Por Víctor Sudamérica. Fotos: Mariela Sánchez.

Crece desde el pueblo el futuro
Crece desde el pie
Animada en rumbo seguro
Crece desde el pie
Cantan para usted los cantores
Crecen desde el pie
Un poco de fe y los tambores
Pueden florecer

(Alfredo Zitarrosa)

El retroceso del gobierno en el segmento de la ley de extranjerización de tierra fue la confirmación tardía de algo que ya se había resuelto en otro lado, semanas antes, lejos de cualquier recinto legislativo. Una sociedad que se planta frente a la venta de su territorio con esa firmeza no improvisa una opinión: ejecuta una conciencia que ya tenía formada. Vale la pena preguntarse de dónde salió la fuerza que obligó al gobierno a retroceder, más que por qué retrocedió.

Esa fuerza no apareció de un día para el otro. Vino creciendo despacio, como canta Zitarrosa: crece desde el pie. No hay decreto que la ordene ni dirigente que la inaugure. Crece desde abajo, en el barro de lo cotidiano, en la bronca del olvidado, y cuando se hace visible ya lleva un tiempo largo acumulándose bajo tierra, fuera de la vista de quienes miden la política solo con encuestas y sesiones de comisión.

Eso fue lo que pasó entre el Mundial y la discusión de la ley de tierra: la conciencia antiimperialista que terminó frenando la extranjerización no nació el día que se debatió el proyecto, se venía sembrando desde un torneo de fútbol. El gobierno, entretenido en leer el humor social con los instrumentos de siempre, no la vio crecer.

Ahí hay que ubicar el primer eslabón: la bandera de Malvinas, las banderas palestinas, el protagonismo de selecciones africanas con historia de descolonización, la carga simbólica de Irán jugando contra las potencias que lo sancionan. Ninguna de esas escenas fue un hecho aislado, cada una encendió a la siguiente, como fulminantes conectados por una misma mecha. La derrota simbólica, moral y política de las potencias occidentales frente a selecciones y símbolos del viejo Tercer Mundo abrió una caja que después nadie pudo cerrar. Los jugadores que fueron adhiriendo al calor del clima que generó el propio torneo no cambiaron de opinión por una reflexión privada: cambiaron porque el campo de fuerzas que los rodeaba cambió. Ahí sirve pensar en dos imanes y una limadura de hierro. La limadura no decide hacia qué polo orientarse por convicción propia, se ordena según el campo que la atraviesa en cada momento.

El protagonismo de las selecciones africanas no fue un dato de color. Amílcar Cabral, que dirigió la lucha de liberación de Guinea-Bissau y Cabo Verde, insistía en que la cultura es el terreno donde un pueblo colonizado conserva su capacidad de resistencia incluso cuando ha sido derrotado militar o económicamente, y que esa cultura reaparece con fuerza propia en los momentos en que el pueblo vuelve a organizarse como sujeto. Ver a Argelia, a Egipto, al Congo ocupando un lugar central en la vidriera más mirada del planeta funcionó así, como una reaparición cultural de historias de liberación que el orden internacional prefiere archivadas.

El trapo que no para de multiplicarse.

Frantz Fanon, que escribió el libro que sigue siendo la referencia obligada sobre la formación de una conciencia nacional en pueblos colonizados, mostró algo que sirve para leer lo que pasó después del Mundial: la conciencia anticolonial no se instala de una vez y para siempre con la independencia formal, se construye por etapas, y necesita momentos de visibilidad colectiva donde el pueblo se reconoce a sí mismo enfrentado a una potencia que lo sigue subordinando. El propio título del libro de Fanon, Los condenados de la tierra, nombra sin proponérselo el terreno exacto donde esa conciencia terminó desembocando meses después en la Argentina.

Lo que cambia en el siglo veintiuno es la velocidad y el alcance de esa siembra. Antes, una escena así hubiera quedado adentro del estadio, contada al día siguiente en un diario y olvidada a la semana. Hoy no. Cada bandera, cada gesto, cada jugador reconvertido en tiempo real se viraliza, se recorta, se repite en miles de pantallas, se vuelve meme, se discute en cada grupo de mensajes.

