Por KRANEAR
En la nota “VIDA DE COUNTRY, RETÓRICA DE BARRICADA. APUNTES SOBRE LA CASTA MILITANTE DE LA “DÉCADA GANADA”, publicada en Revista Panamá el 10 de enero pasado, el autor Bruno Carpinetti nos señala una contradicción que, según su análisis, tomó cuerpo en la dirigencia política durante lo que se conoce como la década ganada: la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive.
Una nota incómoda, con aspectos atendibles, pero que una relectura permite notar la ausencia de algunas dimensiones sobre el planteo.
¿Estamos hablando sólo de la década ganada? ¿Por qué? ¿Cuál es la estatalidad que se cons(des)truye durante los gobiernos de Mauricio Macri y Alberto Fernández? ¿Cómo no entra a jugar en este análisis el rol de la pandemia y su vínculo con el estado? ¿Estamos hablando de la dirigencia política o de la militancia? ¿Y de qué dirigencia y qué militancia? ¿Se refieren al Movimiento Evita haciéndose cargo de gran parte de la gestión del Ministerio de Desarrollo Social? ¿Es parte de ese análisis Horacio González como director de la biblioteca nacional? ¿Cualquier organización? ¿Habla de las organizaciones provenientes de la juventud? ¿O será quizás el autor está eligiendo omitir que habla de La Cámpora?
Vamos a poner las cartas sobre la mesa y dejar de hacer análisis sesudos con eufemismos que insisten en solapar lo que en realidad quisieran gritar. Hay un encono con La Cámpora, por momentos absurdo y ridículo, pero muy extendido sobre todo en los nichos de twitter, de los streamings, de quienes creen entender a la real polítik, o también de quienes se adjudican ser los portadores de un espíritu crítico, algo que a La Cámpora supuestamente le faltaria, porque el pibe bandera, porque la jefa, porque la orga, porque Máximo.
Pero no conocen a la organización, no se toman el trabajo de hablar con sus militantes, de escucharlos, de quizás permitirse dudar de algunos juicios tan monolíticos forjados en acero que tienen.
“¿Y dónde están los pibes de La Cámpora?” es el nuevo “y dónde están las feministas?”. Un letargo sostenido con animosidad muchas veces por argumentos vacíos y sin referencia.
¿Qué significa militar? Durante muchos años, y tal como el autor de la nota en cuestión apunta, la militancia era el ejercicio del sacrificio, de la abnegación, una lógica sacrificial que subyace y contiene esa pulsión de dar la vida por una causa. Una narración hecha en función de parámetros éticos y morales, un deber ser tan gigantes como la clásica iconografía peronista de los dorados 40. Pero también como una forma de dar amor.
“Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.”, dice el autor. Pero, ¿queremos quedarnos ahí? ¿Elegimos la resistencia? ¿La precariedad? ¿El riesgo?
Un párrafo después, se menciona que fue Néstor Kirchner quien “comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía”. “Miles” de militantes pasaron de la protesta a la gestión, dice Bruno Carpinetti.
Pausa.
El 14 de septiembre de 2010, el Luna Park fue escenario de un encuentro de la juventud, masivo, heterogéneo. Ahí estaban sectores del sindicalismo, organizaciones sociales, políticas. El Eternéstor nos convocaba a hablarle y a que él nos hablara. La oradora de esa velada terminó por ser la entonces presidenta Cristina. Néstor tenía su salud ya deteriorada. Fue ahí cuando por primera vez sonó la estrofa agregada a la Marcha peronista. “Resistimos en los 90, volvimos en 2003, junto a Néstor y Cristina, la gloriosa JP”.
Hay un video, que muestra las caras atentas de ellos dos, parando el oído, sorprendidos.
Estaban ante la presencia de un punto de inflexión. La juventud se había organizado, los reconocía como conductores.
Trece días más tarde, mientras los argentinos esperaban en sus casas la llegada del censista, los canales de televisión daban la noticia del fallecimiento de Néstor Kirchner.
Una multitud se reuniría durante tres días en Plaza de Mayo para despedirlo.
Y después advino la avalancha. Cientos de personas que se querían sumar a militar. A una unidad básica, un comedor, un merendero, a dar apoyo escolar, o a fiscalizar.
Y el 54% de los votos, y el llora llora la derecha porque los pibes están de fiesta, y ese trencito de la alegría y de la fiesta y de la victoria afuera del búnker la noche de la reelección de Cristina presidenta.
Todo un encadenamiento de sucesos que desembocaron en la decisión de Cristina de darle lugares de responsabilidad institucional a compañeros y compañeras militantes. Porque si vamos a hablar de la década ganada, Néstor inició ese camino, pero ella lo potenció y lo materializó con creces. Por los tiempos, porque el involucramiento de los pibes en la política fue un proceso. No se dio de la noche a la mañana. Lo dijo ella misma en un acto: “les falta mucho todavía”, y dio estadísticas sobre cuántos jóvenes estaban efectivamente ocupando cargos de gestión.
