Radicales en serio

Para ser radicales en serio no se puede cargar sobre las espaldas del pueblo el sufrimiento y las postergaciones. Para ser radicales en serio, hay que ser kirchneristas. Esto concluye el militante Gastón Fabián, no sin antes hacer un recorrido histórico y un análisis político sobre el verdadero sentido del radicalismo, su origen y vocación transformadora, y no el partido en el que ha devenido de la mano de los mayores exponentes de la derecha en el país.

Por Gastón Fabian

“Ser radical es tomar el problema por la raíz”, escribió Marx en un conocido texto de juventud. La palabra radical, sin embargo, presenta en Argentina un significado muy diferente. Para empezar, es un adjetivo imposible de desvincular de los avatares de la historia política nacional, por su pertenencia al nombre de un “partido centenario”. Quien esté hoy familiarizado con los vericuetos de la UCR para sentir, aunque sea, una lejana aproximación al poder, podrá preguntarse con razón qué tiene de radical la opción tomada por los herederos de Leandro N. Alem. La UCR se ha convertido en un vector del antiperonismo, pero ya no seduce a sus partidarios con la elección patriótica de una santa causa, que sabía radical su vocación por recuperar el orden constitucional y republicano, deteriorado por las prácticas endogámicas y corruptas de las élites de entonces. Desde hace casi una década que la UCR firmó su “pacto con el diablo” y decidió alquilar su estructura orgánica a los servidores del capital trasnacional en el país. Tampoco parece quedar nada del mensaje de decencia pública que fue la esencia del partido hasta tiempos de Alfonsín, y mucho menos del programa nacionalista que se gestó entre los años de Hipólito Yrigoyen y Moisés Lebensohn, y que consiguió atraer a sus filas a figuras de la talla de Jauretche y Scalabrini Ortiz.

Actualmente, lo radical, lejos de ser un atributo honorable, se ha vuelto un estigma, una carga, una mochila pesada, una maldición. En el humor que maneja el mundillo politizado, calificar a un gobierno de radical supone asumir que no finalizará su mandato. Esto se debe, principalmente, a dos motivos. Juan Carlos Torre, el prestigioso sociólogo que saltó a la fama por una cita de Cristina, argumentó convincentemente en el diario que escribió como funcionario de tercera línea durante su permanencia en el “Quinto Piso” (Ministerio de Economía), que el radicalismo era un movimiento de opinión, sin anclaje real en los factores de poder. En otras palabras: sus astros políticos más descollantes, como Alfonsín, podían aprovechar un estado anímico para intervenir en la coyuntura y ofrecer, con creativos gestos plebiscitarios, un rumbo o una orientación general; podían derribar el mito de que resultaba imposible vencer electoralmente al peronismo, pero lo que no podían era hacer descansar su gobierno sobre bases sociales estables y consolidadas, como sí lo hace el peronismo con los sindicatos, ciertos movimientos sociales o la militancia organizada. Frente a humores cambiantes, donde el llamado a la calle del líder pierde efecto, el radicalismo pedalea en el vacío y, al final, preso del vértigo que le producen las demandas excesivas de los grupos de interés, cae fatalmente al abismo. Lo que los radicales intentaron conseguir en su alienada aventura macrista fue un acceso genuino a las antesalas de las grandes corporaciones, como no llegó a tener Fernando De la Rúa, a quien, pese a nombrar a Cavallo como Ministro de Economía, le soltaron la mano. No sospechaban, sin embargo, su intrascendencia en el esquema de gobierno de Juntos por el Cambio y, mucho menos, que ni siquiera los amigos del “círculo rojo” disfrutaban de las garantías que los gerentes de las multinacionales prometen a todos los friendly market.

