Foto portada: Mariana Melinc.

En conversación con Kranear, y con una lucidez ajena a fórmulas y lugares comunes, Zito piensa el tiempo que exige la escritura, cuestiona las etiquetas que simplifican la literatura y señala cómo la velocidad y el temor al disenso vacían de riesgo el debate cultural.

Si cada uno de tus libros hubiera venido a responder una pregunta personal, ¿qué pregunta estaba intentando responder cada uno?

Más que una pregunta, pienso que los libros se me aparecen cuando hay algo que no entiendo y que necesito o me interesa comprender, pero me di cuenta de que es un paso previo a una pregunta. Es decir, a la formulación de la pregunta. Es como un hueco negro que se me pone delante. Supongo que a medida que voy escribiendo, aparecen otros asuntos que tampoco entendía y de los que ni siquiera era consciente.

En el caso de Agua del mismo caño, uno de esos asuntos fue lo difícil que es irse de la vida que uno tiene, de la jaula que uno mismo construyó; lo agotador que resulta, por momentos, tener que seguir siendo uno mismo, encontrarse una y otra vez en el mismo lugar. Rara y Vos son fruto de lo incomprensible y ominosa que me resulta la muerte, tanto cuando me tocó llevarla encima como cuando tuve que acompañar a morir. Veintisiete noches es la intención de entender una coyuntura familiar en la que ya nadie es joven, todo se vuelve radical y gira alrededor de una variable irreductible en el caso de esa familia: el dinero en un territorio siempre gris: la delgada línea entre la cordura y la locura. Traidores, el ensayo acerca de cómo escribir con material autobiográfico, es la voluntad de dar cuenta y entender a su vez, cómo se hace para convertir ese hueco negro en literatura.

Bueno, algo así. Tal vez estoy simplificando o haciendo que lo ciclópeo se vea redondo, es probable, pero no hay otra forma de responder entrevistas.

¿Hubo algún libro que haya marcado un quiebre en tu forma de escribir o de pensar la literatura? ¿Y qué cambió a partir de ahí?

Intento que cada libro sea un universo nuevo. Quiero decir, nuevo no es la palabra (o también) pero fundamentalmente que sea algo que no esté segura de lograr, un campo incierto. Me enciende la sensación de no saber hacer algo pero buscar la forma de lograrlo. Confiar en que si aprendo, si me atrevo a un nuevo escalón, lo puedo conseguir. De ese modo me lancé a escribir cada libro. El resultado, hasta ahora al menos, ha sido que al terminar cada uno siempre me encontré en una orilla diferente de la que partí. Quiero decir, cada libro fue un quiebre o un escalón más en la exploración de mis posibilidades al escribir. Quizá el mayor salto lo di en una novela que aún está inédita, que cerrará la trilogía con Rara y Vos y probablemente también mi escritura autobiográfica, porque es surrealista y no está edificada sobre la trama.

Sos escritora y psicoanalista: ¿qué encontraste en la literatura que el psicoanálisis no te daba, o que te permite explorar de otra manera?

Encontré el juego. Otro psicoanalista, de esos gustosos de las interpretaciones que Freud llamaba salvajes, acotaría que lo recuperé. Pero creo que lo encontré, quizá por primera vez. No es que no jugara de chica, pero fui una niña seria, con un espacio reducido para el juego, casi nunca a salvo de la mirada adulta. Y así crecí, como pude, como todo el mundo. Recuerdo la primera vez que fui con una amiga (también psicoanalista) a la presentación de una novela. Ambas estábamos acostumbradas al mundo endurecido de la academia del psicoanálisis y en esa librería, nos encontramos con vino, gente en jean y zapatillas (no era común en ese entonces) y un clima que no sé describir con precisión, pero había algo en movimiento en toda esa gente que conversaba sobre libros. Recuerdo perfecto el momento en el que las dos nos dijimos, como quien se relame con un manjar nuevo: ¡qué bueno que está esto! Quiero decir, ese movimiento era lo que estábamos experimentando con la literatura, el que me había sorprendido poco tiempo antes, al escribir por primera vez un cuento y descubrir el maravilloso bamboleo de las palabras, como quien busca, corta y pega en un collage.

Zito es narradora y psicoanalista.


Trabajás mucho con hechos reales y distintas versiones de una misma historia. En ese cruce entre verdad y ficción, ¿sentís alguna responsabilidad particular o creés que la literatura justamente tiene que incomodar esa idea de verdad?

