Las elecciones y el miedo a los imponderables

El kirchnerismo logró sus mejores desempeños electorales en 2015 y 2019, cuando un sector de la ciudadanía que no milita de manera orgánica le puso el cuerpo a la elección, motivada por sentimientos profundos y colectivos. Los eslóganes, publicidades y los candidatos son importantes, pero más aún la militancia, un capital imprescindible para pensar en el futuro.

Por Gastón Fabián. Fotos: La Cámpora Ciudad de Buenos Aires.

Escribimos estas líneas empujados por el miedo y la desconfianza que desde hace algunos años arremeten en cada período electoral. Cada vez que nos sumergimos en una discusión con compañeros y compañeras, nos da la sensación de que cuando tenemos que transitar la campaña, la derecha, que hizo estragos gobernando y es mentirosa compulsiva, a pesar de su cinismo, es más hábil que nosotros para traccionar los votos que necesita. No importa que se fragmente en rencillas estúpidas, que sus dirigentes cometan errores no forzados o que carezca de mística. Entre propios, nos gusta convencernos de que la derecha –hoy corporizada en el macrismo- anda un paso adelante y de que nos queda mucho para aprender de su destreza en el marketing. Todos los pronósticos de Durán Barba fueron aplastados en el 2019. La realidad se los llevó puestos. Pero aun así, difundimos como secreto a voces la certeza de que algo debe saber que nosotros no.

La militancia se encuentra invadida, permanentemente, por una insufrible crisis de autoestima. Es bastante notorio en los momentos defensivos o de repliegue, aunque no se agota en ellos. A decir verdad, se trata de un elemento inherente a la misma condición militante. Justamente porque nadie “es” militante (“yo” solo puedo ser militante en tanto “otro”, en tanto “devenir-militante”; no en-sí, sino para-otro), a cada rato se torna indispensable combatir contra las tentaciones que una sociedad antimilitante (o una sociedad donde la militancia es “inexistente”) nos impone. Entre ellas, que la militancia es muy noble, muy digna, muy conmovedora, pero que no sirve para ganar elecciones. ¿No es insólito que argumentemos con frecuencia que lo que para nosotros es lo más nuevo en política, la verdadera política, la militancia, sea lo más viejo, lo más vetusto, lo más obsoleto en cuanto a campañas electorales se refiere?

Se nos llama entonces a apropiarnos de los diversos medios tecnológicos que nuestro enemigo utiliza, como si fueran neutrales y solo triunfara quien los amarra con mayor inteligencia y creatividad. Partamos de la base de que no podemos dejar de usarlos, porque son los canales que el capitalismo actual generó para hacer circular todos sus flujos (que tienden siempre a ser flujos de mercancías: también nosotros lo somos cuando nos absorbe la red). Tampoco sería conveniente, porque nos toca luchar incluso en los espacios hostiles, donde tenemos las de perder. Si son importantes para la vida de las personas, resultaría tonto desatenderlos. Pero de ahí a otorgarles la centralidad que no se merecen hay un abismo. Otorgarles esa centralidad no es “aggiornarse”, es reproducir, haciéndola pasar por decisión propia, la conducción ideológica del enemigo. Establezcamos, por ende, una máxima para regir nuestras acciones: redes sociales sí, siempre y cuando no debiliten la militancia. Porque la militancia es la esencia de nuestra política.

Los publicistas elaboran estrategias de comunicación, piensan cuál es la frase más bonita o la imagen más seductora para instalar un candidato o un sello. No reneguemos de su trabajo. Simplemente, pongámoslo en el lugar que corresponde. Una frase bonita no es una consigna política. Una consigna política, como advirtió Lenin en un panfleto famoso, es un arte de lo más difícil, que, al tensarse las fuerzas, debe saber captarlos momentos oportunos y desencadenar los efectos deseados. Cuando confundimos política y marketing, habrá que buscar entre las causas el olvido de una pregunta fundamental: ¿qué significa ganar? ¿Ganar es sacar más votos que el adversario?

Fabián destaca la disciplina militante como un valor fundamental del campo nacional y popular.

A menudo se omite que una elección (igual que una discusión parlamentaria) es una sublimación de la guerra civil, una manera de dirimir circunstancialmente, de acuerdo con ciertas reglas, las diferencias y, por qué no, el antagonismo que divide la sociedad. En lugar de batallas y derramamientos de sangre, cada cual explicita su preferencia política y acepta respetar el pronunciamiento de la mayoría (mayoría que se deja prefigurar por un mecanismo de conteo). Todo juego institucional descansa en la idea de que las mayorías cambian, porque los estados de ánimo y de opinión fluctúan de forma constante. Aquel consenso es el que le da legitimidad a un proceso electoral: hoy me toca perder,pero mañana puedo ganar. Y sin embargo, nada de esto significa que la guerra haya desaparecido de la faz de la tierra. Ella siempre está latiendo en el subsuelo. Siempre acecha. Siempre es inminente, incluso cuando todo parece estar tranquilo.

