Redondo hasta que me muera

Crónica de la misa ricotera que se armó en los alrededores del Estadio Único de La Plata en la previa del primer recital que Los fundamentalistas del aire acondicionado realizaron frente al fervoroso pueblo ricotero, luego de un año y medio de pandemia.

Por Mariano Abrevaya Dios

A cien metros del ingreso al campo del estadio, una madre y un hijo de unos seis años toman un vaso de coca cola sobre el cordón de la vereda. Falta poco para que empiece el show, pero hace un media hora hubo lio con la policía y es mejor esperar un rato. En la parte de atrás de la remera del nene dice “Soy hijo de una ricotera”, y en la de ella, “Soy mamá de un ricotero”.

La previa al recital se extiende durante varias cuadras, sobre el amplio y parquizado boulevard que conecta la rotonda del ingreso a la Ciudad de la Plata con el Estadio Único Diego Armando Maradona. La misa ricotera tiene forma de bandera, remera, gorrito piluso y vasos de litro hasta el tope con ferné, aroma a bondiola y flores de marihuana, y el color de una fiesta que, como toda celebración, tiene momentos de sosiego, de encuentros y bocanadas de humo, y en otros, puro fervor y mística, gargantas afónicas y torsos desnudos.

El Indio no va a estar sobre el escenario, y mucho menos Los Redondos, pero no importa, al show –y en especial a la previa- se viene igual, desde todos lados, y como siempre, de manera masiva. Familias, amigos, parejas y grupos de jóvenes de las provincias, Ciudad de Buenos Aires y el interior bonaerense, en autos, colectivos, combis o a dedo. La capacidad hotelera de la Ciudad, una vez más, está agotada.

Las misas, un lugar de encuentro y celebración.

Debajo de las ramas de un enorme eucalíptus, rodeado de autos, camionetas y carpas, un hombre entrado en años, calvo, con mucho rock encima, toca canciones de Los Redondos. Está amplificado por un sonido precario, guitarra y micrófono, y a su alrededor, unos cincuenta ricoteros bailan, saltan, hacen flamear banderas, y en especial, cantan. Luego de una pausa, en la que el hombre aprovecha para pegarle un par de tragos a un botella helada de cerveza, algunos le piden fotos.

Son algo más de las siete de la tarde y el ambiente está a punto caramelo. La mayoría de los ricoteros son jóvenes, pero también hay gente de más de cuarenta, que vio en vivo a Los Redondos, antes del 2001, cuando se separaron. La mayoría viene de barrios populares, pero también hay muchos pibes y pibas de clase media. Todos mezclados, los mismos códigos, una convivencia pacífica y amigable que solo se quiebra con alguno que está pasado, o pasadísimo, o la presencia o accionar policial.

Nadie usa barbijo. Hay muchas remeras de fútbol –muchas de El Lobo- y la figura de Diego Maradona se hace impone a través de remeras, banderas y gorros. En el frente de un depósito en el que en la semana funciona una maderera, unos pibes de la zona venden sándwiches de pollo o vacío, a 500 pesos. El litro de ferné, mismo precio. Lata de cerveza, 200. Aparte, le habilitaron un estacionamiento a un ómnibus de larga distancia, que llegó hace un par de horas desde San Luis, cargado de ricoteros y ricoteras. Sobre la vereda, los vendedores ofrecen remeras del Indio a 1.000 pesitos.

La nueva generación ricotera también participa de las misas.

De manera inexplicable, el ingreso al campo se realiza por una calle lateral al boulevard, angosta, de veredas estrechas y casas bajas, que a una hora y monedas del comienzo del show, está colmada de gente. Muchos vecinos aprovechan la invasión para vender comida y bebida en sus patios delanteros o jardincitos. La noche está limpia, templada. Se hace pis contra cualquier reja o árbol. Las mujeres hacen cola frente una casa en la que la dueña cobra unos pesos para pasar a un baño.

En el ingreso, vallado, se arma un culo de botella. Otra vez, inexplicablemente, el paso es estrecho y hay solo un puñado de personal de seguridad cortando los tickets, revisando las entradas. Crece la ansiedad, la presión, las ganas de entrar. La policía, entonces, despeja la zona con gas pimienta y una serie de disparos de balas de goma hacia el cielo. Se produce el desbande. No es tan difícil organizar un ingreso de miles de personas, dice uno. No piensan en la gente, dice otro. Tienen razón. Estas situaciones podrían ser evitadas, por ejemplo, abriendo el ingreso para descomprimir la conglomeración de gente. Y eso sucede, efectivamente, un rato después: a partir de ahí, y en como todos los recitales de Los Redondos y El Indio, se abren los ingresos, los de Seguridad se ponen a un costado, y adeeeentro.

Un profundo sentido de pertenencia atraviesa a los seguidores y seguidoras de El Indio.

Cuánta gente te ingresa sin entrada, se pregunta uno. ¿Mil, dos mil personas? La organización del evento, uno o dos días antes, ya tenía vendidas por lo menos 60 mil entradas a dos mil pesos cada una.

Ya sin controles, la marea de seguidores, muchos de ellos con bebidas en las manos, avanzó con ansiedad hasta el estadio, magnífico, construido sobre una enorme lomada, hasta llegar a un túnel que desemboca en unos de los arcos. Allí, en ese embudo de concreto, con el campo cincuenta metros más adelante, ya casi completo, la euforia fue total. Soy redondo hasta que me muera, lluvia de ferné y cerveza, una energía colectiva tan poderosa como riesgosa, no apta para padre con chicos arriba de los hombros, o claustrofóbicos.

Más de cincuenta mil personas coparon el Diego Armando Maradona para la vuelta de la banda de El Indio.

Ya dentro del estadio, un rato antes del inicio del show, desde las tribunas bajaron dos canciones que sonaron muy fuerte, contagiosas: la marcha peronista y la consigna MMLPQTP, coreada en canchas, recitales y plazas durante el mandato del ex presidente de Boca. Luego se apagaron las luces y Los Fundamentalistas entregarían un recital sin fisuras, contundente, con el que interpretarían clásicos de Los Redondos, temas de la carrera solista de Carlos Solari y también dos temas nuevos del Míster –que apareció en las pantallas, vestido de frac, como lo hiciese hace un par de meses en Villa Epecuén-. Recién sobre el final del show, cerca de la medianoche, Gaspar Benegas, violero y contante, y uno de los dos referentes de la banda junto al tecladista Pablo Sbaraglia, se dirigió a la multitud. Fue muy breve y respetuoso, agradecido: mencionó la felicidad por reencontrarse, luego de un año y medio muy oscuro.

Para el cierre, como corresponde, el Diego Armando Maradona tembló con el pogo más grande del mundo.

Fin de la jornada.

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