“Soy un poeta que de vez en cuando es invitado a la narrativa”

A Julián Axat, la dictadura cívico militar del 76 le desapareció a los padres, y siendo muy joven se armó con la herramienta del Derecho para hacerle frente a las injusticias y los versos de la poesía para darle cauce a su lucha, obsesiones y talento. Acaba de firmar un contrato para publicar Diario de un defensor de pibes chorros, un nuevo libro que se suma a una frondosa obra poética y militante. Su relación con Hebe de Bonanifini.

Por Mariano Abrevaya Dios

Durante la madrugada del 12 de abril de 1977, una patota de las fuerzas armadas genocidas irrumpió en la casa de los padres de Julián, en la ciudad de La Plata, los secuestró y trasladó al centro clandestino de detención y exterminio La Cacha. Él tenía siete meses y estaba junto a su tía y abuela, quienes lo criarían, y le dirían la verdad sobre la realidad política del país y los sucesos que terminaron con la vida de sus padres. Treinta y siete años después, en 2013, se realizaría el juicio por delitos de lesa humanidad contra los responsables de aquel centro clandestino, y Julián, ya siendo un adulto, un padre, un poeta, pasaría por el estrado en calidad de testigo. Dice él mismo en el texto El hijo y el archivo, del libro homónimo (Grupo Editorial Sur, 2021):

“Me siento cual Hamlet generacional, eligiendo mis palabras frente a la verdad y la Justicia que, por fin, llegó. En esa investigación sobre mí mismo percibo que quise ser abogado para defender mi historia, para defender a mis padres. Yo quise llegar hasta acá y dejar de ser víctima. Voy a hablar, voy a contar. Por fin soy testigo”.

Luego de estudiar Derecho, siempre en La Plata, Julián eligió la defensa de los pobres y ausentes como su lugar en el mundo, una trinchera profesional para hacerle frente a las injusticias de un sistema que no solo le arrebató los padres y las madres a una generación, sino que seguía violando los derechos humanos de un sector olvidado de la población. Aparte, ya se había lanzado a la lectura y escritura de la poesía, el género literario con el que pudo darle cauce a sus obsesiones, a su talento y creatividad. Luego redobló la apuesta, y eligió defender menores de edad, hacer valer sus derechos, redimirlos ante una sociedad que quería pasear por las plazas sus cabezas clavadas en picas. La experiencia fue dura, muy dura, pero también fortalecedora, y se extendió hasta 2014.

Ahora, en un bar de la esquina de su lugar de trabajo, en el microcentro porteño, Julián cuenta que acaba de firmar un contrato con la editorial Punto de encuentro, para publicar Diario de un defensor de pibes chorros, con el que narra aquella experiencia.

“Es un libro que recoge la historia de los casos que defendí, y mi experiencia desde el día que asumí como defensor penal juvenil, hasta el día que renuncié”, detalla.

Julián asumió su cargo de defensor oficial de Pobres y Ausentes, como todavía se denomina el cargo, en julio de 2008, con la implementación del sistema penal juvenil de la provincia de Buenos Aires, y renunció en octubre de 2014, cuando las autoridades de la misma provincia le iniciaron un juicio político por una investigación y posterior denuncia que realizó junto al juez a cargo de la causa, el contencioso y administrativo Luis Arias, en relación a la cantidad de muertes que había dejado la inundación de la ciudad de La Plata, una cifra que no coincidía con el relato del gobierno bonaerense.

“Fue ahí que decidí renunciar. Se había cumplido un ciclo”, explica Julián, y suma que aquel episodio de la búsqueda de la verdad sobre la cantidad de muertos que había dejado la inundación de abril de 2013 que tan duro había castigado a los platenses, es el último texto de su diario, que según le dijeron en la editorial, se publicará en octubre de este 2022.

La legislatura bonaerense archivó de inmediato el pedido de juicio político.

Hijo, abogado y poeta.

¿Cuántas historias reúne el libro?
Veintisiete, y todas salvo la última tienen que ver con menores de edad. Hay casos de violencia institucional policial y gatillo fácil, en los que me tocó defender a las mamás de esos chicos asesinados, y también homicidios, robos y abusos sexuales cometidos por pibes. Con algunos de esos chicos, aparte de una relación profesional, entablamos también una relación humana. También recupero historias en las que la policía le armó causas judiciales a pibes inocentes.

¿Existe ya una publicación con estas características?
No hay quizá un libro que cuente en primera persona, como una memoria, en la que el defensor de pobres y ausentes va contando lo que le va pasando con estas historias, y en eso creo que se trata de un libro inédito. Sí hay trabajos en los que algunos abogados cuentan cómo defendieron determinadas causas, pero nunca un diario de un defensor.