Que el lenguaje que se emplea en la política suela provenir de la guerra es lo que define a la política misma como una lucha de voluntades contrapuestas. La campaña electoral evoca, inevitablemente, la campaña militar. Palabras como movilización, marcha, columna, concentración y militante, pertenecen al ámbito castrense. En ese sentido y parafraseando el célebre aforismo de Clausewitz, las elecciones son una continuación de la guerra por otros medios. Ganar una elección sin modificar la correlación de fuerzas ni provocar transformaciones subjetivas no es muy emocionante, ni siquiera muy redituable. Como mínimo, anhelamos un involucramiento, un compromiso, que luego obstaculice la permisiva lógica de la demanda insatisfecha y la frustración que le acompaña.

El kirchnerismo no logró sus mejores desempeños electorales cuando los “profesionales” dirigieron sus campañas. Lo hizo con la movilización popular. Cuando sectores que no militaban orgánicamente, de repente, irrumpieron en la escena, con la dosis necesaria de nerviosismo y el sentido apasionado del peligro (la atmósfera de peligro es lo más propio de la guerra), que los entregó, al menos durante un tiempo, a la más activa y fanática militancia. Nos referimos, claro está, al interludio entre las generales y el ballotage del 2015 y a las elecciones del 2019. En ambas circunstancias, fueron los corazones acelerados y los cuerpos inquietos los que, espectacularmente, cosecharon números imprevistos por cualquier consultora.

Problema de los militantes es cómo sostener esa incorporación política de los “muchos” más allá de los períodos frenéticos y excepcionales, cuando el entusiasmo desbordado o las pasiones inflamadas se calman lentamente. Tal vez sea dicho “milagro” el auténtico significado de la victoria que buscamos construir. A los modestos fines de este texto, sin embargo, eso es harina de otro costal. Basta por ahora con manifestar la convicción de que infinitamente más decisiva que la más edulcorada publicidad es la acción enérgica de las masas, o que mueve más el amperímetro el despliegue militante de los ciudadanos que un candidato que se desenvuelve bien en televisión. Esto no quiere decir que no debamos contar con la mejor publicidad y el mejor candidato. Es un orden de prioridades.

Pero, ¿por qué se movilizarían las masas en una época de creciente apatía? La pandemia profundiza el sentimiento de soledad, destruye los lazos comunitarios y hace a millones esclavos de las necesidades más apremiantes. Quita el tiempo, estresa y doblega las voluntades. Solo la organización está en condiciones de entablar una lucha titánica contra el tiempo, es decir, de dar el tiempo que falta para militar. La organización es nuestra principal virtud. Porque la derecha es dueña del poder económico y el poder mediático. Tiene las armas, los canales de televisión, el capital, los jueces, las influencias. Su supuesta experticia en el marketing (como “ciencia electoral”) no es más que un simulacro. Los pueblos, por el contrario, solo disponemos de nuestra disciplina militante (y, cada tanto, de algunos resortes del Estado). Imitar a la derecha, además de insensato, es imposible. Ni tenemos los mismos instrumentos ni tenemos el mismo destinatario.

La disciplina militante, sin embargo, no es poca cosa. Es un valor que nosotros disfrutamos y ellos no. Algo que no comprenden. Que creen que lo hacemos por los motivos con los que razonan (consideran que militamos por plata o por contratos, porque es lo que harían). Y que, por sobre todas las cosas, contiene una fuerza de la que nadie es capaz de calcular sus límites. Como testigo directo y estudioso de las guerras napoleónicas, eso fue lo que más sorprendió al mayor teórico de la guerra, el ya mencionado Clausewitz. Hasta su perspicaz ojo, se pensaba que lo que importaba en un conflicto bélico era la superioridad numérica, en términos absolutos o relativos, en todo momento y lugar o en el lugar y en el momento decisivo (que es lo que dicta el principio de economía de fuerzas). Pero Clausewitz observó en los ejércitos napoleónicos (que eran los ejércitos de la Revolución Francesa dirigidos por un genio) que el factor emocional era el centro de gravedad de sus conquistas. ¿Por qué los ejércitos de Napoleón eran imparables y arrolladores, incluso cuando pasaban hambre, frío y estaban mal equipados? Por lo que Clausewitz denominó “magnitud moral y mental”, magnitud que resulta inconmensurable. No es que la confianza vaya a imponerse siempre sobre las armas. Pero es un componente que no se puede subestimar.

