Los que no mueren nunca aunque muriendo

Los pergaminos profesionales de Roberto Baschetti indican que es publicista y sociólogo. Aparte, por vocación, es investigador y archivista de los hechos y los protagonistas de la gran obsesión de su vida: el peronismo revolucionario. El archivo que tiene guardado en su casa es la principal fuente de una frondosa obra que publicó entre 1988 y 2020, compuesta por más de cincuenta libros. Tres generaciones de militantes e investigadores se vienen formando con sus trabajos, elaborados con la minuciosidad y rigurosidad de un hombre generoso, honesto y pasional, atravesado por el fervor y la tragedia de la década del 70.

Por Mariano Abrevaya Dios

El archivo está celosamente guardado en una antigua habitación de servicio de la casa con forma de U. En una pequeña antesala, cargadísima con cajas y biblioratos, Roberto tiene ordenada la información por tema: La Revolución Libertadora, Rodolfo Walsh, Peronismo Revolucionario, los Bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1956, y también por períodos: 1943/1955, 1955/1958, 1958/1962, 1962/1966, 1966/1973, 1973/1976. Todo etiquetado y foliado, y en buen estado.

Roberto baja un bibliorato de un estante, lo apoya sobre un pesado fichero de metal que hace de mesa –lo trajo Nora de Canadá, cuenta, y en sus largos cajones tiene, entre otras joyas, monedas y pines del peronismo-, y despliega el material, orgulloso: la colección completa de la revista Evita Montonera, de la organización político-militar Montoneros, impresa primero desde la clandestinidad, en 1974, y luego desde el exilio, hasta 1979, en ambos casos para circulación interna.

El investigador puntea los nombres de los órganos de prensa que tuvo la tendencia revolucionaria del peronismo a lo largo del tiempo: El Descamisado, El Peronista, y La Causa Peronista, que se imprimieron hasta el secuestro y fusilamiento de Pedro Aramburu, en 1970; y más tarde, el Diario Noticias, que llegaría a imprimir 100 mil ejemplares diarios, y Evita Montonera. “Toda la colección, de todas las revistas, las tengo encuadernadas en la sala de lectura de la parte de delante de la casa”, advierte Roberto, que usa lentes de lectura y se abriga con un camperón para hacerle frente al frío siberiano que hace hoy a la mañana.

“Acá tengo los folletos del primer peronismo”, avisa, antes de manotear otra caja azul de un estante: “Fundación Eva Perón, Educación, Fuerzas Armadas, Constitución del 49, sindicalismo”, enumera; cada folleto está pegado en una hoja, con una referencia escrita a mano por el historiador kirchnerista.

Qué opinás sobre la Contraofensiva, le tiro.

Piensa un par de segundos, me clava sus ojos, responde: “Se trató del derecho a la rebelión de un pueblo”.

Pegada sobre una columna, se destaca una foto en blanco y negro de la movilización del 16 de diciembre de 1982 que el movimiento obrero realizó en repudio a la dictadura militar, y en la que caería asesinado el metalúrgico salteño Dalmiro Flores. También hay un banderín de Boca, con el rostro de Juan Perón pintado de azul y oro, y un afiche en blanco y negro de la Juventud Peronista.

Hace más de cincuenta años que Roberto comenzó a acopiar material sobre el peronismo revolucionario.

Después de repasar unas fotos de una caja con diarios de época etiquetada como ‘Caños de la Resistencia Peronista’, nos movemos al ambiente en el que está guardado el material que Roberto utiliza a diario. En el estante de arriba, se apilan por orden alfabético las cajas con las reseñas de los militantes del peronismo revolucionario, la mayoría ya muertos, pero también algunos vivos. “El día que se mueran ya tengo todo el material preparado”, se ríe Roberto. Debajo, clasificada de la misma manera, la información de las militantes.

Cada caja, etiquetada por tema o fecha, tiene su entrada correspondiente en la planilla Excel que Roberto guarda en la computadora de su estudio.

En un placard sin puertas hay colgadas unas veinte remeras con eslóganes antimacri e iconografía peronista, y en el fondo se extiende un cuartito lleno de libros, que cada tanto consulta, sobre religión, la izquierda vernácula o la segunda guerra mundial, entre otros asuntos. Sobre una repisa, a un costado, hay vinos y champagnes justicialistas, y también unas carpetas que contienen historietas de Caloi, Oesterheld, Breccia, con menciones al peronismo; en la punta, un material que considera inédito, por lo menos en materia de colección: tesis o trabajos de investigación sobre peronismo revolucionario.

Roberto lee mucho, por placer, pero también para seguir alimentando su archivo, que ya tiene cincuenta años. Si pesca una información útil, resalta la frase, oración o párrafo, y marca la página. Luego, la escanea, o fotografía, y finalmente, la adosa a su propia documentación. Si se trata de un nombre propio, la información pasa a engrosar la ficha del militante, y si es un hecho, va a la ficha del hecho.

¿Este es tu método de trabajo desde que eras pibe, o fue cambiando?

“La manera de organizar mi trabajo siempre fue el mismo, sí, aunque al principio solo tenía libros, revistas y algunos recortes, y hoy, todo esto. En el camino, fui haciendo trabajos especializados. Por ejemplo, para abordar la represión contra el peronismo, tengo cuatro cajas: 1955/1976, 1976/1979, 1980/1988, 1989 en adelante. Y lo mismo con la Revolución Libertadora, que empecé con unos recortes y hoy tengo cuatro cajas. Ahora organicé todo lo de los poemas”, anuncia.

¿Cómo es eso?