¿Cuál fue tu motivación para avanzar con este diario?
Que esas historias, si no las contaba, se las tragaba la historia. Hay un par de diarios locales (platenses) que reflejaron los hechos, El Día y El diario hoy, y algún sitio de internet, en especial los casos más resonantes, mediáticos, pero yo entendí que la historias de esos pibes había que contarlas. Muchos de ellos murieron, otros son grandes, y los contacté para avisarles que iba a escribir sobre sus vidas.

¿Los fuiste a ver?
Sí, y hay que pensar que se trata de pibes cuyos casos to defendí hace diez años, o sea que hoy tienen 27, 28 años. Algunos ya salieron del delito, otros siguen vinculados, y otros están privados de su libertad en penales de adultos.

¿Creés que tu laburo con defensor incidió favorablmente para mejorarles la calidad de vida?
Algunos me cuentan que las causas que tuvieron de pibes fueron un antes y un después, que son imborrables, y también mencionaron la carga y el estigma que sufrieron aquellos a los que el Estado acusó de un delito que no habían cometido. Hablamos de prontuarios que te marcan para siempre. Mi trabajo como defensor fue tratar de desentrañar esos símbolos y mostrar el peso que tiene sobre los pibes, ya que la violencia no solo es física, sino también simbólica. Hoy son adultos que no se pueden sacar de encima la historia de la minoridad.

Le pedimos a Julián que cuente un caso.

Menciona a uno de los pibes que le armaron una causa, y que hoy es un trabajador de YPF. Le va bien, está sindicalizado, constituyó una familia, y sin embargo, todavía le tiene mucho miedo a la policía y al sistema en general, y no logra sacarse de encima todo el factor discriminatorio que le implicó haber estado en los institutos de encierro. “Ahí está el peso de la minoridad y el sistema penal”, refuerza Julián.

¿Con alguno de ellos entablaste un vínculo de cercanía?
Sí, con algunos me escribo, aunque nunca quise establecer relaciones de tutela o cuasi paternidad, porque me parecía que era generar un problema. Alguno quiso que yo sea padrino de sus hijos, y yo me negué, porque yo no soy un modelo para ellos. Mi forma de relacionarme con ellos era horizontal. El abogado defensor de un pibe no debe ser paternalista, porque todo el sistema se pone en ese lugar. El juez, el fiscal, que se erigen como conductores de la vida del pibe, y yo no era quien para hacer eso. Yo creía que no había que ponerse en el lugar de la ley, porque es un lugar muy jodido. Para ellos, la mayor parte de las veces, la ley es el garrote.

En tu libro anterior debutaste como ensayista y narrador, y ahora con el Diario, seguís en esa línea. ¿Cómo te sentís en ese registro, siendo poeta?
En El hijo y el archivo, sí, que publiqué el año pasado, escribo sobre los hijos e hijas de desparecidos, la literatura y esos mismos hijos e hijas, y la categoría ‘hijos’ llevada a otros lugares, y también ensayo sobre la poesía, la historia de mis viejos, los juicios por delitos de lesa humanidad. Ahí me enfrenté a la narrativa, y en este nuevo libro, también.

Me costó mucho salir del verso, de la estructura poética, porque si bien la narrativa es un arte que puedo probar, siempre termino en el sistema del verso. Soy un poeta que de vez en cuando es invitado a la narrativa, pero no me asumo como un narrador o un cronista. Estoy probando, soy un explorador. Mi lugar natural es la poesía, donde me siento más cómodo y desde donde imagino las cosas.

El primer libro de poesía que escribió Julián sobre las causas penales que defendía en La Plata, se llama Musulmán y biopoética (La talita dorada, 2013). Según cuenta, se trata del antecedente poético del diario del defensor que publicará en octubre. La idea fue escribir un poema por caso, por expediente, casi a modo de traducción.

¿Para qué querías hacer eso?
Para que cuando le mostrara el expediente al pibe, en el que se lo inculpaba, se ordenaba su detención, la traducción en verso fuese más fácil de entender.

Los poemas, entonces, no debían ser muy crípticos.
No, tenían que ser realistas, y que pudieran traducir lo más elemental, en una prosa poética. Yo les dejaba esos poemas para que se los lleven a su lugar de encierro, para estudiarlo, en lugar de leer el expediente. En el Diario, una de las crónicas se llama Lenguaje maldito, con la que cuento toda esta historia de la traducción poética de los expedientes a favor de los pibes, tanto los que me traían detenidos a la defensoría, como los que yo iba a visitar a las comisarías.

¿Cómo era ese primer contacto con ellos, teniendo en cuenta que vos eras un representante del Estado?
Tenía que ganarme su confianza para decirle que estaba ahí para asistirlo, y que era su abogado, y no el juez o el fiscal. Y hay una frase que siempre que la utilizás en el ámbito de la trinchera, y la gente que está encerrada, la asimila: ‘soy de los derechos humanos’. Esa era la llave para que comiencen a confiar en vos.