Para que una movilización de este estilo acontezca, se precisa, como hemos sugerido, de una sensación inminente de peligro: los derechos adquiridos serán arrebatados, el enemigo está por regresar y su venganza será despiadada, etc. Antes de Napoleón, los éxitos militares de los jacobinos descansaron en esa agitada zozobra. El terror paraliza, pero el miedo, si se conduce bien, despierta a las conciencias dormidas y las obliga a reaccionar. La esperanza de un mundo nuevo o un mundo mejor siempre lleva tras de síla huella indeleble del miedo. Por eso muchas veces deben moderarse las críticas al hábito de invocar el pasado. Porque si nadie “vive del pasado”, tampoco nadie “vive del futuro”. En realidad, lo sabemos por experiencia, se vive de las dos cosas (la religión da pruebas fehacientes de ello, igual que el amor). Es bueno tener propuestas en una campaña, pero recordando que la palabra “propuestas” perdió casi todo su prestigio en política y que para el punto de vista “apolítico” un político es alguien que no cumple lo que prometió antes de las elecciones. No podemos alimentar las esperanzas de cara al futuro sin un balance certero del pasado. Y sin el miedo de que, enderezado el rumbo, volvamos a trastabillar.

La misión de la militancia es fortalecer la militancia, apunta Fabián.

Cuando domina el neoliberalismo (económica y culturalmente), pasado y futuro ceden su trono al presente. La hegemonía indiscutible del presente produce ansiedad y la ansiedad lleva al desastre. Cuando se pierde la dimensión temporal de la política, cuando se deshistoriza la realidad, es factible que aparezca un Macri que prometa resolver el problema de la inflación con un “chasquido de dedos” o que su gobierno generará “pobreza cero”… Y que buena parte de la sociedad se lo crea. Una elección, aunque los publicistas intenten persuadirnos de lo contrario, no está por fuera de la política, es decir, de la lucha, es decir, de la historia. Si simula estarlo, entonces algo anda mal y es imperioso politizarla de nuevo.

La politización ocurre cuando lo que parece natural adquiere, de repente, una carga dramática. Que se construya un shopping o se levanten torres donde podría haber un gran espacio verde, o que se demuelan viviendas para tender una autopista, en cierto momento, deja de resultar un proceso esperable de la dinámica urbana y la modernización y pasa a simbolizar la destrucción de la ciudad. Ciudad que tiene que ser defendida por los ciudadanos. La elección surge como una oportunidad de poner freno a semejante tendencia (modificando la correlación de fuerzas en la Legislatura) y ya no se la ve como un simple y tedioso trámite administrativo. Como el voto individual es porcentualmente insignificante, uno es tentado por la necesidad de reclutar el voto de otros. Y así quien protestaba desde su casa o en las redes sociales, asaltado por la impotencia de la soledad o la endogamia de su círculo de seguidores, se lanza a la arriesgada travesía de confrontar con la diferencia del otro.

Los métodos tradicionales a los que la militancia recurre en campaña (la mesa, el volanteo bajo puerta, el timbreo o “casa por casa”, la intervención callejera, el festival en la vía pública, las recorridas con candidatos) acaban radicalmente potenciados cuando miles de voluntades nuevas se suman a realizar, en el peor de los casos, las mismas tareas, que pierden su carácter rutinario y vuelven a ser encantadas por la magia de la política. Alguien dirá que la pandemia y la obligación de cuidarnos imposibilitan la movilización política, que es nuestro bien más preciado y que, por consiguiente, corremos con desventaja. ¿Pero no tiene la militancia una manera de moverse en el territorio que muchas veces está lejos de ser multitudinaria, que es sigilosa, paciente y capilar? Esa audaz y perseverante “lentitud” de la militancia es lo que revela su naturaleza estratégica. Siempre es en la estrategia donde debemos ser más fuertes. Por eso la misión de la militancia es fortalecer la militancia. Lo demás, según convenga o no, queda a cuenta de la táctica.

Esperar que un “genio” de la publicidad diseñe como un “salvador” el medio propagandístico adecuado para “ganar” es evadir la dificultad, asumir que la “cosa” se resolverá por fuera de la militancia y, por tanto, declarar la irrelevancia histórica de la subjetividad de la que se participa. Ponerse la campaña “al hombro” implica llegar a considerar que la militancia es tanto el problema (porque de vez en cuando no confía en sí misma) como la solución. Y que así como hay que convocar a quienes se recluyeron luego de un activismo sideral, debemos empezar por convocarnos a nosotros. Para lo cual es menester comprender lo que hay en juego y que no da lo mismo un resultado o el otro, nuestro compromiso o nuestra displicencia.

No se puede hacer teoría de la contingencia, de lo irrepetible de la experiencia. Pero sí se puede instar a perder el miedo a los imponderables, a los infortunios, a los azares que son la materia de toda política y con los que le toca lidiar a toda voluntad organizada. Ningún gurú posee la varita mágica ni la fórmula de la Coca-Cola. El miedo que nos debe aquejar es muy distinto. Es un miedo que responsabiliza, que nos pone de frente al destino. Cuando todo pende de un hilo, cuando caminamos al borde del abismo, es cuando más importa esa indomable fuerza de voluntad que caracteriza a la militancia, que siembra en todas partes y en todo momento y que nos arroja a construir la vida que queremos, porque es la que venimos militando.

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