por aquel entonces, la politización general de la época hacía que el pasaje por la Universidad se volviera un trampolín para involucrarse en política con mayor perspectiva de éxito. Algunos de sus estudiantes, luego personajes célebres de las letras argentinas, ni siquiera terminaban sus carreras, porque preferían entregarse a los vaivenes de la fogosa lucha partidaria. La UBA estaba destinada a formar a las élites o clases dirigentes que debían gobernar el país, pero no lograría más que educar a aspirantes a consejeros, porque el oficio del político se perfeccionaba más allá de las aulas y los claustros, independientemente de que en las décadas posteriores resultara frecuente que los abogados salidos de la Universidad se transformaran en los inquilinos de la Casa Rosada.

Quien fuera con probabilidad el rector más importante de su historia (superando con creces a otros nombres prestigiosos que también ocuparon el cargo, como los de Vicente Fidel López y Ricardo Rojas), Juan María Gutiérrez, oriundo de la Generación del 37, gobernó la Universidad con el afán ya de formar profesionales, aunque la vida política nunca dejó de estar vinculada con el paisaje universitario. Sin importar dónde decantaran los graduados, todos ellos procedían de las “buenas familias” y, por consiguiente, se sentían con el derecho de toda aristocracia a hacer valer sus aires de superioridad. La autopercepción que la Universidad conserva, todavía hoy, como “educación superior” (de hecho, la noción de “grado” evoca un rango, una jerarquía), deja a la vista de cualquiera sus raíces aristocráticas.

Hasta los años de Perón, cuando se declaró la gratuidad y empezó a crecer con mayor velocidad el padrón de estudiantes (pero también su diversidad), la agitación política que nacía en las aulas colocaba a la Universidad como un lugar de intenso conflicto. La Reforma, que de Córdoba se extendió a Buenos Aires y a toda Latinoamérica, tenía como trasfondo de sus demandas de libertad de cátedra, autonomía y cogobierno, la renovación y el transvasamiento generacional de las élites, mas no dejaba de pensar con una perspectiva elitista. En tanto la Universidad dice concentrar el “saber”, ella distribuye honores y dispensa el prestigio. Un título universitario acredita a su portador la pertenencia a una “nobleza de Estado” (por emplear la jerga de Bourdieu) y le habilita privilegios que los no-universitarios no detentan. No obstante, esa tradición de luchas que mencionamos generó también un insurgente clima de resistencias contra los intentos de disciplinamiento y “modernización” que pretendían legitimar el orden existente y ponerlo a salvo de toda mirada crítica. No casualmente en las décadas del 60 y el 70 las universidades fueron calificadas por las Fuerzas Armadas como uno de los focos subversivos más “infecciosos”.

Que la Universidad se localizara en Buenos Aires, sin embargo, llevó inevitablemente a que prevaleciera en ella una visión centralista y europeísta del país. Quienes querían estudiar, debían consagrarse en la ciudad, el punto que articulaba todo el abanico ferroviario y en el que, por medio del puerto, entraban y salían las mercaderías que se producían afuera de la más tarde declarada capital (que atinadamente Martínez Estrada definió como la “cabeza de Goliat”). Desde los inicios de la reflexión intelectual en el país, la apertura mental a Europa no tomó los recaudos de hacerse desde la óptica del traductor, por mucho que la profesión del traductor resultara invocada por los miembros de la Generación del 37, empeñados en la formación ecléctica (y el eclecticismo lo extrajeron de Europa, tanto como el gusto por el “color local”) de una conciencia nacional. La universidad se dejó penetrar por lo “universal” (que era lo europeo) en vez de enseñar, como Jauretche, que “lo nacional es lo universal visto por nosotros”. Faltaba en ella una meditación austera sobre las necesidades, inmediatas y profundas, materiales y espirituales, que gemían en suelo argentino y americano.

David Viñas ha llamado la atención sobre la experiencia mística y erótica del viaje. ¿Con qué se nutrió la universidad sino con las novedades provenientes de Europa, como si allí residiera la Verdad de la que nuestra tierra estaba privada? Echeverría regresó del “viejo continente”, cual apóstol o enviado de Dios, con la buena nueva del romanticismo, que pronto se esparció misionalmente entre los grupos intelectuales entonces en gestación. Un siglo después, el exiliado italiano Gino Germani se instaló en la Argentina para predicar las bondades de la sociología científica y desterrar de las aulas el “poco riguroso” ensayismo nacional, que por aquellos días se encarnaba en la poderosa figura de Ezequiel Martínez Estrada. Basta recordar que Ernesto Quesada, uno de los mayores eruditos y catedráticos de la historia del país (y que no se puede juzgar carente de perspectiva americana), quien introdujo a Spengler en los cursos universitarios, durante sus últimos años de vida se retiró a Suiza, decepcionado por el atraso en la profesionalización de la investigación científica en la Argentina. Europa aparece así como lugar de redención y como cementerio… Por el contrario, Ernesto Guevara, también universitario, decidió viajar en motocicleta. Y en motocicleta no podía cruzar el Atlántico.