¿Y después que ganaste su confianza?
Vos le tenés que contar por qué está preso, cuál es la prueba en su contra y que tiene el derecho a declarar, o no, en el primer acto procesal de cualquier expediente. Y acá aparecen los distintos estilos de los abogados o defensores de la trinchera. Los que no hacen declarar a los pibes, porque en la Constitución dice que el silencio no será presumido en tu contra, o no será usado en tu contra, y otros, como yo, que creemos que la palabra, para el imputado, desde el inicio, es lo más importante, porque es lo primer lo que leen los jueces y los fiscales. Si tenés algo que decir, es porque no tenés nada que esconder.

La ciencia ficción en el formato poético, una de las obsesiones del autor.

¿Y si se trata de un pibe que efectivamente cometió un delito?
Lo mismo, aunque sin confesar, ya que esa confesión implicaría el cierre del expediente. Apuntamos a un relato posible que les pueda servir para aminorar la pena.

Julián cuenta que sus defendidos fueron todos varones y pobres, porque el sistema penal juvenil trabaja con esa población, salvo el caso de una chica que acuchilló a un taxista y que un tiempo después sería madre en el contexto de encierro ya que estaba embarazada en el momento del hecho.

Hablamos de una experiencia muy intensa, y también enriquecedora.
Totalmente, ya que si bien yo venía trabajando en defensoría de adultos desde los 21 años, asumir la titularidad de una defensa de adolescentes me cambió el modo de ver el Derecho. Cuando asumo mi cargo en ATAJO – el programa que depende del Ministerio Público Fiscal de la Nación-, yo venía con toda la trinchera encima, por haber trabajado con el código penal y el código procesal, haber lidiado con las mañas de la policía y laburado en el territorio. Los gajes del oficio de un defensor de pobres son los de un penalista del barro. Son conocimientos que sirven para toda la vida.

Uno de los asuntos que Julián aborda en el Diario es el sistema de identificación que la policía tenía de los jóvenes, por medio de álbumes de fotos en las comisarías, las ruedas de reconocimiento, y también la figura de Averiguación de identidad, con la que la Bonaerense tenía la posibilidad de darte de alta un prontuario que en el futuro podía servir para el armado de una causa judicial.

“Cada uno de los pibes que yo defendía, si investigaba para atrás, tenía una historia de roce con la policía, y en algunos casos incluso trabajaron para ellos, ya que eran reclutados por la fuerza de seguridad u organizaciones criminales, sobre todo narcotraficantes. Todo eso me lo contaban los propios pibes cuando yo los defendía”, cuenta él. “Eran soldaditos de un sistema que lo ponía a trabajar, y eso es para mí es trata de personas, y lo denunciaba como tal, aunque el sistema, por supuesto, no los juzgaba teniendo en cuenta ese delito”, cierra la idea.

En 2014, Julián comienza a transitar una nueva etapa de su vida profesional -y personal-, junto a la entonces jefa de los fiscales de la Nación, Alejandra Gils Carbó. Atrás quedaba la trinchera, el litigio, el proceso penal y ahora la tarea pasaba por diseñar y armar un dispositivo que llevase fiscalías a los barrios humildes (programa ATAJO).

Julián había conocido a Alejandra en las reuniones de la agrupación de judiciales Justicia Legítima. En uno de esos encuentros ella le preguntó sobre en los álbumes de fotos de los adolescentes que tenían en las comisarías de la provincia de Buenos Aires, ya que habían detectado que en la fiscalía del barrio porteño de Saavedra, a cargo de José María Campagnoli -ligado al macrismo-, tenían un sistema fotográfico de prontuariamiento, tan abusivo como el que venía denunciando Julián. Trabajaron juntos el tema e iniciaron un vínculo profesional y también humano que derivó, por ejemplo, en el epílogo del Diario: lo firma ella.

Hoy el programa ATAJO sigue funcionando, aunque ya no con él énfasis, los recursos y la centralidad que le había otorgado la ex procuradora, perseguida y obligada a renunciar en 2016 con métodos mafiosos por el gobierno de Cambiemos y el sistema de medios hegemónico, ya que su presencia y jefatura en el organismo significaba una amenaza para la campaña de persecución que finalmente implementaron contra el kirchnerismo y, en especial, Cristina Kirchner.

Tus últimos libros de poesía tienen que ver con el espacio, las galaxias, la ciencia ficción. ¿Por qué?
Me obsesioné con la ciencia ficción, sí, a través del género de la poesía, un asunto que no está muy incursionado, y del que hay mucho material. Primero publiqué el libro Perro del cosmos (Ediciones En Danza, 2020), en el que trato de traducir poéticamente la historia de la conquista espacial, tanto del lado ruso como del norteamericano. Mi hija Matilda –de once años- fue un factor fundamental, porque le gusta mucho la astronomía y fue la primera en decirme que sus abuelos –los padres desaparecidos de Julián- están en las estrellas. Cuando miramos el cielo, ella dice bueno, en esa estrella puede estar mi abuelo, y en esa otra, mi abuela. Ella cree que cada desparecido tiene que tener una estrella.