“Compañeros y compañeras que escribían o escriben poesía. Los tengo ordenados por tema: bombardeos a Plaza de Mayo, el primer peronismo, el 17 de octubre, los fusilamientos del 56, poemas a Perón”.

El dueño de casa, que calza unas tullidas pantuflas de toalla que más tarde serán motivo de cargadas de parte de Nora, baja la caja y la abre. El anteúltimo verso de un poema denominado Cárcel, de autor/a anónimo, dice:

Los que no mueren nunca aunque muriendo
estén entre las rejas y murallas
son esos, mis amigos, mis hermanos
que viven con la vida de la Patria.

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Roberto nació un 16 de junio, cinco años antes de los Bombardeos a Plaza de Mayo (él hablará de los designios de la historia), un hecho brutal que recién seria visibilizado, y en parte reparado, más de 65 años después, por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner (su actual compañera de vida y militancia, Nora Patrich, tuvo un lugar central en el homenaje oficial). Sería el único hijo de un suizo-alemán y criolla hija de española, empleados de la Tienda Harrod’s, en una época en la que el peronismo, desde la Casa Rosada, promovía la movilidad social con una firme voluntad política.

Roberto recibió una formación jesuita en el colegio El Salvador, en el centro porteño, y este hecho sería fundamental para forjar su sensibilidad por lo social y su apego a los valores del compañerismo y la solidaridad. Uno de sus profesores formaría parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, y otro -a cargo de la materia Literatura-, fue Jorge Mario Bergoglio, más conocido como El Papa.

“Era un tipo brillante, y un Perón dentro de los jesuitas: o lo querías o lo odiabas”, apunta Roberto en El damero, la galería vidriada –con baldosas negras y blancas- de su casa de Bella Vista, en la que también se destacan una hamaca individual de grueso hilo blanco, y un mural de Evita, de Nora, hecho con venecitas.

La barba frondosa del dueño de casa, desalineada y blanca, junto a su piel rojiza, lo emparentan de manera notable con el escritor estadounidense Ernest Hemingway.

En 1967, y después de recibirse como bachiller, Roberto empezó a estudiar la carrera de Derecho, y su primer trabajo, como meritorio, fue en la mesa de entradas de un tribunal del Fuero del Trabajo, donde tuvo contacto con los trabajadores que se presentaban en las mediaciones. “Todos me hablaban de los derechos conquistados con el peronismo”, recuerda.

Desde su estudio, del otro lado del living, llega la voz rasposa de Roberto Navarro, en El Destape, y una gata blanca, de repente, salta sobre la mesita de madera; Roberto la espanta con la mano, y en voz baja, confiesa: “Es la mimada de Nora”. Sobre los mosaicos hay echados dos perros: un Boxer y su par francés, más petacón, que hace un rato me recibieron con una fiesta de saltos en el portón de hierro de la calle.

El Damero, unos de los espacios de la casa preferidos por la pareja de militantes.

Corría el año 1966 y gobernaba de facto el general Juan Carlos Onganía. Con Perón proscripto, la censura, las garantías constitucionales derogadas y una economía al servicio del capital extranjero, el clima social hervía como una olla cerrada a presión. La injusticia, y la rabia que nacía en la boca del estómago de una generación oprimida, fungían como llamado urgente a transformar la realidad de la Argentina, y la herramienta para lograr ese objetivo se llamaba peronismo, al que una y otra vez los dueños del país habían querido borrar del mapa y de la historia. Fue así que Roberto y otros miles de jóvenes se incorporaron a la lucha política, para forjar, junto a los trabajadores organizados en sindicatos y centrales obreras, gestas fundamentales como El Cordobazo; muchos de ellos también se sumarían a las organizaciones armadas que por aquellos días nacían como hongos después de la lluvia.

Aparte del contexto social asfixiante, Roberto tuvo otras dos influencias: un tío que había sido dirigente gremial y al que habían encarcelado en Rio Gallegos luego del golpe de 1955, y Marcelo Castello, un conscripto y militante peronista que conoció en la colimba, referente de una unidad básica de la Juventud Peronista (JP), en Liniers, en la que comenzaría a militar a partir de 1972, en especial, por el retorno de Perón.

Nora irrumpe en la galería y ofrece un té. Son las once de la mañana de un día hábil y el sol, tibio, se desparrama por el patio y la pileta, del otro lado del ventanal. “Fuerte o suave”, consulta la pintora, que tiene el pelo corto, a la altura de los hombros, y del color de la ceniza. “Suave”. Ella se pierde por el pasillo, con los perros detrás.

Roberto habla de “el 73” con un brillo en los ojos. “La revolución estaba a la vuelta de la esquina”, apunta, “y por otro lado tenías conciencia de que aquel ‘Luche y vuelve’ había logrado movilizar a toda una sociedad. Con el paso del tiempo fuimos asumiendo que habíamos sido parte de una gesta popular”, resalta orgulloso. El 17 de noviembre de 1972, Roberto, Castello –que sería desaparecido por la dictadura genocida-, y otros miles de militantes de la JP, fueron a Ezeiza a recibir a Perón, luego de 18 años de exilio forzado.

Nora aparecerá un rato después con una bandeja, la tetera, dos tazas y el té en hebras dentro de dos infusores de acero inoxidable. Levantará las cejas, sonreirá, y dirá: “Sí, tal como lo ves: acá no hay saquitos”.

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Sentados frente a una mesa de color blanco en la que hay servido café, té, agua mineral y masas secas, Roberto y Nora esperaban que los llamen para presentar Quemá esa cartas, rompé esas fotos, Montoneros 1970-2020, su último libro, un ladrillo tamaño Oficio de 700 páginas que contiene ilustraciones, textos y fotos propias.

