La noche es cálida, la luna semillena está colgada de un cielo azul limpio. Cruzo en diagonal la Plaza 25 de Mayo; me acompañan Mauricio y Natalie, dos compañeros a la altura de las horas vividas. A vivir que son dos días, decía Carlos Solari, aunque fueron cuatro. Buscamos un lugar para comer y despedirnos de la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, fundada hace más de cuatro siglos. Cuentan que el puntapié inicial lo dieron sesenta españoles y que es una de las pocas ciudades que conserva su emplazamiento original.

Copas, abrazos, guitarreadas, folclore, cánticos peronistas, manjares degustados con compañeras y compañeros de diferentes regiones del país son parte de la experiencia desde el jueves hasta el lunes en La Rioja. Movimientos de derechos humanos, referentes políticos y eclesiales y fieles se congregaron en el Paraje El Pastor para rendir homenaje y recordar el testimonio de monseñor Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera.

El encuentro estuvo presidido por el arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, y el actual obispo de La Rioja, Dante Braida, junto a una decena de prelados locales y nacionales.

El gobernador Ricardo Quintela fue el anfitrión de un encuentro político que tuvo visos de unidad para la acción del espacio opositor más importante, el peronismo. Máximo Kirchner, Eduardo “Wado” De Pedro, Paula Penacca, Mayra Mendoza, Victoria Tolosa Paz y Jorge Taiana, entre otros dirigentes, se hicieron presentes para pensar la realidad y seguir construyendo puentes hacia la unidad, un imperativo central para el peronismo si busca subirse al ring electoral de 2027 con posibilidades reales.

La conmemoración, al cumplirse el 50 aniversario del martirio de Monseñor Enrique Angelelli y los beatos riojanos, se dio en el marco de dos jornadas atravesadas por la fe y la política, bajo el entendimiento de que ni los dirigentes, ni el pueblo, ni los propios sacerdotes se encuentran desanclados de la realidad política, social y cultural. La palabra hecha carne y compromiso representa una oportunidad no solo para transformar la coyuntura, sino para interpelar las estructuras injustas del mundo.

Raíces populares y la incomodidad del Evangelio

El 17 de julio de 1923, en una Córdoba que oscilaba entre la tradición docta y la efervescencia de los barrios populares, nació Enrique Ángel Angelelli. Hijo de Celso Angelelli y Vittoria Caranti, dos inmigrantes italianos oriundos de Emilia-Romaña que llegaron a la Argentina en busca de horizonte, el futuro obispo creció entre el olor a tierra mojada y el esfuerzo diario del trabajo rural. Sus padres se asentaron como quinteros en las afueras de la capital cordobesa. Su infancia, como el resto de su vida, transcurrió en la cercanía constante con los sectores trabajadores, una impronta humana que definiría de manera irreversible su posterior compromiso pastoral.

En 1938, a los 15 años, la inclinación religiosa de Angelelli se convirtió en decisión e ingresó al Seminario Mayor Nuestra Señora de Loreto de Córdoba. Tras ser enviado a Roma para perfeccionar su vocación en el Colegio Pío Latino Americano, se ordenó sacerdote el 9 de octubre de 1949, a los 26 años.

Posteriormente regresó a Córdoba con las licencias en Teología y Derecho Canónico. Sin embargo, más que las aulas romanas, fue el barro de la realidad social lo que selló su identidad: su trabajo junto a la Juventud Obrera Católica (JOC) lo convirtió en un testigo incómodo de los dolores de la clase trabajadora. Sus denuncias le valieron el recelo de la jerarquía eclesial tradicional, que vio en su posterior traslado a La Rioja una suerte de destierro punitivo.

Un joven obispo de los pobres.


Pero el presunto castigo se transformó en tierra fértil. La Rioja fue el escenario donde encarnó las orientaciones del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín. Cuando los vientos de transformación soplaban desde las periferias rebeldes, el obispo clamaba en las jornadas convulsas que siguieron al Cordobazo en mayo de 1969: «Asumamos este grito en todo lo que tiene de verdadero, auténtico y dramático, porque existen argentinos que se mueren de hambre, que sufren marginación material o moral, que son excluidos de la mesa de los argentinos que ostentan el poder».

Con apenas 45 años, llevaba sobre sus hombros la consigna urgente de una Iglesia que rompía sus cerrojos para salir al encuentro de las personas, encarnar la fe entre los más humildes y convertir la doctrina en un servicio activo.

El 'Obispo Rojo' y el martirio en la ruta

Angelelli no concebía un Cristo encerrado en los templos. Decidido a llevar la Palabra a la cotidianeidad, impulsó la creación del Movimiento Rural de la Acción Católica y promovió la formación de cooperativas de trabajo para devolver la tierra a las manos que la trabajaban. En Anillaco y Costa de Araujo, apoyó abiertamente a los peones rurales para que se organizaran en la Cooperativa CODAPRAL, disputándole la propiedad y la explotación del agua y la tierra a los grandes latifundistas de la zona.

