Por Nicolás Gort. Imagen: Ramiro Abrevaya.

El éxito es tema recurrente para las y los que hacemos música. Pegarla. Y esto se reviste de una relatividad tan grande que sería imposible definir de qué se trata; sin embargo pareciera ser que sí, que hay un pensamiento unívoco al respecto. Cuando llega, al que le llega, se da cuenta, o eso hace parecer.

Mi idea es acercar estas reflexiones a quienes buscan el éxito en el ámbito musical independiente  y conviven con las herramientas que son el supuesto camino a esa especie de gloria. Una serie de definiciones que buscan encausar el esfuerzo para lograr “pegarla”.

Si tenés músicas, en algún momento debes grabar un disco, luego promocionarlo, luego crear tus redes sociales, luego hay que conseguir “Me gusta”, luego ver cuál es la mejor red social, luego buscar un contacto, tocar en tal o cual lugar, legitimar  tu “material” en contraste con alguien o algo que tenga prestigio, darle forma a tu “producto”, definirlo, presentarlo, probarlo en vivo etcétera.

Aunque haya miles de formas de llamarlo, todos y todas pasamos por el mismo proceso, incluidos los que nos ponemos a reflexionar sobre estos asuntos.

En otras épocas este proceso era exactamente el mismo pero en lugar de emerger  mágicamente de un océano de información, las y los músicos remaban hasta el puerto de las discográficas. O acaso quien tenía suerte, se cruzaba con un o una cazatalentos que era conducido a la misma cinta de la fábrica. Luego es muy relativo si en esa cadena de producción alcanzabas o no el éxito, pero como decía antes, no vamos a discutir el alcance de la percepción individual de lo que quiere decir “éxito”.

Cambiaron los tiempos, crujieron las estructuras y hoy todo el derrotero del capital inicial para salir del anonimato está puesto sobre los hombros de las y los músicos. Subsidios mediante, concurso o préstamos, se produce un material sonoro para intentar ser amplificado. Por suerte bajaron los costos de todo esto. Ahora casi no hace falta hacer un disco en formato físico. Y es que simbólicamente ya no importa siquiera el disco como concepto. Ahora son singles, así, en inglés, porque es más “familiar”.

A mi toda esa lógica no me gusta, me parece foránea, impersonal y extranjerizante, pero esto no es una queja, sino un análisis de las lógicas que vienen rigiendo la producción musical desde la era industrial.

El costo está sobre la amplificación, y no hablo del equipo de guitarra, sino de cómo y dónde pongo a circular ese trabajo. Y es donde el costo sí sube. Todos los días un poquito más.

Si quisiéramos sacar un disco y que suene en las radios deberíamos salir desde una discográfica, (ya veremos porque) o poner una suma de dinero similar a la de un producto o publicidad (la de tevé y radio, que se cobra por segundo, o sea, cuesta una fortuna).

“El refugio podrían ser las redes sociales”, propone una cantante.

“¡Ilusos e ilusas!”, exclamo yo. Las redes sociales son las nuevas vedettes de la difusión. Más querés sobresalir, más caro te cuesta el espacio.

¿Y la música? ¿Alguien quiere pensar en la música?

En un charla con Lenadro Marques, productor de Estudio Urbano, recordábamos los cambios en la vida musical en CABA, luego de Cromañón, y anteriormente, durante los últimos años 90´s, la proliferación de dúos musicales como fórmula para poder trabajar en bares a bajo costo y alto rendimiento, como por ejemplo cambiar batería por percusión minimalista, porque no se podía hacer ruido, ni enchufar mucho.

Ahora en pandemia, videos y temas grabados en el desmembramiento de la reunión, cada uno en casa, con su técnica o lo que tenga a la mano. El contexto modifica aristas de todo tipo en el quehacer musical. Las redes, la concentración mediática, los toques de queda, las normas de convivencia, los valores de las cosas; todo modifica al arte y el arte modifica todo.

Por eso, ¿qué pasa cuando se autoimpone lograr un éxito en el marco de la concentración sin los medios para eso y sin pertenecer a ese segmento concentrado?

Se me viene la imagen del Duna color crema al costado de la ruta, con el cartel “Todos somos Vicentín”.

Seguimos inmersos en miles de políticas culturales que encausan la lógica de nuestra actividad, a sostener una relación individual con el embudo de la difusión.

“¿Cómo puede ser que en la era de las comunicaciones no pueda difundir mi música?“, se queja un saxofonista. “Y es que la censura es la sobre información. Ves cinco puntas de icebergs y todo un océano gigantesco por debajo de la línea de flotación”, devuelvo yo. Y sumo: “¿Querés ir a la playa y contemplar el ocaso? Bueno, dale, pero tené en cuenta que toda la ciudad está ahí. El problema es el tamaño de la playa”.