Roberto, al igual que todas las charlas y presentaciones, leería su intervención. “Es muy detallista, y repasa fechas, lugares, nombres”, justificó Nora. Son tres juegos de hojas y están guardadas en un folio. La prolijidad, para él, es un hábito, un modo de ordenar la información, el mundo y su propia neurosis.

Por la puerta ingresó un hombre de mediana estatura, piel oscura, abrigado con un buzo polard, que debajo del brazo traía un pesado ejemplar de Quemá esas cartas. Se acercó, se presentó y le preguntó a Roberto si le podía dedicar el libro. “Sí, cómo no”, aceptó él. Fabio González, ex militante de Montoneros de la zona sur del conurbano, apoyó el libro en la mesa, lo abrió en la página 659, y le dijo: “este soy yo”.

Mientras Roberto y Fabio conversaban, Nora se apoderó del libro, lo colocó sobre su falda y le estampó en la primera página su dedicatoria, aunque no se lo pidieron: cuatro enormes y armónicos trazos, sobre toda la extensión de la hoja, que enseguida conformaron el rostro de la Abanderada de los Humildes, Evita.

“A vos te parece”, confió en voz baja, una vez que Fabio se retiró y Roberto, a su vez, se sentó en un rincón junto a Tarruella, un escritor que tiene varios libros publicados sobre el peronismo. “Yo edito el libro, lo diseño, lo lleno de ilustraciones y al único que reconocen es a él. Y no solo acá, eh, en todos lados”, disparó Nora, que se vistió y maquilló para la presentación que compartiría en unos minutos junto a su compañero y socio de la editorial Jirones de mi vida, en la Casa de la Cultura del Municipio de Quilmes, en un encuentro en homenaje a Envar ‘Cacho’ El Kadri, organizado por el Grupo Walsh, una agrupación del distrito.

Roberto y Nora, en Quilmes, en un homenaje a Envar Cacho El Kadri.

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A finales de la década del sesenta, todas las organizaciones peronistas tenían una revista o diario, en las que además de posicionarse sobre temas de la coyuntura, se publicaban artículos sobre los tiempos de la resistencia peronista, como la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, o la primera rebelión contra la Revolución Fusiladora, en Rosario. Motivado por esas notas, Roberto comenzó a archivar las publicaciones.

En el segundo semestre de 1975, con Perón en el cielo, los Montoneros en la clandestinidad, la Triple A bañando en sangre las calles y un nuevo golpe de Estado en ciernes, Roberto tuvo que buscar un lugar para guardar esos materiales. Una santa caída del cielo, compañera de Sociología, la nueva carrera de grado que Roberto había comenzado a cursar en El Salvador, le dio la solución: una ignota baulera de su departamento de Recoleta.

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Bella Vista es un viejo barrio de quintas, en el partido de San Miguel, de veredas angostas, muchos árboles y largas medianeras tapadas con ligustrina. La casa de Nora y Roberto está en un punto intermedio entre las vías de los dos ferrocarriles que unen la Ciudad de Buenos Aires (“Capital”, le dicen ellos), con el noroeste del conurbano: el Urquiza y el San Martín, y para hacer las compras, como no tienen auto, tienen que caminar hasta la avenida de doble mano, o el centrito comercial de la ruta 8, siempre en compañía del canto de los pájaros, el ladrido de los perros, alguno que va en bicleta, y un sol que se desparrama por todos lados.

La propiedad de una planta fue acondicionada por Nora. “Es una casa adecuada para el trabajo”, sintetiza la reconocida artista plástica, quien una mañana gris y húmeda, oficia de guía, junto a los dos perros que la acompañan mientras se tiran tarascones a modo de juego.

“También es una casa autosustentable, sin equipos de aire acondicionado, un termotanque solar, y más de cien plantas y una lagunita, en el patio de adelante, que apaciguan el calor del verano”, comenta ella en la galería de la entrada, decorada con suculentas, sifones y un largo banco de madera con vista al portón de la entrada.

Todos y cada uno de los rincones, descansos y ambientes están revestidos con arte, libros y peronismo. Diplomas, premios y otros reconocimientos decoran los pasillos. En una habitación de adelante hay colecciones de diarios y revistas, y en la de huéspedes, cuadros de Juan Manuel Sánchez, el integrante del célebre Grupo Espartaco que fue primero maestro, y luego la segunda pareja de la dueña de casa, durante veinticuatro años.

Nora tiene varias colecciones esparcidas por toda la casa: collares, peines, peinetas y peinetones; botellas y botellitas; juegos de madera para chicos: autos, calesitas, veleros; máscaras.

¿Por qué coleccionas todo esto?

“Me gustan, no sé”, dice, suelta, divertida, aunque aclara: “Eso sí: tienen que tener diseño”.

Otro de sus fetiches son los muebles, acumulados durante su largo exilio, en varios países. En una sala de lectura, decorada con cuadros suyos –sus modelos siempre son mujeres- se destaca un juego japonés, y otro de estilo savonarola, compuesto por un sillón de dos cuerpos, dos sillas y una mesa. También hay un pequeño escritorio inglés –una maravilla- y una silla hindú, negra, con el respaldo ilustrado con un caballo y su jinete.

Ni bien subimos a su atelier, irrumpe, imponente, un enorme lienzo negro con su último trabajo: una mujer de piel muy blanca y cabello oscuro, de tamaño natural, que vela su cuerpo desnudo con un tul blanco (desde la entrepierna y hasta el pecho tiene pintado el continente americano, pero dado vuelta).

