Por Víctor Sudamérica


La noticia

El vínculo bilateral más importante de Sudamérica atraviesa su peor momento en cuatro décadas. Detrás de los insultos de Milei a Lula, asoma una pregunta más vieja: si la región puede pensarse unida cuando su columna vertebral queda partida.

El 4 de agosto, Itamaraty tomó una decisión sin antecedentes desde el retorno de la democracia en ambos países: retiró a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, y bajó el vínculo diplomático a nivel de encargado de negocios. 'Ante las reiteradas agresiones de Milei, comunicamos que mientras subsista esa situación Bitelli no vuelve', explicó una fuente de la cancillería brasileña. Al día siguiente, Brasil pidió que el embajador argentino en Brasilia hiciera lo mismo. La Casa Rosada, por boca del canciller Pablo Quirno, respondió que sostendrá la relación como hasta ahora, sin espejar el gesto, el caos comunicacional y en gestión, una marca del gobierno argentino.

El desencadenante tiene nombre y apellido: Javier Milei viajó a Brasil para respaldar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro y llamó 'preso' y 'ladrón' a Lula da Silva, en referencia a la condena que pesa sobre Jair Bolsonaro por el intento de golpe de 2023. Desde Brasilia leyeron esas palabras como injerencia electoral. Lula eligió no responder con la misma moneda y prometió sostener una relación 'de Estado a Estado', aunque el gesto diplomático ya estaba tomado.

Bajar a encargado de negocios es, en el vocabulario diplomático, el peor escalón antes de cortar relaciones sin llegar a cortarlas: las embajadas siguen funcionando, pero sin la conducción de un diplomático de carrera. Que dos socios que se definen como estratégicos lleguen a este punto obliga a preguntar qué hay detrás del cruce de personalidades.

Lo que la política no toca (todavía)

La paradoja salta a la vista en los números. Brasil es el principal socio comercial de Argentina; Argentina es el tercero de Brasil, detrás de China y Estados Unidos. En el primer semestre del año, Brasil concentró el 12,6% de las exportaciones argentinas totales, con 6.255 millones de dólares, y cerca del 38% de las manufacturas industriales que exportó la Argentina en 2025 tuvieron a Brasil como destino.

El sector más expuesto es el automotor, sostenido desde 1990 por el ACE 14, acuerdo de comercio administrado que vence en 2029. En 2025 la Argentina exportó el 57% de sus 490.876 vehículos fabricados, y Brasil se quedó con el 65% de esas exportaciones; en sentido inverso, siete de cada diez autos que entraron al mercado argentino vinieron de plantas brasileñas. Es una cadena tan integrada que, en junio, cuando las ventas brasileñas hacia la Argentina ya caían con fuerza por motivos propios del mercado, el superávit histórico de Brasil se redujo a una fracción de lo que era un año atrás. La crisis diplomática llegó sobre un vínculo comercial que ya se reacomodaba solo. Lo cual expone que las bravuconadas en política exterior también pueden poner en riesgo el trabajo argentino.

Nunca antes Brasil había retirado su embajador de la Argentina.

Los especialistas coinciden en que la pelea política, por ahora, no toca esa estructura. El politólogo brasileño Bruno Lima Rocha calificó de 'insania' que la tensión escale mientras la relación económica sigue siendo, en sus palabras, de un desempeño complementario enorme. Lo que sí cambia es el clima de previsibilidad: sin embajadores plenos se enlentecen la renovación de acuerdos sectoriales y cualquier coordinación dentro de un Mercosur que ya venía golpeado por la ausencia de Lula en la firma del acuerdo con la Unión Europea en enero.

Perón y la apuesta que fracasó dos veces

Juan Domingo Perón entendió, en los años cincuenta, que la relación con Brasil no era un capítulo más de política exterior sino la piedra fundamental de cualquier proyecto de poder regional. Bajo el seudónimo 'Descartes', publicó en el diario *Democracia* la frase que hizo escuela: 'Unidos seremos inconquistables, separados, indefendibles'. Ahí lanzó una Confederación Continental que empezaba por un acuerdo entre Argentina, Brasil y Chile: el ABC.

El proyecto naufragó. Getúlio Vargas llegó a comprometerse pero no venció las resistencias de su propio aparato diplomático. El 11 de noviembre de 1953, en una conferencia reservada ante oficiales de la Escuela Nacional de Guerra, Perón explicó por qué el ABC no había prosperado: 'El Brasil tropieza con una gran dificultad: es Itamaraty, que constituye una organización supergubernamental (...) deben desaparecer esas excrecencias imperiales que constituyen el principal obstáculo para que el Brasil entre a una unión verdadera con la Argentina'. Setenta y tres años después, la escena se repite con los roles invertidos: hoy es Itamaraty el que toma distancia de una Casa Rosada que no comparte su matriz continentalista.

Aquel discurso no era ingenuo respecto de las jerarquías del poder mundial. Perón fue explícito: 'Primero la República Argentina, luego el Continente y después el mundo'. No proponía diluir la soberanía nacional en un bloque abstracto, sino graduar círculos de defensa, convencido de que ningún país periférico se sostiene solo frente a las grandes potencias. Por eso ligaba la unión política a la unidad económica: 'La lucha del futuro será económica; ningún país se ha impuesto si no tiene una completa unidad económica'. El texto, filtrado por opositores exiliados en Montevideo, fue usado entonces como prueba de un supuesto 'imperialismo argentino': la misma acusación que, con matices, sigue apareciendo cada vez que se propone integración desde el sur.