La segunda explicación del fracaso radical, también sugerida por Torre, es su permanente ambigüedad, su indecisión, su reticencia para avanzar hasta el fondo de los problemas; para ser, justamente, verdaderos radicales. Desde su percepción, esto se debe, otra vez, a la falta de arraigo social, por no afrontar las penosas consecuencias de medidas de shock que tiendan a estabilizar una economía turbulenta. Claro que en la calculadora del equipo económico del que Torre participó, formateada por el clima de época de finales de la Guerra Fría, contaban más los paros generales de la CGT de Ubaldini y el chantaje del Fondo Monetario Internacional que la especulación de los empresarios con posición dominante en el mercado local. La empatía que el célebre académico ha mostrado en algunas entrevistas recientes con el “incómodo” lugar que ocupa Martín Guzmán responde, antes que nada, a un análisis de la sociedad argentina para el que los desequilibrios macroeconómicos nunca pueden resolverse por el fuerte impulso igualitario que moviliza a sectores organizados del pueblo a bloquear las reformas “saludables” y “quirúrgicas” que cercenan derechos, los cuales aparecen, según esta mirada “ofertista” y “pro-mercado”, con un mayor peso relativo que el veto de los principales grupos económicos, que a fin de cuentas fueron los responsables de la corrida cambiaria y la espiral hiperinflacionaria que obligaron a Alfonsin a adelantar el traspaso de mando.

El gran acierto de la lectura del socialdemócrata Torre es que en la vorágine política de la Argentina, donde las horas corren a un ritmo acelerado y poco solidario con los que no les siguen el paso, las muestras de debilidad de un gobierno, sus reacciones a destiempo, su carencia de sentido de la oportunidad, su vocación por los compromisos arrancados por las presiones, solo se encargan de desacreditarlo y minar su autoridad, sin contemplaciones. Ser dialoguista y democrático con quienes jamás negocian (negociar no es sentarse en una mesa “para la foto”, sino saber resignar parte del interés propio con el fin de obtener a cambio otra cosa) es, mínimamente, una pésima táctica de supervivencia.

¿Qué lecciones debería extraer el gobierno del Frente de Todos de antecedentes como estos? En principio, conviene refutar una hipótesis que parece más vigente que nunca y que se rumorea como un secreto a voces. El Frente de Todos debe demostrar que no gobierna como un gobierno radical. Esto va más allá de las reiteradas alusiones, a veces simpáticas, a veces insoportables, de Alberto a Alfonsín. Tampoco es una crítica a los compañeros y compañeras que integran el frente y vienen del radicalismo o se identifican con su historia y sus ideales. Tiene que ver, por el contrario, con el ser en-sí, el ser para-sí y el ser para-otro, si queremos emplear términos filosóficos. Y con el complejo que encierra el significante “radical” de Frondizi en adelante. 

¿Es en sí mismo el Frente de Todos un gobierno radical? Lo en-sí es lo más inmediato, lo más abstracto, lo que no está mediado por la reflexión. El “es lo que es” no es más que el “es como aparece”, el “es como se presenta”, ante otro, para-otro. Para las corporaciones, en efecto, el de Alberto Fernández es un gobierno débil, pusilánime, que no se atreve a sacar consecuencias, que siempre posterga la decisión. Es un gobierno “neurótico-obsesivo”, que planifica el momento del “golpe”, que quiere llegar al teatro de operaciones en las mejores condiciones, que amenaza o advierte lo que va a hacer, pero sin luego hacerlo, sin luego animarse a tirar los dados. La falta de resolución es, en rigor, la fortaleza de sus enemigos, a quienes, en el relato oficial, siempre se puede llamar para conversar en buena ley. Pero la derecha no cede frente a los gobiernos que no se permiten dar pasos al frente y tomar el toro por las astas cuando las circunstancias lo ameritan. Diagnosticar la realidad, comentar la realidad, pronosticar la realidad, por muy buenas intenciones que se tengan, es simplemente aceptar la realidad conforme la configuran y desean los factores de poder. 

