Territorialidad y representación popular

El acto en la Isla Maciel será recordado por su fuerte contenido político y la ratificación de la identidad política del gobierno popular: el peronismo. Ante los errores propios, magnificados hasta el hartazgo por los agoreros del fracaso, la primera plana del gobierno se mostró unida y convincente.

Por Mariano Abrevaya Dios

Luego del cimbronazo político que produjo la foto del cumpleaños de Fabiola, en la quinta presidencial de Olivos, hacia el interior del Frente de Todos, el acto en la Isla Maciel sirvió para cerrar filas, volver a mostrarse en unidad y ratificar el rumbo del gobierno, más aún ahora, en la antesala de las elecciones: campaña de vacunación, obra pública y reconstrucción económica.

El marco fue el ideal: entrega de viviendas sociales en la Isla Maciel, un barrio de la localidad de Dock Sud, partido de Avellaneda, consustanciado con el peronismo por historia, por identidad política, por albergar allí a los sacerdotes del Movimiento de Curas de Opción por los Pobres. A la primera plana del Frente de Todos se la vio muy cómoda en ese escenario, con las casas a estrenar detrás de sus espaldas, las calles de tierra, los obreros de la Uocra con sus cascos amarillos, los beneficiarios del plan de viviendas, los vecinos y vecinas de la zona que portaban fotos y carteles de Néstor y Cristina y remeras con el rostro de Evita.

Durante los discursos, Cristina fue la más contundente. Por experiencia en la gestión de gobierno, también por sufrimiento personal, por el amor y el respeto que le tienen millones de argentinos, su palabra tiene el peso de la verdad y la historia. Como cada vez que realiza una aparición pública, sus definiciones seguirán resonando hasta dos o tres días después de los hechos.

Con la fuerza, la lucidez y la claridad que la caracterizan, volvió a hostigar al macrismo y al radicalismo conservador y entreguista, y les endilgó un concepto memorable: son la República de Morondanga. Volvió a criticar con dureza al sistema de medios opositor, por cínicos, por desestabilizadores, y ponderó la militancia y la práctica política como herramientas de transformación y disputa con el poder real que ni antes, ni ahora, está dispuesto a ceder en sus privilegios.

Por estas horas en las que la oposición y los medios masivos de comunicación avanzan con los ojos desorbitados y el gusto de la sangre en la boca, la defensa de Cristina a la gestión de Alberto Fernández resulta fundamental para espantar cualquier fantasma que se quiera imponer desde afuera: la unidad se ratificará cada vez que el gobierno popular sea atacado por el poder real.

Se citó sin nombrarlo a Don Arturo Jauretche, quien hace varias décadas ya había hablado de los imperdonables errores que podían cometer los movimientos populares a los ojos de los dueños de la Argentina.

El peronismo sabe de persecuciones, operaciones de prensa, procesos desestabilizadores. Las sufrió desde su nacimiento y sobrevivió a todo tipo de aberraciones. Cristina conoce ese paño mejor que nadie. Alberto, también, quien luego de una primera disculpa, hace unos días, que tuvo gusto a poco, volvió referirse al asunto al día siguiente, desde La Matanza, donde se inauguró un centro de formación universitaria, y ahora sí, salió a contragolpear. Dijo: nosotros nunca vamos a tener que pedir perdón por hambrear al pueblo, perseguir opositores, regalar soberanía y endeudar la Patria, entre otros horrores. Y en Maciel volvió a mostrar ese tono combativo, convincente, de cara al pueblo beneficiario de la obra de gobierno y asistencia ante la pandemia; el único interlocutor al que hay que darle explicaciones, apuntó.

El presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, también habían mostrado las uñas y los dientes en el inicio del acto. El mensaje fue unánime: nosotros tenemos diferencias internas, nos equivocamos porque somos humanos, pero construimos barrios populares, hospitales y rutas, no como el gobierno anterior que paralizó las obras; nosotros pagamos la deuda que contrajeron otros y llegamos al poder para recuperar y ampliar derechos, como lo hicieron Perón y Evita, Néstor y Cristina.

“El poder no se cuestiona a si mismo, el poder siempre cuestiona al pueblo en sus errores”, dijo Cristina, y eso lo saben propios y ajenos. Hoy el asunto central parece pasar, una vez más, por quién tiene mayor poder de fuego para imponer su versión de los hechos, de la realidad. Por un lado la política, el Estado, las instituciones de la democracia, la militancia, las convicciones, y por el otro, la antipolítica, las corporaciones, los privilegios, el juego sucio, las mentiras.

Eso sí: a este peronismo, encarnado por el Frente de Todos, no le van a torcer el brazo ni mucho menos hacer retroceder en sus ideas o programa de gobierno. Y un dato que aterra al poder real: los y las jóvenes militantes que crecieron al calor de los gobiernos kirchneristas y que hoy forman parte de las organizaciones populares y que ocupan cargos de gestión y representación parlamentaria, no van a parar, un fuego los come por dentro, cuanto mas pegan desde el poder real, más ganas de seguir trabajando por el país en el que quepan los 45 millones de argentinos y argentinas.

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