Yo trabajo con lo que me apasiona, que es cómo las palabras construyen la realidad y cómo, en esa construcción producen verdades, pero no lo siento como responsabilidad, ni como misión de la literatura, ni nada de eso. Solo me alegra que eso que me apasiona pueda interesar a otros y quizá, en el mejor de los casos, servir para algo. Pero no está en la intención primera. Simplemente sé que cuando la gente se da cuenta de que no hay una única realidad, la empieza a pasar mejor.

En un presente atravesado por la velocidad y la producción constante, ¿cómo se sostiene una escritura que necesita un ritmo propio? ¿Sentís que esa tensión aparece también dentro de tu propio proceso de trabajo?

Escribir es estar solo y siempre un poco al margen. Si uno no desarrolla alguna forma de saber estar ahí, me parece que está perdido. No te sabría decir cómo hago, pero cada día, cuando algo del contexto me desvía o me deslumbra con la idea de surcar mares innavegables o velocidades imposibles, me recuerdo que mi cauce del río es este y ningún otro. Supongo que escribo y cual Sísifo de Camus, cultivo el amor por mi piedra. A menudo, por supuesto, sufro.

¿Qué efectos tiene hoy que la literatura circule bajo etiquetas —como “literatura feminista” o “autoficción”—? ¿Qué se gana y, sobre todo, qué se pierde en esa operación?

Etiquetar siempre implica algún tipo de reduccionismo o una manera de ordenar y, la verdad, esa es la parte de la que estoy más lejos cuando escribo y también cuando leo. O siempre, te diría. En eso sí puedo identificar una fuerte influencia del psicoanálisis porque me formé para escuchar uno a uno, para detectar la singularidad, para no comprender rápidamente. Es decir, si un paciente viene y dice que está triste, que hay días en los que le cuesta levantarse de la cama, no pienso enseguida: depresión, una palabra que supondría otra cantidad de síntomas y todo un cuadro de situación. La práctica del psicoanálisis te enseña a esperar, a no apurarte a creer que lo que está diciendo el otro tiene el mismo sentido que vos le darías, a ser consciente de que cuando alguien dice que le cuesta levantarse a la mañana puede que no sea lo que yo entiendo por “me cuesta levantarme”. Una persona muy activa podría percibirlo así, si en lugar de estar listo en quince minutos, demora una hora, por poner un ejemplo simple.

Entonces, nunca busco generalidades, en nada; soy más bien ese personaje que nunca entiende del todo, siempre un poco escéptica, un poco a distancia, mirando diez veces antes de meter las cosas en una categoría. Eso está presente en mi escritura y en mi forma de leer. También me trae problemas, por supuesto. Nunca soy el personaje que se luce con frases categóricas del tipo “los escritores del siglo de oro ruso tal cosa”, porque en mi cabeza hay un autor, un libro, una frase, la clasificación es algo que me tengo que estudiar y que mayormente olvido. Entonces, las etiquetas siempre me resultan algo escurridizo, nunca es el lugar donde hago pie. Me fui por las ramas quizá, perdón. O por las ramas no, es decir, tal vez es un buen ejemplo de cómo pienso. Si me encuentro con una etiqueta, yo siempre estoy tratando de despegarla.

Hace unos días, en tus redes, fuiste bastante crítica con la apertura de la Feria del Libro, señalando que se perdió una oportunidad de debate real. ¿Qué creés que faltó en esa escena y qué tipo de conversación literaria te gustaría que ocurriera en espacios como ese?

En 2024, con Gabriela Saidón, propusimos a la Fundación El Libro que la Feria dejara de abrir con un discurso consagratorio, que pusiéramos la pluralidad de la literatura sobre el escenario, cosa que rara vez se pone en juego. Es decir, propusimos hacer algo diferente a la reproducción de lo igual, enaltecer las fisuras por sobre el brillo. Un debate tiene esa potencia porque pone en escena la posibilidad de disentir con vehemencia y respeto, que el disenso no corte el diálogo sino al contrario, que lo encienda y obligue, por ejemplo, a estudiar para argumentar. Estudiar para argumentar, ¿te imaginas? ¿Cuántas mesas presenciaste en la Feria u otros espacios en los últimos años en los que notaras que alguien había estudiado, se había documentado, o llevado notas para alimentar el disenso con algo más que opiniones? La precarización se filtra y tiene consecuencias en muchos sentidos.