Podemos decir, sin tapujos, que las élites nos ven como radicales. Y se aprovechan de nuestra ambigüedad y de nuestras vacilaciones. ¿Importa lo que los otros piensan de nosotros? En la filosofía estoica se desalentaba a prestar demasiada atención al juicio de los demás. Pero en la política es fundamental y a ningún proceso de autoconciencia puede resultarle ajeno. Cooke lo comprendió a la perfección cuando destacó que en Argentina “los verdaderos comunistas somos nosotros, los peronistas”. La operación es sencilla: tomó en serio lo que el gorilismo pensaba del peronismo proscripto. Probablemente, el 90 o 95% de los dirigentes y las bases peronistas no tenían esa autopercepción. Pero Cooke encontró en el temor de la derecha una fuente de energía política para volver a poner en movimiento a un peronismo desarticulado y muchas veces falto de horizonte. Aquí, en el momento presente, en el kairós, se trata de asumir como propia la caracterización del enemigo y dejarnos sacudir, para invertir el rumbo. 

De hecho, la perspectiva de la derecha no está ilesa de fisuras. Si el gobierno es radical, el kirchnerismo es el mismísimo demonio, populista o comunista según el intérprete. Por eso en la manía oligárquica por someter y, eventualmente, dejar a la deriva al gobierno de Alberto Fernández, prima siempre el cuidado por lo que está detrás, la temida figura de Cristina. Cristina es la única persona del país que produce miedo en las élites más vehementes e impetuosas. Dentro de una correlación de fuerzas claramente adversa, aquello es un especial valor para el campo popular, que debemos defender a capa y espada. No hay manera de disciplinar al gran empresariado sin causarle cierto pavor. Solo Cristina ocasiona en los factores de poder semejante intranquilidad y representa un límite real a su avance a fondo, y del Fondo. El albertismo debería tomar nota. Su supervivencia política depende, lisa y llanamente, del nivel de incidencia de Cristina en el devenir del gobierno. 

Lo que somos para nosotros mismos, el para-sí, es lo decisivo, lo más importante. Aunque en medio de los conflictos internos y del déficit de conducción que hoy padece el Frente de Todos, la mirada rapaz de la oligarquía, que ya huele sangre, puede servir de estímulo para despertar de una vez y afrontar que, si nos quieren radicales mansos, parsimoniosos y en exceso prudentes, tal vez necesitemos devenir verdaderos radicales, yendo a la raíz de los problemas, sin anuncios ni declaraciones grandilocuentes, iniciando las peleas que demanda la hora, mirando de frente al pueblo y diciendo la verdad, toda la verdad. Es la única manera de gestionar las expectativas y no hacer falsas promesas, que traerán nuevas desilusiones y, con probabilidad, un ascenso de la ultraderecha. La ética de la solidaridad por la que bregaba Alfonsín es una necesidad imperiosa. Pero no es algo que venga dado. Se construye y se predica con el ejemplo. 

Los sacrificios que imponen las crisis y los tiempos de austeridad deben repartirse equitativamente. No de acuerdo con la igualdad aritmética, sino con la igualdad geométrica, es decir, en proporción a las capacidades de cada uno y a la experiencia reciente. Porque no se puede cargar sobre las espaldas del pueblo, una vez más, el sufrimiento y las postergaciones. Si el crecimiento económico es una realidad y, si para avanzar con la distribución de la riqueza no se quiere desactivar ese crecimiento, entonces hay que afectar los intereses de los sectores improductivos de la sociedad, con sus rentas no ya inesperadas, sino habitualmente extraordinarias, que desangran el tejido social y acumulan beneficios mediante la captura y la desposesión de los bienes comunes. Los dos problemas fundamentales de la economía argentina, que son el elevadísimo nivel de fuga de capitales (que genera restricción externa) y la persistente y alta inflación, no son culpa ni de los sindicatos, ni de los movimientos sociales, ni de los desempleados, ni de la juventud, ni de los jubilados, ni de los inmigrantes, ni del gasto público. Necesitamos impuestos más progresivos, y que las contribuciones se paguen. Necesitamos mercados más desconcentrados, con mayor regulación y mayor competencia. Sin determinación, es imposible. Ser insistentes con esto no es hacerle el juego a la derecha. Hacerle el juego a la derecha, facilitando la proliferación de la apatía, de la antipolítica, de los extremismos, es gobernar como la derecha. Y no vinimos a gobernar como la derecha. Hay que ser radicales en serio, porque las urgencias son muchas y el tiempo es corto. Hay que ser kirchneristas.  

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