Nada que reclamarle a la Selección. Sería de ingrato, desagradecido, miserable. Comprate una vida, diría un tuit. Qué le vas a reclamar a un grupo de jugadores que dejó la piel en el mundial, que remontó todos los partidos de emilinación directa hasta llegar a la final, que nos regaló la cuarta malvinas, como dijo alguien en las redes sociales.
Por estas horas nos quema por dentro el dolor por la derrota, esa sensación insoportable que genera la frustración de no haber alcanzado la gloria que te da la victoria, la bronca de no poder volver atrás en el tiempo, que el partido se juege de nuevo y que lo demos vuelta con huevos y con fútbol, como pasó con Inglaterra, y que estallemos las calles de felicidad el domingo a las ocho y media de la noche para embriagarnos de euforia, alegría, besos y abrazos, y que aparte, al otro día, o sea hoy lunes, estemos todos tomados por el tira y afloje entre la AFA y los soretes que ocupan la Casa Rosada para definir el operativo con el que se recibirá a los bicampeones, si será en Ezeiza o en la Casa Rosada, si se trasladarán en micro o por lo alto, en helicópteros, y que volvamos a copar las autopistas para recibir a los héroes –a pesar de la llovizna y el viento hiriente que te cala los huesos-, los que se embanderaron con la causa Malvinas y le llenaron el culo de preguntas y quilombos de política exterior, otra vez, a los soretes de que ocupan la Casa Rosada, porque pusieron el asunto de la colonización en la agenda de la prensa mundial.
Pero no: estamos apenados, retomando la cotidianeidad de la que habíamos salido con esas maravillosas juntadas con familia y amigos, los gritos desaforados de gol, el consumo afiebrado de contenidos en las redes de esos mismos gritos de gol pero en todo el país y en todo tipo de lugares, y el capítulo de la historia del fútbol que nadie olvidará: el 2 a 1 a Inglaterra en la semifinal de la Copa del Mundo.
Ya temprano empezaron a circular teorías conspirativas, pero los jugadores llegaron a la final con la lengua afuera. Y no hubo manera de reponerse. Lo intuimos en la previa y lo comprobamos durante el partido jugado bajo un sol de tres de la tarde: fundimos biela. Sin piernas, sin aire en los pulmones, con lesiones por todos lados. Esa sea quizá el dato que más convenza para explicar el mal partido que jugamos contra España. El otro dato es el nivel de juego del ahora campeón del mundo. Formidable. Se apropiaron de la pelota desde el minuto uno, y cuando la teníamos nosotros, nos asfixiaban con dos y hasta tres jugadores, y nos la quitaban para volver a hacerla circular por el campo, de acá para allá, hasta encontrar un espacio que les permitiese llegar hasta la última línea y probar al Dibu.
Otros datos: en el partido se nos lesionaron los dos centrales. Y lo expulsaron a Enzo. Y también jugó el arbitro, que inclinó un poquito la cancha, aunque no fue determinante.

Nunca le encontramos la vuelta al partido.
Aun así, llegamos hasta el alargue, y recién en el arranque de la segunda parte nos embocaron. ¿Le vamos a caer a Molina porque leyó mal la jugada y perdió la marca? No. ¿Al Dibu, porque no salió a achicar? Ni loco.
Y ahí, con el 0-1, otra vez con la soga el cuello, los indios -como nos describió Scaloni- fuimos a los gritos y con la lanza en alto a buscar el empate. Con diez jugadores, con Tagliafico en una pierna, y casi lo logramos: tuvimos dos chances de gol, pero la pelota no quiso entrar. En términos futbolísticos, hubiese sido injusto, pero cómo lo hubiésemos gritado, pensando en los penales, ¿no?
Otra vez: aunque estemos tomados por la frustración, el dolor y la bronca, aunque queremos endilgarle a Scaloni y el resto de los muchachos del cuerpo técnico alguna mala decisión en los cambios, un mal partido a alguno de los jugadores, la tontera de Paredes de hacerse amonestar y quedar condicionado para el resto del partido, o la expulsión de Enzo, no queda otra que lamentar la derrota en una charla con el compañero de trabajo, acongojarse con el ser querido que está del otro lado del teléfono, y transitar el duelo.
En eso estamos por estas horas, y ayuda a levantar el ánimo ver a los miles de compatriotas del conurbano bonaerense que bajo la lluvia de julio y pese al viento hiriente que cala los huesos, coparon las inmediaciones del predio de la AFA, Andrés Lionel Messi, para recibir al descapotable de los jugadores que volvieron a nuestro pais y dedicarles muestras de agradecimiento y cariño.