Le dijo Nora a la agencia Telam en una nota del 21 de julio pasado: “Yo creo que mi obra es la síntesis de la mujer, es la síntesis en sí de lo que es la mujer como columna vertebral de la comunidad. Así como Eva es la síntesis, de lo que una quisiera poder ser (…) Cristina es la síntesis también. En mi obra trato de representar a todas las mujeres en una. Ya sea cuando las hago pensativas, o indagando dentro de su ser, o las hago más combativas”.

Los muebles, uno de los fetiches de Nora.

En su biblioteca, que ocupa toda una pared del living, oscuro, y decorado con muebles antiguos, hay varias enciclopedias de arte, pero también mucha literatura política y feminismo popular. “En cada rincón de la casa hay un lugar en el que te podes sentar a trabajar, leer, a estar, a conversar”, explica ella.

Afuera, en el fondo, una parra se extiende bajo la sombra de un alcanfor, y en el vértice de la pileta, adelante, se erige un eucalíptus. “Todos los árboles y plantas que hay acá en casa son frutales o medicinales”, cuenta ella, y enumera: “lapacho, anacahuita, almendro, limonero, quinoto, naranjo, lima, pomelo rosado, laurel, aparte de hierbas aromáticas y una higuera gigante”. Los fines de semana suelen juntarse a comer un asado con los hijos de Roberto y sus familias, en una gran comilona que dura hasta bien entrada la tarde.

Los de ella no: los tres viven en el exterior.

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Durante el tercer gobierno peronista, Roberto trabajó en la Editorial Universitaria Buenos Aires (EUDEBA), dependiente de la UBA, y en 1976 consiguió otro empleo en una empresa de termotanques y calderas, donde se ganaría la vida hasta el final de la dictadura, un período en el que dejó de militar y se dedicó, en especial, a leer, en un departamento de Córdoba y Junín, donde ya vivía solo.

El 10 de diciembre de 1983, Roberto se casó con Marisa, una bioquímica, mientras el pueblo ganaba las calles para celebrar la recuperación de la democracia. Dieron el sí en la Iglesia de los Curas Palotinos, donde la dictadura cometió la Masacre de San Patricio, porque ella era del barrio de Belgrano (otra vez los designios de la historia).

En 1986, viajaron a Paris ya que a su esposa le ofrecieron trabajar en el Instituto Pasteur. Durante el año que duró la aventura, Roberto se dedicó a dos tareas: la atención y el cuidado de Bruno, su primer hijo, y el acopio de nueva información para su archivo personal, por medio del contacto con los exiliados que habían dejado distintos documentos y materiales gráficos en el Centro de Altos Estudios de América Latina (LIAL) y la Biblioteca de la Sorbona.

De regreso en la Argentina, Roberto publicó su primer libro, Documentos de la Resistencia Peronista, 1955-1970, con gran parte del material que había quedado guardado en la baulera de la compañera de Sociología, más lo que se había traído de París. Corría el año 1988 y tenía 38 años. “El texto cumplió la función de historiar esa resistencia en función y en base a documentos tangibles, reales, y que hasta el momento no se había dado a conocer en forma conjunta, ni sistematizada y cronológica, y todo eso ayudó mucho para entender lo que ocurrió”, señala Roberto en su estudio, pegado al living de la casa.

El libro tendría mucha circulación y un par de reediciones.

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Nora y Facundo, coleccionista, murguero y tercer socio de Jirones de mi vida.

“Para nuestra generación de la JP de los 80, el libro Documentos de la Resistencia Peronista fue muy importante porque rompía con la teoría de los dos demonios, muy instalada en aquel momento, incluso hacia el interior de los organismos de derechos humanos”, contó Facundo Carman, un coleccionista de material del peronismo, socio de Roberto y de Nora en Jirones de mi vida, un mediodía que lo fui a ver a su trabajo, en la zona de los tribunales porteños.

Con Roberto se conocieron en una charla sobre Montoneros, en 1994, y todavía sostienen el vínculo, alimentado por sus grandes pasiones, la política, el coleccionismo y la historia, pero también por los asados, cumpleaños y partidos de Boca en la Bombonera.

“Me sigue sorprendiendo su talento para trabajar, la mirada completa que tiene de su labor, y en especial, su memoria, y con respecto a su archivo, siendo yo un coleccionista muy obsesivo, no lo podría armar, todo clasificado, recortado, ordenado”, remarcó el director general del centro murga Los amantes de la Boca, que en su casa, frente a la cancha, tiene su propio tesoro: una hemeroteca con todos los números de las revistas y diarios impresos entre 1955 y 1976.

El primer libro de Roberto, una obra fundamental.

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Roberto tiene colgado en internet un sitio web propio, con un contenido muy especial que proviene, en gran parte, de su libro La memoria de los de abajo. Hombres y mujeres del Peronismo Revolucionario. 1945-2007 (volumen I y II). Son casi cinco mil historias de vida y militancia – hasta abril de 2022- de quienes lucharon desde las diferentes vertientes del peronismo revolucionario (se incluye el peronismo resistente al golpe de 1955) y que serían desaparecidos, asesinados, caerían en combate, o fallecieron por causas ajenas a la militancia.

Plantea Roberto, a contra luz, de espaldas a la ventana de su estudio que linda con el fondo de la casa: “El compañero que murió lo hizo por un ideal, y si nosotros no lo reivindicamos en su verdad histórica, dónde militó, en qué organización, lo estamos matando dos veces”.

El dueño de casa ahora se pone de pie, saca un álbum de fotos con forro de cuerina de un cajón del escritorio, y uno a uno, sin apuro –así se mueve por la casa, sin urgencia-, va mostrando los folios que contienen imágenes de un Roby -así le decían- con el pelo blanco pero más joven, acompañado, o acompañando, a distintas figuras del peronismo, y en distintas épocas, en actos, lanzamientos, charlas y presentaciones de libros. Los nombra, tira o dos o tres referencias de cada uno. Él mismo es un archivo viviente.