El problema, desde luego, no es leer a autores europeos (más discutibles son los ignotos y superficiales norteamericanos que copan los planes de estudio), sino hacerlo con “complejo de inferioridad”, lo que implica desconocer que aquí se escribieron buenos libros y condenarlos al olvido por nuestro traumático sentimiento de impotencia. Puede decirse que cuanto más comprendamos las más variopintas culturas, más comprenderemos los secretos de la nuestra. Pero siempre hay que estudiar con los pies sobre la tierra. Y en eso no sería osado afirmar que, a la hora de consumir lo de “afuera”, resultaron mucho más originales nuestros ensayistas (de Sarmiento a Selci, que casi que juega y se divierte con Hegel, Lacan o Deleuze) que nuestros “científicos” e “investigadores”. Horacio González fue profesor de la UBA y siendo parte de las Cátedras Nacionales (cuando la Facultad de Filosofía y Letras se encontraba intervenida), dictaba clases a miles de estudiantes. Su monumental obra, dedicada de principio a fin a pensar la Argentina, con sus contradicciones y sus mitos, no parece tener, a ojos de la universidad, la necesaria “seriedad académica”.

Por querer estar a la altura de las exigencias de la ciencia, la Universidad se ha empobrecido y estimula formas de escritura estandarizadas, monolíticas y mediocres, como lo es la compulsiva y aburrida manía de los papers, que en pos de lograr la exactitud y el rigor, sacrifican el contenido y se dedican a hablar de nimiedades que no interesan a nadie. ¿Qué lección o enseñanza de vida nos proporciona un artículo pasado por todas las formalidades que demanda la Academia? ¿Qué pensamiento nuevo se puede extraer de ellos? La avidez de novedades, la necesidad de “estar al día”, la búsqueda de lo último de lo último, conduce a la chatura absoluta. Las becas de investigación y el mundo de las tesis, en la misma lógica, responden casi siempre a las modas vigentes o a los intereses del mercado editorial. El repliegue académico contribuye así a alejar al pueblo de la Universidad o a limitar la perspectiva de la mayoría de sus graduados, que, en lugar de pensar, calculan como máquinas, tomando como base toda la información recopilada en miles de artículos que no saben para qué fueron escritos.

Para comprender la paradójica situación del homo academicus, es preciso dar un salto hacia sus remotos orígenes, es decir, volver sobre la Academia, la célebre escuela fundada por Platón en las afueras de los muros de Atenas y en honor al mítico héroe Academo. Resulta significativo que la fama de Academo, según nos cuenta Plutarco, se deba a haber evitado una guerra, oficiando de mediador entre los atenienses de la época de Teseo y los lacedemonios. Quizá resida allí la permanente vocación por el diálogo y el acuerdo que caracteriza a nuestros eminentes “profesores” e “investigadores”. Tampoco es digno de menosprecio que uno de los posibles significados etimológicos de ekasdemos sea “lejos del pueblo”. A fin de cuentas, Sócrates nunca dialogó con la multitud (salvo cuando se vio forzado a comparecer frente al Tribunal que lo condenó a muerte), a la que Platón consideraba la mayor de los sofistas, la corruptora de las mejores almas. Ligarse a las masas-prescripción maoísta- implica la supresión del académico como tal. Porque es en la Academia donde se saca a relucir el pathos de la distancia: “aquí no entra nadie que no sepa geometría”. Kant lo dejó bastante claro en el texto al que hicimos mención, al plantear que ese “gremio de eruditos” que es la Universidad (la palabra Academia la empleaba para referirse a las Sociedades Científicas independientes) habilitaba discusiones cerradas entre sus propios miembros, pero jamás con el pueblo, al que servía de manera indirecta.

Si rol de la Universidad es formar profesionales, deberíamos preguntarnos qué tipo de profesionales queremos. ¿Precisamos acaso de profesionales con un mero perfil utilitario, que no son capaces de diferenciar las necesidades de la sociedad de las del mercado o que, por relegar las ideas a segundo plano, trabajan a demanda? ¿O de expertos “competentes” que luego servirán como tecnócratas bajo algún gobierno neoliberal? ¿O de graduados que se dedican a investigar por investigar, para no perder su beca, o que hacen carrera dentro de las complejas y empantanadas burocracias universitarias, solo para sacar chapa o lucir su status? Frente a estas tendencias, que son hegemónicas, tal vez resulte urgente recuperar el viejo sentido religioso de la palabra profesión, que tan bien supo apreciar Max Weber, en la tradición de Lutero. Alguien que ejerce una profesión es alguien que profesa una fe y que, como tal, está comprometido con una causa que lo trasciende y lo obliga. Léase una y mil veces el Discurso de Guadalajara de Salvador Allende.

Un universitario, estudiante o graduado, debe tener la conciencia de que está ostentando un privilegio, porque no estaría ahí a no ser porque el Estado garantiza su derecho a la universidad (sobre esto viene reflexionando mucho Eduardo Rinesi) y porque el pueblo financia con sus impuestos su educación. La mayor parte del tiempo, aquello se olvida. Se accede a un título, o se acumulan varios, como si se nos estuviera reconociendo con honores. El esfuerzo personal, que sin duda lo hay, no deja de ser secundario. Porque la contradicción que atraviesa al universitario y, con él o ella, a la universidad toda, es la injusticia manifiesta de que millones no tengan siquiera la oportunidad de ingresar a sus aulas. Cualquier universitario, venga de la disciplina que venga, se encuentra bajo la coacción de la responsabilidad. La responsabilidad por los sufrimientos y los malestares de un pueblo que, pese a todo, le permitió ir a la universidad, que tanto hace para alejarse de él y mirarlo con la nuca. La responsabilidad por los que tienen cerradas las puertas de la universidad, y las de la justicia.

Por eso, a 200 años de su fundación, la UBA tiene que luchar contra sí misma, recoger sus mejores tradiciones y generar espacios de pensamiento crítico y revolucionario que desencadenen la entrada de las multitudes a sus vastos dominios, para que la universidad sea transformada por ellas. Antes que formar procesionales, la universidad tiene que educar militantes.

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