El fanatismo necesario

Los setenta años que se cumplen del pase a la inmortalidad de la Abanderada de los humildes, son la excusa que encontró el historiador Matías Escot para resaltar uno de los rasgos más relevantes de Evita: su compromiso, incluso con el costo de su propia vida, con el destino de la Patria y los derechos de los más humildes. La palabra de Bárbara Cocimano, secretaria de Género del Municipio de Quilmes.

Por Matías Escot

Junín, radioteatros, y Perón
Era linda y decidida, y miraba a los hombres a los ojos, en aquella época era poco usual, y menos en el pueblo como Junín. Tenía sólo 15 años, y había visto la luz en Los Toldos. En el secundario demostró tener pasión por el teatro. Es en ese momento que se hastía, desea irse de su pueblo, las malas lenguas aseguran un vínculo amoroso de una menor, con un hombre casado, con la voz sentimental de Buenos Aires, el cantante de Tangos Agustín Magaldi. Y convencida se va de esa interminable siesta pueblerina a trabajar a la Capital Federal. Su meta es el teatro, desea y lo logra, vida teatral, fotos de revistas y ser la voz de distintos radioteatros, un género consolidado en los años 40´. El azar sabe hacer las cosas, decía Julio Cortázar, y un terremoto de 25 segundos el 15 de enero de 1944, deja semidestruida a la ciudad de San Juan. Allí asiste el general de los trabajadores, Juan Perón y se ven por primera vez, con Evita, aunque fue el coronel Aníbal Imbert, quien los presentó formalmente. Fue la noche del 22 de enero en el Luna Park, del año 44.

En los días finales de Septiembre de 1951 hubo un intento de golpe de Estado de la Marina, la Aeronáutica, y el Ejército, encabezado por el general retirado Benjamín Menéndez. El objetivo era terminar con el gobierno del “tirano” Juan Domingo Perón. Allí aparece ella, comprando armas a espaldas de Perón, y la intención de formar a las milicias obreras. La compra fue a Holanda, por intermedio del Príncipe Bernardo, que había visitado a Perón. Si hay un golpe, hay que resistir, parece pensar Eva. El general era el calculador, maquiavélico, el estratega militar. Eva María Duarte, estaba en la praxis ejerciendo el axioma de Juan Domingo Perón, “al enemigo ni justicia”. Evita era el arrojo, la pasión que ardía en una causa noble, y plebeya; la pasión por los humildes, por los descamisados.

La negada tres veces
Aquí aparece la mujer que negocia con los sindicatos, dos mil cartas por día llegan a su fundación, ella es la carnadura del peronismo, la que pone el cuerpo, y lo pondrá incluso en esa terrible enfermedad que la ataca y provocará su deceso. Pero algo más, es la que se enfrenta con la rancia oligarquía, que aún, con un movimiento popular que revienta las urnas, y que convoca a millones en las calles quiere continuar moldeando el país a su imagen y semejanza. Ella es negada tres veces, por su padre Duarte, porque es hija bastarda, -no reconocida-, por la oligarquía, debido a su raigambre popular, y por las mismas Fuerzas Armadas, que presionaran para que no sea integrante de la fórmula para las elecciones de 1952. Había dos condiciones que preocupaban, a los militares, era mujer, y además con capacidad de influir a las masas.

El fanatismo como bandera
La característica que queremos destacar es la insolencia de Evita contra los sectores dominantes de la sociedad y la política. Sus convicciones y su pasión por Perón y la causa popular, es de tanta intensidad, que se expresa en su discurso acerca del fanatismo como virtud. “El fanatismo (…) es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte. Por eso soy fanática. Daría mi vida por Perón y por el pueblo (…) porque estoy segura que solamente dándola me ganaré el derecho de vivir en ellos por toda la eternidad.”.

Acerca de su condición de mujer y del fanatismo, conversamos sobre la figura de Eva con la Secretaría de Género y Diversidad del Municipio de Quilmes, Bárbara Cocimano, quien expresa; “Evita para mi es la esperanza, la motivación, el impulso de saber que todas podemos SER. Que no por haber nacido mujeres teníamos q resignarnos a ser lo q los hombres tenían planificado para nosotras. Ella es eso, es revolución. Es fanatismo”.
Y agrega, “Es dar la vida por el otro, por la otra. Es darlo todo hasta la vida misma. Y como dice la compañera Juliana Di Tullio “soy feminista, x q soy Peronista” y eso, es gracias a Evita”.

En tiempos de modernidad líquida, y de pasiones tristes, el fanatismo tiene mala prensa, Evita transformó una característica peyorativa en una condición necesaria. Tal vez hacía falta un apasionamiento tenaz y desmedido para transformar la Argentina. Un fanatismo basado en convicciones fuertes -contra la liquidez y la insustancialidad de categorías actuales-, pero un fanatismo que no encuadraba en la irracionalidad y el adoctrinamiento barato. Frente a tanta retórica posibilista, el fanatismo es la convicción a una causa, a la transformación de las estructuras materiales y culturales construidas por el establishment político y económico. Solamente, los fanáticos, que son idealistas, y ahí anda Eva, en cada uno y una de las que luchan por una patria más justa, y más igualitaria. A 70 años de su muerte, Eva siempre vuelve; porque está viva aún entre tantos fríos de corazones, especuladores de oficina, justificadores de una pobre realidad, Eva vuelve para interpelarnos, para zamarrear a los tibios, vuelve, para ser millones.

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