El Chiqui Tapia estaba entre los jugadores, y fue uno de los grandes hacedores de esta nueva gesta. Su rol es central en el proceso que tiene al frente a Scaloni y el resto de los muchachos del cuerpo técnico, y si Argentina se cosia la cuarta estrella en la camiseta, no lo paraba nadie. Ahora habrá que ver cómo sigue la persecución que le tiró encima el gobierno libertario –habiendo ofrecido razones para que esto suceda, hay que decirlo- en sociedad con el poder judicial mafioso y el sistema de medios antiperonista.
Una buena: el gobierno nunca conectó con la Selección. Ni antes, ni durante el mundial. La razón: son antipueblo y anti intereses nacionales. No hay punto de contacto posible. No saben hacerlo porque no conocen a su pueblo. Hasta Villarruel, defensora de genocidas, tendió puentes, por lo menos en lo discursivo, a partir de la malvinización que produjeron los jugadores con la sábana de hotel pintada a mano que dio la vuelta al mundo. Ojalá que este asunto sirva para seguir enterrando la posibilidad de la reelección de un hombre que representa la crueldad, la deshumanización y el desprecio por lo nuestro.
Y la alegría que nos venía dando la selección hace un mes, con sus goles, con la fiesta en la tribuna y los pasillos de los mega estadios, los banderazos, las juntadas en nuestras casas, clubes, escuelas, plazas frente a los municipios, también significó la posibilidad de distrarse, hacer a un costado, tirar debajo de la alfombra, una realidad angustiante para millones, debido, otra vez, a la pésima administración del país que hace tres años vienen realizando los hermanos Milei y sus socios dentro y fuera del gobierno.

Copamos todas las canchas.
Despedidos probablemente al mejor Messi. El mundo del fútbol -y la alta competencia deportiva en general- ya estaba rendido a su pies, y ahora, luego de este último mundial, se agotaron los adjetivos para halagarlo, ponderarlo, felicitarlo. Jugar el mundial como lo jugó, a los 39 años, es otro hecho extraordinario ligado a su carrera deportiva. Pero aparte, y acá aparece el mejor Messi, está el hombre, el padre, el esposo, el hijo, el capitan de la selección, que desde hace algunos años, producto también de una decisión de la AFA y sus compañeros de plantel, se hizo cargo del liderazgo que naturalmente debía ejercer por sus condiciones de futbolista. Y lo hizo.
Cuando repasemos el mundial que jugó en los EEUU nos volveremos a morder los labios y a emocionar. Goles y asistencias. Cada vez que tocaba la pelota, aportaba claridad y juego. Y como muestra alcanza un botón: la jugada que hace por derecha, en el ocaso el partido, dejando en el camino a dos ingleses, para meter un centro milimétrico, con la derecha, a la cabeza de Lautaro, que puso el dos a uno contra los piratas que generaría una locura interminable.
Y también jugó lindo fuera de la cancha, que nunca fue su fuerte, ese mismo día, ya bañado, camino al micro, y frente al micrófono de Matías Pelliconi, un periodista de TyC Sports muy piola, que hace móviles con los hinchas, y que tiene en su haber la entrevista más linda que se le hizo al Diego antes de que parta hacia la eternidad. Allí, Messi homenajeó al mismo Diego, lo recordó con amor y respeto, dijo que nunca se comparó con él, y aparte tuvo unas palabras para el pueblo argentino, al mencionar que ellos sabían perfectamente que la victoria contra Inglaterra, que incluía un pase a la final, significaba una alegria enorme para los millones con problemas para llegar a fin de mes.
Leo, mito argentino.
Emociona verlo a Leo junto a Diego en las banderas. Se ganó ese lugar de mito argentino. Ayer mismo, ya terminado el partido contra España, volvió a llorar frente a la tribuna de nuestros hinchas, junto a sus compañeros, en una muestra de agradecimiento recíproco. El aliento que nuestra gente baja de las tribunas, de modo masivo, hace varios mundiales, vale oro, y esto también el mundo lo mira con ojos cargados de admiración. Aliento, color y fiesta. Y son miles de argentinos. Qué les pasa, preguntan todos los testigos. Son apasionados y aman el fútbol, sí. Eso también somos, aparte de talento, resilencia –como se remarcó en este mundial- y lucha ante la adversidad. Sabemos de eso, sí.
De derrotas y de dolores. En el deporte y en la vida.
Pero también sabemos de conquistas y celebraciones, ojo.
Entonces, volviendo a la selección, habrá que empezar de nuevo, trabajar en un nuevo proyecto y mirar para adelante. Con Diego y Messi en las banderas. Siempre agradecidos.