Entre las primeras imágenes aparece Graciela, su amada novia de la juventud, a quien había conocido en EUDEBA. Ella no militaba, y él sí; ella se quería casar, y él se hacía el distraído. Ni siquiera logró convencerlo luego de haber ganado junto a un grupo de compañeros de la oficina, el Gordo de Año Nuevo de la Lotería Nacional, en diciembre de 1973. Con ese dinero, al otro año, Roberto se fue a Alemania a ver la Copa del Mundo, junto a un amigo, y su padre. Eso sí: se perdió los funerales del General Perón.

En su sitio web, Roberto también tiene colgado el detalle de las decenas de disertaciones que realizó en público, y también el segmento De puño y letra, en la que figura una entrada por cada libro que le dedicaron. También se puede repasar la lista de todos sus libros.

Algunos de esos textos, publicados antes del lanzamiento de Jirones, fueron: Rodolfo Walsh, vivo (Ediciones de la Flor, 1994), que recupera los escritos políticos del periodista; la colección Documentos (De la campana), que repasa y caracteriza el período 1973-1980; Campana de palo (De la campana, 2000), la mayor antología de poemas, relatos y canciones de 35 años de lucha (1955-1990); y Borges textual. Textos polémicos (Editorial Sudestada, 2001), en el que se compilan la escritura y el pensamiento del Borges gorila.

Varios de esos libros se apilan frente a su escritorio.“Acá está mi vida”, define Roberto, en relación a su estudio, totalmente absorbido por los libros, la iconografía peronista y los recuerdos. Y enumera, entusiasta.

Sobre la pared más larga, un par de docenas de libros sobre la Argentina del siglo XIX. En otro apartado, Perón completo. Más abajo, volúmenes sobre política. En un estante de más abajo, el peronismo y el antiperonismo. Otro, completo, está dedicado a Evita y al lado, la tendencia revolucionaria. En la punta, pensadores del peronismo como Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche, John William Cooke, y en otra, milicos y gorilas desde el golpe de 1966 en adelante. Hay un sector para Resistencia Peronista y otro para el movimiento obrero. También hay un estante para marxismo e izquierda nacional.

Arriba, adelante y entre las pilas de libros, como en el escritorio y la mesa de la computadora, hay fotos que narran su vida sentimental: sus padres, su cuatro hijos, la militancia, Boca Juniors, Nora, aparte de cuadros, reconocimientos, tasas, mamushkas, estatuillas, gorras, banderines, postales, calcomanías y pines de la profusa liturgia peronista, en su mayoría, dedicados a los líderes de ayer y de hoy: Perón y Eva, Néstor y Cristina.

“Acá está mi vida”, dirá Roberto en relación a sus libros, recuerdos y homenajes.

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En un tercer encuentro, toca almorzar en el patio, debajo de una media sombra, de espaldas al Damero y frente a la pileta. Nora sirve una tarta casera de la noche anterior, una fuente con hojas verdes, tomate, pan y vino tinto.

Ustedes cómo se conocen, les pregunto.

Es Nora quien agarra la manija. Se nota que tiene ganas de hablar, de contar su propia epopeya, y relata la historia con el mismo espíritu entusiasta con el que al parecer encara todo lo que hace, a pesar de los vejámenes, ausencias y heridas imposible de cicatrizar que le estampó en el cuerpo y el alma la dictadura genocida.

Nora desempolva una historia de enredos, idas y vueltas, de casi dos años, que incluye varios viajes entre Vancouver y Buenos Aires, y con la excusa, en todos los casos, de que ella aportase sus ilustraciones para los libros de Roberto.

Subraya ella sobre el primer encuentro: “Él llegó subido a un caballo, un engreído de mierda, andate a la puta que te parió, dije, y no le di ni bola”. Dice él: “Ella también me cayó mal, una gringa que porque pintaba se creía que estaba allá arriba”. Se miden, se miran, se ríen, y los dos perros ladran, ponen las patas sobre las rodillas de sus dueños, hasta que reciben un reto.“Aparte teníamos diferencias de origen”, suma ella, “porque yo venía de las FAR y él de Montoneros, que eran todos más cristianos, más cercanos al peronismo tradicional, mientras que nosotros veníamos del guevarismo”.

Corría el 2006, y ella en Canadá, él en Bella Vista, ambos transitaban la separación de sus parejas. Nora retornó al país luego de 24 años de exilio en un raid que incluyó estadías en Israel, España, Cuba, México y Canadá, donde ya vivían sus padres y hermanos, también exiliados, y donde tendría una tercera hija, con un tercer compañero de vida. Ya en suelo argentino, cobró la reparación económica del Estado nacional, por el secuestro y desaparición de su primer marido -y padre de sus dos primeros hijos -, Horacio Machi, integrante de la conducción de la Juventud Universitaria Peronista.

“Así, de la nada, le pregunté a Roberto si quería pagar a medias la casa y comenzar a convivir”, recuerda ahora, luego de empinar y vaciar su copa de vino.

Las mujeres son el centro de la obra artística de Nora.

Corría el 2007.

Nora creció en un hogar de muy buena posición económica, porque el padre fabricaba la Refrescola, una popular bebida de los años 60 que le hizo sombra a la mismísima Coca-Cola yanqui. El hombre tenía galerías de arte, dentro y fuera del país, y les compraba cuadros a los integrantes del Grupo Espartaco. Nora en enseguida empezó a mostrar mucha facilidad para las artes.

