Por los integrantes del Archivo de la Memoria del Bajo Flores


“Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Evangelio según San Mateo).


A pocos días del 'Operativo Tormenta Negra' impulsado desde lo más alto del Poder Ejecutivo local para estigmatizar, amedrentar y perseguir a los villeros de la Ciudad por el mero hecho de vivir en un barrio popular, la Comunidad del Bajo Flores dio una vez más una respuesta nutrida de conciencia y memoria, al organizar un homenaje a un grupo de jóvenes catequistas y militantes de la JP del Bajo Flores detenidos y desaparecidos durante la última dictadura cívico militar.

Se trata de Horacio Pérez Weiss, Beatriz Carbonell, César Lugones, María Marta Vásquez, Mónica Quinteiro, Mónica Mignone y María Esther Lorusso Lammle, quienes realizaban parte de sus tareas parroquiales, sociales y políticas encuadrados dentro de la Juventud Peronista (JP) que luego pasaría a formar parte del Movimiento Villero Peronista.

La memoria suele ser reducida -muchas- veces a un ejercicio nostálgico pero en este caso resulta ser el mejor antídoto frente a la soberbia deshumanizante de quienes compiten por ver quién es más cruel con los que menos tienen.

La actividad se realizó en la Parroquia Madre del Pueblo.

Por eso el homenaje del sábado 16 de mayo en Bajo Flores cobra una naturaleza especial. A cincuenta años del secuestro de los jóvenes (sucedió un 14 de Mayo), y en el marco a su vez del cincuenta aniversario del golpe de Estado de marzo del 24 de marzo de 1976, toda la comunidad del barrio participó del homenaje:

El párroco de la Parroquia Madre del Pueblo, la comunidad educativa de la escuela primaria y secundaria de Madre del Pueblo, vecinos, referentes de organizaciones sociales y políticas, merenderos, comedores, delegados de manzana, personal y directivos del CESAC 20, Escuela EMEN 3 y el Jardín 6 del 19, militantes históricos del barrio, ex militantes del Movimiento Villero Peronista del Bajo Flores, vecinos y vecinas que conocían a los jóvenes que fueron arrebatados por la dictadura cívico militar, militantes barriales, centros culturales del barrio, orquestas infantiles con sede en Bº Ricciardelli) se reunieron por primera vez en estos 50 años con un numeroso conjunto de familiares de los jóvenes que se acercaron a Madre del Pueblo (algunos por primera vez) para converger en un homenaje reparador en el que se recordó el coraje y compromiso social y político de aquella juventud.

Durante el encuentro se descubrió un mural realizado por los alumnos de 5to año de la Escuela Parroquial de Madre del Pueblo y culminó con la consigna nacida en el corazón del movimiento de derechos humanos argentino: “Presentes. Ahora y Siempre”.

A partir del sábado pasado, el Bajo Flores tiene entre los suyos, otra vez, el rostro de los jóvenes catequistas y militantes. Aunque sea en un mural, aquella juventud cuya vida fue cercenada por el odio y el sinsentido, vuelve a estar presente, a contemplar la vida en comunidad que florece en los pasillos angostos del ahora Barrio Padre Ricciardelli.

La estigmatización de ayer y de hoy

El 13 de Julio de 1977 el Gobierno de Cacciatore emite la ordenanza municipal 33.625 en la que se ordena el 'congelamiento' de las villas porteñas (la prohibición de ingresar materiales de construcción y construir en los barrios populares) y su erradicación. Era un intento del gobierno militar de “desaparecer” a las villas con la mirada puesta en el Mundial del 78´.

Buenos Aires tenía que dar una impresión al mundo de ser la capital de un país sin pobreza y sin pobres. Muchas de las villas porteñas desaparecieron por completo (por ejemplo: la Villa de Colegiales o la del Bajo Belgrano) y otras -como el Barrio Ricciardelli- lograron sobrevivir a la monstruosidad perpetrada desde la Comisión Municipal de la Vivienda de Cacciatore, aunque no sin agudas cicatrices.

Familiares y amigos de los catequistas dijeron presente en el homenaje.

Antes de la “erradicación” definitiva hubo operativos de saturación en las villas, controles de las fuerzas de seguridad a la población para deportar migrantes (los militares los llamaron “repatriaciones voluntarias'), prohibición absoluta de entrada de materiales para la construcción de nuevas viviendas o mejoras en las ya existentes, retenes constantes en las inmediaciones de los barrios populares. De hecho, Bajo Flores sufrió en 1976 (antes de la ordenanza) el ingreso de topadoras para tirar abajo casillas precarias.

Nada muy distinto a lo que los actuales gobernantes, llevan adelante en sus monumentales operativos y shows mediáticos intentando engañar a la población con el ejercicio de un “orden” que en realidad es más una puesta en escena.

En efecto, tanto con los operativos de Migraciones y Policía Federal –bajo el mando de los hermanos Milei- para detener y expulsar migrantes y los operativos de saturación y “control del espacio público” de Jorge Macri lo que se consigue -con eficacia- es reforzar algunos de los estigmas que ya existen en nuestra sociedad: que los migrantes y los pobres son delincuentes sujetos a sufrir las peores vejaciones por ser considerados un “mal en nuestra sociedad”.

Ello le da más plafón a los bufones que detentan el poder para arremeter contra los “indeseables”, incluso saltándose la normativa vigente, la Constitución Nacional y los tratados internacionales que nuestro país ha suscrito. Se trata de medidas, de operativos, de avanzadas con un claro sesgo de clase impregnadas con una xenofobia y un racismo que nos recuerda a las peores prácticas de la dictadura.

El Bajo Flores no olvida.

Las consecuencias de la erradicación en Bajo Flores aún se pueden percibir. Un barrio al que le arrebataron el 92% de las viviendas y de su gente. Sus vecinos fueron “tirados” en Pontevedra, San Justo y otras localidades de provincia sin solución habitacional alguna, mientras que otros fueron forzados a volver a sus países de origen. Familias desplazadas, vínculos rotos, la fisionomía del barrio alterada para siempre. Sectores enteros son barridos.

Entre ellos el “Sector de Belén” en el que militaban los catequistas homenajeados, quienes fueron desaparecidos antes de que fuera desplazada -prácticamente- la totalidad del barrio.

Desde principios de los años 70, este grupo de jóvenes militaban en el Bajo Flores dando clases de apoyo escolar, en el dispensario de salud y colaboraban con el Padre Ricciardelli, mientras se organizaban de manera muy horizontal con los vecinos y vecinas que ansiaban el retorno del General Perón al país. Sus fotos, sus relatos sobre cómo era la militancia en aquella época dan cuenta del enorme compromiso que tenían con el barrio y de cómo amaron la vida consagrándose a los otros.

Ante el panorama mundial, nacional y local de aporofobia generalizada y de persecución a los migrantes resulta más necesario que nunca el ejercicio de la memoria. Y es por eso que el Bajo Flores no olvida. No olvida a quienes lo amaron. Tampoco olvida a quienes lo desintegraron y por eso tiene claridad que la respuesta ante semejantes atropellos debe venir de la Comunidad que, como podrán ver, siempre tiene con qué.

El mural fue realizado por alumnos y alumnas de 5to año de la Escuela Parroquial de Madre del Pueblo.