Methol Ferré: el uruguayo que pensó más allá de las diferencias.

Alberto Methol Ferré leyó el discurso de 1953 con la sensación de quien encuentra la llave de un problema que venía masticando desde joven: cómo pensar la soberanía de un país chico, encajonado entre dos gigantes que históricamente compitieron por el dominio de la Cuenca del Plata. Su respuesta incomodaba al nacionalismo de campanario: Uruguay solo tiene futuro si Argentina y Brasil se asocian, nunca si se enfrentan.

En su libro “Geopolítica de la Cuenca del Plata”, desarrolló la tesis central: la alianza argentino-brasileña no es una opción de política exterior entre otras, es la condición de posibilidad de cualquier integración latinoamericana. La comparó con la alianza franco-alemana, corazón de la construcción europea: dos países que cargaban siglos de rivalidad y solo se proyectaron como potencia cuando dejaron de mirarse como enemigos. Argentina y Brasil comparten, escribió, 'la única frontera latinoamericana viviente' y encarnan los dos rostros del subcontinente, el hispanoamericano y el luso-brasileño. Sin esa unión de fondo no hay Estado Continental posible.

Con la creación del Mercosur en 1991, Methol creyó ver una realización parcial de ese programa: 'las economías del Brasil y de la Argentina son complementarias en lo fundamental', escribió, al punto de que su comercio bilateral podía leerse como el eje sobre el que rotaba todo proyecto de unidad sudamericana. Pero advirtió que ese proceso nunca sería sereno, y que la fragmentación del bloque siempre jugaría a favor de terceros. Balcanizar el Cono Sur, insistía, es la forma más eficaz que tienen las potencias extracontinentales de neutralizar cualquier autonomía regional. Leída con esa clave, la crisis actual no es solo un cortocircuito entre dos presidentes: es exactamente el tipo de fractura que Methol identificaba como funcional a intereses ajenos a la región.

El tercer jugador que nadie nombra

Ningún análisis de esta crisis puede cerrarse sin el actor que la sobrevuela sin aparecer en los comunicados oficiales. Desde julio de 2025, Estados Unidos aplica y amenaza con ampliar aranceles contra productos brasileños, formalmente por prácticas comerciales desleales, aunque el propio dato lo desmiente: Washington tiene superávit comercial con Brasil, no déficit. El académico Anthony Pereira, de la Universidad de Tulane, lo definió sin vueltas: los aranceles buscan presionar sobre el juicio contra Jair Bolsonaro más que corregir ningún desequilibrio comercial. Trump recibió en el Despacho Oval tanto a Lula como a Flávio Bolsonaro en las últimas semanas, en pleno año electoral brasileño, con presidenciales fijadas para octubre.

Conviene distinguir lo comprobado de lo interpretado. Es un hecho verificable que Estados Unidos impuso aranceles a Brasil invocando el juicio a Bolsonaro. Es una interpretación, sostenida por especialistas, pero no un dato cerrado, que exista una estrategia coordinada entre Washington y Buenos Aires para desestabilizar al gobierno de Lula antes de octubre. Lo que sí puede afirmarse sin especular es que el vínculo entre Milei y Trump es público y declarado, y que el respaldo argentino a Flávio Bolsonaro se dio en el mismo momento en que la política exterior norteamericana redobla la presión sobre Brasilia. Que ambos fenómenos avancen en paralelo no prueba una orquestación, pero tampoco permite ignorarlos como si fueran hechos aislados.

La pregunta que queda abierta

La cuestión no es si Milei y Lula recompondrán el vínculo la semana que viene. La pregunta que atraviesa esta crisis, la que Perón intuyó en 1953 y Methol Ferré sistematizó después, es si Sudamérica puede sostener una estrategia propia cuando el eje que la sostiene, la alianza entre sus dos economías más grandes, queda fracturado justo cuando quien tenía la responsabilidad de cuidarlo elige jugar a favor de la fragmentación.

Lula anunció que va por una nueva reelección.

Cuando Methol pensaba que 'donde se gana o se pierde América Latina es en el Mercosur', no hablaba de un bloque comercial más entre otros: hablaba del único terreno donde la región, si decide jugarlo unida, puede pesar como algo distinto a la suma de sus partes. Hoy ese terreno tiene a sus dos socios mayores sin embajadores plenos entre sí, en medio de una elección brasileña bajo presión externa y de un gobierno argentino que elige la provocación antes que la cautela actuando con su traje de virrey. La pregunta que Perón se hizo en la Escuela de Guerra sigue abierta setenta y tres años después: si los sudamericanos van a seguir peleándose entre hermanos mientras otros, desde afuera, deciden por ellos.

Para esto habrá que desligarse de la influencia imperial, mientras tanto, al menos desde Río de la Plata, Argentina vive en un proyecto imperial, lo que para la gusanería liberal es un sueño, el pueblo lo padece como una pesadilla, pero pronto acabará.