“Fue gracias a los espartacos que descubrí que había pobres en el mundo”, señala ella, con la mirada vivaz y una energía envidiable. A los 18 ya había tomado clases con Alfredo Martínez Howard y Ricardo Carpani le corregía algunos dibujos, mientras rendía las primeras de la carrera de Arquitectura. “Mi lenguaje propio lo encontraría en el exilio”, remarca la mujer que, allá lejos, siendo muy joven, viuda y con dos hijos en brazos, denunció el genocidio argentino y siguió militando por la liberación nacional que impulsaba su generación. En Canadá, se convirtió en una referente de la pintura latinoamericana y en ningún momento de su carrera, de ayer a hoy, dejó de militar por un arte popular, que convoque al pueblo.

Hoy, Nora Patrich puede contarle al mundo, con el pecho hinchado de orgullo, que Cristina Fernández de Kirchner inauguró, el 17 de junio de 2008, un monumento suyo en homenaje a las víctimas del Bombardeo a la Plaza de Mayo, dentro de la Casa Rosada –la obra se llama Del cielo los vieron llegar-, y que diez años después, cuando el sicario y juez federal Claudio Bonadío incautó cuadros de la casa que Cristina tiene en el Calafate, en el marco de una de las causas judiciales que le armó para correrla del juego político y electoral, uno de esos trabajos, llamado Sangre-Derramada, Patria mía, era de su autoría, y se lo había regalado para su cumpleaños, en febrero de 2016, a través de unos compañeros de la agrupación Peronismo Militante.

Ahora, bajo la media sombra, en su patio, en la recorrida por la casa, en su estudio, en las actividades militantes en las que estaría junto a ellos, es muy difícil darse cuenta, y hasta creerlo, pero Nora está casi ciega: solo le funciona un cuarto de un solo ojo.

A los cuatro años le detectaron un sarcoma, un tipo de cáncer que se genera en los tejidos o músculos, se lo trataron, pero de grande comenzó a tener fuertísimos dolores de cabeza, y en Canadá a ningún médico se le ocurrió hacerle una resonancia magnética. Eso sucedió acá, en San Miguel, en 2012, de la mano de un médico que luego de escuchar sus síntomas, la mandó a hacerse una tomografía, y ni bien miró el estudio le dijo que había que operarla de inmediato. Salvó su vida de milagro, porque el tumor era grande como una pelota de tenis y latía y crecía dentro de su cabeza hacía muchos años más de los tolerables. Tuvieron que cortarle los nervios ópticos, y perdió la vista por completo, pero con el paso de los meses logró ver un poco más gracias a la regeneración de los mismos nervios.

Cómo surge el sello editorial Jirones de mi vida, pregunto, ya en la sobremesa.

“Fui yo la que tuve la idea de fundar un sello propio”, tira ella, luego de asumir, juntos, que Roberto producía más de lo que podían publicarle las editoriales, incluso las grandes. El paso lo dieron junto a un industrial que había militado en los 70 –el financista, que al poco tiempo abandonaría el proyecto-, y el coleccionista Facundo Carman.

Los libros de Jirones tienen una excelente calidad gráfica.

“Avanzamos a raíz de reconocer todo lo que tiene Roberto en cuanto a lo personal, a lo que vale como compañero y como historiador, y todo lo que tiene en cuanto a lo material: el archivo, que está al alcance de todo el mundo, siempre y cuando estén de este lado de la grieta”, advierte Nora. “Nosotros vamos a donde nos inviten, cobremos o no, vendamos libros, o no, porque la razón por la que tenemos la editorial no es comercial, sino llegar con nuestra palabra, nuestras ideas, con nuestra memoria”, plantea, y también señala que “nuestro objetivo es publicar los libros con la mejor calidad posible, y al menor precio posible, porque nuestra militancia conjunta hoy pasa por la editorial, más allá de las actividades que cada uno tiene por su lado”.

Los libros del sello Jirones son preciosos y se los identifica desde varios metros de distancia por sus tamaños A4, y en especial, por las composiciones a color de las tapas, en las que se combinan las ilustraciones de Nora y las fotos de Roberto. Todos los volúmenes tienen decenas de fotografías, afiches y volantes del archivo de Roberto y la hemeroteca de Carman, y los prólogos y textos introductorios, en su mayoría, de puño y letra de Roberto, están escritos con la minuciosidad y precisión de un historiador y la convicción de un militante de toda la vida. Ya publicaron una docena.

El primer libro, Mujeres son las nuestras. Fotografías inéditas 1946-1983, se publicó en 2015. Ese mismo año también publicaron Mundo Peronista. En 2016, Peronistas que estudian. De los libros de lectura a la lectura de la realidad. En 2017, Eva Perón. Acción de gobierno y mito popular. En 2018, los dos tomos de Afiches y carteles peronistas, 1955-2015 (que también publicaría Página 12). En 2019, Los días más felices del pueblo argentino siempre fueron peronistas. Acción de gobierno 1946-1955, y en 2020 Quemá esas cartas. Rompé esas fotos.

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Guido, el hijo más chico de Roberto, se presentó por teléfono como la oveja negra de la familia, no solo porque no cree en la política y hace ocho años que no vota, sino porque de chico se hizo hincha de Banfield, siendo parte de una familia en la que todos son fanáticos de Boca. Tiene treinta años y se dedica a la importación y venta de celulares, y se independizó a los 18.

¿Con qué ojos mirabas de chico la obsesión de tu padre por registrar la historia del peronismo?