Y luego publicaste Interestalaria (Ediciones En Danza, 2022).
Sí, una investigación sobre los poetas de la ciencia ficción. Un libro que tematiza la ciencia ficción, o también, autores que escriben ciencia ficción en poesía.

Pero ahí vos sos compilador.
Sí, escribí un prólogo, y compilé autores nacionales e internacionales. Luna Anarresti, por ejemplo, una mendocina que me mandó uno de sus poemas y que incluí en la antología, en el que habla sobre el espacio, las estrellas, los satélites, los asteroides e incluso marcianos… por Dios, no sabés cómo escribe, y Héctor Rojo, un poeta mexicano, que escribió el libro Anfibio Odisea, sobre un hombre del futuro que llega desde otro planeta, muy parecido al libro Fahrenheit 451 de Bradbury, pero en clave poética. Es muy interesante, porque encuentro una narrativa en la poesía de la ciencia ficción, con principio, nudo y desenlace.

Julián homenajea todos los años a sus padres desaparecidos, en los célebres recordatorios del diario Página 12, con un poema.

¿Tenés algún proyecto en el tintero, pensando en lo que sigue?
Escribir una novela, aunque sé que en el género soy un convidado de piedra. Estoy obsesionado con El juguete rabioso, de Roberto Arlt, y para mí, nuestra generación tiene que reescribirla, y tematizar el lugar de la violencia y el lugar en nuestra historia. Un Silvio Astier –por el personaje principal de la novela-, hijo de desparecidos. Un texto bien rabioso, que rompa con la comodidad, el bienpensamiento, que sea un hecho maldito, un cross a la mandíbula. Salvador Benesdra lo hace con El traductor, pero era otra generación y era otro el problema. Hablo de un libro que incluso pueda discutir con el kirchnerismo, o el macrismo. En la literatura argentina está lleno de gente correcta y hay que romper con eso. Ojalá alguien la escriba.

Julián dedica gran parte de su tiempo al trabajo, su familia, pero también a la lectura, a la escritura, a mirar cine. Cuando puede, mete ejercicio físico. Aparte, da clases en el Instituto Nacional de Derechos Humanos (IUNMA) –la ex Universidad- de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. La materia es Historia de las Madres, un asunto neurálgico que unifica las cuatro carreras de la casa de estudios: Comunicación Social, Trabajo Social, Derecho, e Historia.

“Me llena de satisfacción porque dejo a un lado el Derecho y me convierto en historiador de las viejas, un tema que me enloquece, y cuya letra está en los dos tomos que publicó el historiador de la asociación, Ulises Gorini”, cuenta él, y aparte comparte, orgulloso, que Hebe tiene alma de poeta, que no solo lee el género sino que también escribe, y que tiene muchos textos propios guardados en su casa –tantos como para publicar media docena de libros, arriesga Julián-, algunos de los cuales cada tanto desempolva cuando los lee en las rondas de los jueves.

“Ella dice que su poesía verá la luz cuando ya no esté”, señala Julián. En 2021, la Asociación lanzó el segundo concurso internacional de poesía, y él fue uno de los dos jurados, junto a la cantante Liliana Herrera.

“En El hijo y el archivo tengo un texto en el que hablo sobre la poesía de Hebe, y algunas cositas que ella dejó entrever. En el fondo, ella piensa como una poeta, y eso es impresionante, porque lo ves en la imagen del pañuelo, la socialización de la maternidad, las marchas de la resistencia. Siempre está la figura de la poesía como una gran madre. Aparte Hebe tiene una obsesión con la poesía latinoamericana, sabe mucho de poesía y es una enorme recitadora de poemas. Reivindico su costado artístico y performático”.

Los empleados del bar comienzan a colocar las sillas sobre las mesas, barren el salón. S hora de irse. En el ingreso del edificio de el MPF, hacemos unas fotos. Julián posa, serio, y agradece de corazón la nota.

En una página de la Wikipedia se puede ver el punte de una obra poética frondosa, marcada por las obsesiones del autor de 45 años: la literatura de hijos, o la poesía e hijos, como generación, el terrorismo de Estado, la violencia institucional, y desde hace un par de años atrás, las gasolineras, la ciencia ficción, las galaxias y las estrellas, como su hija Matilda.

Hace 16 años que Julián publica un poema en el recordatorio que publica Página 12 por la detención y desaparición de sus padres. En el último, de hace solo unos días atrás, reconstruye el secuestro de sus padres, con el tiempo invertido, desde adelante para atrás.

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