Las discográficas son dueñas de los espacios en radios y tevé.  Y ahora también, en internet. Es más viejo que la escarapela. Antes se llamaba “Payola”, pagar para que te pasen en la vitrola. Iba un cristiano de la discográfica y le pagaba al locutor del momento  (casi siempre era varón) una suma “estimulante” para que dicho personaje pasara el disco que había que “imponer”.

Hugo Guerrero Marthineitz (el tipo que trajo Jimmy Cliff a la Argentina, por ejemplo) decía que eso era inmoral y había que denunciarlo con toda la fuerza. 90´s mediante, ahora parece un juego de niños, tan naturalizado como los aumentos de las naftas.

Hoy las tiendas digitales tienen en sus bases de datos miles de proyectos. Es el océano mismo. Igual que antes, pero ahora las y los músicos, en lugar de estar tocando puertas de discográficas, pululan por algoritmos que solo unos pocos entienden y digitan.

La inserción de las redes sociales y el desdoblamiento de la personalidad en su versión virtual nos convirtieron en productos. Este mecanismo de intentar acceder al espacio concentrado de la difusión de nuestro trabajo como músicos nos tiene mirando como analistas numéricos, cuánta aceptación o aprobación tienen nuestros perfiles y los productos que “vendemos”, condicionando entonces (ya vimos que todo nos condiciona) el arte en función de los resultados fácilmente cuantificables.

Ahora, la concentración no presupone un espacio finito en donde cabemos un número determinado de propuestas. Esa es la relación falaz que el colectivo de las y los músicos off (ah re), aún no comprende.

La concentración es de los medios, no del fin.

Vemos como en el mismo canal de música se suceden infinitamente una tras otro las y los cantantes de reggeton, una más ignota que el otro, quienes tienen habitualmente  más de un millón de “Me gusta”, o cientos de miles de reproducciones, y sin embargo nadie parece decir “no hay espacio”, siguen vendiendo, siguen reproduciendo su música por millones.

El gusto musical de la gente y su consumo no tiene límites, pero sí la concentración del medio en el que se amplifican.

Si no hubiera concentración, podríamos acceder a miles de propuestas y elegir en lugar de optar. Si las y los músicos comprendiéramos esto, sabríamos que la lógica no es comercial con él o la colega. Como dice Gabriel Lombardo, músico compositor y amigo mío, más músicos juntos, genera sinergia.

La trova Rosarina es un ejemplo. Acaso Rubén Goldín hubiese tocado tanto sino hubiese estado Baglietto? ¿Y Fandermole sin Fito? ¿Y Silvina Garre sin todos los otros?

Todos los festivales aseguran la presencia de público llevando a no más de diez nombres. Lali, Jorge Rojas, Abel Pintos, El chaqueño, Luciano Pereyra, entre otros. Algunos proyectos son muy buenos. No hablamos de identidad ni de arte, ni pericia, ya que la meritocracia no tiene nada que ver. Es fácil darse cuenta que con el dinero que concentran esas propuestas viven comiendo y chupando bien rico, por lo menos mil artistas, y no diez

El productor dice “ganan eso porque mueven eso”. Yo digo, “mueven eso por la concentración”.

Estas lógicas que no ponemos en primer plano a la hora de pensar cómo hacer trascender nuestros proyectos, son las lógicas que no nos permiten pensar en estrategias conjuntas. Es lo que pone el ego y la autopercepción de “único y especial” lo que impide comprender que solo tiene fuerza y sentido un proyecto cuando está al lado de otro. Cuando forman un movimiento.

El nuevo cancionero argentino no era un músico haciendo un disco, sino muchos. Eran tiempos de discográficas, pero la música era más importante que el “Me gusta”. Se trató de una idea colectiva, con una intención muy determinada, y para llenar el cartón, puesta en un manifiesto. Un tiempo político en donde la música se vio interpelada.

Veo muchos proyectos cuidando su “capital” de “me gustas”, su imagen asociada al alterego digital que media en la relación entre otros músicos y músicas, por encima de la propuesta artística.

En el mundo de los Featurings (ah re), la movida en la que uno que toca con otra, entre ellos no hay onda, no se juntan para hacer un tema, sino para “mover” perfiles. En el ambiente corporativo no me extraña. Son empleados. Hacen lo que el negocio les pide. Pero en el mundo de las y  los músicos independientes son como un Duna color crema en la vida de la creación.

“¿Y qué hago? ¿Cómo difundo mi música? Tengo que lidiar con las herramientas que hay a la mano”, grita el violero.

“Volvemos a lo colectivo. Al movimiento, a la suma y a construir a partir de lógicas desconcentradoras”, insisto yo. A apoyar normas que propicien la producción en las localías, a limitar la expansión desmedida de quienes cercenan la libertad de expresión poniendo precio al espacio de las expresiones artísticas (esto incluye al Estado en cualquiera de sus variantes).

Eso es unificar las miles de expresiones políticas de las y los músicos que hay en todo el país y acompañar una agenda de modificaciones conjuntas. Pero además, construir a partir de la música, no de perseguir el “éxito”.