“Veía cómo juntaba recortes, volantes, papeles, pero sin entender del todo para qué. De más grande, ya sabiendo todo lo que había pasado con la dictadura, me empezó a gustar un poco más el tema, y durante un tiempo le di una mano, por mis conocimientos informáticos, con el sitio web de los desaparecidos. Me mostraba los correos en los que los familiares le agradecían por publicar tal o cual información, o una foto que desconocían. Era emocionante, porque si bien a mi no me gusta la política, tengo sensibilidad por lo social, no es que todo me chupa un huevo”, aclaró.

¿Cómo te llevas con Nora?

“Muy bien, de alguna manera es la madre que no tuve, porque si bien, la que me dio la vida, siempre trabajó para darnos todo, nunca fue una mamá de esas que te esperan con la comida, te hace un té si no te sentís bien o te pone una gasa en el dedo si te lastimaste”, contestó.

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Bruno se llama el más grande de los cuatro hijos de Roberto, nació en 1984, y es un reconocido integrante del Peronismo Militante; fue concejal en San Miguel y hoy tiene a su cargo la gestión de la agencia local de la ANSES. Mauro nació en 1988 y es jugador profesional de póker. “Le gusta la política, eh, y es cien por ciento kirchnerista”, aclararía su padre en las entrevistas. Franco, el tercero, nació en 1990, y trabaja en la Biblioteca Nacional. “Son chicos de bien, éticamente justos, y profundamente humanos, todos principios fundamentales, por lo menos para nosotros”, sintetizaría Baschetti.

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A mediados de los noventa, con dos libros publicados, y un archivo que no paraba de crecer, Roberto sobrevivía con una changa como redactor de una guía de restaurant, pero un nuevo capricho o designio de la historia lo juntó con Enrique Pavón Pereyra, el biógrafo de Perón y en aquel entonces director de la Biblioteca Nacional, quien le dio trabajo en el organismo en el que probablemente pasaría los mejores veinte años laborales de su vida, en su salsa, rodeado de libros, cultura y peronismo.

El sociólogo e investigador de Bella Vista tuvo un rol clave en la creación y fortalecimiento de los departamentos de Canjes, Donaciones y Adquisiciones, en especial durante el fugaz mandato de Elvio Vitali, y en especial, durante la gestión de casi doce años de Horacio González, con quien la Biblioteca alcanzó un nivel de excelencia profesional nunca visto.

Entre otras conquistas, lograron recuperar un cuerpo documental valiosísimo, en particular sobre el primer peronismo, y aparte crearon un sello editorial con el que publicaron, entre otros títulos, el libro La incesante publicística, folletos del primer peronismo (1945-1955), curado por Roberto, y Eva Perón. Registros bibliográficos (2013), con la más completa bibliografía que se ha realizado en Argentina y el resto del mundo sobre Eva Perón hasta la fecha. También un libro de 700 páginas de Carman, sobre revistas y periódicos argentinos.

Durante aquellos años kirchneristas, Roberto, Nora y toda la generación diezmada y sobreviviente del Estado genocida, disfrutaron como nunca antes de una revancha inesperada y victoriosa, una refundación nacional que incluyó la recuperación de la política y el enamoramiento y compromiso militante de una buena parte de la juventud.

Cuando ganó Macri, a finales de 2015, Horario González fue despedido como un héroe, o un patriota, que es lo mismo, en la explanada de la planta baja del edificio, por todos los trabajadores y trabajadoras del organismo. Roberto le dedicó una carta, que uno de sus pasajes, dice: “De ser una biblioteca del Barrio Norte situada en la aristocrática Recoleta donde las señoras de la zona venían a tomar el té a la confitería y a divagar sobre la inmortalidad del cangrejo, pasó a ser una Biblioteca Nacional para todos los argentinos y argentinas”.

A partir de 2016, el nuevo director, Alberto Manguel, desguazó las áreas de Canjes, Donaciones y Adquisiciones, y a Roberto lo frisaron en un área de investigadores. Unos meses después, lo jubilaron. Desde su estudio, en Bella Vista, hizo circular una nueva carta para denunciar la política de desguace y vaciamiento del organismo.

Jorge “El Topo” Devoto y Elvio Vitali, algunos de los compañeros y compañeras que abultan los álbumes de fotos de Roberto.

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En la semana, Nora y Roberto arrancan el día con el desayuno en la cama -lo prepara él-, y el programa Caballero de día, en El Destape Radio. Ahí mismo revisan y contestan correos electrónicos, mensajes de WhatsApp y redes sociales. Luego, él se acomoda en su estudio, y ella, en general, en El Damero. Cada uno trabaja con sus proyectos. Al mediodía, almuerzan allí mismo.

Con respecto a las tareas de cuidado de la casa, se mueven con un esquema tradicional: él hace las compras y ella cocina. Una empleada realiza las tareas de limpieza, una vez por semana. Roberto le da de comer a los perros y ella se ocupa del gato. A la noche, luego de volver a revisar y contestar mensajes, miran una serie o película. Sus preferidas son las policiales o judiciales.

Para contactar a Roberto, hay que llamarlo. Mensajes y audios pueden tardar hasta veinticuatro horas en ser respondidos. La otra opción, es el correo.

Roberto nació un 16 de junio, fecha emblema para el peronismo.

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La platea y también los dos pasillos del auditorio del Museo Histórico 17 de Octubre estaban llenos de militantes cuando el locutor dio la bienvenida a la Jornada de Reflexión y Homenaje a las víctimas del Bombardeo de Junio de 1955, organizada por el Partido Justicialista de Lomas de Zamora y su par de San Vicente.