Para la prensa conservadora, los sectores del poder económico y la cúpula militar de la III Brigada de Infantería, Angelelli dejó de ser un hombre de fe para convertirse en el 'Obispo Rojo'. Lo acusaban de infiltrar el marxismo en los altares, de quebrantar el orden establecido y de soliviantar a la peonada.

El homenaje a Angelelli y sus beatos tuvo un espacio protagónico en el encuentro riojano.

La sentencia final se ejecutó en el invierno de 1976. Tras los asesinatos de los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias en El Chamical, y del laico Wenceslao Pedernera en Sañogasta, Angelelli supo que el cerco se cerraba sobre él. Investigó personalmente esos crímenes y reunió las pruebas en una carpeta que llevaba consigo.

El 4 de agosto de 1976, en la ruta 38, a la altura de Punta de los Llanos, un vehículo encerró a la Fiat 125 en la que viajaba. El vuelco provocado terminó con la vida del obispo, cuyos brazos quedaron extendidos en forma de cruz sobre el asfalto.

El hilo rojo de la historia: del martirio a los desafíos del presente

“Angelelli fue el primero en decir -no tengan odio-', expresó durante las jornadas el gobernador Ricardo Quintela, un dirigente de convicciones firmes que se enfrenta con claridad y sin titubeos a las políticas centralistas de Javier Milei.

Ricardo Quintela conserva la compostura sencilla y el andar sin prisa de quien conoce el valor de la tierra y el ritmo del campo riojano. Detrás de la centralidad política y la gestión diaria, habita en él la matriz del hombre llano, aquel para quien el respeto no se mide por los títulos, la estirpe ni el grosor del patrimonio.

En su mesa, las jerarquías sociales se diluyen, puede sentar a un peón rural de manos curtidas al lado del representante más conspicuo de la rancia alcurnia provincial, ofreciéndoles a ambos el mismo pan y el mismo vino, idéntico espacio: no solo eso les ofrecerá a ambos atención y escucha,

Hay en esa actitud una convicción profunda que abreva tanto en el humanismo cristiano como en la tradición popular: la certeza innegociable de que no existen hombres de primera ni de segunda. La premisa para este hombre de risa franca y mirada atenta es que dialogar sin agacharse ante las élites ni mirar de arriba a los humildes.

Máximo participó de varias actividades.

Continuando, para el mandatario riojano, la congregación de la multitud en el Paraje El Pastor, fue el mejor reconocimiento para el obispo asesinado aquel 4 de agosto de 1976,

“Un hombre que trabajó denodadamente y dio su vida por los más humildes, los trabajadores, los obreros y los campesinos”. En la misma línea, monseñor Dante Braida había señalado en la semana: “Tenemos que construir una sociedad más justa e inclusiva”.

Esa búsqueda de justicia, medio siglo después, vuelve a encontrar un punto de contacto entre la fe encarnada y la construcción política. La presencia de figuras centrales del peronismo como Máximo Kirchner y Ricardo Quintela en el homenaje no respondió a una mera formalidad institucional, sino a la reactualización de una agenda histórica. El mandato de Angelelli de enfrentar las estructuras de poder concentrado y los abusos de las élites resuena con fuerza en la coyuntura contemporánea, donde el avance del ajuste social del gobierno libertario de los hermanos Milei, y de grupos empresariales concentrados exige respuestas firmes y colectivas.

El influjo de la lucha de Angelelli actúa hoy como un espejo y una guía política. Tanto en la firmeza territorial y el federalismo de Quintela frente al poder central, como en el llamado de Máximo Kirchner a recuperar los sueños y creer en nosotros mismos. Expresó en el salón colmado del Sindicato de Luz y Fuerza en el centro riojano,

“Cada uno tiene su provincia, sus modismos, sus maneras de entender la vida, pero hay una bandera que nos une y esa bandera la debemos proteger. Porque si nos dividen, si nos balcanizan les vamos a hacer muy fácil el trabajo, hay que complicárselas y defender nuestro suelo”

Escot, el cronista quilmeño, a la izquierda de la foto.


El llamado es a organizar la resistencia social y edificar una alternativa de gobierno. subyace la misma premisa que le costó la vida al obispo riojano: no hay neutralidad posible frente a la injusticia.

La unidad del peronismo, más que una especulación táctica para el horizonte electoral de 2027, se presenta así como una obligación ética y social. La tarea consiste en escuchar el grito de los postergados, convertir la doctrina en acción concreta y asumir que enfrentar a los poderosos es la única forma de construir una patria justa.