Porque ahí incidieron la creación de nuevos colegios, del conectar igualdad, de la proliferación de universidades en todo el país, de las asombrosas aventuras de Zamba, de volver a hablar de nuestros próceres, de sentir que la juventud tenía un lugar de privilegio y no ya de riesgo ni de estigma. Por eso la decisión de dar el salto a la gestión. Y no de cualquiera. Quienes asumieron responsabilidades en el estado eran profesionales, formados, con ganas de hacer, con un compromiso inquebrantable. Habrá, por supuesto, casos de quienes se les haya subido el poder a la cabeza. Fueron excepciones, reprochables y obscenas.
Pero el espíritu de esa definición política fue precisamente sacar a los pibes de la protesta, y darles la oportunidad de poner esa transformación anhelada en acción. Y eso fue revolucionario.
“La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo”. De nuevo, ¿hablamos de la militancia o de la dirigencia? ¿Hay un problema con que el cuerpo encuentre abrigo? ¿Es mejor estar a la intemperie? ¿Garpa más el sufrimiento? ¿Se es mejor militante así?
Sin dudas que existió una reconfiguración de la práctica militante, pero son reconfiguraciones que van acompañando las necesidades y realidades de cada época. No es lo mismo hablar de la militancia de los 70, las guerrillas, incluso en los 80 post dictadura, o la resistencia en los 90, y la década ganada.
Cada época marca un pulso distinto, y no está mal que así sea, porque la militancia no puede ser una figura acartonada y mecánica.
Por otra parte, la nota de Panamá tiene una mirada porteño centrista. ¿Qué pasa en las provincias? ¿En los municipios? Las discusiones palaciegas tienen un epicentro muy definido pero hay vida más allá de la General Paz, y hay que recorrer otros territorios, conocer cómo se milita en la Patagonia, o en el medio de un pueblo de La Pampa. ¿Y en Formosa? Entonces, de nuevo. ¿De qué militancia hablamos?
Podemos no acordar con un estilo determinado de vida puertas adentro, ¿pero es realmente incompatible vivir en un barrio cerrado y ejercer una función pública sin perder un sentido transformador? ¿Solo Pepe Mujica que vivía en una chacra es el referente habilitado para discutir en estos términos? Sin dudas que él hizo de su vida un homenaje a alinear consumos con ideologías. ¿Pero es la única forma? ¿Viajar a Estados Unidos es una ofensa a la práctica militante? ¿No hay una búsqueda del peronismo de promover el ascenso social? ¿Eso excluye a la militancia?
Hace unos años, un conocido sociólogo argentino, tuvo la oportunidad de entrevistar a Fidel Castro. Cuando le pidió que se sacaran una foto, el Comandante lucía un conjunto de Adidas. El entrevistador le comentó que estaba usando la marca del imperialismo. Fidel le contestó: "ay chico, yo ya estoy más allá de eso".
Cada vez que un militante usa un Iphone, muere un hada en alguna parte de Argentina. Una oda al ascetismo que poco tiene que ver con el peronismo.
Y acá sí es importante decir: la militancia que pasó a formar parte de las filas del Estado, especialmente a partir del 2006/2007, y haciendo una “trayectoria laboral”, como sugiere la nota, lo hizo en condiciones de precariedad laboral. Por eso, durante el macrismo, tantos compañeros se quedaron sin empleo. Porque los contratos eran frágiles. Y porque más allá de ese ímpetu de incorporar a la juventud a la vida pública e institucional, no se pudo lograr hacerlo en condiciones óptimas.
En otro tramo de la nota de Panamá, su autor habla sobre la lealtad. ¿En algún momento histórico no se ponderó la lealtad como un valor fundamental para construir con otros? “El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza”, dice Carpinetti. ¿En dónde era una amenaza la crítica? ¿Es solo una conclusión del autor o tiene evidencia de que esto realmente fuera así? Porque, reiteramos, es probable que haya habido quienes ejercieron el poder de una forma bruta, ¿pero es posible generalizar de este modo? ¿Por qué es tan fácil decir que no existían críticas?
Entendiendo esta reconfiguración que mencionamos más arriba de la militancia, ¿la única vía posible para el militante era ser quien tensionaba el poder? ¿Qué poder? ¿Los poderes fácticos contra los que el kirchnerismo batalló como pocos gobiernos? ¿O se refiere el autor al poder de quienes conducían el gobierno?
Hacia el final de la nota, el autor plantea la sospecha de que el “progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar”.
Entendemos acá que el análisis del triunfo de Milei no puede soslayar a los gobiernos de Mauricio Macri y de Alberto Fernández. ¿O vamos a atribuir la derrota del 2023 a la casta militante de la década ganada?
Y aún así, ¿el principal problema del gobierno de Alberto Fernández fueron sus pocas medidas “progresistas” ejecutadas por las frágiles estructuras que pudieron permanecer en el Estado después del macrismo? ¿El Ministerio de las Mujeres, el DNI no binario y el aborto? ¿O fue el rumbo económico y la caída brutal del empleo registrado?
Para cerrar, y retomando al autor que plantea la necesidad de retomar la incomodidad como valor político. Quizás no se trate de estar incómodo, sino de sostener con uñas y dientes las banderas que nos trajeron hasta dónde estamos para verlas flamear en alto: la justicia social, la independencia económica, y la soberanía política. Pensarlas y adaptarlas a nuestra época, a nuestros tiempos, sin moralinas, con el ejemplo de los grandes pero no para que nos aplaste, sino para que nos potencie.