Por eso, sería tan potente que la Feria reviviera esa tradición de debates que históricamente enriquecieron la producción intelectual argentina. Hoy en día, seguramente por una multiplicidad de factores, muchos escritores temen o se cuidan de decir públicamente lo que piensan, especialmente si la opinión no responde a la tendencia mayoritaria, por temor a ser cancelados, marginados, clasificados de un lado u otro y que eso les reste o anule invitaciones a festivales y esas cosas.

En esta época todo parece estar relacionado con pertenecer, con seguidores, likes. En este punto, sí, como soy parte de una generación que sabe que las palabras pueden ser duraderas, a veces siento una responsabilidad. Es decir, los que nacimos en los setenta, sabemos —por ejemplo— que si quedamos en vernos en tres días a las cuatro de la tarde en tal lugar, no hace falta revalidar las palabras, intercambiar mensajitos ese mismo día, reconfirmar al infinito, las palabras pueden durar y sostener, sin más. No todo lo nuevo es bueno, tenemos que poder alertar sobre los peligros de vaciar o reducir nuestro léxico, porque eso reducirá también nuestra posibilidad de pensar. Lo escribió Orwell hace casi ochenta años y lo sabían los rusos mucho antes, no es nuevo lo que estoy diciendo.

Bueno, me fui otra vez, pero era necesario para explicar por qué pienso que se perdió una oportunidad de valorar las palabras. Vuelvo.

En aquel momento, en la Feria, no hicieron lugar al debate de apertura pero nos propusieron un debate de cierre, cosa que hicimos (yo participé de la organización solo del primero en 2024).

Este año, la Feria cumplió 50 años y por fin se atrevió al cambio, pero creo que se perdió la oportunidad porque en lugar de ser un debate fue una charla de café guiada por preguntas sin ingenio. Entonces ocurrió lo peor: fue la apertura de la Feria más comercial y edulcorada en años y me da pena porque justo la protagonizaron tres escritoras lo suficientemente heterogéneas como para que surgieran contrastes atractivos, fisuras que invitaran a pensar. En lugar de discutir ideas, problemas literarios, hablaron banalidades, clichés, o redujeron su participación a una protesta que, aunque válida, no es lo único que hay para reclamar, teniendo en cuenta que era la apertura de la feria del libro y que la cultura tiene una infinidad de necesidades y asuntos a mejorar. Dejaron pasar la oportunidad de poner en escena que hay otras formas de funcionar que no sean el discurso del uno, la lógica del poder, el brillo comercial. Fueron obedientes a la conducción o no sé bien a qué, no puedo saberlo, pero no ocurrió nada en ese escenario que quedara reverberando, que invitara a pensar algo otra vez.

De haber sido un debate, habrían marcado un hito, habrían mostrado en acto que hay cosas mucho más interesantes que la eterna lógica del podio. Como eso no ocurrió, lógicamente, leí por ahí que había quienes volvían a pedir un discurso, una voz única, porque claro, en lugar de potenciarse en el contraste, las voces se disolvieron en un discurso homogéneo y sin riesgos.

¿En qué estás escribiendo hoy y qué preguntas te están acompañando en ese proceso?

Acabo de terminar una novela sobre la inmigración rusa en Buenos Aires, a causa de la invasión de Rusia a Ucrania. Como te decía al comienzo, más que preguntas me guía lo que no entiendo y en este caso son múltiples las variables que también desconocía al comenzar la investigación. Por ejemplo, cómo el teatro de guerra puede suceder también a miles de kilómetros del frente de batalla, cómo los desplazamientos afectan a varias generaciones y cuánto tiempo se tarda en volver a sentirse en casa, si es que eso alguna vez ocurre o cómo se vive si no. Siempre digo que para vivir hay que tener un mundo, algún barco donde navegar y la guerra es una forma de hundir, también, esos barcos.

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Natalia Zito publicó Agua del mismo caño (Pánico el Pánico, 2014), Rara (Emecé, 2019), Veintisiete noches (Galerna, 2021), posteriormente adaptada al cine en una producción de Netflix, Traidores (Tilde, 2022),Vos (Emecé, 2023) y Agua del mismo caño (edición aniversario revisada, Enero, 2024).