La red no inventa la conciencia, la multiplica y la acelera a una velocidad sin precedente histórico. Un gesto que en otra época hubiera necesitado una generación entera para instalarse como sentido común hoy circula, muta y se reproduce en cuestión de semanas. Cada usuario que reenvía una imagen del Mundial hace circular, casi siempre sin saberlo, una pieza de un sentido común que después va a estar disponible para leer otra cosa completamente distinta: una ley de tierra discutida meses más tarde en un Congreso que nada tiene que ver con el fútbol, pero que hereda el humor que el fútbol ayudó a instalar.

El gobierno se equivocó justo ahí. Puede medir la intención de voto, la imagen presidencial, la aprobación de una reforma en una encuesta de opinión, pero esas herramientas no miden la sedimentación lenta de una sensibilidad colectiva que no se expresa como opinión formada hasta que estalla como reacción. La ley de extranjerización llegó al recinto en un momento en que la sociedad ya había hecho, sin proponérselo del todo, un entrenamiento colectivo en reconocer los símbolos de la entrega y los símbolos de la soberanía. El Mundial fue ese entrenamiento.

Los dos planos

Conviene distinguir dos planos que están relacionados pero no son lo mismo. Malvinas es un plano simbólico: la reivindicación de una soberanía negada, sostenida en la memoria y en el reclamo, sin un correlato de gestión inmediata sobre el territorio en disputa. La tierra continental es un plano material, ahí no hay reclamo simbólico posible, hay escritura, catastro, títulos de propiedad, metros cuadrados que cambian de dueño en este mismo momento.

Lo que el Mundial logró fue tender un puente entre esos dos planos: convirtió una reivindicación histórica y distante en una gramática disponible para leer un problema actual y concreto. Por eso la ley de tierra no se discutió en el vacío. Se discutió con una sociedad que ya había aprendido, semanas antes y en otro contexto, a identificar qué bandera ondeaba de qué lado.

Miles de compatriotas se manifestaron en la calle en contra de la extranjerización de la tierra.

La ley de extranjerización no es un tema agrario menor ni una discusión técnica sobre inversión extranjera: es el punto donde una contradicción más amplia deja de ser un concepto y se vuelve suelo, catastro, escritura. Lenin ya había mostrado que el capitalismo, en su fase imperialista, deja de organizarse solo como explotación de un obrero por un patrón y pasa a organizarse como explotación de naciones enteras por otras naciones. El mundo se parte entre países que exportan capital y países que lo reciben bajo condiciones que los atan. Ruy Mauro Marini, décadas después, precisó el mecanismo bajo el microscopio: el intercambio desigual, la transferencia sistemática de valor de la periferia al centro, que no es un accidente del mercado sino la forma estructural en que funciona la relación centro-periferia. No hay transferencia de valor más elemental que la transferencia del territorio mismo.

La ley de extranjerización de tierra es colonialidad del poder en estado puro. No hace falta un ejército de ocupación para transferir soberanía territorial, alcanza con un régimen legal que le permite a capitales extranjeros comprar lo que antes solo se tomaba por la fuerza. Cuando la sociedad rechazó la ley, no discutía únicamente un régimen de propiedad. Reaccionaba, con una intuición que no necesitó pasar por ningún manual, contra ese mecanismo que sigue vivo mucho después de que el colonialismo, en su forma clásica, se dio por terminado.

Por eso el retroceso del gobierno en la ley de tierra no puede leerse como un hecho parlamentario circunstancial, un cálculo de último momento frente a un escándalo o una mala semana de gestión. Es la punta visible de un proceso que empezó a crecer desde el pie mucho antes de que el proyecto llegara al Congreso, alimentado por una viralización que ningún gobierno puede administrar del todo porque no nace en ningún despacho. El gobierno no perdió una votación, perdió una batalla que ya venía perdiendo desde que la sociedad, mundial de por medio, empezó a mirar la soberanía territorial con otros ojos.

El hastío también crece desde el pie.

Queda una pregunta abierta a propósito. Zitarrosa no cantaba que lo que crece desde el pie llega necesariamente a ninguna parte fija, cantaba que crece, que es un proceso, no un punto de llegada. Falta ver si esta conciencia alcanza para sostenerse como programa político con continuidad, capaz de plantarse frente a la próxima ley y a la que venga después, o si se agota en el rechazo puntual a este proyecto particular. Esa respuesta no la tiene el análisis. La tiene lo que la propia sociedad decida hacer con algo que empezó a crecer desde el pie en las tribunas de un Mundial y que hoy discute, con vocabulario propio, quién es dueño de qué tierra en qué país.