Roberto y Nora estaban ubicados en la primera fila de la platea. Él con su intervención impresa debajo del brazo, tranquilo, expectante; ella, rumiando bronca porque una vez más no habían incluido su nombre en la invitación oficial del acto.

Cuando los hicieron subir al escenario, Roberto leyó su texto, con el que contextualizó el ataque de la Armada sobre la población civil, para derrocar a un gobierno democrático que nunca vencerían en las urnas, y destacó algunas cifras: 132 pilotos militares, y un civil, usaron 37 aviones, desde los que arrojaron más bombas que las que tiraron los nazis sobre Guernica, en la Guerra Civil Española. Murieron 308 personas y hubo más de 1.000 heridos.

Luego, con el nivel de detalle que lo caracteriza, Roberto punteó los nombres, apellidos, cargos y responsabilidades de aviadores, entre ellos, Osvaldo Cacciatore –que sería intendente de facto de la CABA- y Carlos Massera –hermano de Emilio-.

El texto leído por Roberto, al otro día sería publicado en Página 12, en el marco de las conmemoraciones que se hicieron por el 67 aniversario de los bombardeos.

Antes del acto hubo un almuerzo, y más tarde recorrieron los jardines y edificaciones de la quinta, y ya cerca de las 16 horas, junto a la militancia local, muchas de ellas mujeres de los barrios humildes del distrito, descubrieron una placa conmemorativa por las víctimas del bombardeo, en “La Plaza del Pueblo”, ubicada en un sector de la quinta. “El peronismo es lucha, no nos han vencido”, rezaba la consigna central, en el corazón de la placa.

Después de la proyección de un video, y sin que nadie la presente, Nora se largó a hablar, de manera improvisada, en sintonía con el clima del momento y del lugar. Eligió un registro y tono dramático, teatral, para abordar los bombardeos. “Y te cayó una bomba a vos, y a vos, y también a vos, más allá”, dijo, y señaló a los militantes sentados en la platea, “y como no fue suficiente, nos tiraron de los aviones, a vos, y a vos también”, y ahora le apuntaba con el brazo a los del pasillo, “y también nos desaparecieron”.

Así, la artista plástica tendió un puente entre el presente y la tragedia del pasado, a través de los discursos de odio y negacionistas de la oposición. “Si pudieran, nos seguirían bombardeando y tirando desde los aviones, no por los errores sino por los aciertos que nunca nos van a perdonar”, disparó, y “por eso es tan importante repasar los hechos y tomar conciencia una y otra vez de todo lo que nos sucedió”.

En el cierre de la actividad, el locutor leyó un documento, e inmediatamente después comenzaron a sonar las estrofas de la Marcha Peronista, que se entonaron, como corresponde luego de un acto de alto voltaje emotivo, de pie, con los brazos en alto, los dedos en V y los rostros desencajados.

La jornada en la Quinta de San Vicente tuvo una alta carga emotiva.

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Roberto y Nora comparten por lo menos dos actividades militantes por mes. En junio, aparte de ir a San Vicente, ahí cerquita, en San Miguel, participaron del encuentro Escritores y política; y el 26 de julio, emplazaron un busto de Eva Perón en Ingeniero Bugde, también en Lomas de Zamora, junto a la militancia local.

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Rocío Otero tiene 38 años, es socióloga y doctora en Ciencias Sociales, y conoce a Roberto desde una tarde de 2016, cuando tomaron un café en el bar de la Biblioteca Nacional, porque ella estaba buscando información sobre Eva Perón. En octubre del 2019, ella lo sumó al panel de la presentación de su propio libro, Montoneros y la memoria del primer peronismo (Prometeo).

“El hogar de Roberto y Nora es un gran museo-archivo, un lugar mágico en donde uno encuentra documentos, historia, memoria y arte sobre el peronismo. Cada espacio, cada pared, cada repisa, convocan a detenerse”, contó en un correo. Y sobre Roberto, señaló: “Es una persona generosa y afectuosa, que no solo nos enseña con su magnífico y único archivo, sino también con su actitud ante la vida, con su disposición a compartir, con su escucha atenta y sus consejos, y su compromiso con la historia”.

Tanto para su tesis doctoral, como para su libro, Rocío consultó material de los tomos de la saga Documentos con los que Roberto historiza el período 1973-1980, y siendo una de las tantas personas que consultó su archivo, Rocío no duda en plantear que “toda la obra de Roberto ha sido una influencia y fuente ineludible en sucesivas generaciones de investigadores sobre el peronismo en general y los años setenta en particular”.

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El próximo libro de Jirones ya está en imprenta: 50 años de la Masacre de Trelew; y aparte, tienen muy avanzados otros dos proyectos: Argentinos, judíos, rebeldes y revolucionarios, apuntes de vida; y una biografía sobre la vida y lucha de Nora.

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Luego de descender en la estación subterránea Teniente Agneta del Ferrocarril Urquiza, ubicada dentro de Campo de Mayo, hay que subir una escalera de cemento que te deposita en la Ruta 8. Ahí fue que me topé con la señalización de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, que le recuerda a cualquier distraído, por medio de los tres pilotes de hormigón de siete metros de altura con los ejes históricos de lucha de los organismos de derechos humanos, Memoria, Verdad y Justicia, que en ese lugar funcionó un Centro Clandestino de Detención y Exterminio, con una maternidad incluida. Fue inaugurado en 2008, y Roberto y Nora, que ya vivían en el barrio, participaron del acto de inauguración.

La idea de los caprichos de la historia, como sostendrá Roberto en los encuentros, ahora tomaba forma de foto. Dos fotos. Dos fotos y una sentida emoción que me rebotaría en el cuerpo durante las ocho cuadras que caminé, sin apuro, hasta su casa.

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