Si te fue bien y pensás que te fue bien porque te esforzaste, al mismo tiempo considerás que los que se esforzaron igual que vos no lo hicieron tan bien, o que tu esfuerzo vale más que el que no llegó a vivir de la música. Es como pensar que acá no labura el que no quiere. Ahí está el embudo. El sistema, la zanahoria.

Debemos concentrar músicos para desconcentrar medios. Debemos hacer valer las normas que se consiguieron y escribir nuevas que permitan distribuir oportunidades.

Seguimos metiendo la cabeza en el embudo

Un centro cultural o club, propone música en vivo en su local. Pero no paga por la música que pone ahí, sino que cobra, porque el proyecto cultural no es abrir una alternativa cultural, sino es trabajar en un ámbito cultural. Que está buenísimo… pero está al revés.

Un organizador me dijo una noche: “a veces abrimos el bar y hay más gente de la banda que público. Es como un ensayo de lujo lo que hacen y encima les damos cerveza”.

No fue nadie a tu bar, pero la culpa es de la banda. Tu bar no tiene propuesta más que la de poner una banda y vender comida, y la culpa es de los que tocan música porque no llevaron público.

Hay matices, pero sentate con la banda y pensá qué querés que pase en tu bar/club/centro cultural. Proponé milanesas pero también música litoraleña, un ámbito que fabrique y genere un movimiento. La banda también quiere que vaya gente, pero su producto es la música, no fabrican gente. Y pensar que el músico solo por tocar bien lleva gente, es un error. Hay músicos malísimos que llenan estadios y músicas buenísimas que tocan para un grupo de amigos y amigas. No falta gente ni músicos, sino oportunidades. Como en la vida.

Armá un proyecto, conseguí un cachet para los músicos que te gustan, pedí el apoyo estatal que conseguís haciendo festivales con músicos y pagales. Generá la vida cultural. Y vos músico o música, asumí tu arte como lo mejor que tenés para dar. Llegá a horario, ensayá, montá un buen recital, no te olvides la letra, no desafines, contá algo, olvídate de los “me gusta”.

La música está en todos lados

No le quiero subir el precio a una banda o a un compositor diciendo que la música que no escuchas es la que podría haberte cambiado la vida, pero hay músicas que te podrían cambiar la vida y no las conoces, porque te machacan con las mismas diez propuestas todos los días, porque están concentradas en pocas manos.

Una radio de las más escuchadas, una tarde pasa un tema de Arctic Monkeys. Son buenos, ponele. Acá hay dos mil bandas así de buenas. ¿Qué hacemos escuchando Arctic Monkeys? ¿Alguien sabe la letra, qué dicen? Sin embargo llenan un hipódromo junto con otras bandas y cobran miles y miles de pesos, y a las bandas soporte les piden un porcentaje de los derechos de autor. Y SADAIC se los da.

El mundo funciona consumiendo toneladas de música para todo. Hacé el ejercicio  de pensar un día sin una sola nota musical, nada. Ni canciones, ni cortinas de radio, ni separadores de noticieros, ni un silbido o el canto de un pájaro.

Ahora cuando la o el músico dice cuánto cobra, el que paga le dice, no, es una oportunidad para darte a conocer, a vos te sirve.

Aunque la música se use para todo, no sirve para nada. Un electricista me resuelve el problema de la luz, ¿y un músico?

Nadie se banca un día sin música. Un fin de semana con amigos sin música. Un domingo con lluvia. La cancha, el recuerdo del abuelo, lavar el auto, viajar, pensar, bailar un lento, o sacado.

Cierre

La o el músico no se banca sin hacer música, por eso persigue el “éxito”, pero mal. Compite, se distrae con el “Me gusta”, se fuerza a claudicar sus formas. ¿Por qué? No hace falta, Hay para todos y todas.

El Estado tiene miles de recursos para desarrollar la actividad musical, pero además tiene la potestad de disponer del espacio radioeléctrico, digital y televisivo para establecer segmentos que abran oportunidades.

Lo que hace falta es que nos juntemos y pongamos un límite a los que no son músicos y viven de la música, para generar oportunidades que dejen a las y los músicos vivir de la música.

Arrimate a la organización de músicos que más represente tus conceptos y búsquedas, y fortalecelo. Participá, negociá, si no te gusta la política, hacé de cuenta que vas a un club de músicos y músicas. Ponelo en los términos que quieras, pero sumá. Un día Facebook, Instagram y la mar en coche vuelan por el aire o la gente se pudre y quedas como el MySpace, flotando en la nada de bits.

 

Nota del editor: Hace unos días, el un colega de Gort fue entrevistado por este medio, en relación a un movimiento que crearon un par de docenas de músicos y músicas independientes dar pelea por sus derechos e intereses, en conjunto, espalda contra espalda. Se puede leer acá: https://kranear.com.ar/2020/06/09/somos-defensores-de-nuestra-tierra-desde-la-poesia-y-la-musica/