Hay fechas que no se conmemoran, solo alcanzan con encenderlas. El 13 deagosto de 1926 nació en Birán un pibe que terminaría reordenando el siglo XX nuestroamericano desde noventa millas de Miami. Cien años después, con Cuba todavía bajo el bloqueo más largo y cruel que registra la historia moderna, hablar de Fidel Castro no es ejercicio de nostalgia. Es constatar que el imperio nunca perdonó la osadía de una pequeña isla que decidió ser libre.
El heredero de Martí
Fidel no inventó una tradición: la completó. Se formó leyendo a José Martí, y en el Moncada llevaba menos un plan militar que unafidelidad histórica. Él mismo lo dijo con una claridad que todavía interpela: Martí fue el autor intelectual del asalto del 26 de juliode 1953. La generación del 95 y la del 59 no son dos revoluciones separadas por sesenta años de historia, son la misma revolución interrumpida por una ocupación yanqui que Martí alcanzó a anunciary no llegó a ver.
Esa continuidad explica algo que la prensa hegemónica jamás quisoentender: Cuba no resiste por capricho ideológico ni por aferramiento a un pasado soviético. Resiste porque su independenciaestuvo secuestrada desde 1898, y porque en 1959 un puñado de guerrilleros que bajaron de la Sierra Maestra terminó de cobrar una deuda pendiente desde el siglo anterior. El socialismo cubano significó la forma que tomó la segunda independencia. Y el bloqueo, la forma que tomó la venganza imperial. Seguramente la tercera independencia será con el legado de Fidel y con la ruptura del bloqueo.
La generosidad de Cuba en la obra de Fidel
Ningún país con el ingreso per cápita de Cuba envió jamás tantos médicosal mundo. Ninguna potencia rica alfabetizó Nicaragua, Haití o Bolivia. Ningún ejército del primer mundo derramó su sangre enAngola para frenar al apartheid sudafricano en Cuito Cuanavale, la batalla que Nelson Mandela reconoció como decisiva para la libertad de su pueblo. Fidel entendió algo que Occidente nunca practicó: la solidaridad no significa donar lo que sobra, sino que consiste en repartir lo poco que hay. Los médicos cubanos que hoy siguen llegando a los rincones del planeta que ninguna multinacional farmacéutica pisa son la prueba viva de una ética que no cabe enlas categorías del mercado al que Fidel supo enfrentar.
Buenos Aires, mayo de 2003
Hay una escena que la militancia argentina guarda como una postal como unicono donde todos pensábamos que nada malo nos podía pasar. Lan oche del 25 de mayo de 2003, tras la asunción de Néstor Kirchner, miles de personas colmaron la Facultad de Derecho de la UBA para escuchar a Fidel. No hablaba un jefe de Estado de visita protocolar,lo hacía el sobreviviente de una generación que había desafiado al imperio con las armas y con las ideas, y la nueva Argentina que seiba creciendo desde el pie lo recibió como a un héroe. Esa noche las escalinatas se llenaron de banderas, de bombos, de veteranos que volvían creer en algo, de pibes que no habían nacido cuando cayó Allende y que igual entendían perfectamente de qué lado de la historia estaban parados. Fidel habló de dignidad, de deuda externa, de Latinoamérica, y la plaza le respondió con un fervor que ningún politólogo supo explicar del todo.

El Comandante y el Diez
Y después estuvo Diego. La amistad entre Fidel y Maradona no fue gesto de relaciones públicas: fue hermandad y de rebeldía, de dos hombres que el poder mundial nunca acepto. Cuando Diego necesitó recuperarse, Cuba lo recibió en La Pradera, y ahí se construyó un vínculo que trascendió lo político para convertirse en afecto yadmiración. Diego llevaba tatuado a Fidel en la pierna, y éste hablaba de Maradona con el orgullo de quien reconoce en otro la misma rebeldía. El destino, que a veces coquetea con la ironía, hizo que Fidel y Diego partieran un 25 de noviembre, con cuatro años dediferencia. Dos gigantes populares del siglo XX, unidos hasta en lafecha de la despedida.
Lo que sigue ardiendo
A cien años de su nacimiento, Fidel no pertenece a un museo ni a unaefeméride de purpurina. Pertenece a cada trabajador de la salud que cruza un océano para curar gratis, a cada movimiento popular latinoamericano que todavía discute con su lenguaje, a cada joven que descubre en su figura la prueba de que un país chico puede plantarse ante el imperio más poderoso de la historia y no ceder. La reacción continental sueña con enterrarlo cada tanto, así lo recuerda Trump. Pero se equivoca cada vez. Porque el legado de Fidel no está en una estatua ni en un museo: echó raíz en las luchas que siguen vigente, en la convicción de que otra América Latina, soberana y digna, todavía es posible.
Cien años después, Birán sigue ardiendo.